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Yo sé que no te acuerdas pero cuando llegaste a casa, yo tenía cinco años y te miraba embelesada a través de los barrotes de tu cuna. Eras el bebé más tierno del mundo, hermana. Con aquellos rizos y las mejillas encendidas.

La primera palabra que dijiste fue mi nombre. Ni mamá ni papá. “Nena” señalándome. Y yo te soplaba en verano por el calor, y te hacía cosquillas en el brazo hasta que te quedas dormida, y me tomaba tus helados y cogía los caramelos en las piñatas para que nadie te pisara los deditos. Te caíste un día, en la sala de estar de aquella casa luminosa y papá y mamá tuvieron que venir a consolarme a mí, porque te desmayaste del golpe y yo me asusté, pensé que te perdía, yo era una niña, ya sabes, no entendía lo que era un desmayo.

Y te ayudé con matemáticas y me enamoré un poco de tu profesora de francés. Y nos moríamos de risa desde que saltábamos de la cama.

¿Te acuerdas de cuando Luna llegó a casa y te paseabas en bata, muy chica, con la perrita en brazos por las noches? ¿Y de cómo te abracé cuando Luna murió?

¿Y de nuestros ligues, apuestas, locuras? De mis pájaros en la cabeza en el amor y de tu cordura y del miedo. La de veces que fuimos de compras juntas y yo te decía: esta noche quiero estar guapísima, ayúdame, quiero estar irresistible.

Y tú elegías mis vestidos y los zapatos. Y yo te enseñaba a acercarte al que te gustara.

Y qué de veranos. Y viajes. Qué de personas hemos conocido, ¿verdad? Qué bonito cuando yo tenía quince años y salía a alguna discoteca en pleno invierno, y luego llegaba a casa con mis manos heladas, y tú me esperabas medio despierta, y yo te contaba los chicos que me gustaban, y toda clase de tonterías. Era tan bonito quedarse hasta las mil hablando contigo…

Y creíste en los Reyes Magos sólo porque yo te convencía. Para ti, mi palabra era sagrada, y para mí lo era tu inocencia.

Fuiste mi primer apoyo cuando salí del armario y nadie creía que me gustaran las mujeres. Estuviste ahí, sosteniéndome en la tormenta.

Entre nosotras no hubo nunca egos, envidias, comparaciones ni daños. Nosotras nos quisimos desde el día cero, con transparencia y lealtad.

Te he cuidado todo lo que he podido. Siempre. Me dolían tus cigarrillos a los trece años y tus lágrimas por ya sabes quién. Pero qué risa aquella vez que salimos huyendo de un tipo extraño una noche y no podíamos correr en tacones, y cuando tuve que buscar tu piercing en un parking sin luz, o nuestros ataques de risa cuando no podíamos, y tus amigos y los míos incluidos, y los libros, el teatro y hacer aquel cortometraje contigo, y tus abrazos, y cuando perdimos a alguien, y cuando nos hemos enamorado de gente que merecía muchísimo la pena y todo lo contrario. Y cuando nos quemamos la piel en Cantabria, nos bañamos en Llanes en aguas heladas porque sí, o salimos huyendo de un incendio imaginario en Londres, y cuando me abrazaste aquella vez en la calle porque yo lloraba y tú no soportas verme triste.

Y qué “putada” que tu éxito siempre fuera con chicas (que no te gustan) y el mío con chicos (que no me gustan especialmente). Nacimos un poco del revés.

Y la infancia. Tenemos la niñez en casa, con los padres más increíbles del mundo, tan buenos tan honestos tan humanos. Y tú cantabas con un micrófono dorado y peluca y yo me disfrazaba y bailaba canciones en inglés en el sofá.

Qué bonito crecer contigo, Celia.

No sé.

Yo quiero que sepas que estoy orgullosa de ti. Que te quiero y protejo y cuido de pies a pestañas.

Y que gracias por quedarte siempre, en cualquier circunstancia.

Eres la luz sobre todas las cosas.

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