Besos con lenguaje

La llegada.

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Cuando fui a ver “La llegada” me senté cómodamente en el cine y abrí mucho los ojos. Te va a gustar, te va gustar, me habían dicho. Un rato más tarde, tras leer algunos títulos de crédito, finalizada la obra maestra, me quedé sin habla durante unos minutos.

Más allá de ser considerada una película de ciencia ficción (no estoy muy especializada en este género), me conquistó el mensaje, que atravesó mi corazón y mis vísceras como una espada. Y aquí va un spoiler (por tanto deja de leerme si no la has visto). La fotografía, los encuadres, la exquisita sensibilidad de las imágenes de una niña que enfermaba y crecía insertadas en silencio en medio del largometraje, la luz, la fuerza y la vulnerabilidad de la protagonista, la importancia de la comunicación y la paciencia, el amor, el dolor, la pérdida… Pero lo que me sacudió fue el mensaje: atrevernos a vivir una historia a sabiendas del dolor que puede provocarnos, aún cuando imaginas o sabes claramente que vas a sufrir. Wow. Qué bonito y qué valiente.

Los seres humanos le tememos tanto al dolor, al sufrimiento que otro nos puede provocar, que nos asusta decir “sí, vamos”. Obviamente estoy de acuerdo y no lo estoy, quiero decir, hay que atreverse a vivir algo aún a sabiendas de que esa persona puede hacernos daño (siempre hay señales, detalles, que queremos y no queremos percibir, yo he aprendido al crecer, a verlos, a recogerlos, almacenarlos y a vivir las consecuencias de una elección), pero también hay que saber marcharse, dejar ir, cuidarnos, y elegir, en medida de lo posible, siempre, el buen amor. Lo que sucede es que esta película habla de lo irremediable de la enfermedad, de lo irrevocable, lo imparable, hermoso e incondicional que tiene el amor maternal.

Una vez alguien me dijo que las personas confunden el amor a los quince años con el verdadero amor, por lo puro, tierno e inocente que es,  cuando no sabemos las consecuencias de una ruptura, de una decepción, y mi amigo defendía que el amor más auténtico es precisamente el otro, el que viene con los años, ese amor que viene implícito cuando sabes que al entregarte emocionalmente a otra persona, arriesgas un corazón blando y sangrante y aún sabiendo todo eso, lo entregas, lo haces. Amar con la plena consciencia del dolor, de todo lo que puede suceder.

Personalmente opino que a veces cuesta exponerse, que tras experiencias que no salieron como esperabas estamos más cómodas/os en una nueva zona de confort en la que nadie puede hacernos daño, y al mismo tiempo, considero preciosa la elección personal de arriesgarse y seguir aprendiendo.

Tras ver la película me acordé, no sé por qué, de mi perro. De ese momento en el que adoptas a un animal al que sabes que vas a adorar, asumiendo al mismo tiempo  que un día dejará de acompañarte. Y al pensar en esto, aunque no derramé lágrimas, me emocioné profundamente.

Ya me he ido por las ramas. Todo esto para decir que vayas a ver la película, que te va a gustar, que puedes disfrutar de una historia de extraterrestres que habla en realidad del amor, el lenguaje y la consciencia.

 

La importancia de estar solas

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Tengo que escribir esto, lo siento. Léeme si quieres. Mientras lo escribo, los/as niños/as hacen bailes con los dedos de las manos con la maestra de música que les enseña incluso que el corazón es un instrumento (lo es, lo es). Mientras lo escribo, Rita decide no bailar con los dedos y leer en silencio a mi lado (me encanta cuando hacen eso: coger un libro y mirarlo junto a mí sin decir absolutamente nada).

Pero tengo que escribir esto, ahora que tengo apenas diez minutos, para que no se me olvide luego.

En clase, estábamos meditando un poco (de este modo se relajan y sentimos el silencio), de repente les pregunto: ¿os gusta pasar tiempo a solas?

No sé muy bien por qué formulo esta pregunta en ese momento, pero lo hago espontáneamente. Y a partir de ahí surge esta conversación:

Alumna 1: -Sí. Me gusta. Así puedo hablar con mis sentimientos.

Yo: -¿Y qué les dices a tus sentimientos?

Alumna 1: -A veces les hago preguntas, por ejemplo: ¿cómo me siento con el enfado de mi amiga?, y mis sentimientos me responden, de verdad que hablan.

