ninos-doisneau

Aunque la que da clase soy yo, aprendo mucho de ellos. Es curioso, vengo todas las mañanas con las manos heladas en los bolsillos del abrigo, pensando en un montón de cosas, atravieso calles, cruzo por pasos de cebra, y cuando llego a clase y me reciben con historias y abrazos, me conmuevo al comprobar lo mucho que me enseñan.

Tienen cinco años. A veces se pintan las uñas de las manos como yo, a veces lloran, exigen, reclaman, ríen, se disfrazan, mienten, corren, se hacen pis, aciertan, vencen, imitan, retan, desobedecen, explican, perdonan, aman, me dicen que me prestan sus guantes si eso…

Hoy hemos contado un cuento precioso sobre enfados y reencuentros, sobre la rabia, el perdón, el amor. Qué bonito, porque estaba contado desde ambas partes, y el final de ambas versiones (la de la patita y la del cabrito) estaba justo en el medio, en el lugar en el que ambos se reencuentran. Hemos hablado de cuando se nos enfadamos, de cómo el corazón late más rápido y sentimos ira (lo han dicho ellos), dolor, mucho dolor han comentado. También hemos analizado lo que ocurre después del enfado con alguien a quien amamos: que el enojo se evapora, sale de nuestro cuerpo así sin más, a veces bastan unas horas o unos días o tres minutos, el corazón vuelve a latir suavemente, todo regresa a la calma.

Les he aconsejado (en realidad ha sido un acuerdo común) que antes de decir algo que duela, o de empujar a un buen amigo, o de gritar cosas intolerables, aprendamos a respirar, dejemos que pasen unos minutos porque de este modo el enfado se disipa un poquito y las cosas se sienten de otra manera, he tratado de hablar sobre el impulso y la reacción ante algo, y hemos concluido que es mejor respirar, permitirnos estar enfadados/as y tristes un rato, procesar (ordenar nuestras emociones un poco) lo sucedido, y después hablar claramente con la otra persona. Debemos decir lo que nos ha disgustado, lo que no queremos que vuelva a suceder porque nos hace daño, así como disculparnos si hemos actuado o reaccionado demasiado mal.

Y una alumna, al cabo de un par de horas, lo ha puesto en práctica sin decirme nada. Lo he visto y me he llenado de amor. Es una alumna a la que admiro personalmente por su honestidad, madurez emocional, templanza. De hecho he aprendido muchas cosas de ella (a pesar de tener cinco años): es una niña muy segura de sí misma, independiente, no le importa jugar a veces sola, no lo hace con tristeza ni vergüenza, es que a ratos elige jugar sola, también se divierte acompañada, es muy equilibrada, responsable, capaz de demostrar afecto a sus amigos/as y al mismo tiempo de establecer límites, cuando algo no le parece bien lo expresa y si se molestan con ella, es capaz de razonar y disculparse o mantenerse en sus ideas, no le afecta en exceso lo que el resto opine, se comporta según lo que considera más justo, es muy empática y generosa (muchísimo para su edad), valiente, fuerte, optimista, solidaria (capaz de colaborar, ayudar, entregar, sin desgastarse). Cuando algo la entristece se toma su tiempo, respira, reflexiona, se permite esa melancolía o disgusto, y después busca solución, trata de hacerse comprender y de entender al otro/a, sonríe, brilla. Conozco a muchos adultos incapaces de hacer todo eso.

Hoy la he visto sonriendo, sentada en el patio, observando el vuelo de una paloma sobre un alambre, con una expresión relajada, y le he preguntado: ¿por qué vienes siempre tan contenta, qué te hace tan feliz?

Y ha respondido: “todo esto señorita (señalando a su alrededor) y estar contigo”.

He muerto de amor. Me han dado ganas de decirle: gracias, no sabes cuánto me enseñas todos los días. Pero no he dicho nada, la he mirado con cariño y he sonreído.

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