Besos con lenguaje

Archivo mensual: marzo 2017

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Les he preguntado a mis alumnas/os: ¿Qué os hace especiales o qué os gusta de vosotras/os?

Y dicen:

“Yo dibujo bien”. “Que tengo sentimientos especiales”. “Que hago los puzzles muy rápido, señorita”. “Que soy muy lista y muy fuerte”. “Que casi siempre estoy contento”. “Mi colección de dinosaurios”. “Que juego todo el rato”. “Que abro los ojos y estoy feliz”. “Mi familia titiritera (¿?¿?¿)”.

Y luego, una niña me observa atentamente añade: “Y tú, señorita, tienes muchas muchas muchas cosas que te hacen especial”. Yo me encojo de hombros, y entonces mis alumnas/os comienzan a decirme con dulzura todo lo que ellos/as ven en mí y dicen levantando sus manitas: “Que eres guapa”. “Que haces que el colegio sea bonito”. “Me llenas el corazón de amor”. “Que estás siempre a mi lado”. “Eres cariñosa”. “Eres buena”. “Que eres un bombón (mi alumna M. me lo dice cada mañana nada más llego a recogerles y es adorable)”. “Que nunca nos castigas, prefieres hablar con nosotros”. “Que me lees cuentos especiales”. “Tu pelo”. “Cuando hacemos la fila y me saludas”. “Que eres feliz (es cierto, lo soy) y nunca te olvidas de nosotros”. “Que me enseñas a pensar (señalándose al mismo tiempo la cabeza)”. “Que te gustan los animales”. “Que te preocupas por los demás”. “Que cantas bien”. “Que haces bromas todo el tiempo”.

No sé si soy todo eso que ellos perciben, son tan adorables al “verme” así… Pero sé que estoy llena de cosas pro hacer y que las cosas que hacemos nos convierten en cierto modo en las personas que elegimos ser. A veces quiero hacer demasiadas cosas, me puede la impaciencia de hacer  (hasta deseo planificar todas mis vacaciones y sólo estamos en abril) y ser, y no es necesario, todo llega cuando es el momento.

De lo que sí estoy segura es de que necesito terminar un relato y una novela. Y no queda nada nada para eso, no sé en qué me convierte escribirlas, pero me gusta hacerlo, y es algo que sólo depende de mi cabeza soñadora y de las yemas de mis dedos.

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Hace tres días que quería escribir esto. Lo pensé mientras conducía el otro día. No le compré nada a mi padre el 19 de marzo (que se celebra el día del padre) porque me pilló en la playa y sólo atiné a decirle: papá, felicidades, te quiero. 

Por teléfono.

Pero mi padre merece mucho más que una felicitación. Para empezar es el hombre más honesto que conozco. Pero además de eso, cuando pienso en él, me acuerdo de tardes en el parque, sábados llevándome al mercado para hablarme del olor, el precio y los beneficios de la fruta y la verdura, domingos de museos y exposiciones de pintura/escultura/arquitectura, atardeceres con mi madre y mi hermana pequeña en la playa, leyendo y jugando. Y corriendo maratones, y entrenándose diariamente lleno de felicidad. Puedo verlo en la sala de estar, ayudándome con los deberes de la escuela, explicándome las cosas con paciencia y sin relojes. Riendo con mi madre casi todos los días de nuestra vida. Pasando por el supermercado al salir del trabajo.Lo recuerdo leyendo, en silencio, junto a la ventana.  Estudiando todas las tardes para ser un médico competente, humano, eficaz, innovador. Jugando conmigo en la playa, con las gafas de agua, nadando mar adentro. Animándome a ser una buena persona, modesta, generosa, tranquila, trabajadora. Leyéndonos cuentos a mi hermana y a mí, casi todas las noches. Cocinando alegremente. Colaborando siempre en mis mudanzas. Integrando a mis parejas para que siempre se sintiesen en todo momento, parte de nuestra familia. Celebrando mis logros, ayudándome a aceptar los errores y defectos. Cuidando noches enteras de Luna (nuestra perrita de toda la vida) al hacerse mayor y estar enferma. Acariciándole el pelo a mi abuela, cuando apenas se acordaba de nuestros nombres. Haciéndonos reír siempre que perdimos abuelos o pasamos por etapas más tristes. Llenando el salón de casa de chupetes de caramelos colgantes, regalos y globos metalizados en las fiestas de Reyes (Navidad). Escuchándonos a mi hermana y a mí. Hablándonos de política, cine, música, deporte, arte, literatura… Secándonos el pelo cuando era invierno y hacía frío. Paseando a los perritos. Ganándonos en el Trivial Pursuit porque sabe muchas cosas, muchas muchas y no presume de nada. Defendiendo y ayudando siempre a los individuos más vulnerables. Cuidándonos, cuidándose. Acompañándome a algún casting teatral cuando yo tenía 15 años y quise conseguir un papel (que conseguí, y él me sonreía y me decía que estuviese tranquila). Recordándome siempre que uno es lo que hace, que debemos entregar siempre lo mejor que tengamos sin olvidarnos de seguir siendo nosotras/os. Diciéndome que mantenga en todo momento los pies en la tierra, disfrutando de los aspectos más sencillos y hermosos de la vida (un paisaje, un buen paseo con mi perro, un verano, mi trabajo, unas risas, una película…). Midiéndome la fiebre. Pidiéndonos desde la niñez que no alzásemos la voz, que no llamáramos a nuestras amigas a la hora de la siesta, que recogiésemos nuestros juguetes, que fuésemos amables y respetuosas, que tuviésemos empatía y comprensión con los demás, que no arrastrásemos las sillas, que nos quitásemos la arena de los pies antes de subir al coche, que no diésemos portazos, que nos cuidásemos, que fuésemos independientes, que pidiésemos las cosas por favor y diésemos siempre las gracias, que valorásemos todo lo bueno que tenemos, que perdonásemos nuestros propios errores y los errores ajenos, que aprendiésemos a elegir a nuestros amigos o parejas para rodearnos de un ambiente cálido, transparente, bueno.

