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—¿Y qué vas a decirme?

Atardece. Lo sé por la luz y el sonido suave de las cosas (niños, pasos, coches, vencejos, viento, sillas, perros). Creo que Furo hace run run run justo en ese momento, en esa pregunta. Parece expectante también. Estoy despeinada. Desnuda. No quiero buscar a tientas la ropa. No quiero vestirme. Ni beber agua en ese momento. No quiero hacer nada que no sea mirarla así, mientras sus dedos se enroscan en mi pelo, mientras se hace de noche y la vida se recoge en silencio. Con todo lo que queda por hacer.

Y pienso cosas como: te diría que sí a todo, que ya no quedan cicatrices, que me gusta cuando dan las nueve y media de la noche, que están a punto de salir los unicornios (otra vez) por mi boca, que tengo las manos llenas, que mira qué invierno más bonito (apenas quedan días para las luces), que me encantan “sus dragones”, que beso sus pestañas/mejillas/labios/sueños cada vez que cierro los ojos muy fuerte, que todo es nuevo (brilla, huele a cosas por estrenar), que aquel picnic en la orilla no lo olvido, que estoy fuerte y he crecido y podré acompañarla en todas las tormentas (tengo pararayos, botas de agua, brazos que la arropen, besos preparados debajo del paraguas)…

Pero no me atrevo a decir todas esas cosas. Se va la luz. Sus ojos me contemplan, creo. Me ruboriza si me mira así.

Repite:

—¿Y qué vas a decirme?

Me sonrojo. Sonrío. Las palabras aquí, en el regazo.

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