Besos con lenguaje

Archivo mensual: mayo 2017

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El mejor momento de todos es este. Justo, exactamente este. Cuando Ego, mi perro, se sube a la cama y busca un hueco entre mis brazos. A veces apoya su cabeza en mi hombro o mis manos, y respira tranquilo, haciendo un ruidito adorable que parece decir “qué bien me siento aquí contigo, esto es el paraíso”. Sus ojos y los míos se entrecierran, el movimiento de su pecho es pausado, y el mío también, no puede ocurrirnos nada porque estamos así, unidos y felices, hay silencio.

Me gustan el modo en el que duermen los perros. Sin relojes ni preocupaciones ni responsabilidades. Ellos duermen inocentemente, y me derrito de amor cuando pega su cuerpo blando contra el mío y todo es perfecto entonces.

A veces me encantaría poder agradecerle la ternura, su tiempo, la manera de caminar a mi lado contento casi dando saltitos, la alegría por las mañanas, la paz por las noches, sus ladridos exigentes de “estoy aquí préstame atención, me gusta lo que estás comiendo dame dame dame”, su infinita generosidad cuando me da espacio para que mime a otros, el modo en el que se aparta tímidamente cuando otro animal (la perrita o el gato) come su comida o le quita un juguete, el momento en el que se enrosca en mi regazo y le vence el sueño, los besitos en las manos, las piernas y los codos y la cara, la felicidad que le inunda cuando viajamos juntos o paseamos por el río, la forma en que recibe a los demás y los integra en casa, sus ojos suplicantes (es muy teatrero y muy emocional) cuando le baño… Y por supuesto, eso que hace de subirse a la cama todas las noches y colarse entre mis brazos como diciéndome: “abrázame fuerte, soñemos“.