Besos con lenguaje

Archivo mensual: octubre 2016

paz

Una amiga me preguntó hace unos días: ¿y a ti, qué te da paz?

La verdad es que yo asocio la calma o la paz con estados de bienestar. Como dijo un antiguo compañero de trabajo, “relaciono la felicidad con el sosiego interior”.

¿Qué me da paz?

La lluvia. Que suene así, como hoy.

Algunos libros.

Ser una buena persona.

Esa canción de Zahara.

Mis alumnos/as cuando juegan tranquilos/as a los puzzles por ejemplo.

Mi perro dormido junto a mi costado.

Las personas que me quieren, con las que soy yo todo el rato.

Cuando Anita dice “¿me lees este cuento?” subiéndose al regazo.

Mi cama. Mis sábanas. Mis pijamas. Las lamparitas de mi habitación.

Que mi gato se enrosque sobre mí haciendo run run run run en su tripita.

Algunos tipos de abrazos.

El río. El mar. El agua.

Leer.

Mirar cómo lee otra persona.

Llorar un poco a veces.

El amor cuando es bueno, transparente, limpio, real.

Escribir.

La siesta sola o acompañada.

Tener una conversación mientras paseo sin prisas y me sujetan un poco del brazo.

Reírme y reírme.

El jazz cuando cocino.

La película de “Carol”. Y la de “Qué bello es vivir”.

Que den las nueve y media de la noche.

Las cosquillas en el pelo. Y en las piernas. Y en el cuello.

Sentarme en una terraza.

Las playas casi vacías.

Las voces de los niños en los parques.

Mis vecinos cuando encienden sus lucecitas y hablan bajito porque es de noche.

Saber qué va a pasar, alejar un poco la incertidumbre.

Las relaciones adultas, sanas, bonitas.

Salir de las clases de teatro con las mejillas encendidas, relajada y somnolienta. Que sea de noche cuando salgo, volver a casa.

Las estrellas, qué lejos y qué brillantes.

Después de actuar en un escenario, después de terminar un libro, después de hacer el amor, después de decir cómo me siento con respecto a algo.

Dormir abrazada. Sentir su aliento en mi nuca.

Aquella obra de Hopper en la que sale una chica en la puerta de una casa.

Nadar.

La nieve desde una ventana enorme.

Mi sofá. Las mantitas monas de Zara Home.

La sopa.

El invierno.

Mirar películas en mi cama.

La luz.

La gente que no tiene doblez.

El respeto.Qué palabra más grande y más bonita.

Cuando sabes que alguien viene para quedarse.

Que me acaricien las manos, las palmas de las manos.

La verdad, la honestidad,  la madurez emocional, la ternura, los besos en el cuello.

Los aprendizajes.

Crecer.

Amar con el corazón temblando.

Los domingos.

Los viernes.

Cuando no madrugo.

Mis padres.

Mis amigos.

Inés.

 

 

 

 


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Yo tengo un amigo que me cuenta algunas veces las cosas que le pasan.

Y le pasan unas cuantas, como a mí, como a ti. Como a cualquiera de nosotras/os.

Hace poco me habló de una historia de amor suya, tenía el corazón sangrando mientras narraba los hechos (porque las almas sensibles como las nuestras sufren ante situaciones desagradables, irrespetuosas o incluso violentas). Yo le dejé decir, le dejé sentir todo lo que tenía que sentir, pero como me he vuelto una “experta” en deducir rápidamente una manipulación, un chantaje o un maltrato psicológico, pensé ese mismo día, que la persona de la que me hablaba mi amigo, no le proporcionaba la paz, el amor y la transparencia que él necesitaba. No quise emitir juicio de valor, ni siquiera adoctrinarle sobre lo que debía hacer al respecto. Simplemente le aconsejé que se cuidara y que el amor se construía siempre sobre bases muy sólidas de ternura, comprensión, respeto, confianza, libertad de ser uno/a mismo/a, etc.

Hace unos días se puso muy triste mi amigo, porque le habían roto el corazón, no sé si a bocados o arrojándolo por la terraza, pero sangraba.

