Besos con lenguaje

Archivo mensual: noviembre 2016

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Hoy he participado en una tertulia dialógica en el centro educativo en el que trabajo. Admito que iba desanimada y de mal humor, porque he comido y dormido poco estos días de tanto estrés y no me apetecía nada compartir mis impresiones sobre un texto a esas horas.

Yo quería pasear bajo este cielo inmenso y tomarme un té con alguien. Pero tocaba trabajar de tardes.

Y me crucé, en el camino, con un niño de mi clase. Es pequeño, muy inteligente y un poco inquieto (y desobediente). A veces le regaño demasiado y no me gusta, no me gusta regañar. Pero reconozco que en ocasiones me saca de quicio. Lo que me ha sorprendido es que me mire de lejos y venga corriendo con sus brazos muy abiertos. Sus ojos inmensos me miraban, su boca sonriendo. Y nos hemos abrazado en una calle muy estrecha como si llevásemos años sin vernos. Me ha encantado que al verme no se acuerde de las veces que le riño, de lo seria que me pongo con él casi todos los días… Me ha emocionado profundamente esa inocencia y ese amor (y no es un niño cariñoso especialmente, sin embargo ha corrido hacia mí como si hubiese visto un ángel). Qué distintos somos los adultos.

Después he llegado al colegio y he tenido dos reuniones y la tertulia.  Tuvimos que hablar sobre unos textos que hablaban de empatía, de aprender a decir cómo nos sentimos, qué necesitamos, qué nos duele, qué pedimos. A veces se nos olvida expresarnos. También hemos conversado sobre sentirnos culpables por la infelicidad o sentimientos de otros, sobre cómo responsabilizamos al otro de nuestros daños, y sobre cómo podemos canalizar la rabia y el dolor.

Qué interesante. Yo no tenía intención de intervenir, de hecho no había tenido tiempo de leerme los capítulos asignados, lo hice allí, un ratito antes. Porque hoy estoy muy cansada y  sin embargo, no he podido evitarlo, he participado, me habría presentado voluntaria para exponer lo que he aprendido hoy si eso sirviera para ayudar a alguien.

Hoy he aprendido algo acerca de mí misma. Y es a identificar que algo me duele profundamente y a procesarlo sin más remedio, con las consecuencias que sean. A no patalear como los niños cuando no entienden. A dejar el dolor estar e irse cuando sea el momento. Yo he tenido dolor dentro durante mucho tiempo, frustración y tristeza que no salían de ahí, y bailaban por las noches a su antojo.

Y el dolor no lleva el nombre de nadie, ni etiquetas ni culpables. Es nuestro, nuestra responsabilidad, nace dónde nacen la emoción y la confianza. En cierto modo aunque es inevitable, es nuestra decisión dejarnos doler por otros, podríamos no hacerlo, ser un poco más independientes emocionalmente hablando. Y es también nuestra decisión hacer daño, aunque casi siempre lo hacemos desde la inconsciencia. El dolor… Son conductas, decisiones, decepciones, sueños que tuvieron que dejarse para luego o para nunca, necesidades que no cubrimos, batallas que no llevaron a triunfos de algún tipo, ilusiones de esas que se cuecen cuando cerramos los ojos y quedan en no, ojos que dejaron de mirarnos así, frases que se dicen, recuerdos en plazas y aeropuertos, y aquel apartamento en el que viviste aquello tan bonito y mira qué mal luego todo, la pérdida, la muerte, la enfermedad, cuando nos dicen no y cuando tenemos que decir lo siento pero no.

A mí el dolor generalmente me lleva a enfadarme conmigo, sobre todo cuando no esperas que suceda. Luego me acostumbro, por ejemplo “duele aquella pérdida, porque echo de menos cuando se tumbaba en mi regazo”, o “duele que no saliese como yo quería”, o “duele no seguir en aquella escuela tan bonita en la que fui tan feliz”, o “duele que esté enfermo”, o “duele no estar allí para consolarla”, pero crecer implica que duelan algunas cosas, y que aceptemos que duelen. Sin embargo, mi primera reacción es la de enfadarme cuando el daño es profundo.

