Besos con lenguaje

Archivo del Autor: Helena Lago

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Últimamente me siento como en esta preciosa fotografía. En paz. Como si todo encajase en su sitio, y no hubiese prisa. Dentro de mí hay esa luz, justo esa que aparece tras el coche, ¿te has fijado? Una luz clara, suave, relajante, de atardecer, de paseos y viajes. ¿Veis el equipaje? Es el bagaje que llevamos cualquiera de nosotras/os (tú, y esa chica que pasa junto a mí sobre las nueve menos cuarto, y yo), a mí no me pesa, no me condiciona ni me asusta, todo lo contrario, siento que me enriquece y que me ha preparado para todo lo bueno que está por llegar.

No sé hacia dónde iría si me esperase un automóvil así. Tal vez recorrería ciudades, pueblos, avenidas, senderos inhóspitos, llegaría a playas infinitas, no sé. Quizá me pillasen un par de tormentas, y luego volvería el sosiego y el silencio. Me llevaría a mi perro, eso seguro. Él iría en la parte de atrás con ese gesto despistado, dormido, feliz. Escucharíamos un poco de jazz, algo de ópera, y puede que a Sidecars que me pone de buen rollo. Yo tararearía, moviendo un poco los dedos así. Y pensaría en todo lo que quiero escribir, en todo lo que deseo decir. El corazón saldría por mi boca cuando rememorase todo lo bonito y salvaje que he vivido estos años. Sonreiría al pensar en alguna que otra sonrisa. Bebería zumo, bajaría las ventanillas para sentirlo todo mucho y no perderme nada. Compraría postales para mis amigas, para las que más quiero en el mundo, les diría que estoy en un hotel mágico con vistas impresionantes y les contaría anécdotas de mi perro seguramente.

Últimamente no importa dónde ni cómo, todo encaja, todo parece fluir sin prisas hacia donde yo quiero. Me gusta esta sensación.

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Una vez tuve un alumno que perdió a su madre toxicómana una noche, y nadie sabía cómo decírselo. Algún día tendría que saber que la encontraron tumbada de lado en una acera, pero no esa vez, era muy pequeño y no hacían falta los detalles. A mí me dolía el corazón solo de pensar que alguien tenía que explicárselo. Tenía cinco años y una sonrisa preciosa. Al final el niño no lloró demasiado, tampoco hizo muchas preguntas y acabó el curso como pudo, pero tenía “el vacío” grabado en cada uno de sus gestos. Me emocionó tanto cuando aprendió a leer, lo hizo en mi regazo, y le susurré algo bonito al oído. Algo parecido a: ahora tienes un mundo alucinante a tu alcance, los libros son todos mágicos y van a acompañarte siempre, no se van.

El vacío es un concepto variable. Podemos sentirlo como una ausencia tras la partida de alguien. Podemos sentirlo en el pecho, cuando el corazón deja de latirnos por todas esas cosas que nos entusiasman. O en el pupitre de la chica que te gusta tanto y no ha venido. Podemos sentirlo al enterrar a nuestros padres, a nuestros perros, gatos, amigos. En el espacio que antes ocupaba un cuadro o un libro o esa fotografía en la que sonreíamos con los ojos. O en el hueco inexplicable que guardamos a esa persona que está por llegar.

Hay un lugar para alguien, aquí a mi lado (pero ya no lo percibo como un vacío). Junto a la ventana. He ido siendo consciente hace unas semanas. Es alguien que no necesito. Que no deseo buscar. Que no sé si existe, pero que me gustaría conocer y decidiésemos quedarnos, no sé si se pinta las uñas, si tiene perros que ladran, si sueña en la siesta, si defiende sus ideas con un exquisito sentido del humor, si mira las mismas series que miro, si lee los libros que compro (o escribo), si besa cerrando los ojos, si es capaz de cuidarse a sí misma, si odia las jaulas como yo las odio (de pájaros y de humanas/os), si piensa acompañarme a Nueva York, si ahora en este momento está triste o completamente absorta escuchando una canción, si trabaja o estudia o viaja, si ha perdido a sus padres, si habla mi idioma, si tiene principios muy firmes, si cocina, si hace el amor mirando tímidamente a los ojos, si querrá cogerme de la mano, si ama a los animales, si tiene bicicleta, no sé. Pero llevo un tiempo (no demasiado) sintiendo que hay un sitio para ella, espero que al vernos sea como mirar el mar por primera vez (como dijo alguien) y sonría. No pienso hacerle daño. No pienso dejar de ser yo ni querré que ella sea otra cosa. Le diré que vuele todos los días y vuelva cuando quiera, que yo haré lo mismo. Que seremos dos iguales (muy distintas) que se ayudan, y se miran sin juzgarse. Le diré que no deje nunca de crecer, de viajar, de leer, de ser ella. Que ahora lleno mis horas nadando, escribiendo, visitando a mis amigos, paseando a Ego, que acabo de apuntarme a patinaje. Que pienso abrigarle los miedos. Le diré muchas cosas, a besos, palabras, gestos.