Yo: -Qué bien, aprender a estar solos/as un rato es muy importante, es como escucharnos y dedicarnos a nosotros/as.

Alumna 1: -Yo me meto debajo de las sábanas o debajo de la mesa si hay ruido para hablar con mis sentimientos.

Alumno 2: -A mí también me gusta estar solo (en mi regazo, sosteniéndome la cara con sus manos para que le mire). Me meto en el armario y pienso con los ojos así (los cierra). Y lo hago cuando estoy cansado, cuando estoy triste o enfadado.

Alumna 1: -También puedes estar muy feliz sola y pensar cosas bonitas.

Alumna 3: -A mí no me gusta nada estar sola porque me gusta estar con mamá, con Julia y contigo (señalándome) y punto.

Yo: -Está bien estar acompañado, pero también es agradable estar a solas con una misma. Es necesario aprender ambas cosas: a estar con otros/as y a estar con nosotros/as mismos/as.

Alumna 1: -Yo es que me escucho así callada sola y me gusta, aunque ¿sabes qué señorita?

Yo:-¿Qué?

Alumna 1: -A veces es triste eh. Porque a veces lo que dicen los sentimientos da penita.

Qué cierto. Qué importante es hacer y estar solas/os, disfrutar del placer de la lectura silenciosa o de dar un paseo o de ver películas a solas, así como preguntarnos cosas, escucharnos, compartir, volver a estar con otros/as y entregar y recibir, y permitirnos a veces la tristeza cuando lo que vemos puntualmente aquí dentro, nos aflige. Qué necesario saber que el corazón baila si lo escuchamos, que es un instrumento que nos susurra cosas y que el ruido entorpece la comunicación con nosotros/as mismos/as.

Qué bonito conversar con niños/as de cinco años que saben estar a solas.

 

 

Aprendizaje niños empatía

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Aunque la que da clase soy yo, aprendo mucho de ellos. Es curioso, vengo todas las mañanas con las manos heladas en los bolsillos del abrigo, pensando en un montón de cosas, atravieso calles, cruzo por pasos de cebra, y cuando llego a clase y me reciben con historias y abrazos, me conmuevo al comprobar lo mucho que me enseñan.

Tienen cinco años. A veces se pintan las uñas de las manos como yo, a veces lloran, exigen, reclaman, ríen, se disfrazan, mienten, corren, se hacen pis, aciertan, vencen, imitan, retan, desobedecen, explican, perdonan, aman, me dicen que me prestan sus guantes si eso…

Hoy hemos contado un cuento precioso sobre enfados y reencuentros, sobre la rabia, el perdón, el amor. Qué bonito, porque estaba contado desde ambas partes, y el final de ambas versiones (la de la patita y la del cabrito) estaba justo en el medio, en el lugar en el que ambos se reencuentran. Hemos hablado de cuando se nos enfadamos, de cómo el corazón late más rápido y sentimos ira (lo han dicho ellos), dolor, mucho dolor han comentado. También hemos analizado lo que ocurre después del enfado con alguien a quien amamos: que el enojo se evapora, sale de nuestro cuerpo así sin más, a veces bastan unas horas o unos días o tres minutos, el corazón vuelve a latir suavemente, todo regresa a la calma.

Les he aconsejado (en realidad ha sido un acuerdo común) que antes de decir algo que duela, o de empujar a un buen amigo, o de gritar cosas intolerables, aprendamos a respirar, dejemos que pasen unos minutos porque de este modo el enfado se disipa un poquito y las cosas se sienten de otra manera, he tratado de hablar sobre el impulso y la reacción ante algo, y hemos concluido que es mejor respirar, permitirnos estar enfadados/as y tristes un rato, procesar (ordenar nuestras emociones un poco) lo sucedido, y después hablar claramente con la otra persona. Debemos decir lo que nos ha disgustado, lo que no queremos que vuelva a suceder porque nos hace daño, así como disculparnos si hemos actuado o reaccionado demasiado mal.

