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No sé si tendré hijos/as. No sé si me apetecerá ni si llegará el momento. Es cierto que siempre tuve un instinto maternal muy bonito (o más bien el deseo de acoger en mi regazo a alguien mientras crece,de crear un vínculo irrompible y libre) pero quién sabe. Yo quiero tener las manos llenas y el corazón preparado para recibir si decido que venga.

Pero si lo tuviese, habría un rito establecido entre nosotros/as (mi hija/o y yo), el de querernos todo el rato, el de leer cuentos todas las noches, el de aprender mutuamente todo lo que nos sea posible. A veces me imagino con un niño o niña de la mano, paseando sin prisas, no sé, iríamos a alguna parte supongo vete tú a saber, pero disfrutaríamos del trayecto y utilizaríamos esas aceras para conocernos y hablarnos.

Yo le hablaría casi seguro de literatura, de lo que quiero escribir (adaptando mis palabras a su corazón blando), de cine, le diría que la primera vez que vi aquella obra de Hopper me sentí sola por ejemplo. Y que lo más importante en esta vida no es el alimento del ego, ni llevar siempre la razón, ni dejarte llevar por otro, ni decir que sí a todo ni decir que no en todas las situaciones, sino conocerte muy bien, tratar de ser generosa/o, bueno/a, justo/a, proyectar buenos sentimientos, creer, confiar, disculparse si hacemos daño, cuidarse y cuidar, quererse y amar. No sé. Y entonces nos centraríamos en conceptos algo complejos, que iría identificando más despacio, pero le hablaría de ellos igualmente: la honestidad, la franqueza, la lealtad.

Me encantaría llevarle al teatro y contarle las veces que he actuado yo, lo bonito que es. Y a la ópera, analizaríamos la historia que hay detrás de cada pieza. Y a exposiciones de obras de arte, de dinosaurios inmensos, momias … Conocerá museos allá donde vayamos. Y le prestaré mi cámara de foto (o tendrá la suya) para que aprenda a “mirar”. Y diremos: ¿escuchas eso? es el viento, y mira esos ojos enormes de aquella niña que juega.

Le diré que es importante fijarse en los detalles. Y quitarse la arena al llegar de la playa. Y demostrar el afecto siempre. Y recoger su habitación, porque en el caos podemos perdernos un poco.

Y quiero que se sienta completamente libre, siempre y cuando no hiera, ni falte a nadie el respeto, porque qué importante es el respeto y la libertad. Libre para correr, decidir, emocionarse, llorar, decepcionarse, elegir, retractarse, crear, inventar, jugar, disfrazarse, aprender a nadar, enfadarse, creer, soñar, crecer, equivocarse… Y le explicaré que para ser libre de un modo razonable, tendrá que aprender también a tener en cuenta a los demás, que sus sentimientos son tan importantes como los sentimientos del otro, que hay que asumir la responsabilidad de los propios errores y aprender siempre de lo que uno/a hace, piensa, dice, y tomar decisiones con firmeza causando el menor daño posible.

Y que se cuide, que aprenda a poner límites (tanto a sí mismo/a como a los demás), que identifique lo que necesita para ser feliz y lo que no, que a veces tendrá que ser flexible, que es importante la empatía. Que aprenda a decir: esto no es lo que quiero, necesito un abrazo, me siento triste, quiero hacer todas estas cosas, basta hasta aquí, esto me hace daño, esto me pone muy contento/a, lo siento, me he equivocado, te perdono.

Y que cuando diga te amo (una vez crezca y pueda sentir esas palabras) lo diga sin dudar, que no sueñe castillos sin conocer las consecuencias, que no prometa sin cimientos, que no crea todo ciegamente porque sí. Que viva el romanticismo y el amor al máximo (como yo) si le apetece, pero con sensatez, gestionando poco a poco sus emociones. Y que el amor es cuando te sientes más capaz, más feliz, más acompañado/a, que es respeto y sacar lo mejor del otro, y es paz, además de la pasión y el desbordamiento. Que todo lo que no sea así, no es amor, es otra cosa.

Y que lea, viaje, se emocione, llore, estalle de risa.

Qué bonito sería si un día tomo la decisión. Pero qué importante es estar preparada para semejante aventura.

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