Besos con lenguaje

Educar así y no “asá”

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Ayer por la mañana, entre bromas y conversaciones de todo tipo, conversé con una compañera del trabajo sobre un tema que me hizo reflexionar, luego me quedé un rato por la tarde dándole vueltas a ello (a veces me pasa, aunque no se trate de algo importante). Por la noche vi una serie en la que un par de chicas se hacían un selfie junto a la taquilla de otra niña que había muerto para publicarla después en sus redes sociales.

Ayer alguien me contaba que vivimos obsesionadas/os por la “aceptación” y el halago del otro, que ha borrado su cuenta de una red social porque estaba harta de mirar los “me gusta” cuando estrenaba foto.

Después en casa, con otra conversación, pensé en ello. Y mientras paseaba por la calle, también.

Pensé que como docente (y como futura madre) quiero educar de otra manera, que cuidar nuestro aspecto, nuestro cuerpo, cortarnos el cabello o ponernos ese vestido o esos vaqueros estupendos debe ir enfocado a sentirnos bien y gustarnos a nosotras/os mismas/os.

Tal vez yo cuando era más joven era un poco así, me gustaba el halago, provocaba el halago porque supongo que lo necesitaba de algún modo. Era como si de ese modo se reafirmara mi belleza en un momento dado o en una etapa determinada.

Después crecí. Y además de crecer y madurar, tuve una relación tormentosa en la que sufrí con cierta desesperación por no saber cómo solucionar las cosas. Ese dolor no fue un dolor corriente, fue intenso, profundo, que me despojó de “tonterías”, inseguridades o memeces. Después del dolor, vino la solución, el aprendizaje, la calma. Y fue entonces, en el aprendizaje y la calma, cuando supe que todo lo banal comenzaba a aburrirme, cualquier comportamiento idea o necesidad superficial, me aburría inmensamente, porque había aprendido tantas cosas que se me habían ido para siempre todas las tonterías.

Tomé consciencia de la verdadera razón por la que nunca publico fotos mías aquí, ni aquí ni en instagram ni en twitter. Y eso que yo estoy feliz con mi aspecto físico, creo que no estoy nada mal, me gusto por dentro y por fuera, me cuido, tengo ropa bonita, no sé, quiero decir que no me avergüenza el envoltorio en absoluto y soy presumida. Pero… no me hace falta provocar el halago, no necesito “hacerme selfies” (cuando me enamoro sí, envío fotos a la persona que me gusta y está conmigo porque me vuelvo una romántica) para que todos me digan que estoy guapa. Si quedo con amigos o salgo con mi novia y me dicen “estás preciosa”, pues genial, a todos/as nos gusta agradar, pero no necesito nada de eso realmente.Es como si crecer me hubiese permitido algo muy muy bonito: ser completamente libre.

Y me encanta ponerme ese vestido negro y me pinto los labios y me pongo un bikini que me parece muy favorecedor, aunque no lo publique ni persiga el halago. Me gusta cuidarme por y para mí, por el placer de pasear por una ciudad preciosa y mirar el cielo, y tomarme un café en buena compañía, y echar unas risas, y hablar del libro que me estoy leyendo ahora (“El amor de una mujer generosa”) y sentirme absolutamente feliz conmigo misma y con lo que soy capaz de aportarle a otras personas. Porque más allá de los selfies, los “megusta”, los halagos, hay un universo inmenso, dentro de nosotras/os mismos/as y a nuestro alrededor.

Y quiero educar así. En el amor propio, el cuidado de una mismo/a, la confianza, la libertad, la sensibilidad, el cultivo de este mundo interior tan mágico, y la ausencia de banalidad.

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De impaciencia, niños y mis próximas historias

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Les he preguntado a mis alumnas/os: ¿Qué os hace especiales o qué os gusta de vosotras/os?

Y dicen:

“Yo dibujo bien”. “Que tengo sentimientos especiales”. “Que hago los puzzles muy rápido, señorita”. “Que soy muy lista y muy fuerte”. “Que casi siempre estoy contento”. “Mi colección de dinosaurios”. “Que juego todo el rato”. “Que abro los ojos y estoy feliz”. “Mi familia titiritera (¿?¿?¿)”.