Y una alumna, al cabo de un par de horas, lo ha puesto en práctica sin decirme nada. Lo he visto y me he llenado de amor. Es una alumna a la que admiro personalmente por su honestidad, madurez emocional, templanza. De hecho he aprendido muchas cosas de ella (a pesar de tener cinco años): es una niña muy segura de sí misma, independiente, no le importa jugar a veces sola, no lo hace con tristeza ni vergüenza, es que a ratos elige jugar sola, también se divierte acompañada, es muy equilibrada, responsable, capaz de demostrar afecto a sus amigos/as y al mismo tiempo de establecer límites, cuando algo no le parece bien lo expresa y si se molestan con ella, es capaz de razonar y disculparse o mantenerse en sus ideas, no le afecta en exceso lo que el resto opine, se comporta según lo que considera más justo, es muy empática y generosa (muchísimo para su edad), valiente, fuerte, optimista, solidaria (capaz de colaborar, ayudar, entregar, sin desgastarse). Cuando algo la entristece se toma su tiempo, respira, reflexiona, se permite esa melancolía o disgusto, y después busca solución, trata de hacerse comprender y de entender al otro/a, sonríe, brilla. Conozco a muchos adultos incapaces de hacer todo eso.

Hoy la he visto sonriendo, sentada en el patio, observando el vuelo de una paloma sobre un alambre, con una expresión relajada, y le he preguntado: ¿por qué vienes siempre tan contenta, qué te hace tan feliz?

Y ha respondido: “todo esto señorita (señalando a su alrededor) y estar contigo”.

He muerto de amor. Me han dado ganas de decirle: gracias, no sabes cuánto me enseñas todos los días. Pero no he dicho nada, la he mirado con cariño y he sonreído.

Cierra los ojos piensa mira… Estamos al borde del precipicio de un nuevo año y qué bonito

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Para este año muchas cosas. Lo primero felicitaros por seguirme, leerme, tratarme así con tanto cariño, todo lo mejor para vosotras.

Y ahora sigo con lo mío.

El 2016 ha sido tan intenso y tan bonito… Qué especial. Con sus lágrimas, un duelo, el amor, viajes, ganas, alegría, incertidumbres, caminos, una familia creciendo, el cielo otra vez tan salvaje y cristalino…

He crecido muchísimo espiritualmente (y quiero seguir haciéndolo). Dicen que crecer duele y es cierto. Ha dolido. Tal vez porque salir al mundo y exponer el corazón otra vez, es difícil. Aprender a confiar, a decir sí, a deshacer la coraza, a rehacer todo lo que andaba roto. Aprender a vivir sola. Y volver a idear una convivencia con alguien. Empezar de cero. Tomar decisiones muy importantes… Ha sido muy bonito, pero intenso. Crecer ha sido una de las experiencias más hermosas que he tenido, a pesar de todo.

Me dan ganas de decir otra vez gracias a todas esas personas (y animales no humanos) que han estado aquí para quererme mucho. Me llevo todas esas manos, brazos, voces, afecto… Sabía que tenía amigos estupendos y una familia buenísima, pero no tenía ni idea de hasta qué punto me adoraban.

El 2016 me regaló a Inés, después de yo inventármela en un libro, apareció de la nada, así por sorpresa. “Me llamo Inés”. “Yo me llamo Helena”. “Sí, eso lo sé, porque te he leído”. “Pues eso, me llamo Helena”. “Y yo, Inés y cuéntame, háblame de ti”. “Pues mira, yo nací en Sevilla, tengo el corazón un poco roto por los lados, mira, amo los libros y el cine y el teatro…”. Y fuimos hilando una vida, transformando mis miedos en sueños, y conseguimos cosas maravillosas al mirarnos. Ha sido (y es) una experiencia preciosa,  abrumadora a veces, no sé. Hemos vivido mil cosas bonitas. Podría describir tantas… Inés y yo más que nada, nos queremos, arrullamos, acompañamos, soñamos, reímos, lloramos… Yo quiero que el 2017 siga arropándonos así, siga diciéndonos que sí a todo, que lo hagamos, que es bonito atreverse.

En nada uvas, vestidos, beso. En nada, estrellas, promesas y un “Érase una vez” porque empieza y sigue el cuento.

 

 

FELIZ NOCHEBUENA Y FELIZ NAVIDAD

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Instrucciones para una Navidad bonita (aunque yo lo aplicaría a todo el año, dosificando):

-Lee. Hazte con algunos libros que te gusten mucho mucho.

-Pasea, mira las luces, observa a la gente sin demasiado detenimiento, camina alegremente.

