Besos con lenguaje

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Yo tengo dos amigas en la escuela en la que trabajo (he decidido que es hora de llamarlas amigas y no compañeras de trabajo). Sus nombres empiezan por la letra A. Son amigas porque entre risas, bailes y bromas propias de tres adolescentes, abrimos el corazón como una manzana y se nos saltan las lágrimas, desenterramos miedos, definimos inseguridades, y decimos cosas como “es que aquello que pasó me dolió tanto, he aprendido algunas cosas, yo creo que deberías actuar así, abrázame, hoy estoy rota, ¡me enamoré!, tengo dudas existenciales, quiero viajar a ese lugar ya sabes”.

Alejandra es como mi hermana mayor. No hay miedo cuando me muestro feliz, asustada, triste, ilusionada o vulnerable. Nosotras podemos ser nosotras en todo momento. Comprendemos los silencios y la euforia de la otra. Me trae bizcocho algunas veces, me cuida, me pregunta y se interesa por todo. Es un apoyo tan bonito que a veces me emociona. Ella me habla de sus hijos, del amor cuando se rompe y se construye, me cuenta de sus viajes y ganas de encontrarse a sí misma, de tacones, vestidos y playas. Es luz tamizada por ventanales grandes. Con ella puedo ser profunda o banal, no importa. Aún no sabe si le valen tiqui tiquis rápidos o almas sensibles con promesas complejas, aún está en proceso de reconstrucción, por eso aún no sabe qué hacer con según qué cosas. Porque una vez se rompió y eso no se olvida en poco tiempo. Ha sido bonito verla nacer de nuevo, sonreír al otro lado del patio de la escuela, acompañarla. Alejandra no tiene red social en la que leer esto, se esfumó de todo eso y con razón, pero lo que importa es que sepa lo mucho que le agradezco la escucha, el afecto, sus bromas, la confianza…

Ángela tiene mi edad, me acaba de decir: tú y yo somos amigas antes de pedirnos relación por facebook ¡que yo ya soy tu amiga! así en la puerta de mi clase, y luego me ha abrazado. Qué graciosa. Ayer también me abrazó. Es de esas mujeres que no tienen aplicaciones como esta asociadas al teléfono, eso me ha dicho. Y he sonreído. Ángela además de ser una profesional y una mamá admirable, es ternura, pasión, timidez, honestidad y luz iridiscente. Capaz de cegarnos incluso. Lo que pasa es que ella no sabe cuánto brilla. A veces no es consciente de todo lo que aporta a quienes tenemos la suerte de conocerla. Es de esas mujeres que se llevan de vacaciones a sus gatos, plantas y un caracol (y su lechuga) porque no falla a nadie (también va con su marido e hijos pequeñísimos). Es noble. Transparente. No hay doblez. No pretende nada que no sea. Y sonríe y a veces necesita decirnos que ha dormido mal y que por eso está un poco refunfuñona.  Ella baila en mi clase porque sí, o se sienta en el suelo entre bromas e historias y nos abrimos el corazón con cuidado si queremos explicar algo. “¿Entiendes lo que quiero decir? Sí. ¿Conoces esa sensación? Claro”. No hay filtro cuando hablamos con franqueza y el alma en la mano.

Ángela y Alejandra son dos personas valientes, fascinantes, divertidísimas, buenas, generosas que completan mis mañanas en el colegio, que bien podrían convertirse en protagonistas de un libro que hable de cómo sueñan, temen, aprenden, abrazan y aman las mujeres (no importa a quién).

No sé si alguna vez leerán esta moñez (me conocen, saben que puedo ser así de cursi), pero qué importa. Ellas saben (estoy segura) que son como estrellas cosidas en el cielo, únicas e irreemplazables.