Los niños/as (mis alumnos/as) no saben aceptar la frustración y el dolor. No saben por qué su madre pudo morirse, o por qué ese vacío, o por qué otros no le aceptan en un momento dado. No saben por qué las lágrimas, ni por qué el corazón les late rápido cuando su amigo se los rompe, ni por qué la rabia, ni por qué lastiman los escalones del colegio cuando tropiezan ni por qué la sangre, ni por qué añoran, ni por qué los perros se vuelven astronautas un buen día y dejan de estar en casa, o por qué razón la vergüenza o la soledad o la decepción. Pero lo viven: sienten el mismo dolor que nosotras/os y necesitan pautas para encauzarlo.

Hoy en la tertulia hablábamos de la importancia de que seamos los adultos los que aprendamos a gestionar la tristeza o la rabia,  la expresemos con cierta empatía, encontremos el modo de comunicarnos para después, transmitir todo eso a los niños y las niñas. Y yo quiero ayudar muchísimo a mis alumnos/as, porque el amor que me entregan cada día es cálido y auténtico. Ayer me emocioné un poco con una cosa, y se dieron cuenta, empezaron a corear mi nombre, fue bonita esa conexión. Y yo quiero ofrecerles un modelo del que puedan aprender a ser mañana, buenas personas, generosas, justas, solidarias, felices, íntegras, valientes, sensibles… Quiero decirles: aquí tenéis herramientas para colocar ese dolor donde corresponde.

He contado que desde mi experiencia como docente, trato que  ellos/as mismos/as expresen claramente lo que no quieren, lo que necesitan, lo que les duele, sin dudar, sin miedo, sin herir, y que la persona que les ha herido acepte también el dolor del otro. Asumiendo cada uno/a su propio sufrimiento, responsabilizándose de sí mismo/a. Que no todo se soluciona en diez minutos y con un “pídele perdón y seguid como amigos”. Que a veces el dolor se gestiona con mayor dificultad y hace falta paciencia y amor.

Y a pesar de que es invierno y tengo sueño y hambre hoy,  y qué frías tengo las manos, he aprendido cosas nuevas.

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Siempre valoré la amistad, mi primera mejor amiga se llamaba Marta (luego tuve otra mejor amiga que se llamaría también así). Pero a los seis años conocí a Marta número 1 en el colegio. Era morena, muy alta y muy pálida. Tuve otra mejor amiga llamada Gloria, que era rubia y con los ojos azules, para mí ella era importante, dejaba de dormir si nos enfadábamos (aunque rara vez teníamos conflictos). Y mi mejor amigo en las vacaciones se llamaba Javi. Y tenía otros muchos amigos en la niñez: Jaime, Carmen, Irene, Esther,Gema, Lourdes, la preciosa Manuela que jugaba un poco más bruta, Cristina, Mercedes, Macarena un poquito más tarde junto a la otra Marta.  También tuve un amigo a los once que se llamaba Oscar y tenía los ojos muy verdes y le encantaban los perritos, me parecía tan entrañable cuando abrazaba a su cachorro… Cuando entré en la adolescencia tuve muchísimas más amigas y amigos, para mí eran sagradas/os.

Mi hermana fue amiga todo el rato. Desde que nació y yo la miré con ternura en su cuna.

El caso es que en los últimos años he valorado muchísimo más ese concepto, esas personas, a pesar de que mi tendencia fue durante mucho tiempo dedicarme en alma y cuerpo a mis parejas (estupendas muchas de ellas también). Y empecé a emocionarme ante gestos muy bonitos que iban más allá de ir al cine o viajar juntos. Descubrí que cuando una está más frágil, ellos vienen a sostenerte, así de simple. Y que también se alegran cuando te enamoras, empiezas una actividad muy interesante, sacas una plaza, o consigues algo a tu juicio importante.

No me ha sucedido nada horrible. Pero estoy en etapa de cambios, mudas de piel, decisiones, pasos. Porque la vida avanza y quieres avanzar también, pero en ese proceso no todo es tan sencillo. Pero necesito crecer, hacer, no sé. El caso es que en dos días he recibido un amor que no alcanzo a meter en mis bolsillos, un amor de esos que yo llamo incondicional, tierno, desde la raíz, desinteresado, generoso, limpio, ante mis posibles  cambios y decisiones. Insisto, no se ha tratado de una situación extrema (enfermedad, rupturas, pérdida de empleo…), tan sólo de un momento un poquito más vulnerable.

