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Yo guardo algunas cosas en tarritos luminosos como luciérnagas que nacen en la tierra.

—¿Qué guardas? —podría preguntar el tipo ese que se enciende un cigarrillo apoyado sobre un coche azul.

Muchas cosas, podría responderle tal vez.

Guardo la versión de Russian Red de “Girls just want to have fun”, por ejemplo. Las veces que mi madre me decía: “no llames a tus amigos a la hora de la siesta que es de mala educación”. Mi extensa colección de zapatos de charol de mi niñez. El ronroneo de Furo. La primera vez que sostuve a Luna en brazos y me emocioné. La inocencia de cuando pensaba que todos eran buenos porque yo lo era. La timidez la primera vez en un escenario a los dieciséis años. Alguna receta. El pintalabios de color cereza. El libro de Sputnik mi amor o el de Persépolis o los poemas de Pizarnik. Un yogurt griego. La frase de Eduardo Mendoza que decía: “No sé cuándo me enamoré de ti ni cómo sucedió tal cosa, porque trato de recordar y me parece que te he querido siempre y trato de entender y no encuentro razón en el mundo para no amarte“. Un avión de verdad por si me da por volar. Instrucciones para utilizar el avión. La casa que sueño con suelos de madera y lamparitas. El balón de voleibol que usábamos a los quince en clases de gimnasia. Mis libros de poemas. Algunos vestidos concretos. Mis canciones en el coche. La libertad que siento, esta que nace en las yemas de mis dedos cuando escribo. El placer de comer un trozo de tarta, de besarnos así, de buscar pájaros azules entre sus piernas. El pelo a lo afro de mi amigo Antonio “Pelo Bonito” y sus abrazos infinitos y honestos. La lealtad y generosidad de mi amiga Carol. Los cuentos que me leía mi padre en la litera de arriba. El mar aunque se desborde del tarro. Aquella cena en un japo con mi amiga Macarena en la que ella habló del dolor y yo de la esperanza. El desierto este verano. La voz de mi padre regando las plantas en la terraza hablándome con cariño de sus pacientes. El abrazo que me dio mi hermana cuando miramos otra vez aquella playa, después de todo. Las cenas que me hizo Inés cuando más la necesitaba. El ventilador que giraba como una bola del mundo mientras el amor estallaba contra las paredes. El rumor de los grillos. María, tan buena, cambiando mi casa para que yo no recordase los gritos y el dolor. Las ojeras que tuve, mi pérdida de peso de hace tiempo, mi fragilidad, los reproches, el daño, la cicatriz que ya no veo. El escenario. Aquel texto. Algunos orgasmos con amor. El disfraz. Mi niñez en la pradera en la que soltábamos a Luna y mi madre hacía fotos. Las ventanas que veía cerradas y ahora contemplo abiertas.  La suavidad de Ego, lo blandito que es. Los dientes de leche que perdí soñando que un ratón venía a recogerlos. La noche de Reyes. Los viajes que hice y los que imagino. El primer beso de Inés, la lengua girando. Una estrella. Cuando nos decimos: quiéreme así siempre. Bombillitas de colores. La sabiduría de mi amiga Susana. La experiencia. Sandra diciéndome que todo saldría bien una noche en verano. Todo lo que escribo para que no se pierda. Un mapa. La brújula aquella que. Las palabras bonitas que me dicen. Mis ganas de ser buena, de dar amor hasta por las pestañas. Las preguntas y ocurrencias de mis alumn@s que parecen poemas. Películas en blanco y negro. Los rincones de mi cama. El alma que aparece entre saliva y palabras de sueño.

Creo que tengo tarros luminosos repartidos en el jardín para que vengan criaturas salvajes a mirarlos por las noches. Mis tarros son como las estrellas, iridiscentes, extraños, silentes y parpadean cuando no los estoy mirando.

 

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