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He llegado a ese momento. Me lo dijeron hace tiempo. Que llegaría a eso, como a tantas otras cosas. Alguien dijo: “llegará un día en el que ya no tengas dolor, rabia, miedo a vivir sola, rencor por el daño. Y me dirás que yo tenía toda la razón”.

Y creo que sí. Que voy llegando. Lo noto aquí en mi pecho, mi corazón vuelve a estar esponjoso, sonríe (vaya moñez). A ese punto en el que perdono, y me perdono, y me reconcilio con todo. Que al final ha sido un acierto aprender a vivir sola. Porque he aprendido. Antes no sabía.  Por mucho que yo dijera sí sí sí. No. Me asustaba. No sé el qué. Supongo que nunca había vivido sola y al principio me ponía muy triste, superé infiernos en absoluto silencio, en mi casa, con el amor de muchas personas eso sí. Daban las siete de la tarde y el corazón me hacía boom boom boom de temor y tristezas, y salía a tomar algo con amigos, o miraba películas, o leía. No sé. O escuchaba la voz de Inés que me llevaba un poco al cielo y nos mirábamos muy fijamente.

Ahora es como si Helena hubiese vuelto, yo ya la veía venir, así a lo lejos, el pelo más largo y más revuelto, las mejillas encendidas otra vez, las manos llenas, la boca entreabierta para decir de nuevo muchas cosas bonitas, el deseo iluminándome los ojos, y lo más importante… La inocencia. El perdón. La confianza en los demás. Las ganas de ayudar y entregar y ser y escuchar y comprometerme. Y la mirada, no sé, yo miro las cosas en función a cómo me siento, ahora disfruto sin parar de atardeceres, mañanas, azoteas, niños, perros, bicis, las gaviotas, las caricias, el olor de mi pelo recién lavado, las risas con buenos amigos, el amor, las siestas, el cine, el teatro, los libros…

El otro día fui a ver “Un monstruo viene a verme” con mis amigos, mi hermana quiso sumarse también. Y una amiga. (ATENCIÓN SPOILER, no sigas leyendo si piensas ir a ver la película) Compramos cubos de palomitas, refrigerios… Corrimos para conseguir asientos en la misma fila por ser muchas personas. Lo conseguimos. La película en sí puede resultar un poco lacrimógena, hay secuencias que tal vez me sobren. Aunque me llené de amor cuando ese niño se tumbaba en su cama, completamente perdido y ese monstruo le susurraba cuentos maravillosos y extraños… Pero hubo algo que me hizo llorar (con lo que me cuesta llorar últimamente) y es que en algún momento, en la película, el niño grita desesperado tras meses de dolor y angustia, que su verdad era esta: ¡necesitaba que acabase de una vez! (que su madre muriese tras una larguísima enfermedad).

Que acabase la enfermedad de su madre, los medicamentos, las lágrimas, la soledad infinita en salas de espera, la oscuridad de su habitación cada noche. La despedida prolongada y agonizante. Lo que estaba por suceder por muchos tratamientos que prometiesen sueños. Porque él (el niño) sabía que no, que no habría remedio, sabía lo que iba a suceder y sentía tanto dolor, que no lograba gestionarlo y en el fondo, detrás de esa rabia, sólo había miedo, tristeza y desesperación.

Y lloré. Porque casi todos/as hemos pasado por esa sensación, aunque no se nos estuviese muriendo necesariamente un familiar. Porque a veces se mueren los sentimientos, los vínculos, el respeto hacia uno/a mismo/a, el amor, la fe, la confianza, las relaciones, la ilusión, las ganas, el apego, el brillo, la paz…

Yo una vez tuve esa sensación hace tiempo. Y qué triste fue. Y descubrí mucho más tarde, que en el fondo, detrás de mis bloqueos, del dolor, de la rabia, del daño que sentía, de mi incapacidad para llorar o decir lo que me pasaba, solo había la dolorosa certeza de que algo se acababa, de que tenía que despedirme de esa “Helena” que creía firmemente en algo que no podía ser por intolerable en algunos sentidos. Y si alguien me hubiese preguntado en uno de esos días tan azules, tal vez yo habría respondido lo mismo con lágrimas mejilla abajo: Necesitaba que acabase, no podía más, yo ya sabía que pasaría y me sentía sola, perdida, frágil, maleable.

Y ahora ya no me hace falta el monstruo.  Ni que me cuente historias. Ahora puedo estar sola en casa, resolver las cosas con paciencia y cariño, entregar corazón y pulmones, hablar con certezas. Hacer cajas y mudarme. Y seguir hilando mi existencia. Y ayudar muchísimo a todas las personas que quiero. Y tratar de ser más buena, más fuerte, más lista, más generosa. Y puedo entregarle estrellas a Inés, que me mira emocionada mientras yo crezco (crecemos) y ser las dos enormes, o pequeñísimas, asustadizas o valientes, ser nosotras con esta paz que nos invade. Y ser yo todo el rato, cuando me ruborizo, amo, deseo, digo mimimimi yoyoyoyoyo, viajo, nado, sonrío, me equivoco, escribo, hago el amor, duermo, temo, sueño. Ser yo en todas partes.

El proceso ha sido, a pesar de todo, enriquecedor, hermoso, intenso, necesario. Y es que a todas/os nos visita temporalmente un monstruo, que nos mece, nos alza la voz, nos aterra y nos protege, hasta que llegamos a la raíz del dolor, a la verdad desnuda y absoluta, y nos sentimos más fuertes.

Yo he llegado a ese momento. Creo. Ese en el que ya no viene nadie a contarme historias, porque ya sé lo que pasó, y estoy en paz.

 

 

 

 

 

 

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