Y como estoy muy sensible, me emociono. Pero me emociono hasta el punto de echarme a llorar como una niña, no te creas. Y quiero estrujarles, decirles: te admiro, me gusta cómo eres y yo también pienso estar aquí para ti.

Porque les admiro, aprendo, me encantan. Puedo verles el corazón palpitando en cada palabra.

Y ha llegado un punto en que no sé cómo devolver tanto a tantas personas buenas. Buenas como el pan. Transparentes, puras, generosas, cercanas, divertidas, adorables. Se aprende tanto… Y el camino en cualquier caso es infinitamente más bonito…

Pienso hacer una lista con todo lo que quiero entregarles. El corazón por ejemplo, mis horas, mi afecto, mis consejos si los piden, mi casa, mis manos… Lo que sea. Lo que necesiten.

 

 

 

 


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Me contaron que una vez un profesor hizo un experimento con dos manzanas idénticas (he decidido hacer el mismo experimento con mis alumnos/as).

Las/os niños/as se sentaron en círculo. Y eligieron entre todos una de las manzanas, eran exactamente iguales: coloradas, redondas, brillantes y deliciosas. Cuando decidieron cuál de las dos utilizarían, empezó el “juego”: cada niño debía insultar a la manzana y arrojarla contra el suelo o golpearla simplemente.Cuando acabase de “herirla” con palabras y golpes, debía pasar la manzana a su compañero/a de al lado, y éste/a haría lo mismo. Así hasta que todos/as los/as niños/as hubiesen gritado palabras ofensivas y hubiesen lanzado la pieza de fruta.

Cuando acabaron se quedaron en silencio y el profesor abrió las dos manzanas por la mitad. Esas que antes eran idénticas.

La manzana que nadie había tocado ni insultado, permanecía preciosa, sabrosa, intacta por dentro. La otra sin embargo, tenía el interior magullado, oscurecido, en mal estado.

La conclusión fue la que estás imaginando: el maltrato nos deja el corazón, las entrañas y el alma completamente destrozados, aunque también se refleje en nuestra cara demacrada, en el peso que perdemos, en que dejamos de opinar, soñar, decir, defendernos.

Hoy, 25 de noviembre de 2016, necesitaba contaros esta historia. Y debo añadir que el maltrato psicológico y físico contra un individuo, no sólo se da entre un hombre y una mujer. Desgraciadamente también lo sufrimos las chicas de manos de otras chicas. Hay falsos mitos como que una mujer maltratada sólo lo puede ser a manos de un hombre, o que si no hay bofetadas ni sangre no hay maltrato, o que el perfil de una chica maltratada es la que pertenece a un grupo socio económico bajo o no ha accedido a estudios universitarios o no es atractiva ni inteligente. Falsos mitos, absurdos que no se corresponden con la realidad. Todas podemos sufrirlo en algún momento y es importante educar en base a esto. Hay que aprender a poner límites, hay que crear desde la niñez un concepto del amor basado en el respeto, la ternura, el cariño, el diálogo, la aceptación de la otra persona, la responsabilidad de los propios actos y errores.

Todas distinguimos rápidamente un maltrato físico, pero a éste le precede siempre uno psicológico que pasa mucho más desapercibido y sobre el que no se “educa” ni prepara a nadie.

¿En qué consiste el maltrato psicológico? Con frecuencia las personas que maltratan psicológicamente a otras son aparentemente amables, solícitas, incluso pueden parecer paternalistas y muy inteligentes. Saben cómo manipularte, cuándo, y de qué manera pueden seguir ofreciendo una imagen “maravillosa” al resto.  Pero ¿en qué se basa? ¿cómo puedes identificarlo?

-Al principio son muy muy muy cariñosas/os, amables, te llenan de halagos, son aduladores/as, apasionados/as. Quieren compromiso, aseguran que eres lo mejor que le ha pasado. Pero esto cambia paulatinamente, de manera muy sútil, entre reproches y sonrisas.

