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Cuando escribimos, inventamos una historia. Creamos una carretera, el nombre de las calles, la curva esa de ahí, la piel de alguien, los lunares, las voces de ellos, la edad y el gesto ese que hace cuando remueve la cucharilla en el café mientras piensa algo, si es verano o invierno o el comienzo del otoño y dibujamos las hojas en el suelo, el tipo de automóvil que pasa a sus espaldas cuando dice “te quiero”, las emociones que vuelan en el centro del estómago de la protagonista, lo que dice el tipo del quiosco mientras sucede algo muy importante (por ejemplo: eso cuesta dos euros cincuenta y no tengo cambio), la raíz de todo lo que acontece, el por qué y cómo, la forma en la que un niño se frota las manos por el frío o la ilusión, la ciudad en la que todo se desarrolla, los apellidos, el color de los labios y las uñas, el modo de mirar, el acento, las ideas, los sueños, el miedo, los principios, dónde estudiaron los personajes.

Cuando he visto la ilustración he pensado que las personas que escribimos (y más que por mí, lo digo por todos los libros que he devorado con cariño) somos como esa preciosa criatura que arropa (y acompaña) con sus historias a miles de personas en plena noche, iluminando un poco sus existencias, o al menos, intentándolo. Creo que ese debería ser el fin de este placer de la escritura, dejando los egos y la vanidad en alguna parte.

 

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