-Queda con buenos amigos para tomar chocolate caliente, café, té (y ríete, nada de debatir cosas importantes, o sí, depende del efecto que te produzca)… Para patinar sobre hielo, visitar alguna exposición, ¡ir al cine!

-Eso. Ve al cine. A mí el cine en invierno me gusta todavía más. ¡Palomitas! Si tienes niños cerca (hijos/as, sobrinos/as, primos/as, hijos/as de buenos amigos…) llévales a ver una de animación, échate unas risas y ponte cuernos de reno si es necesario.

-Haz un viaje, aunque sean un par de días con alguien. Recorre otra ciudad, señala lo mucho que te gustan algunas plazas, calles, monumentos… Dí cosas como: “mira eso de ahí, es precioso”.

-Prepara regalos, o simplemente, piensa en cosas agradables para las personas que más quieres.

-Visita a las personas importantes. Abuelos. Tíos. Primos. Amigos… (Esto no sólo en navidad obviamente). Abrázales.

-Demuestra cuánto te importa la gente que quieres. Hazlo siempre, con hechos y detalles entrañables, pero en navidad no te olvides de ninguno. Felicita. Llama. Visita. Manda postal. Recuérdales que estás ahí y que los quieres muchísimo.

-Prepara platos exquisitos si te apetece cocinar, ponte buena música para ello. Jazz. Villancicos (bonitos por favor, en plan… no sé… White Chritsmas de Michael Bublé, adoro todos sus villancicos). Pero que suene música y sea un momento íntimo.

-Haz el amor.

-Escribe.

-Duerme un montón. Desayuna en la cama.

-Si tienes perro: largos paseos invernales, cosquillas y muchas caricias. Si tienes gato: mimos, galletas, juegos en casa, siestas con ronroneo.

-Cuida, cuida mucho a quién te necesita. Y pide cuidados y cariño.

-Disfruta. Ríete. Celébrate como gustes, haz lo que más te apetezca, rompe con convencionalismos si no te llenan, pero exprime tus vacaciones.

-Agradece un montón todo lo bueno que te aportan y te entregan. Yo no sé cómo devolver tanto cariño y atenciones a las personas que me quieren.

-Come lo que te apetezca, chocolates, dulces, no sé, lo que más te guste.

-Quiérete. Cuídate. Abróchate bien ese abrigo y no te olvides de los guantes. Que vales mucho 😉

Te deseo una Nochebuena preciosa y una Navidad blanca, luminosa y mágica… Shhhh qué viene Papá Noel esta noche…

 

Crear cuentos infinitos. Que no acabe.

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Qué feliz con placeres tan sencillos. Ya están puestas las lucecitas de la ventana, y el árbol parpadea también. Ego que es mi perro, pasea su jersey y su pajarita y tiene frío a pesar de todo, así que pega su cuerpecito cálido al mío, a todas horas. Qué bonito dormirnos con la calefacción sin relojes. Y Furo que es mi gato, parece contento muy contento de hecho, y juega con los adornos del árbol, y yo le dejo porque lo importante de todo esto, de cualquier cosa, es ser absolutamente feliz. Sin más.

Y hoy he escrito. Y me ha gustado sentarme a hacerlo.

Y soy feliz cuando leo “Los olivos de Belchite” y no quiero que se agote la historia. No quiero. No me gusta que los libros se acaben, deberíamos crear cuentos infinitos que acabasen sólo cuando el lector o lectora estimase oportuno.

Y cuando ella y yo nos quedamos muy cerca, como a punto de besarnos, y me traga con sus ojos y sus manos. Y me dice que soy preciosa, me lo dice con la voz y con los labios. Parecemos dos criaturas bestiales, en serio, quietas y expectantes, la respiración se agita y es hermoso mirarse de esa manera. Aunque yo le digo (ella lo sabe y lo comparte) que yo además de carne y piel, soy muy emocional, y que lo bonito de “esto” que tenemos es que sabemos combinar el amor de huesos y suspiros con sentimientos profundos y certeros, que debajo de la piel está el corazón (mira, le digo, está justo aquí) que hace boom boom boom. A mí me gusta la lencería y el pijama, gemir y leernos en voz baja, hablar de “yo te haría esto” y debatir sobre películas o libros. A mí me da paz el equilibrio y la certeza, dentro de la pasión y del impulso.

Qué feliz cuando me he comprado esta tarde un trozo de pastel de manzana y me lo he comido por la calle, mientras miraba luces, niños, perros, gente.