-Reproches constantes. Diarios. Esto provoca un daño muy importante: empezamos a temer que se enfade, dejamos de creer en nosotras, nos sentimos torpes y dependientes.

-La culpa. Sus gritos, insultos y portazos siempre están provocados por tu “torpeza”, por lo que opinaste, hiciste o pensaste. Tus “debilidades” son cada vez más y eso les irrita. “Yo me enfado porque tú me haces enfadar”, “yo te grité porque te lo has buscado”, “te mereces que te llamase guarra o mala persona”. “No haces nada por mí, dime, dime, ¿qué haces por mí?”. Esta culpa al principio nos altera, no entendemos nada, pero finalmente con el paso de los meses, la asumimos, nos sentimos culpables por todo, empezamos a pedir perdón con agotamiento y por inercia. Perdemos la confianza en nosotras mismas. Llegan a afirmar seriamente que no quieres a tu “familiar” porque ni siquiera vas a verle varias veces al hospital, que eres horrible, y lo que en realidad sucede es que pesas 42 kilos y no tienes fuerzas para ponerte en pie e ir a ninguna parte (ni hospitales, ni cine, ni teatro, ni de tiendas…).

-Te acusan de victimista. “No te pongas a llorar otra vez, hija”, “eres débil, por eso te has desmayado”, “te encanta ir de víctima cuando sólo te he gritado la verdad”.

-Amenazas. “Si me pides tiempo me iré y te dejaré aquí”. “Si sigues llorando me vuelvo a dónde he venido”. El posible abandono está presente todo el tiempo, hacen y deshacen maletas constantemente, se van durante horas y sientes que ese es tu castigo, y finalmente te acostumbras a quedarte sola una y otra vez, aunque te aterra, porque llegas a pensar que no eres nada sin ella, que tu valía es inferior porque ella te lo hace saber diariamente.

-Portazos. Abandonos. Con frecuencia en sus enfados se van dando portazos, o te dejan en mitad de un bar o en plena calle. Son capaces de decirte que lo hacen por ti, porque mereces eso. Después de los gritos y los portazos viene el silencio.

-Mensajes infinitos en el teléfono. No importa si estás en el trabajo, o con una buena amiga tomando un café. Tienes que atender sus múltiples mensajes o será peor. Con frecuencia encontrará un motivo para enfadarse mucho por teléfono cuando estés ocupada en otra cosa: con tus amigos o en el trabajo, incluso cuando vas conduciendo. Dejas de quedar con otras personas y pierdes completamente tu interés en el trabajo porque estás constantemente centrada en sus mensajes y fuertes enfados.

-Sutilmente, muy muy sutilmente, comienza a ejercer un control absoluto sobre ti. Quiere saberlo todo, hasta cómo mantenías relaciones sexuales con otras personas, hasta cuántas veces hablas con un amigo.

-Insultos. “Eres débil, eres menos inteligente, eres una guarra, eres patética, eres dependiente, eres egocéntrica, eres imbécil, no tienes ni idea de nada…”. ¿Qué puedo decir? pueden decirte infinidad de cosas, y lo peor es que cada vez eres verdaderamente más imbécil y más dependiente, en eso llevan razón. Porque la suma de enfados, gritos, abandonos o reproches hacen que te sientas perdida, pequeñita, frágil, y llegas a pensar que te hacen un favor por estar a tu lado.

-Comparaciones constantes con sus ex parejas. Con ella era todo mejor, con ella yo no me enfadaba nunca (mentira pero tú crees absolutamente que eres la responsable de sus enfados desproporcionados), a ellas no les gritaba, ellas eran más maduras, o más generosas (aunque tú estés dando hasta la salud por ella), qué tonta fui de dejarla por ti menudo error…

-Inseguridad. Plantean situaciones aparentemente inofensivas, exes que quieren volver, amigas que se le declaran, mujeres u hombres que conocen por la calle cuando tú no estás, les cuentan todo lo mal que lo haces a sus ex novias y te lo comentan para que sientas aún más inseguridad, flirtean con otras personas pero al mismo tiempo te lo niegan… Y lo más importante: hay un reproche constante contra ti y múltiples halagos a sus parejas anteriores. Si bien es cierto que todos/as somos inseguros/as en algunos aspectos y según qué momentos, nuestra inseguridad se dispara porque somos “débiles, dependientes, tontas, guarras, patéticas, torpes…”. El hecho de que se dispare nuestra inseguridad, provoca que perdamos la fuerza para dejar esa relación, que dejemos de contarles a las personas de nuestro entorno lo que está pasando, nos avergonzamos de nosotras mismas y de lo que nos está pasando.