 

 


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Una persona muy cercana a mí ha conocido a un chico. Cada día me relata con cierto entusiasmo el modo en el que él se acerca con una sonrisa tímida (a veces, dice, mira al suelo, y a veces la mira a los ojos con cariño), la manera en la que busca cualquier excusa para hacer los ejercicios a su lado, las conversaciones que mantienen con cierto rubor en las mejillas. No sé. El otro día ella se encontraba un poco mareada y él no le hizo ninguna pregunta incómoda, se limitó a hacerle reír y a acompañarla ese rato (¿no es bonito que decida preocuparse por ella cuando apenas se conocen?). A ella le brillan los ojos (estoy segura) cuando él le cuenta lo que hace por las mañanas. Y le tiembla un poco la voz (aunque no me lo diga) a veces. A ella la conozco muy bien y se merece alguien así, un chico que se detenga a conocerla, que la respete, que la mire con dulzura, que le haga reír, que valore lo fascinante que es, que la admire. Ambos tienen ganas de verse, es muy gracioso, se mueren de ganas y les puede a veces el miedo al rechazo. Ella quiere (pero no lo necesita) un compañero con el que compartir desayunos, cines, música, charlas, un tipo bueno, fuerte, educado, seguro de sí mismo, culto, que se sume a su trinchera y no crea que el amor es una guerra sino amor. Él parece alguien que además de guapo, interesante y educado, quiere mucho más que una relación sexual con ella, creo (por lo que me cuenta todos los días) que él quiere también esos cines, charlas, risas…

Mientras ella habla con ese halo inocente de ilusión, yo la observo feliz. Entonces le digo: disfruta de esto, pase lo que pase, lleve a donde lleve, nada más bonito que coincidir con alguien que te trata de esa manera, que te mira bonito y despacio, que se preocupa por ti, no mereces nada menos que eso.

No mereces menos que eso, digo, ella sonríe y cierra los ojos. Y luego me observo en el espejo de un baño, uno de esos espejos redondos y bonitos y me repito exactamente lo mismo: no merezco menos que eso.

Y es hermoso y apasionante decirnos cosas así. Saber que no necesitamos a nadie, pero que si nos elegimos hemos de señalarnos con el dedo, sonreírnos, aprendernos, y ofrecernos muchas cosas. Y si no es eso, mejor no querer nada.

Yo estoy convencida de que van a tener una historia interesante, de esas que dan ganas de fotografiar o plasmar en algún relato.


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Adoro esta obra de Hopper. No puedo evitarlo. No sé qué tiene. A fin de cuentas sólo es una casa en medio de la nada (lo cuál me parece un poco sórdido) y una mujer parece esperar a alguien. O simplemente mira cómo su perro corretea a toda velocidad a pocos metros de ella. Puede que sea la hora de la siesta, no sé, y haya soñado con alguien y haya abierto la puerta para ver si así se le pasa la tristeza o la alegría o el calor. O tiene hijos, muchos hijos y un marido que nunca vuelve porque le resulta molesto el sonido estridente de las voces de los niños. ¿Quién sabe?

Pero siempre me quedé embelesada observando esta pieza. Me parece sublime, discreta, preciosa y triste.

