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Hoy he muerto de amor otra vez.

Resulta que “sigo” a unas chicas que son pareja y tienen un canal en youtube muy gracioso. A ratos hablan de aspectos muy serios sobre la homosexualidad femenina, su normalización y aceptación, y otras me hacen reír mientras muestran sus inquietudes, viajes, animales, casa… La finalidad de ese proyecto es la visibilidad, la normalización de una forma de amar tan lícita y bonita como cualquier otra.

Resulta que hoy salían vestidas de árbol de navidad y de osito polar creo que recordar (aquí me han ganado, porque me encanta eso de hacer el tonto y disfrazarme, el otro día me vestí por unos minutos de arbolito de navidad en una tienda y me eché unas buenas risas). Y hacían un divertido análisis de algunas canciones navideñas conocidas mientras bailaban en la sala de estar. Cuando las he visto bailar, abrazarse, besarse, disfrazarse entre risas y vestir a su gata y a su perrita de elfos, me he emocionado, y es que me recuerdan muchísimo a mí, a mi forma de contemplar estas festividades, que más allá del concepto religioso que puedan tener, deberían de emplearse para disfrutar de las personas que más quieres.

Este post es un sin sentido, lo admito, porque se me ha quedado cara de tonta al mirar un simple vídeo gracioso de dos chicas que se adoran y me ha dado por escribir sobre ello, y no tiene mayor trascendencia. Me gusta el amor así.

Sin embargo, este año, he conocido a algunas personas que temen estas fiestas, porque también suenan a pérdidas, divorcios y las preocupaciones resuenan mucho más fuertes entre tanta luz y tanto regalo. Y me encantaría acompañar a todas esas personas que quiero, que tengo algo lejos y que tienen familiares enfermos o acaban de perder a alguien.

Se me ocurre que deberíamos dejar a un lado los ritos y las costumbres y hacer lo posible para que quienes tenemos cerca se sientan abrigados, queridos, protegidos y risueños, ¿no os parece?

 

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