Y luego, una niña me observa atentamente añade: “Y tú, señorita, tienes muchas muchas muchas cosas que te hacen especial”. Yo me encojo de hombros, y entonces mis alumnas/os comienzan a decirme con dulzura todo lo que ellos/as ven en mí y dicen levantando sus manitas: “Que eres guapa”. “Que haces que el colegio sea bonito”. “Me llenas el corazón de amor”. “Que estás siempre a mi lado”. “Eres cariñosa”. “Eres buena”. “Que eres un bombón (mi alumna M. me lo dice cada mañana nada más llego a recogerles y es adorable)”. “Que nunca nos castigas, prefieres hablar con nosotros”. “Que me lees cuentos especiales”. “Tu pelo”. “Cuando hacemos la fila y me saludas”. “Que eres feliz (es cierto, lo soy) y nunca te olvidas de nosotros”. “Que me enseñas a pensar (señalándose al mismo tiempo la cabeza)”. “Que te gustan los animales”. “Que te preocupas por los demás”. “Que cantas bien”. “Que haces bromas todo el tiempo”.

No sé si soy todo eso que ellos perciben, son tan adorables al “verme” así… Pero sé que estoy llena de cosas pro hacer y que las cosas que hacemos nos convierten en cierto modo en las personas que elegimos ser. A veces quiero hacer demasiadas cosas, me puede la impaciencia de hacer  (hasta deseo planificar todas mis vacaciones y sólo estamos en abril) y ser, y no es necesario, todo llega cuando es el momento.

De lo que sí estoy segura es de que necesito terminar un relato y una novela. Y no queda nada nada para eso, no sé en qué me convierte escribirlas, pero me gusta hacerlo, y es algo que sólo depende de mi cabeza soñadora y de las yemas de mis dedos.

Celebrando siempre el 19

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Hace tres días que quería escribir esto. Lo pensé mientras conducía el otro día. No le compré nada a mi padre el 19 de marzo (que se celebra el día del padre) porque me pilló en la playa y sólo atiné a decirle: papá, felicidades, te quiero. 

Por teléfono.

Pero mi padre merece mucho más que una felicitación. Para empezar es el hombre más honesto que conozco. Pero además de eso, cuando pienso en él, me acuerdo de tardes en el parque, sábados llevándome al mercado para hablarme del olor, el precio y los beneficios de la fruta y la verdura, domingos de museos y exposiciones de pintura/escultura/arquitectura, atardeceres con mi madre y mi hermana pequeña en la playa, leyendo y jugando. Y corriendo maratones, y entrenándose diariamente lleno de felicidad. Puedo verlo en la sala de estar, ayudándome con los deberes de la escuela, explicándome las cosas con paciencia y sin relojes. Riendo con mi madre casi todos los días de nuestra vida. Pasando por el supermercado al salir del trabajo.Lo recuerdo leyendo, en silencio, junto a la ventana.  Estudiando todas las tardes para ser un médico competente, humano, eficaz, innovador. Jugando conmigo en la playa, con las gafas de agua, nadando mar adentro. Animándome a ser una buena persona, modesta, generosa, tranquila, trabajadora. Leyéndonos cuentos a mi hermana y a mí, casi todas las noches. Cocinando alegremente. Colaborando siempre en mis mudanzas. Integrando a mis parejas para que siempre se sintiesen en todo momento, parte de nuestra familia. Celebrando mis logros, ayudándome a aceptar los errores y defectos. Cuidando noches enteras de Luna (nuestra perrita de toda la vida) al hacerse mayor y estar enferma. Acariciándole el pelo a mi abuela, cuando apenas se acordaba de nuestros nombres. Haciéndonos reír siempre que perdimos abuelos o pasamos por etapas más tristes. Llenando el salón de casa de chupetes de caramelos colgantes, regalos y globos metalizados en las fiestas de Reyes (Navidad). Escuchándonos a mi hermana y a mí. Hablándonos de política, cine, música, deporte, arte, literatura… Secándonos el pelo cuando era invierno y hacía frío. Paseando a los perritos. Ganándonos en el Trivial Pursuit porque sabe muchas cosas, muchas muchas y no presume de nada. Defendiendo y ayudando siempre a los individuos más vulnerables. Cuidándonos, cuidándose. Acompañándome a algún casting teatral cuando yo tenía 15 años y quise conseguir un papel (que conseguí, y él me sonreía y me decía que estuviese tranquila). Recordándome siempre que uno es lo que hace, que debemos entregar siempre lo mejor que tengamos sin olvidarnos de seguir siendo nosotras/os. Diciéndome que mantenga en todo momento los pies en la tierra, disfrutando de los aspectos más sencillos y hermosos de la vida (un paisaje, un buen paseo con mi perro, un verano, mi trabajo, unas risas, una película…). Midiéndome la fiebre. Pidiéndonos desde la niñez que no alzásemos la voz, que no llamáramos a nuestras amigas a la hora de la siesta, que recogiésemos nuestros juguetes, que fuésemos amables y respetuosas, que tuviésemos empatía y comprensión con los demás, que no arrastrásemos las sillas, que nos quitásemos la arena de los pies antes de subir al coche, que no diésemos portazos, que nos cuidásemos, que fuésemos independientes, que pidiésemos las cosas por favor y diésemos siempre las gracias, que valorásemos todo lo bueno que tenemos, que perdonásemos nuestros propios errores y los errores ajenos, que aprendiésemos a elegir a nuestros amigos o parejas para rodearnos de un ambiente cálido, transparente, bueno.

