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A veces pongo mi “equipaje” sobre la hierba. Abro la maleta. Observo todo lo bonito que llevo encima, me detengo brevemente en algunos recuerdos (los contemplo como esas nubes que pasan suavemente, ligeras, fugaces ¿las ves?), enumero y ordeno todo lo que quiero hacer y aún no he hecho, acaricio aquellas virtudes y detalles que admiro, veo mi niñez y sonrío, veo aquellos labios pidiéndome un beso (el primero creo) y me hace gracia. Puedo escuchar aquella canción que fue el comienzo de mi adolescencia y que yo tarareaba en la ducha. El sonido de la lluvia cuando estaba en la Facultad y caía sobre aquellos ventanales. Hay muchas fotos, puedo saber cómo me sentía según mis gestos, en algunas estoy radiante, en otras menos. Conservo entradas de cine, vacaciones (y crema solar), tickets de la compra, billetes de tren, mis malas y buenas decisiones, el aprendizaje, revistas de cine, dedos recorriéndome la espalda, manteles de picnics, cuentos de la niñez, una agenda con los números de teléfono de los chicos que me gustaban a los ocho años (¿quién iba a decirme que años más tarde me enamoraría perdidamente de las chicas), gafas de sol, sombreros, juguetes, vestidos, cintas de Cristina y los subterráneos (bailaba aquellas canciones encima del sofá), mi bici rosa clarito que tuve a los siete años, las Converse, las zapatillas Victoria con dibujitos, mis disfraces, los te quiero de portal, las cartas de mis amigas, los duelos, el amor, las pérdidas, algunas postales, anillos, mi guitarra acústica que no sé tocar… Puedo visualizar también, el próximo beso (qué bonito el preludio, lo que aún no ha ocurrido, lo que imaginamos), no sé de qué labios (no sé si piensas venir o has llegado, aún no sé si nos conocemos o si acabas de cruzarte conmigo en esa esquina) pero sé cómo será la sonrisa…

 

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