Y es que últimamente escucho historias que me sorprenden (dolorosamente) y el mundo sigue girando cada vez más deprisa, sin darnos la oportunidad de cuidarnos, protegernos un poco (sin extremismos) y definir lo que somos y lo que necesitamos para ser felices.

A veces me pregunto: ¿qué clase de valores tenemos? ¿cómo educamos y cómo hemos sidos educadas/os para confundir el AMOR con otra cosa? ¿por qué toleramos mentiras, faltas de respeto, gritos, portazos, reproches, amenazas, provocaciones, insultos, chantajes, órdenes, prohibiciones, dolor dentro de una relación? ¿Por qué integramos y aceptamos conductas perjudiciales e innecesarias para nosotros/as por “amor”?

Yo tengo un amigo que todas las noches cose con hilos el corazón, el suyo y se levanta fuerte y valiente por las mañanas. Y yo le digo lo que he aprendido (a base de experiencias a ratos dolorosas):

El amor no entiende de género, es cierto, ni de razas, ni lenguas, ni clases sociales… Repetimos tantas veces  esas frases como un mantra, los niños/as las escuchan y las asumen. PERO hay que añadir más: el amor no entiende de eso, pero tampoco entiende de otras muchas cosas. Porque amar es un verbo inmenso que conlleva aceptación, ternura, confianza, respeto, cariño, sexo (si se trata de un vínculo romántico), compromiso (si ambas partes así lo pactan), libertad, palabras bonitas, valentía, paciencia, lealtad, verdad, transparencia, dignidad, diplomacia, diálogo, bondad, apoyo, generosidad, entrega, cuidados, y calma. Mucha paz. La persona que te quiere te genera tranquilidad, y eso no quita pasión, ni desencuentros, ni arrebatos puntuales. Pero debe prevalecer el sosiego, al menos esa es mi opinión.

Yo hace unos años describí “el amor” para un taller de escritura creativa, como una escena (a veces yo defino y pienso en escenas): una habitación luminosa, creo que las cortinas hacían así (se hinchaban), dos mujeres, silencio. La ventana abierta, al otro lado un océano comiéndose a besos la orilla, y unos niños jugando, había quizá un perro a lo lejos, no estoy segura. Dos mujeres (vuelvo a esa habitación), una permanece tumbada sobre una cama, sobre la colcha estampada de tonos muy claritos para ser más exacta, y está leyendo. Lee como si nada pudiera pasar, concentrándose absolutamente en lo que hace, inmersa en ese libro, sin preocupaciones, no está tensa, todo lo contrario, permanece relajada, con una expresión aniñada, casi infantil, de quien aún sobrevive en la inocencia. En ese cuarto hay otra mujer, como ya he dicho, que está sentada en un sillón súper bonito. Es preciosa. Tiene las manos en su regazo y contempla pausadamente a la que está leyendo. No dice nada. Sólo está pensativa, feliz. Posiblemente han pasado el día fuera hablando sin parar, y ahora necesitan ese silencio pactado, ese que genera la confianza. Ambas saben que pueden volar, echar a correr, hacer, crear, conocer a miles de personas, escribir, inventar, soñar, decir, ser ellas mismas, equivocarse, mostrarse fuertes y vulnerables y alegres y confiadas y asustadizas y llorosas, que no importa, porque el amor es eso, ¿no?

Yo tengo un amigo que merece a su lado a una persona que lo respete, quiera, proteja, mime, divierta y ofrezca un sitio bonito, desde donde contemplar paisajes fascinantes.

 

 

 

 


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He llegado a ese momento. Me lo dijeron hace tiempo. Que llegaría a eso, como a tantas otras cosas. Alguien dijo: “llegará un día en el que ya no tengas dolor, rabia, miedo a vivir sola, rencor por el daño. Y me dirás que yo tenía toda la razón”.