Yo prefiero imaginarme otra cosa. Yo quiero creer que ella se llama Astrid. Que tiene una pequeña cicatriz en el tobillo de aquella vez que tropezó al reírse en un concierto de jazz. Y un corazón que le hace boom boom boom por todo el cuerpo y a veces se le escapa por el campo, o en la ducha, de pura felicidad. Le apasiona el cine. Tiene el culo firme y algunas pecas en verano. Los labios tiernos. Muchos vestidos en el armario y a ratos un genio que no controla del todo. Cocina a veces y cuando lo hace tararea en inglés, y hace muecas. Lee, tiene muchísimos libros. No tiene hijos ni sabe si quiere tenerlos, pero sonríe cuando se cruza con algún niño. Quiere que su pelo crezca mucho mucho más, que su imaginación vuele. Quiere escribir, besar, soñar, follar (con amor, con los ojos un poco abiertos y las manos sosteniendo otras manos suaves), bailar en la sala de estar, sonreír cuando ella le diga “te quiero, tonta, te quiero cuando haces así con las pestañas o me hablas de libros”, invitar a sus amigos a cenar, nadar en el mar, coger todos esos aviones, llenar la bañera de agua y que haga espuma. Y no olvidarse nunca de todo lo que ha pasado. Quiere que su perro siempre corra y ladre y moleste. Yo creo que Astrid ha salido para sentir el sol rozándole las mejillas, y huele a tierra y a jabón.


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¿Tan difícil es que alguien comprenda que si no decimos “sí” quiere decir que no?

Ayer me consternaba leer todo lo sucedido con el caso de la manada y al mismo tiempo, se me saltaban las lágrimas al escuchar en todas las ciudades las voces limpias pidiendo justicia.

Es curioso porque a veces yo misma he “justificado” un comportamiento intolerable hacia mí de parte de otras personas, no he vivido nunca nada parecido a lo que esa chica ha sentido que conste, pero a veces he llegado a decir cosas como “bueno, tal vez me dijo o me insitió en esto porque yo…”

Recuerdo una vez hace tiempo en un hotel. Me gustaba mucho esa persona y pensaba iniciar una relación sentimental con ella. Pero no estaba preparada para acostarme, así de simple. No sentía que fuese el momento simplemente. Por muy sexual que sea, el deseo de desnudarme y compatir algo así con otra persona, es algo que debe de nacer de manera natural, bonita, espontánea, en el momento adecuado para ambas partes. Recuerdo que me insistió muchas veces y acabó enfurruñada dándome la espalda. No dormí nada aquella noche, el corazón me bailaba en la garganta, me sentí culpable por haberla “decepcionado” en cuanto a sus expectativas. Una frase se repetía una y otra vez en mi cabeza: “hemos hecho un viaje para encontrarnos, ha hecho un esfuerzo por verme y yo no he sido capaz de ofrecerle lo que me pide”. Volví de aquel viaje sintiendo que le había fallado a una persona que me interesaba mucho.

¿En que fallamos cuando educamos? En serio. ¿En qué manual de instrucciones pone que tenemos la obligación de ceder sexualmente ante la insistencia de otra persona?

No puedo imaginar qué pudo sentir aquella chica en manos de cinco desconocidos, ¿en qué clase de mundo vivimos? ¿por qué existe claramente una tendencia (a nivel moral y legal) que le resta importancia a este tipo de acontecimientos? ¿Qué mente puede justificar la invasión física o emocional de una persona en el cuerpo y el alma de otra? ¿Por qué se han decantado por una condena y una denominación que suaviza de por sí las consecuencias y el acto de someter a una persona?

Es curioso, porque siempre insisto a mis alumnas y alumnos (tres, cuatro y a veces de cinco años) que aprendan a poner sus límites (no importa el conexto) y digan con voz muy clara y firme: no me gusta que me trates así, para, no quiero hacer esto, respétame. Del mismo modo que les enseño a no invadir (ni física ni emocionalmente) el espacio del otro/a.

No importa si estamos de fiesta o en la cola del supermercado, si nos sentimos tristes o especialmente guapas/os ese día, no importa si es miércoles e invierno o si sábado y verano. Importa que todas y todos, merecemos un trato bueno, justo y respetuoso. Que no es no. Que la ausencia de un sí claro, conforme, de sonrisa en los labios y abrazo, implica un no contundente. Que no hay nada más hermoso que entregarnos libremente a otra persona, y no hay nada más violento que un encuentro no consensuado. Que a las cosas hay que llamarlas por su nombre. Que me emociona que todas letras y las voces se unan para “encontrarnos”.

