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Siempre valoré la amistad, mi primera mejor amiga se llamaba Marta (luego tuve otra mejor amiga que se llamaría también así). Pero a los seis años conocí a Marta número 1 en el colegio. Era morena, muy alta y muy pálida. Tuve otra mejor amiga llamada Gloria, que era rubia y con los ojos azules, para mí ella era importante, dejaba de dormir si nos enfadábamos (aunque rara vez teníamos conflictos). Y mi mejor amigo en las vacaciones se llamaba Javi. Y tenía otros muchos amigos en la niñez: Jaime, Carmen, Irene, Esther,Gema, Lourdes, la preciosa Manuela que jugaba un poco más bruta, Cristina, Mercedes, Macarena un poquito más tarde junto a la otra Marta.  También tuve un amigo a los once que se llamaba Oscar y tenía los ojos muy verdes y le encantaban los perritos, me parecía tan entrañable cuando abrazaba a su cachorro… Cuando entré en la adolescencia tuve muchísimas más amigas y amigos, para mí eran sagradas/os.

Mi hermana fue amiga todo el rato. Desde que nació y yo la miré con ternura en su cuna.

El caso es que en los últimos años he valorado muchísimo más ese concepto, esas personas, a pesar de que mi tendencia fue durante mucho tiempo dedicarme en alma y cuerpo a mis parejas (estupendas muchas de ellas también). Y empecé a emocionarme ante gestos muy bonitos que iban más allá de ir al cine o viajar juntos. Descubrí que cuando una está más frágil, ellos vienen a sostenerte, así de simple. Y que también se alegran cuando te enamoras, empiezas una actividad muy interesante, sacas una plaza, o consigues algo a tu juicio importante.

No me ha sucedido nada horrible. Pero estoy en etapa de cambios, mudas de piel, decisiones, pasos. Porque la vida avanza y quieres avanzar también, pero en ese proceso no todo es tan sencillo. Pero necesito crecer, hacer, no sé. El caso es que en dos días he recibido un amor que no alcanzo a meter en mis bolsillos, un amor de esos que yo llamo incondicional, tierno, desde la raíz, desinteresado, generoso, limpio, ante mis posibles  cambios y decisiones. Insisto, no se ha tratado de una situación extrema (enfermedad, rupturas, pérdida de empleo…), tan sólo de un momento un poquito más vulnerable.

Y como estoy muy sensible, me emociono. Pero me emociono hasta el punto de echarme a llorar como una niña, no te creas. Y quiero estrujarles, decirles: te admiro, me gusta cómo eres y yo también pienso estar aquí para ti.

Porque les admiro, aprendo, me encantan. Puedo verles el corazón palpitando en cada palabra.

Y ha llegado un punto en que no sé cómo devolver tanto a tantas personas buenas. Buenas como el pan. Transparentes, puras, generosas, cercanas, divertidas, adorables. Se aprende tanto… Y el camino en cualquier caso es infinitamente más bonito…

Pienso hacer una lista con todo lo que quiero entregarles. El corazón por ejemplo, mis horas, mi afecto, mis consejos si los piden, mi casa, mis manos… Lo que sea. Lo que necesiten.

 

 

 

 

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