Y creo que sí. Que voy llegando. Lo noto aquí en mi pecho, mi corazón vuelve a estar esponjoso, sonríe (vaya moñez). A ese punto en el que perdono, y me perdono, y me reconcilio con todo. Que al final ha sido un acierto aprender a vivir sola. Porque he aprendido. Antes no sabía.  Por mucho que yo dijera sí sí sí. No. Me asustaba. No sé el qué. Supongo que nunca había vivido sola y al principio me ponía muy triste, superé infiernos en absoluto silencio, en mi casa, con el amor de muchas personas eso sí. Daban las siete de la tarde y el corazón me hacía boom boom boom de temor y tristezas, y salía a tomar algo con amigos, o miraba películas, o leía. No sé. O escuchaba la voz de Inés que me llevaba un poco al cielo y nos mirábamos muy fijamente.

Ahora es como si Helena hubiese vuelto, yo ya la veía venir, así a lo lejos, el pelo más largo y más revuelto, las mejillas encendidas otra vez, las manos llenas, la boca entreabierta para decir de nuevo muchas cosas bonitas, el deseo iluminándome los ojos, y lo más importante… La inocencia. El perdón. La confianza en los demás. Las ganas de ayudar y entregar y ser y escuchar y comprometerme. Y la mirada, no sé, yo miro las cosas en función a cómo me siento, ahora disfruto sin parar de atardeceres, mañanas, azoteas, niños, perros, bicis, las gaviotas, las caricias, el olor de mi pelo recién lavado, las risas con buenos amigos, el amor, las siestas, el cine, el teatro, los libros…

El otro día fui a ver “Un monstruo viene a verme” con mis amigos, mi hermana quiso sumarse también. Y una amiga. (ATENCIÓN SPOILER, no sigas leyendo si piensas ir a ver la película) Compramos cubos de palomitas, refrigerios… Corrimos para conseguir asientos en la misma fila por ser muchas personas. Lo conseguimos. La película en sí puede resultar un poco lacrimógena, hay secuencias que tal vez me sobren. Aunque me llené de amor cuando ese niño se tumbaba en su cama, completamente perdido y ese monstruo le susurraba cuentos maravillosos y extraños… Pero hubo algo que me hizo llorar (con lo que me cuesta llorar últimamente) y es que en algún momento, en la película, el niño grita desesperado tras meses de dolor y angustia, que su verdad era esta: ¡necesitaba que acabase de una vez! (que su madre muriese tras una larguísima enfermedad).

Que acabase la enfermedad de su madre, los medicamentos, las lágrimas, la soledad infinita en salas de espera, la oscuridad de su habitación cada noche. La despedida prolongada y agonizante. Lo que estaba por suceder por muchos tratamientos que prometiesen sueños. Porque él (el niño) sabía que no, que no habría remedio, sabía lo que iba a suceder y sentía tanto dolor, que no lograba gestionarlo y en el fondo, detrás de esa rabia, sólo había miedo, tristeza y desesperación.

Y lloré. Porque casi todos/as hemos pasado por esa sensación, aunque no se nos estuviese muriendo necesariamente un familiar. Porque a veces se mueren los sentimientos, los vínculos, el respeto hacia uno/a mismo/a, el amor, la fe, la confianza, las relaciones, la ilusión, las ganas, el apego, el brillo, la paz…

Yo una vez tuve esa sensación hace tiempo. Y qué triste fue. Y descubrí mucho más tarde, que en el fondo, detrás de mis bloqueos, del dolor, de la rabia, del daño que sentía, de mi incapacidad para llorar o decir lo que me pasaba, solo había la dolorosa certeza de que algo se acababa, de que tenía que despedirme de esa “Helena” que creía firmemente en algo que no podía ser por intolerable en algunos sentidos. Y si alguien me hubiese preguntado en uno de esos días tan azules, tal vez yo habría respondido lo mismo con lágrimas mejilla abajo: Necesitaba que acabase, no podía más, yo ya sabía que pasaría y me sentía sola, perdida, frágil, maleable.