Mi padre, en mi opinión, es un ejemplo de lo que ahora llamamos “masculinidad alternativa”, es decir, es un hombre que educó a sus hijas (con ayuda de mi madre), nos cuidó, bañó, protegió, cocinó, ayudó con los deberes, nos aceptó con todo, nos habló de injusticias o de libros o de películas, cultivó nuestra sensibilidad y nuestra fortaleza, y al mismo tiempo, hizo deporte, arregló junto con mi madre cosas de la casa, pintó paredes, nos incitó a jugar a toda clase de juegos divertidos a mi hermana y a mí más allá de estereotipos o prejuicios absurdos, nos llevó a la ópera, a ver tenis… Y me enseñó una tarde (preciosa, había una luz ambarina que aún recuerdo) a montar en bicicleta y cuando me alejaba subida en ese par de ruedas un poco nerviosa, él decía: ¡anda, qué rápido has aprendido, qué bien, sigue, tú puedes!, orgulloso, feliz, emocionado.

Así que sí, me siento plenamente orgullosa de él, el 19 de marzo y cada día de mi vida.

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primavera

Ayer pasé una tarde muy agradable con unos amigos. La cafetería tenía libros y juegos de mesa, y un ventilador vintage que no funcionaba.

Hablamos de un montón de cosas y cuando volví a casa, sentí que casi casi está entrando la primavera. Al menos ya no sale vaho de mis labios cuando hablo, ni me hace falta la bufanda. El olor era distinto (aunque aún hace frío, todavía es invierno), incluso los niños en la plaza jugaban de manera distinta. No sé. Volví a casa y me acordé de la vez que un niño a los siete años, me pidió matrimonio, de que dije que sí aunque ese chico no me gustaba especialmente, a mí el que me gustaba era otro, uno rubio, silencioso, educado y tímido. Pero le dije que sí al otro (al “travieso” que desobedecía a todo el mundo,  y me insistía una y otra vez) y paseé por el patio de la escuela con un velo, mis labios medio pintados, cogida de su brazo y con un séquito de amigos y amigas detrás que cantaban no sé qué. Miré de reojo algunas veces a Pedro, el niño que me trataba tan bien, y que además era guapo y respetuoso. No sé por qué me acordé de ese pasaje, insignificante, infantil, de mi niñez. Lo que sí sé es que pensé: ¿por qué no nos enseñan desde la escuela, la familia, el mundo, a decir “no”? ¿Por qué las personas intentamos “resistir” y aguantar lo que venga, lo que sea, por miedo a decir “esto no lo quiero”?

Me pasa que últimamente escucho numerosas historias de personas cercanas que toleran ciertas situaciones muy dolorosas en sus relaciones (de amistad, familia, pareja, compañeros de trabajo), me las relatan como si no hubiese más remedio que aceptar lo inevitable, y lo soportan con el corazón encogido durante días, semanas, horas. Me dan ganas de decirles y de decir al mundo: yo creo que los rayos, las tormentas, los accidentes, algunas enfermedades, son inevitables, pero las personas que te aman y te cuidan, deciden las cosas que hacen o dicen, y aunque a veces herimos sin querer y es lícito, generalmente hay consciencia tras esas decisiones y actuaciones y debemos pensar si merece la pena sufrir por sufrir. Me dan ganas de preguntarles: ¿Por qué no dices no? ¿Por qué no te marchas por mucho que lo quieras de una relación que te roba energía, alegría, seguridad, calma? ¿Acaso elegimos la compañía de alguien para sentirnos más vacíos, perdidos o tristes?

Si una cosa he aprendido (antes no la sabía, por eso decía que sí con una sonrisa a un niño de siete años que no me gustaba especialmente y cuya actitud no me hacía sentir bien) es que mi presencia en la vida de otras personas debe enriquecer, alegrar, ayudar, sin interferir negativamente en sus deseos, sueños, necesidades o metas. Pero al mismo tiempo, debemos pensar en lo que nos hace daño, en lo que no necesitamos, en aquello que no tenemos que tolerar porque nos encoge el corazón, y hemos de saber expresarlo con cariño y respeto, y si aún así, las cosas no mejoran, tenemos que encontrar el modo de marcharnos con el menor daño posible.

Antes yo pensaba que el amor podía con todo, que había que resistir. Hoy opino que aunque el amor es cuidado diario, concesiones, generosidad, ternura, incluso a veces renuncias puntuales, nunca debe convertirse en una batalla contra una/o misma/o, porque lo que somos es lo que sentimos y hacemos, y es hermoso reconocernos siempre frente al espejo. Y más hermoso aún que eso baste para llenar de felicidad a nuestras familias, amigos, parejas…