 

 

 

 

 

 

 


tumblr_mw30c77sib1s1qyj8o1_400.pngUna vez alguien me dijo que antes que nada, antes de cualquier cosa, tenemos que enamorarnos perdidamente de nosotras/os mismas/os. Pero no te hablo de mirarnos fugazmente en el espejo y decirnos cosas como “joder, qué guapa estoy hoy”. Hablo de embelesarnos completamente de nosotras.

Durante muchos años no comprendí lo que quería decirme. Asentí en aquel momento con una sonrisa indecisa y guardé aquellas palabras en algún lugar de mi memoria.

Hace un tiempo entendí el significado, me dejé de historias y me observé despacio.

Enamorarme de mí, para poder hacerlo de otras personas. Enamorarme de todo, de lo nerviosa que me pone hablar delante de los padres de mis alumnos/as (y de lo bien que finjo no hacerlo), de cómo consigo concentrarme cuando necesito hacer algo, del gesto que hago cuando alguien me gusta, de mi manera de aplaudir después de ver una obra de teatro, del silencio que reclamo cuando acabo de despertarme, de mis estados fugaces y a veces inexplicables de melancolía, de mi apetito sexual (dulce, salvaje, casi constante), del olor de mi pelo, de las cosas que digo cuando me siento muy enfadada, de esa costumbre que tengo de emocionarme ante algunas situaciones o gestos o personas, de mi exquisita (dicen) sensibilidad, de lo bien que cocino bizcocho y lo mal que cocino lentejas, de mis labios rojos, del miedo que a veces me bloquea y luego desaparece, de mis silencios cuando estoy preocupada o triste, de mi pasión por el cine, de mi falta de destreza para el dibujo, de lo dejada que soy a veces para responder un mensaje al teléfono, de que puedo bailar casi cualquier cosa, de mi timidez repentina y efímera en determinadas situaciones, de lo fría y distante que puedo llegar a ser cuando algo me hace daño, de mi manera de amar (incontenible, tranquila, auténtica, incondicional, madura y a veces atropellada), de que a veces me olvido de ir al gimnasio a pesar de que me encanta la natación, de mi adicción a las siestas, de que no fumo ni bebo (habitualmente) ni consumo drogas, de algunas cicatrices invisibles que dejaron las garras de alguna mujer tóxica, de que sé lo que no quiero y lo digo, de que no me asusta decir lo que siento y lo que necesito, de lo mucho que me irrita que me interrumpan cuando escribo, de que sé decir “no” y poner límites (y antes no sabía muy bien cómo hacerlo, tal vez por mi prudencia y candidez con los demás), de la fuerza centrífuga que me nace aquí dentro, de lo mucho que me gustan las tormentas y lo poco que me agrada el parpadeo de un relámpago (porque sé que tras el relámpago, viene el rugido del trueno), de la seguridad que tengo en mí misma y de todas mis “debilidades”, de la sonrisa que pongo cuando voy a comer sushi, de que me encanta cuidarme y tratarme bien (y me gusta cuidar y tratar muy bien a los demás), del modo de acercarme a mis alumnos/as, de escucharles y ofrecerles mi regazo, del control que tengo sobre la fiera que nace dentro cuando algo me indigna o me parece injusto, de mis principios y valores (me encantan), de lo mucho que disfruto cuando voy a cualquier exposición, de que a veces susurro lo que pienso mientras veo una obra de teatro, de todos los errores que cometo por impulsiva e inocente, de mi tendencia al hedonismo (al disfrute de todos los detalles de mi vida), de darme por vencida a ratos y marcharme a tiempo, de lo gilipollas que puedo ponerme cuando me irrito, de mi maldita dulzura cuando alguien me remueve, de lo mucho que me gusta que me acaricien el pelo y la palma de las manos antes justo antes de entregarme al sueño…

Yo ya me enamoré de mí. De todo lo visible y lo que intuyo. Y fue a partir de entonces, que pude apreciar el amor en el tacto y el alma de otras personas.


