violinvintage

Acabo de morir de amor. Como un rayo que me parte (ya lo dijo alguien).

El viernes estuve enferma y no vine a clase. Cuando no vamos a trabajar siempre hay alguien que sustituye tu presencia. Hubo otra mujer que no era yo, dulce y adorable, una compañera.

Anita ha venido esta mañana corriendo hacia mí. Sus brazos extendidos, ojos de sueño y el pelo alborotado. Me ha abrazado por la cintura muy fuerte, muy fuerte, nadie me abrazó antes con esa fuerza (bueno sí, alguna vez hace tiempo). Mi alumna parecía emocionada, lo prometo (¿puede un niño emocionarse?).

No ha querido hacer la fila con los demás (que no que no y que no), me sujetaba de la mano y me daba besos por el brazo, muak muak muak. Ha subido las escaleras aferrada a mí, apretándome los dedos, besándome las muñecas con cariño, como si pudiese escaparme. Y en el aula ha colocado su abrigo rapidito en la percha y se ha sentado en mi regazo, apoyando su cabeza en mi pecho, mientras yo hablaba de un dragón vegetariano. Me ha tocado el pelo todo el rato, como si le diese paz enrollarme los mechones. Y no ha dejado de venir desde su asiento a acariciarme la espalda con ternura, observando mi jersey azul clarito, observando mi bufanda.

Acaba de venir con su bolsita de desayuno para decirme: ¿dónde desayunas tú que yo quiero contigo?

Y le he preguntado:”¿a ti qué te pasa, Anita?”

Y ha respondido sin duda, con la certeza más hermosa que he conocido: “que cuando no estás yo me pongo la más triste del mundo porque te quiero hasta todos los números que existan”.

¿Puede haber un amor más puro que ese? Decidme ¿cómo puede echarme de menos de un modo tan bonito?

Os prometo que se me han saltado las lágrimas y me he muerto de amor. Qué afecto más auténtico, más noble, más cierto.

Yo también la quiero hasta todos los números que existan.

Anuncios