Mi padre, en mi opinión, es un ejemplo de lo que ahora llamamos “masculinidad alternativa”, es decir, es un hombre que educó a sus hijas (con ayuda de mi madre), nos cuidó, bañó, protegió, cocinó, ayudó con los deberes, nos aceptó con todo, nos habló de injusticias o de libros o de películas, cultivó nuestra sensibilidad y nuestra fortaleza, y al mismo tiempo, hizo deporte, arregló junto con mi madre cosas de la casa, pintó paredes, nos incitó a jugar a toda clase de juegos divertidos a mi hermana y a mí más allá de estereotipos o prejuicios absurdos, nos llevó a la ópera, a ver tenis… Y me enseñó una tarde (preciosa, había una luz ambarina que aún recuerdo) a montar en bicicleta y cuando me alejaba subida en ese par de ruedas un poco nerviosa, él decía: ¡anda, qué rápido has aprendido, qué bien, sigue, tú puedes!, orgulloso, feliz, emocionado.

Así que sí, me siento plenamente orgullosa de él, el 19 de marzo y cada día de mi vida.

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Decir no. Decir que sí.

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Ayer pasé una tarde muy agradable con unos amigos. La cafetería tenía libros y juegos de mesa, y un ventilador vintage que no funcionaba.

Hablamos de un montón de cosas y cuando volví a casa, sentí que casi casi está entrando la primavera. Al menos ya no sale vaho de mis labios cuando hablo, ni me hace falta la bufanda. El olor era distinto (aunque aún hace frío, todavía es invierno), incluso los niños en la plaza jugaban de manera distinta. No sé. Volví a casa y me acordé de la vez que un niño a los siete años, me pidió matrimonio, de que dije que sí aunque ese chico no me gustaba especialmente, a mí el que me gustaba era otro, uno rubio, silencioso, educado y tímido. Pero le dije que sí al otro (al “travieso” que desobedecía a todo el mundo,  y me insistía una y otra vez) y paseé por el patio de la escuela con un velo, mis labios medio pintados, cogida de su brazo y con un séquito de amigos y amigas detrás que cantaban no sé qué. Miré de reojo algunas veces a Pedro, el niño que me trataba tan bien, y que además era guapo y respetuoso. No sé por qué me acordé de ese pasaje, insignificante, infantil, de mi niñez. Lo que sí sé es que pensé: ¿por qué no nos enseñan desde la escuela, la familia, el mundo, a decir “no”? ¿Por qué las personas intentamos “resistir” y aguantar lo que venga, lo que sea, por miedo a decir “esto no lo quiero”?

