primavera

Ayer pasé una tarde muy agradable con unos amigos. La cafetería tenía libros y juegos de mesa, y un ventilador vintage que no funcionaba.

Hablamos de un montón de cosas y cuando volví a casa, sentí que casi casi está entrando la primavera. Al menos ya no sale vaho de mis labios cuando hablo, ni me hace falta la bufanda. El olor era distinto (aunque aún hace frío, todavía es invierno), incluso los niños en la plaza jugaban de manera distinta. No sé. Volví a casa y me acordé de la vez que un niño a los siete años, me pidió matrimonio, de que dije que sí aunque ese chico no me gustaba especialmente, a mí el que me gustaba era otro, uno rubio, silencioso, educado y tímido. Pero le dije que sí al otro (al “travieso” que desobedecía a todo el mundo,  y me insistía una y otra vez) y paseé por el patio de la escuela con un velo, mis labios medio pintados, cogida de su brazo y con un séquito de amigos y amigas detrás que cantaban no sé qué. Miré de reojo algunas veces a Pedro, el niño que me trataba tan bien, y que además era guapo y respetuoso. No sé por qué me acordé de ese pasaje, insignificante, infantil, de mi niñez. Lo que sí sé es que pensé: ¿por qué no nos enseñan desde la escuela, la familia, el mundo, a decir “no”? ¿Por qué las personas intentamos “resistir” y aguantar lo que venga, lo que sea, por miedo a decir “esto no lo quiero”?

Me pasa que últimamente escucho numerosas historias de personas cercanas que toleran ciertas situaciones muy dolorosas en sus relaciones (de amistad, familia, pareja, compañeros de trabajo), me las relatan como si no hubiese más remedio que aceptar lo inevitable, y lo soportan con el corazón encogido durante días, semanas, horas. Me dan ganas de decirles y de decir al mundo: yo creo que los rayos, las tormentas, los accidentes, algunas enfermedades, son inevitables, pero las personas que te aman y te cuidan, deciden las cosas que hacen o dicen, y aunque a veces herimos sin querer y es lícito, generalmente hay consciencia tras esas decisiones y actuaciones y debemos pensar si merece la pena sufrir por sufrir. Me dan ganas de preguntarles: ¿Por qué no dices no? ¿Por qué no te marchas por mucho que lo quieras de una relación que te roba energía, alegría, seguridad, calma? ¿Acaso elegimos la compañía de alguien para sentirnos más vacíos, perdidos o tristes?

Si una cosa he aprendido (antes no la sabía, por eso decía que sí con una sonrisa a un niño de siete años que no me gustaba especialmente y cuya actitud no me hacía sentir bien) es que mi presencia en la vida de otras personas debe enriquecer, alegrar, ayudar, sin interferir negativamente en sus deseos, sueños, necesidades o metas. Pero al mismo tiempo, debemos pensar en lo que nos hace daño, en lo que no necesitamos, en aquello que no tenemos que tolerar porque nos encoge el corazón, y hemos de saber expresarlo con cariño y respeto, y si aún así, las cosas no mejoran, tenemos que encontrar el modo de marcharnos con el menor daño posible.

Antes yo pensaba que el amor podía con todo, que había que resistir. Hoy opino que aunque el amor es cuidado diario, concesiones, generosidad, ternura, incluso a veces renuncias puntuales, nunca debe convertirse en una batalla contra una/o misma/o, porque lo que somos es lo que sentimos y hacemos, y es hermoso reconocernos siempre frente al espejo. Y más hermoso aún que eso baste para llenar de felicidad a nuestras familias, amigos, parejas…

 

 

 

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