-Aislamiento. Lentamente dejamos de hablar, de opinar, de reírnos, de llamar a nuestras familias, de comunicarnos con nuestros compañeros de trabajo, de abrazar… Cada vez que salimos hay una discusión, hay algo que haces mal, aunque la integres o le envíes mensajes constantes sobre dónde estás y cuánto te falta para volver. Y nuestros amigos se alejan, porque no soportan vernos así, se indignan, intuyen lo que sucede y la detestan a ella, y como tú la sigues adorando, no puedes hacer más que aislarte absolutamente.

-Pérdida de peso. Dejas de comer, porque los gritos te quitan el apetito, no tienes fuerzas para prepararte un buen plato, ni para ir al súpermercado las veces necesarias. Por supuesto ella va más al súper y cocina y te lo arroja en la cara: no eres capaz de nada, menos mal que estoy yo.

-Falso paternalismo. Después de gritos durante meses, diarios, en los que le pides que pare, que no puedes más, llega un día (y muchos) que “estallas”, lloras, te mareas, sufres tus primeros ataques de pánico y ansiedad, te quedas inmóvil en la cama entre lágrimas, no te entra el aire… Y entonces… ella se acerca, con una pastilla para que te relajes y una bandeja con algo de comida, te “cuida” y te susurra: “¿ves? yo sí sé cuidarte, tú no sabes cuidarme a mí”. Y ahí va un nuevo reproche, ella te cuida, tú eres débil y una histérica.

-De repente dice que eres muchas cosas que nadie te ha dicho previamente. Eres en definitiva tan imperfecta que no vales nada. Y todo tu entorno te recuerda que eres preciosa, buena, generosa, divertida, cariñosa, trabajadora, responsable…

-Llamadas de atención constantes que llegas a creerte.

-La relación se vuelve circular:  primero reproches, luego gritos, luego enfado, luego “Luna de miel” en la que ella se relaja y tú intentas demostrarle que vales la pena, luego de nuevo estallido y dolor. Ese círculo es agotador…

-Y en definitiva: se convierte en el rey o la reina que te cuida (y aguanta), la amable persona que hace lo que sea por todos, la que hace mejor y más en todo, la que tiene paciencia por estar a tu lado, la que decide, opina, gana… Pero en el fondo sólo es quién manipula, debilita, falta el respeto cuando las puertas se cierran, chantajea, miente, promete, finge.

En esto básicamente consiste el maltrato psicológico entre otras muchas cosas y es muy importante identificar si estamos atrapadas/os en una relación tóxica e intolerable.

El amor es otra cosa menos todo lo descrito. El amor es un sentimiento maravilloso, puro y transparente, que se construye con principios, inocencias, sabiduría, respeto, libertad…

Siento haberme puesto seria, pero estoy muy emocionada en un día como hoy y quiero que mis palabras sirvan a todas esas mujeres/sombras preciosas y fuertes que siguen a oscuras.


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En mi aula hemos tomado una decisión: tenemos que fabricarnos capas de superhéroes y superheroínas.

Cuando tomamos decisiones nos ponemos muy serios/as, nos quedamos en silencio, algunos/as incluso cierran los ojos para mirar mejor las ideas. No sé. Decidir es una de las acciones humanas más difíciles de aprender, porque todo tiene consecuencias. Tendremos que conseguir tela y otros materiales, tendremos que inventarnos un símbolo, hacerlo, recortarlo y pegarlo. Tendremos, además, que buscar un sitio en casa para colgar nuestra capa, no se podrá lavar así que habrá que cuidarla un poco.

