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Hoy he participado en una tertulia dialógica en el centro educativo en el que trabajo. Admito que iba desanimada y de mal humor, porque he comido y dormido poco estos días de tanto estrés y no me apetecía nada compartir mis impresiones sobre un texto a esas horas.

Yo quería pasear bajo este cielo inmenso y tomarme un té con alguien. Pero tocaba trabajar de tardes.

Y me crucé, en el camino, con un niño de mi clase. Es pequeño, muy inteligente y un poco inquieto (y desobediente). A veces le regaño demasiado y no me gusta, no me gusta regañar. Pero reconozco que en ocasiones me saca de quicio. Lo que me ha sorprendido es que me mire de lejos y venga corriendo con sus brazos muy abiertos. Sus ojos inmensos me miraban, su boca sonriendo. Y nos hemos abrazado en una calle muy estrecha como si llevásemos años sin vernos. Me ha encantado que al verme no se acuerde de las veces que le riño, de lo seria que me pongo con él casi todos los días… Me ha emocionado profundamente esa inocencia y ese amor (y no es un niño cariñoso especialmente, sin embargo ha corrido hacia mí como si hubiese visto un ángel). Qué distintos somos los adultos.

Después he llegado al colegio y he tenido dos reuniones y la tertulia.  Tuvimos que hablar sobre unos textos que hablaban de empatía, de aprender a decir cómo nos sentimos, qué necesitamos, qué nos duele, qué pedimos. A veces se nos olvida expresarnos. También hemos conversado sobre sentirnos culpables por la infelicidad o sentimientos de otros, sobre cómo responsabilizamos al otro de nuestros daños, y sobre cómo podemos canalizar la rabia y el dolor.

Qué interesante. Yo no tenía intención de intervenir, de hecho no había tenido tiempo de leerme los capítulos asignados, lo hice allí, un ratito antes. Porque hoy estoy muy cansada y  sin embargo, no he podido evitarlo, he participado, me habría presentado voluntaria para exponer lo que he aprendido hoy si eso sirviera para ayudar a alguien.

Hoy he aprendido algo acerca de mí misma. Y es a identificar que algo me duele profundamente y a procesarlo sin más remedio, con las consecuencias que sean. A no patalear como los niños cuando no entienden. A dejar el dolor estar e irse cuando sea el momento. Yo he tenido dolor dentro durante mucho tiempo, frustración y tristeza que no salían de ahí, y bailaban por las noches a su antojo.

Y el dolor no lleva el nombre de nadie, ni etiquetas ni culpables. Es nuestro, nuestra responsabilidad, nace dónde nacen la emoción y la confianza. En cierto modo aunque es inevitable, es nuestra decisión dejarnos doler por otros, podríamos no hacerlo, ser un poco más independientes emocionalmente hablando. Y es también nuestra decisión hacer daño, aunque casi siempre lo hacemos desde la inconsciencia. El dolor… Son conductas, decisiones, decepciones, sueños que tuvieron que dejarse para luego o para nunca, necesidades que no cubrimos, batallas que no llevaron a triunfos de algún tipo, ilusiones de esas que se cuecen cuando cerramos los ojos y quedan en no, ojos que dejaron de mirarnos así, frases que se dicen, recuerdos en plazas y aeropuertos, y aquel apartamento en el que viviste aquello tan bonito y mira qué mal luego todo, la pérdida, la muerte, la enfermedad, cuando nos dicen no y cuando tenemos que decir lo siento pero no.

A mí el dolor generalmente me lleva a enfadarme conmigo, sobre todo cuando no esperas que suceda. Luego me acostumbro, por ejemplo “duele aquella pérdida, porque echo de menos cuando se tumbaba en mi regazo”, o “duele que no saliese como yo quería”, o “duele no seguir en aquella escuela tan bonita en la que fui tan feliz”, o “duele que esté enfermo”, o “duele no estar allí para consolarla”, pero crecer implica que duelan algunas cosas, y que aceptemos que duelen. Sin embargo, mi primera reacción es la de enfadarme cuando el daño es profundo.

Los niños/as (mis alumnos/as) no saben aceptar la frustración y el dolor. No saben por qué su madre pudo morirse, o por qué ese vacío, o por qué otros no le aceptan en un momento dado. No saben por qué las lágrimas, ni por qué el corazón les late rápido cuando su amigo se los rompe, ni por qué la rabia, ni por qué lastiman los escalones del colegio cuando tropiezan ni por qué la sangre, ni por qué añoran, ni por qué los perros se vuelven astronautas un buen día y dejan de estar en casa, o por qué razón la vergüenza o la soledad o la decepción. Pero lo viven: sienten el mismo dolor que nosotras/os y necesitan pautas para encauzarlo.

Hoy en la tertulia hablábamos de la importancia de que seamos los adultos los que aprendamos a gestionar la tristeza o la rabia,  la expresemos con cierta empatía, encontremos el modo de comunicarnos para después, transmitir todo eso a los niños y las niñas. Y yo quiero ayudar muchísimo a mis alumnos/as, porque el amor que me entregan cada día es cálido y auténtico. Ayer me emocioné un poco con una cosa, y se dieron cuenta, empezaron a corear mi nombre, fue bonita esa conexión. Y yo quiero ofrecerles un modelo del que puedan aprender a ser mañana, buenas personas, generosas, justas, solidarias, felices, íntegras, valientes, sensibles… Quiero decirles: aquí tenéis herramientas para colocar ese dolor donde corresponde.

He contado que desde mi experiencia como docente, trato que  ellos/as mismos/as expresen claramente lo que no quieren, lo que necesitan, lo que les duele, sin dudar, sin miedo, sin herir, y que la persona que les ha herido acepte también el dolor del otro. Asumiendo cada uno/a su propio sufrimiento, responsabilizándose de sí mismo/a. Que no todo se soluciona en diez minutos y con un “pídele perdón y seguid como amigos”. Que a veces el dolor se gestiona con mayor dificultad y hace falta paciencia y amor.

Y a pesar de que es invierno y tengo sueño y hambre hoy,  y qué frías tengo las manos, he aprendido cosas nuevas.

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