tumblr_mw30c77sib1s1qyj8o1_400.pngUna vez alguien me dijo que antes que nada, antes de cualquier cosa, tenemos que enamorarnos perdidamente de nosotras/os mismas/os. Pero no te hablo de mirarnos fugazmente en el espejo y decirnos cosas como “joder, qué guapa estoy hoy”. Hablo de embelesarnos completamente de nosotras.

Durante muchos años no comprendí lo que quería decirme. Asentí en aquel momento con una sonrisa indecisa y guardé aquellas palabras en algún lugar de mi memoria.

Hace un tiempo entendí el significado, me dejé de historias y me observé despacio.

Enamorarme de mí, para poder hacerlo de otras personas. Enamorarme de todo, de lo nerviosa que me pone hablar delante de los padres de mis alumnos/as (y de lo bien que finjo no hacerlo), de cómo consigo concentrarme cuando necesito hacer algo, del gesto que hago cuando alguien me gusta, de mi manera de aplaudir después de ver una obra de teatro, del silencio que reclamo cuando acabo de despertarme, de mis estados fugaces y a veces inexplicables de melancolía, de mi apetito sexual (dulce, salvaje, casi constante), del olor de mi pelo, de las cosas que digo cuando me siento muy enfadada, de esa costumbre que tengo de emocionarme ante algunas situaciones o gestos o personas, de mi exquisita (dicen) sensibilidad, de lo bien que cocino bizcocho y lo mal que cocino lentejas, de mis labios rojos, del miedo que a veces me bloquea y luego desaparece, de mis silencios cuando estoy preocupada o triste, de mi pasión por el cine, de mi falta de destreza para el dibujo, de lo dejada que soy a veces para responder un mensaje al teléfono, de que puedo bailar casi cualquier cosa, de mi timidez repentina y efímera en determinadas situaciones, de lo fría y distante que puedo llegar a ser cuando algo me hace daño, de mi manera de amar (incontenible, tranquila, auténtica, incondicional, madura y a veces atropellada), de que a veces me olvido de ir al gimnasio a pesar de que me encanta la natación, de mi adicción a las siestas, de que no fumo ni bebo (habitualmente) ni consumo drogas, de algunas cicatrices invisibles que dejaron las garras de alguna mujer tóxica, de que sé lo que no quiero y lo digo, de que no me asusta decir lo que siento y lo que necesito, de lo mucho que me irrita que me interrumpan cuando escribo, de que sé decir “no” y poner límites (y antes no sabía muy bien cómo hacerlo, tal vez por mi prudencia y candidez con los demás), de la fuerza centrífuga que me nace aquí dentro, de lo mucho que me gustan las tormentas y lo poco que me agrada el parpadeo de un relámpago (porque sé que tras el relámpago, viene el rugido del trueno), de la seguridad que tengo en mí misma y de todas mis “debilidades”, de la sonrisa que pongo cuando voy a comer sushi, de que me encanta cuidarme y tratarme bien (y me gusta cuidar y tratar muy bien a los demás), del modo de acercarme a mis alumnos/as, de escucharles y ofrecerles mi regazo, del control que tengo sobre la fiera que nace dentro cuando algo me indigna o me parece injusto, de mis principios y valores (me encantan), de lo mucho que disfruto cuando voy a cualquier exposición, de que a veces susurro lo que pienso mientras veo una obra de teatro, de todos los errores que cometo por impulsiva e inocente, de mi tendencia al hedonismo (al disfrute de todos los detalles de mi vida), de darme por vencida a ratos y marcharme a tiempo, de lo gilipollas que puedo ponerme cuando me irrito, de mi maldita dulzura cuando alguien me remueve, de lo mucho que me gusta que me acaricien el pelo y la palma de las manos antes justo antes de entregarme al sueño…

Yo ya me enamoré de mí. De todo lo visible y lo que intuyo. Y fue a partir de entonces, que pude apreciar el amor en el tacto y el alma de otras personas.

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