Hemos pensado que una capa tiene que estar cerca de nosotras/os para utilizarla en caso de emergencia, si la escondemos o la abandonamos en el patio o en el parque, no podremos agarrarla bien fuerte ante una situación complicada.

Y entonces… les pregunto ¿y cuándo pensáis utilizarla? (Mientras les formulaba esto, podíamos ver el cielo azul e inmenso por las ventanas, las ramas doradas por la luz de los árboles del patio y el frío entraba besando sus cabezas, qué bonito pensar así). Y a continuación han ido levantado sus bracitos, decididos/as y han dicho cosas como estas:

-Cuando me enfade mucho poniéndome rojo rojo.

-Cuando las lágrimas así (haciendo un gesto con los dedos sobre sus mejillas).

-Cuando quiera protegerme del miedo.

-Cuando me riñan. Cuando se enfaden conmigo.

-Cuando no tenga amigos.

-Para las balas.

-Cuando haya un problema.

-Cuando me tiren del pelo muy fuerte.

-Cuando yo eche de menos.

-Cuando la oscuridad.

-Cuando venga la vacuna.

-Cuando me hagan daño aquí, aquí y aquí (y se señala las rodillas, la cabeza y el corazón).

-Cuando me fabrique la capa, en cuanto termine.

Y he pensado que los/as adultos/as también deberíamos tener capas. Aún no sé de qué color sería la mía (¿verde mint? ¿azul pastel? ¿amarilla? ¿roja? ¿rosada?). Es cierto que nosotras/os tenemos otros recursos y herramientas para gestionar bien nuestras emociones, conflictos, alegrías y limitaciones (al menos casi todos los adultos), pero ¿no sería bonito fabricar con muchísimo amor algo parecido?

Ahora no siento que necesite una capa, antes sí. Supongo que aprendemos a defendernos con diplomacia y sin garras, a afrontar la vida con palabras y piel y libros, no sé, pero estoy por hacerme una y dejársela a todas esas personas que por la razón que sea, se sienten perdidas, asustadas, con el brazo extendido buscando a tientas la luz en plena oscuridad.

 

 


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Cuando escribimos, inventamos una historia. Creamos una carretera, el nombre de las calles, la curva esa de ahí, la piel de alguien, los lunares, las voces de ellos, la edad y el gesto ese que hace cuando remueve la cucharilla en el café mientras piensa algo, si es verano o invierno o el comienzo del otoño y dibujamos las hojas en el suelo, el tipo de automóvil que pasa a sus espaldas cuando dice “te quiero”, las emociones que vuelan en el centro del estómago de la protagonista, lo que dice el tipo del quiosco mientras sucede algo muy importante (por ejemplo: eso cuesta dos euros cincuenta y no tengo cambio), la raíz de todo lo que acontece, el por qué y cómo, la forma en la que un niño se frota las manos por el frío o la ilusión, la ciudad en la que todo se desarrolla, los apellidos, el color de los labios y las uñas, el modo de mirar, el acento, las ideas, los sueños, el miedo, los principios, dónde estudiaron los personajes.

Cuando he visto la ilustración he pensado que las personas que escribimos (y más que por mí, lo digo por todos los libros que he devorado con cariño) somos como esa preciosa criatura que arropa (y acompaña) con sus historias a miles de personas en plena noche, iluminando un poco sus existencias, o al menos, intentándolo. Creo que ese debería ser el fin de este placer de la escritura, dejando los egos y la vanidad en alguna parte.

 


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José Bergamín en La decadencia del analfabetismo habla de un concepto que despierta completamente mi curiosidad. El padre de uno de mis alumnos quiso hablarme de esto, a raíz de las frases hermosas y sinceras que recojo y que pertenecen a los niños y las niñas de mi clase.

Empieza así: todos los niños, mientras lo son, son analfabetos. 

Conforme las páginas avanzan, nos habla (y esto es mi interpretación personal) de cómo los/as niños/as cuando aún no tienen uso de razón, cuando aún no saben leer y escribir y por lo tanto expresan todo lo que se les pasa por la cabeza y el corazón, sin ningún tipo de condición, límite ni norma, tienen una “razón intacta, inmaculada, analfabeta”, que les hace verdaderamente libres, maravillosos y sinceros.