Qué feliz cuando voy al cine y compro palomitas, y suspiro de ganas justo antes de que empiece. Me encanta el preludio de algo bonito. Lo que viene antes de, lo que intuyes e imaginas.

Y soy muy feliz cuando trazo planes. Yo qué sé. Quiero una casa con cocina grande para cuando sepa preparar muchos más platos, luminosa, dormitorio con librería. Y publicar muchos libros. Quiero aprender a cocinar comida japonesa y sopas. Y vivir los días, cada uno de ellos, con calma, amor… Te querré así. Te cuidaré así. Tendremos hijos, le diré esto a nuestra hija cuando pregunte eso. Cuidaremos de nuestros padres cuando enfermen. Que vengan siempre nuestros amigos a casa y se sientan en casa. Pero también los planes a corto plazo: vayamos al teatro, desvísteme, compremos sábanas, quiéreme, vivamos juntas, demos un paseo, léeme ese fragmento justo ese ahora, hazme cosquillas en el pelo que tengo sueño, abrázame.

Pero sobre todo quiero vivirme todos los días. Amar con la paciencia, la calma y la certeza de hacerlo. Entregar mis manos, los ojos, los brazos, el alma a las personas que quiero. Proteger. Cuidar. Mimar un poco. Ofrecer.

Soy feliz, muy feliz cuando, como ahora, la noche es silenciosa y mágica. Y todo se vuelve susurro, íntimo y acogedor.

 

 

 

 

Caja registradora

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A mí diciembre me sabe a dulces, manos frías, vino blanco, vaho cuando decimos “¿quieres ir a esa cafetería de ahí?” por ejemplo, calefacción, patinaje sobre hielo, más libros, amor debajo de edredones estampados, cine, escritura, y un poco a fun fun fun que algunos niños cantan en la plaza.

Ayer compré algunas cosas en una tienda, unos adornos bonitos, y antes de hacer sonar la caja registradora (clang cling, clung) la chica me miró un momento y dijo: “¿quieres algo más?”, así con una expresión muy seria.

Negué con la cabeza. Pero en el fondo pensé: quiero vivir el amor como ese que nace de las entrañas, con transparencia y certezas, desde esta pasión que me desborda y con la sensatez y madurez que se requiere,  y quiero ponerme enferma en pareja y mirarnos las ojeras y ponernos el termómetro, quiero ver a mis padres llorando de la risa diciendo “¿te acuerdas de cuando tú..?”, y que mi amiga Carol viva pronto en Europa y se olvide de los rostros pálidos de su país, quiero aprender a cocinar y que me apetezca cocinar de lo feliz que esté, quiero que Celia encuentre en su trabajo eso que tanto necesita, ¡y sobrinos! quiero tener un sobrino en el regazo y leerle cuentos por las tardes y celebrarle cumpleaños, ver películas y comentarlas así “oye, ¿te has fijado en eso?” con manos que recorren con cariño mis rodillas, quiero que sepan que los quiero (mis amigos, mi familia, las personas que amo)  y los cuido y que mi casa mis brazos  mi sangre el corazón mis cosas son suyos, y quiero sexo con amor y piel a raudales sin relojes ni kilómetros, ver la aurora boreal y recordarla luego, quiero hacer footing todos los días, y agradecer a mis amigos esos ratos largos que me ofrecen, y esos zapatos que vi el otro día, y quiero actuar y que no me tiemblen las rodillas justo antes, quiero que mis alumnos/as digan siempre lo que están pensando y aprender de ellos/as, y me apetecen cosquillas en el pelo casi casi a cualquier hora, y devorar libros que me sacudan, y poner a Jamie Cullum mientras charlo con alguien en el sofá de mi casa, y que suene mi canción mientras subo escaleras mecánicas, quiero terrazas desde las que sólo veo cielo, quiero dormir como los niños, y todas las siestas con Ego, quiero viajar a Nueva York el año que viene para 2017, y que el amor no se muera que siempre me observen con la mirada brillante y viceversa, y besos ¡por pedir! muchísimos besos. Y que diciembre me sepa a estrellas en el cielo, a cosas nuevas.

Pero para cuando acabé de pensar, ya tenía todo en la bolsa y la chica me decía “muchas gracias, hasta luego”. Toda sonrisas.