Me pasa que últimamente escucho numerosas historias de personas cercanas que toleran ciertas situaciones muy dolorosas en sus relaciones (de amistad, familia, pareja, compañeros de trabajo), me las relatan como si no hubiese más remedio que aceptar lo inevitable, y lo soportan con el corazón encogido durante días, semanas, horas. Me dan ganas de decirles y de decir al mundo: yo creo que los rayos, las tormentas, los accidentes, algunas enfermedades, son inevitables, pero las personas que te aman y te cuidan, deciden las cosas que hacen o dicen, y aunque a veces herimos sin querer y es lícito, generalmente hay consciencia tras esas decisiones y actuaciones y debemos pensar si merece la pena sufrir por sufrir. Me dan ganas de preguntarles: ¿Por qué no dices no? ¿Por qué no te marchas por mucho que lo quieras de una relación que te roba energía, alegría, seguridad, calma? ¿Acaso elegimos la compañía de alguien para sentirnos más vacíos, perdidos o tristes?

Si una cosa he aprendido (antes no la sabía, por eso decía que sí con una sonrisa a un niño de siete años que no me gustaba especialmente y cuya actitud no me hacía sentir bien) es que mi presencia en la vida de otras personas debe enriquecer, alegrar, ayudar, sin interferir negativamente en sus deseos, sueños, necesidades o metas. Pero al mismo tiempo, debemos pensar en lo que nos hace daño, en lo que no necesitamos, en aquello que no tenemos que tolerar porque nos encoge el corazón, y hemos de saber expresarlo con cariño y respeto, y si aún así, las cosas no mejoran, tenemos que encontrar el modo de marcharnos con el menor daño posible.

Antes yo pensaba que el amor podía con todo, que había que resistir. Hoy opino que aunque el amor es cuidado diario, concesiones, generosidad, ternura, incluso a veces renuncias puntuales, nunca debe convertirse en una batalla contra una/o misma/o, porque lo que somos es lo que sentimos y hacemos, y es hermoso reconocernos siempre frente al espejo. Y más hermoso aún que eso baste para llenar de felicidad a nuestras familias, amigos, parejas…

 

 

 

La llegada.

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Cuando fui a ver “La llegada” me senté cómodamente en el cine y abrí mucho los ojos. Te va a gustar, te va gustar, me habían dicho. Un rato más tarde, tras leer algunos títulos de crédito, finalizada la obra maestra, me quedé sin habla durante unos minutos.

Más allá de ser considerada una película de ciencia ficción (no estoy muy especializada en este género), me conquistó el mensaje, que atravesó mi corazón y mis vísceras como una espada. Y aquí va un spoiler (por tanto deja de leerme si no la has visto). La fotografía, los encuadres, la exquisita sensibilidad de las imágenes de una niña que enfermaba y crecía insertadas en silencio en medio del largometraje, la luz, la fuerza y la vulnerabilidad de la protagonista, la importancia de la comunicación y la paciencia, el amor, el dolor, la pérdida… Pero lo que me sacudió fue el mensaje: atrevernos a vivir una historia a sabiendas del dolor que puede provocarnos, aún cuando imaginas o sabes claramente que vas a sufrir. Wow. Qué bonito y qué valiente.

Los seres humanos le tememos tanto al dolor, al sufrimiento que otro nos puede provocar, que nos asusta decir “sí, vamos”. Obviamente estoy de acuerdo y no lo estoy, quiero decir, hay que atreverse a vivir algo aún a sabiendas de que esa persona puede hacernos daño (siempre hay señales, detalles, que queremos y no queremos percibir, yo he aprendido al crecer, a verlos, a recogerlos, almacenarlos y a vivir las consecuencias de una elección), pero también hay que saber marcharse, dejar ir, cuidarnos, y elegir, en medida de lo posible, siempre, el buen amor. Lo que sucede es que esta película habla de lo irremediable de la enfermedad, de lo irrevocable, lo imparable, hermoso e incondicional que tiene el amor maternal.

