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Ayer hablé con mi padre en el coche. Él siempre conduce bien, no importa si está cansado o le preocupa alguna cosa. A mí me enseñó a conducir él, dicen que en eso nos parecemos. “Cuando estés conduciendo, no te confíes, disfruta del coche pero tienes que prevenir todo lo que puede suceder allá más adelante”, y señalaba los automóviles en la lejanía.

A veces no sé cómo hablar con mi padre de asuntos que me afligen mucho, porque yo soy tal vez más emocional (y puedo echarme a llorar desconsoladamente), y él dice verdades enormes que en determinados momentos no puedo abarcar.

Pero me ha visto muy triste. Me ha observado con cariño, como esperando que yo quisiera compartir con él esa tristeza profunda en algún momento. Él no ejerce presión sobre mí, me deja estar hasta que lo necesito.

Mi padre es un hombre tremendamente fuerte. Física y emocionalmente hablando. Hace deporte por el placer de hacerlo, todos los días, con una constancia admirable. También es una persona sensible (aunque nada ñoño), capaz de cuidar a los demás, capaz de cepillarle el pelo a mi abuela cuando estaba frágil y moribunda, capaz de rescatar a cualquier animal desvalido y ofrecerle un buen hogar, o de jugar con los niños de la familia. Es serio. Acoge a mis parejas como un miembro más de la familia, las integra, me hace la vida sencilla y bonita. Es comprometido con aquello que cree. Quiere a mi madre de una forma preciosa, incondicionalmente, no tolera que nadie la critique mínimamente en cosas banales (como por ejemplo: pues mamá debería hacer más ejercicio, o debería ser más tranquila en este caso, o mamá parece irascible hoy), cuando alguna vez decimos algo así, él corrige: “tu madre es mucho más buena que cualquier persona que conozco, no digas eso”. Creo que ese amor incondicional, cercano, continuo, completo, es al que todas y todos debemos aspirar. No sé, en mi humilde opinión.

Mis padres han superado  juntos obstáculos propios de la vida: cuando mis abuelas tuvieron alzheimer y tuvieron que renunciar a vacaciones y a muchos fines de semana, cuando tuvieron ambos la crisis de los 40, cuando mi madre se mostró insegura, cuando él perdió a su padre de forma repentina, cuando se mudaron a otra ciudad y tuvieron que empezar de cero sin familia, cuando mamá perdió su empleo y estuvo triste durante meses, la muerte de Luna (la perrita de la familia, a la que adorábamos), cuando ambos se distanciaron un poco y tardaron un año en encontrar una vía de reencuentro…

Lo recuerdo con las cenizas de mi abuela, mirándome con una sonrisa tranquila, como diciéndome: Estoy bien, todo está en calma, no sufras.

Le he visto tratar a sus enfermos, los escucha, los ayuda, se entrega completamente, es compasivo, comprensivo, empático. Estudia por las tardes cuando algún caso es más difícil, siempre piensa que esa enferma podría ser su hija, su nieto, su hermano, su madre.

Ayer íbamos en el coche. En silencio. Le dije: “¿Papá, tú qué opinas de todo esto?” (volví a contener lágrimas, volví a sentir mi corazón acelerado y triste, volví a bajar un poquito al infierno). Él me respondió cosas muy ciertas y muy bonitas. Eran verdades grandes. Me dijo que en esta vida debíamos responsabilizarnos únicamente de lo que nos toca, que tuviera la conciencia tranquila, que en este caso no podía hacer nada más, que lo había intentado, que perdonase, que aceptase, que no guardase emociones negativas, que nadie es bueno ni malo en sí mismo que todos nos equivocamos, que a veces falta madurez para afrontar las cosas de otra manera, pero que ese no era mi problema ni mi asunto ahora, que estuviese en calma, que yo merecía mucho la pena, que me ha visto crecer muchísimo en estos últimos años, que a veces la vida sería así (dolorosa cuando menos te lo esperas) y no podré evitarlo, que aprendiese de todo lo que me vaya sucediendo, que yo cuando quiero lo hago de una manera muy pura y muy bonita, que me de el espacio que no me he dado muchas veces para estar triste o un poco enfadada pero que siguiese creyendo en las personas y viviendo cada día entregando cosas buenas a las personas (y bichitos, nuestros animales) que me eligen.

Sus palabras consiguieron tranquilizarme. A nuestra derecha quedaban los flamencos con sus patas infinitas y su tono rosado, el anochecer, las luces al fondo de una ciudad dormida. Sonaba música clásica en la radio. Y me sentí afortunada… El corazón dejó de latirme tan deprisa, pensé que estaba preparada para “volver” y poner en orden mi vida.

 

 

 

 

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