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Hace tres días que quería escribir esto. Lo pensé mientras conducía el otro día. No le compré nada a mi padre el 19 de marzo (que se celebra el día del padre) porque me pilló en la playa y sólo atiné a decirle: papá, felicidades, te quiero. 

Por teléfono.

Pero mi padre merece mucho más que una felicitación. Para empezar es el hombre más honesto que conozco. Pero además de eso, cuando pienso en él, me acuerdo de tardes en el parque, sábados llevándome al mercado para hablarme del olor, el precio y los beneficios de la fruta y la verdura, domingos de museos y exposiciones de pintura/escultura/arquitectura, atardeceres con mi madre y mi hermana pequeña en la playa, leyendo y jugando. Y corriendo maratones, y entrenándose diariamente lleno de felicidad. Puedo verlo en la sala de estar, ayudándome con los deberes de la escuela, explicándome las cosas con paciencia y sin relojes. Riendo con mi madre casi todos los días de nuestra vida. Pasando por el supermercado al salir del trabajo.Lo recuerdo leyendo, en silencio, junto a la ventana.  Estudiando todas las tardes para ser un médico competente, humano, eficaz, innovador. Jugando conmigo en la playa, con las gafas de agua, nadando mar adentro. Animándome a ser una buena persona, modesta, generosa, tranquila, trabajadora. Leyéndonos cuentos a mi hermana y a mí, casi todas las noches. Cocinando alegremente. Colaborando siempre en mis mudanzas. Integrando a mis parejas para que siempre se sintiesen en todo momento, parte de nuestra familia. Celebrando mis logros, ayudándome a aceptar los errores y defectos. Cuidando noches enteras de Luna (nuestra perrita de toda la vida) al hacerse mayor y estar enferma. Acariciándole el pelo a mi abuela, cuando apenas se acordaba de nuestros nombres. Haciéndonos reír siempre que perdimos abuelos o pasamos por etapas más tristes. Llenando el salón de casa de chupetes de caramelos colgantes, regalos y globos metalizados en las fiestas de Reyes (Navidad). Escuchándonos a mi hermana y a mí. Hablándonos de política, cine, música, deporte, arte, literatura… Secándonos el pelo cuando era invierno y hacía frío. Paseando a los perritos. Ganándonos en el Trivial Pursuit porque sabe muchas cosas, muchas muchas y no presume de nada. Defendiendo y ayudando siempre a los individuos más vulnerables. Cuidándonos, cuidándose. Acompañándome a algún casting teatral cuando yo tenía 15 años y quise conseguir un papel (que conseguí, y él me sonreía y me decía que estuviese tranquila). Recordándome siempre que uno es lo que hace, que debemos entregar siempre lo mejor que tengamos sin olvidarnos de seguir siendo nosotras/os. Diciéndome que mantenga en todo momento los pies en la tierra, disfrutando de los aspectos más sencillos y hermosos de la vida (un paisaje, un buen paseo con mi perro, un verano, mi trabajo, unas risas, una película…). Midiéndome la fiebre. Pidiéndonos desde la niñez que no alzásemos la voz, que no llamáramos a nuestras amigas a la hora de la siesta, que recogiésemos nuestros juguetes, que fuésemos amables y respetuosas, que tuviésemos empatía y comprensión con los demás, que no arrastrásemos las sillas, que nos quitásemos la arena de los pies antes de subir al coche, que no diésemos portazos, que nos cuidásemos, que fuésemos independientes, que pidiésemos las cosas por favor y diésemos siempre las gracias, que valorásemos todo lo bueno que tenemos, que perdonásemos nuestros propios errores y los errores ajenos, que aprendiésemos a elegir a nuestros amigos o parejas para rodearnos de un ambiente cálido, transparente, bueno.

Mi padre, en mi opinión, es un ejemplo de lo que ahora llamamos “masculinidad alternativa”, es decir, es un hombre que educó a sus hijas (con ayuda de mi madre), nos cuidó, bañó, protegió, cocinó, ayudó con los deberes, nos aceptó con todo, nos habló de injusticias o de libros o de películas, cultivó nuestra sensibilidad y nuestra fortaleza, y al mismo tiempo, hizo deporte, arregló junto con mi madre cosas de la casa, pintó paredes, nos incitó a jugar a toda clase de juegos divertidos a mi hermana y a mí más allá de estereotipos o prejuicios absurdos, nos llevó a la ópera, a ver tenis… Y me enseñó una tarde (preciosa, había una luz ambarina que aún recuerdo) a montar en bicicleta y cuando me alejaba subida en ese par de ruedas un poco nerviosa, él decía: ¡anda, qué rápido has aprendido, qué bien, sigue, tú puedes!, orgulloso, feliz, emocionado.

Así que sí, me siento plenamente orgullosa de él, el 19 de marzo y cada día de mi vida.

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