Una vez alguien me dijo que las personas confunden el amor a los quince años con el verdadero amor, por lo puro, tierno e inocente que es,  cuando no sabemos las consecuencias de una ruptura, de una decepción, y mi amigo defendía que el amor más auténtico es precisamente el otro, el que viene con los años, ese amor que viene implícito cuando sabes que al entregarte emocionalmente a otra persona, arriesgas un corazón blando y sangrante y aún sabiendo todo eso, lo entregas, lo haces. Amar con la plena consciencia del dolor, de todo lo que puede suceder.

Personalmente opino que a veces cuesta exponerse, que tras experiencias que no salieron como esperabas estamos más cómodas/os en una nueva zona de confort en la que nadie puede hacernos daño, y al mismo tiempo, considero preciosa la elección personal de arriesgarse y seguir aprendiendo.

Tras ver la película me acordé, no sé por qué, de mi perro. De ese momento en el que adoptas a un animal al que sabes que vas a adorar, asumiendo al mismo tiempo  que un día dejará de acompañarte. Y al pensar en esto, aunque no derramé lágrimas, me emocioné profundamente.

Ya me he ido por las ramas. Todo esto para decir que vayas a ver la película, que te va a gustar, que puedes disfrutar de una historia de extraterrestres que habla en realidad del amor, el lenguaje y la consciencia.

 

La importancia de estar solas

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Tengo que escribir esto, lo siento. Léeme si quieres. Mientras lo escribo, los/as niños/as hacen bailes con los dedos de las manos con la maestra de música que les enseña incluso que el corazón es un instrumento (lo es, lo es). Mientras lo escribo, Rita decide no bailar con los dedos y leer en silencio a mi lado (me encanta cuando hacen eso: coger un libro y mirarlo junto a mí sin decir absolutamente nada).

Pero tengo que escribir esto, ahora que tengo apenas diez minutos, para que no se me olvide luego.

En clase, estábamos meditando un poco (de este modo se relajan y sentimos el silencio), de repente les pregunto: ¿os gusta pasar tiempo a solas?

No sé muy bien por qué formulo esta pregunta en ese momento, pero lo hago espontáneamente. Y a partir de ahí surge esta conversación:

Alumna 1: -Sí. Me gusta. Así puedo hablar con mis sentimientos.

Yo: -¿Y qué les dices a tus sentimientos?

Alumna 1: -A veces les hago preguntas, por ejemplo: ¿cómo me siento con el enfado de mi amiga?, y mis sentimientos me responden, de verdad que hablan.

Yo: -Qué bien, aprender a estar solos/as un rato es muy importante, es como escucharnos y dedicarnos a nosotros/as.

Alumna 1: -Yo me meto debajo de las sábanas o debajo de la mesa si hay ruido para hablar con mis sentimientos.

Alumno 2: -A mí también me gusta estar solo (en mi regazo, sosteniéndome la cara con sus manos para que le mire). Me meto en el armario y pienso con los ojos así (los cierra). Y lo hago cuando estoy cansado, cuando estoy triste o enfadado.

Alumna 1: -También puedes estar muy feliz sola y pensar cosas bonitas.

Alumna 3: -A mí no me gusta nada estar sola porque me gusta estar con mamá, con Julia y contigo (señalándome) y punto.

Yo: -Está bien estar acompañado, pero también es agradable estar a solas con una misma. Es necesario aprender ambas cosas: a estar con otros/as y a estar con nosotros/as mismos/as.

Alumna 1: -Yo es que me escucho así callada sola y me gusta, aunque ¿sabes qué señorita?

Yo:-¿Qué?

Alumna 1: -A veces es triste eh. Porque a veces lo que dicen los sentimientos da penita.

Qué cierto. Qué importante es hacer y estar solas/os, disfrutar del placer de la lectura silenciosa o de dar un paseo o de ver películas a solas, así como preguntarnos cosas, escucharnos, compartir, volver a estar con otros/as y entregar y recibir, y permitirnos a veces la tristeza cuando lo que vemos puntualmente aquí dentro, nos aflige. Qué necesario saber que el corazón baila si lo escuchamos, que es un instrumento que nos susurra cosas y que el ruido entorpece la comunicación con nosotros/as mismos/as.