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He visto una película que habla de las relaciones fugaces que se establecen por aplicaciones móviles. No le estaba prestando especial atención, pero no sé, al mirarla un instante, me he quedado un poco embelesada en determinadas escenas.

Una chica y un chico se acuestan con muchas personas que conocen esporádicamente, los eligen deslizando el dedo hacia la derecha o izquierda de una pantalla táctil. Después de cada uno de esos encuentros parece que se sienten vacíos, solos, extraños. Conocí esa sensación un tiempo. Ese hueco helado en el pecho después de llegar a un orgasmo con alguien a quien no quieres, que no te quiere  ni conoce tu niñez ni tus debilidades pero te desea en ese momento. No sé. No sé si podría describir con exactitud ese momento, ese vacío, ese no sentir nada más allá del estallido previo y salvaje que le precede. Debo añadir que cuando utilizas este tipo de sistema para ligar o tener encuentros sexuales debes estar fuerte y segura para poder afrontar lo que puedes encontrarte (gente que sólo quiere eso, gente que necesita enamorarse fugazmente, personas que mienten, mujeres indecisas o inseguras… De todo).

Por alguna razón ese chico y esa chica coinciden y no se acuestan en el momento. Se miran, se hacen reír, van a cenar juntos, bailan, charlan, pasean, se escuchan con interés… Conectan (y lo hacen con un gesto sorprendido e inocente, como quien prueba todo por primera vez y no esperaba sentir eso).

Se acuestan (después) y se entregan de una manera muy bonita, especial, que nada tiene que ver con el sexo que han tenido antes con todas esas personas. Amanece, desayunan y quieren hacer muchísimos planes juntos. Se dicen algo como que no quieren separarse. Qué bonitos esos planes. Y hacen muchas veces el amor, comparten muchísimos momentos. No sé.

He visto hasta ahí. Decidí mirar hasta ahí. Sé que el largometraje también habla de la crisis de una pareja, de no saber qué se hace cuando hay amor después de follar o de reírse en la ducha porque las aplicaciones no dan instrucciones para lo que sucede a continuación, de lo fácil que es volver a utilizar los dedos para deslizar hacia la derecha o la izquierda en función a unos rasgos sin importar nada más. De lo poco que sabemos de una persona hasta que no nos abre su alma y nos dice cuáles son sus intenciones, sus necesidades, sus valores, sus sueños, hasta que no nos trata muy de cerca y nos muestra sus garras o sus caricias.

Pero yo no quería ver más que hasta ahí. Hasta ese momento en el que los dos protagonistas se miran despacio, se acarician la espalda, se hacen el amor todas las veces, planean cosas divertidas todos los días, se besan en la palma de las manos, se buscan, se observan detenidamente, se escuchan con atención, se quieren después de todo, con esa expresión dulce/asustada/vulnerable de quien no esperaba encontrar el océano en pleno desierto y teme y ama y sueña.

Y es que yo creo que el amor es lo que pasa cuando dos personas se encuentran y se reconocen después de todo. Es morirse de ganas de verse a media tarde y compartir todo lo que ven (“he visto un pato en el río y le seguían muchos patos pequeños”, “he visto ese bolso que te gustaba cuando decías que…”, “te he visto en los ojos redondos de mi alumna mientras me contaba emocionada que ha visto un búho”, “he visto a mi madre llorar”, “he querido comprarte todas esas cosas al pasar por aquella tienda de la esquina”, “quiero verte despertar”, “me he acordado de ti en esa escena en la que dos tipos se enamoran en un tren”, “he vuelto a leer el libro aquel que te dije, ¿te acuerdas? y he sonreído”, “he visto a dos discutiendo y ella resoplaba como si lo hiciesen todos los días”, “he visto a alguien durmiendo en la calle, abrazado a un perro”).

No sé. Algo más allá de deslizar los dedos a la derecha o a la izquierda, sobre una pantalla táctil o sobre sus piernas un rato.

Yo solía decir que el amor debe cogerme por sorpresa, mientras pienso en otra cosa. Y ha de ser como dice Cortázar en Rayuela (eso también).