Habla también, de la razón de estado de infancia, como de todo estado poético es el juego. Qué bonito. ¿No os parece? Y qué cierto.

Hay algo que ha llamado especialmente mi atención y me gustaría compartir con vosotras/os: “La poesía se pasteuriza literalmente, esterilizándose: esterilizando imaginativamente el pensamiento. Poesía destilada o esterilizada no es poesía pura…”

Creo que mis alumnas y mis alumnos, lejos de buscar las palabras adecuadas, lejos de cumplir con cualquier tipo de norma, lejos de contentar a cualquier crítico/a literario/a, hacen preguntas que son poemas, susurran palabras conmovedoras, desnudas de toda artificialidad. A veces cuando hablan, mirándose así, y dicen palabras honestas, transparentes, salvajes, hirientes, tiernas, sinceras, hacen poesía, en estado puro, sin destilar, sin filtro de ninguna clase. No hay convencionalismos, ni estilo, ni nadie a quién contentar con todo aquello.

Mis alumnos/as aún no saben leer, ni escribir, y dicen a veces cosas como:

“Señorita Helena, te quiero. Las hadas brillan en la oscuridad”.

“Detrás de la lluvia, a lo mejor, está la noche”.

“Mi amigo me ha empujado justo en el corazón”.

“¿Por qué quiero que mi hermanito crezca muy rápido?”.

“Me gustaría algún día tocar la oscuridad”.

“Me siento furiosa cuando hay otra niña abrazándote, señorita, es como si yo estallo, ¿sabes? ¿lo estás entendiendo, señorita?”.

“Parece que la canción (ópera) la cante un hombre que tiene un pico de pájaro y se la canta a alguien que quiere”.

“¿Por qué matan todo el rato?”.

“¿Tienes novia, señorita? Sí. ¿No tienes novio entonces? No, tengo novia. Vale, lo importante es su nombre”.

“Estoy llorando porque me duele el corazón y me duele la cabeza un poco también”.

“¿Por qué flotan los aviones y las nubes?”.

“¿Por qué el espacio nunca se acaba? Y otro niño responde: porque debajo del espacio hay sólo infinito”.

“Yo me convierto en Hulk en el patio de mi casa”.

“Yo quería decir tres cosas y ahora sólo me acuerdo de la primera”.

 


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Hoy ha sido un domingo de fiebre, dolor de garganta, tos tos tos, sofá, mantita, libros, películas… Hacía tiempo que no me sentía tan flojita.

No creo que tenga interés describir aquí mis malestares varios, pero lo que sí me apetece contaros es que gracias a la fiebre no he podido salir de casa en todo el día, y he utilizado mi tiempo en escribir una historia, en prepararme zumito y en hablar con personas que me quieren.

La historia habla de Cloe. Una Cloe que he inventado con muchísimo cariño, he construido sus sueños, sus debilidades, su manera de sentir, cómo creció, lo que hizo, lo que quería en la vida, lo que le sucedió entonces. No sé. Cloe hoy ha sido una mujer de carne y hueso, adorable, que me ha “acompañado” en este día tan frío.

Ha sido un día bonito a pesar de sentirme tan frágil. Mi perro no se ha separado de mí, el gato tampoco. Y he recibido una visita preciosa, cariño, mimos, llamadas. Qué bonito haberme sentido así de querida. A veces me pregunto: ¿por qué tengo la suerte de tener tanto amor a mi alrededor? Y luego he pensado que todos/as merecemos eso, ser cuidados/as, queridos/as, mimados/as porque sí, sin otra explicación.

También he visto una película que comencé anoche y no pude acabar porque la fiebre y el sueño me vencieron. Se llamaba “Captain Fantastic”, y hablaba entre otras cosas del amor infinito de un padre hacia sus hijos a los que educa lejos de toda civilización. La parte difícil es que esos niños estaban aislados, sin herramientas para vivir en sociedad. La parte hermosa era ese lado salvaje, libre y pacífico en el que sobrevivían. Más allá de lo controvertido de la película, me ha entretenido y se me ha olvidado la fiebre y he dejado de decir mimimimimi me duele me duele me duele aquí y allí.