Qué bonito conversar con niños/as de cinco años que saben estar a solas.

 

 

Aprendizaje niños empatía

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Aunque la que da clase soy yo, aprendo mucho de ellos. Es curioso, vengo todas las mañanas con las manos heladas en los bolsillos del abrigo, pensando en un montón de cosas, atravieso calles, cruzo por pasos de cebra, y cuando llego a clase y me reciben con historias y abrazos, me conmuevo al comprobar lo mucho que me enseñan.

Tienen cinco años. A veces se pintan las uñas de las manos como yo, a veces lloran, exigen, reclaman, ríen, se disfrazan, mienten, corren, se hacen pis, aciertan, vencen, imitan, retan, desobedecen, explican, perdonan, aman, me dicen que me prestan sus guantes si eso…

Hoy hemos contado un cuento precioso sobre enfados y reencuentros, sobre la rabia, el perdón, el amor. Qué bonito, porque estaba contado desde ambas partes, y el final de ambas versiones (la de la patita y la del cabrito) estaba justo en el medio, en el lugar en el que ambos se reencuentran. Hemos hablado de cuando se nos enfadamos, de cómo el corazón late más rápido y sentimos ira (lo han dicho ellos), dolor, mucho dolor han comentado. También hemos analizado lo que ocurre después del enfado con alguien a quien amamos: que el enojo se evapora, sale de nuestro cuerpo así sin más, a veces bastan unas horas o unos días o tres minutos, el corazón vuelve a latir suavemente, todo regresa a la calma.

Les he aconsejado (en realidad ha sido un acuerdo común) que antes de decir algo que duela, o de empujar a un buen amigo, o de gritar cosas intolerables, aprendamos a respirar, dejemos que pasen unos minutos porque de este modo el enfado se disipa un poquito y las cosas se sienten de otra manera, he tratado de hablar sobre el impulso y la reacción ante algo, y hemos concluido que es mejor respirar, permitirnos estar enfadados/as y tristes un rato, procesar (ordenar nuestras emociones un poco) lo sucedido, y después hablar claramente con la otra persona. Debemos decir lo que nos ha disgustado, lo que no queremos que vuelva a suceder porque nos hace daño, así como disculparnos si hemos actuado o reaccionado demasiado mal.

Y una alumna, al cabo de un par de horas, lo ha puesto en práctica sin decirme nada. Lo he visto y me he llenado de amor. Es una alumna a la que admiro personalmente por su honestidad, madurez emocional, templanza. De hecho he aprendido muchas cosas de ella (a pesar de tener cinco años): es una niña muy segura de sí misma, independiente, no le importa jugar a veces sola, no lo hace con tristeza ni vergüenza, es que a ratos elige jugar sola, también se divierte acompañada, es muy equilibrada, responsable, capaz de demostrar afecto a sus amigos/as y al mismo tiempo de establecer límites, cuando algo no le parece bien lo expresa y si se molestan con ella, es capaz de razonar y disculparse o mantenerse en sus ideas, no le afecta en exceso lo que el resto opine, se comporta según lo que considera más justo, es muy empática y generosa (muchísimo para su edad), valiente, fuerte, optimista, solidaria (capaz de colaborar, ayudar, entregar, sin desgastarse). Cuando algo la entristece se toma su tiempo, respira, reflexiona, se permite esa melancolía o disgusto, y después busca solución, trata de hacerse comprender y de entender al otro/a, sonríe, brilla. Conozco a muchos adultos incapaces de hacer todo eso.

Hoy la he visto sonriendo, sentada en el patio, observando el vuelo de una paloma sobre un alambre, con una expresión relajada, y le he preguntado: ¿por qué vienes siempre tan contenta, qué te hace tan feliz?

Y ha respondido: “todo esto señorita (señalando a su alrededor) y estar contigo”.

He muerto de amor. Me han dado ganas de decirle: gracias, no sabes cuánto me enseñas todos los días. Pero no he dicho nada, la he mirado con cariño y he sonreído.