Y ahora ya no me hace falta el monstruo.  Ni que me cuente historias. Ahora puedo estar sola en casa, resolver las cosas con paciencia y cariño, entregar corazón y pulmones, hablar con certezas. Hacer cajas y mudarme. Y seguir hilando mi existencia. Y ayudar muchísimo a todas las personas que quiero. Y tratar de ser más buena, más fuerte, más lista, más generosa. Y puedo entregarle estrellas a Inés, que me mira emocionada mientras yo crezco (crecemos) y ser las dos enormes, o pequeñísimas, asustadizas o valientes, ser nosotras con esta paz que nos invade. Y ser yo todo el rato, cuando me ruborizo, amo, deseo, digo mimimimi yoyoyoyoyo, viajo, nado, sonrío, me equivoco, escribo, hago el amor, duermo, temo, sueño. Ser yo en todas partes.

El proceso ha sido, a pesar de todo, enriquecedor, hermoso, intenso, necesario. Y es que a todas/os nos visita temporalmente un monstruo, que nos mece, nos alza la voz, nos aterra y nos protege, hasta que llegamos a la raíz del dolor, a la verdad desnuda y absoluta, y nos sentimos más fuertes.

Yo he llegado a ese momento. Creo. Ese en el que ya no viene nadie a contarme historias, porque ya sé lo que pasó, y estoy en paz.

 

 

 

 

 

 


reading

Quiero dar las gracias a todas mis lectoras. A todas. A tí también. Por leer.

Yo tengo lectoras que sueñan con protagonizar historias, y otras que son madres, algunas sonríen a la cámara con gat@s adorables de ojos inmensos, o pasean a sus perros rodeadas de luz, las hay que aman a las mujeres de sus vidas y lo dicen o lo insinúan, o a los hombres, o a ambos, incluso las conozco que buscan su corazón en aeropuertos, semáforos o en el regazo de alguna desconocida. Las hay ingenieras, profesoras, artistas, actrices, en paro, médicas, amas de casa, músicas, opositoras, estudiantes, limpiadoras, maestras, aprendices, enfermeras, psicólogas, blogueras… ¡Incluso algunas son escritoras maravillosas!

Y esto lo digo de corazón, porque estoy muy emocionada con la preciosa acogida que le dais a cada cosa que escribo. Yo no soy de regalar falsos halagos, ni de quedar bien, ni de decir por decir, ni de “voy a ganarme gente”, no entiendo de marketing, ni quiero, yo escribo por el placer de hacerlo, sin otra pretensión (es tan bonito escribir, hacerlo con la libertad que lo hago), la verdad es que siempre estuve por encima de eso y trato de ser sincera y agradecida desde las entrañas.

Por eso os digo gracias. Por leer. Por leerme. Por comprar mis libros. Por descargarlos incluso y decirme luego: oye pues me ha gustado, el próximo me lo compro. Por pasear con mis personajes por ciudades y ver cómo aman, sueñan, sufren, perdonan, crecen, hacen, besan. Por hacerme saber que mis historias os han acompañado en momentos difíciles, o que os han conmovido, no sé, por decirme cosas tan bonitas como las que me decís. Gracias por el cariño respetuoso y limpio que me entregáis, sin doblez. Por vuestro apoyo incondicional y honesto. Por apreciar mi labor. Por vuestras increíbles reseñas en amazon u otras plataformas. Y los comentarios en el blog o en las redes. Por difundir mis palabras, hacerlas crecer, compartirlas, llevarlas al fin del mundo. Por pedirme que os pase una obra ya que en vuestro país no se puede conseguir. Por alentarme siempre a seguir escribiendo. Gracias también a las que no dicen nada, pero devoran con cariño mis libros en el metro o en el borde de la cama.

Por vuestro inmenso respeto, que me hace sentir segura y en calma.

Y por poner ejemplos (aunque sois muchísimas):

Gracias a Ana Belén Rodríguez por su fe en lo que escribo (y su escucha). A Vanessa Ejea por su apoyo transparente y entrañable, sobre todo cuando había “tormenta”. A Carmen Sánchez por sus preciosas reseñas y sus consejos. A la adorable Alba Nat que siempre está ahí. A Noelia Blanco (entendemosblog) por su constancia y cariño en todo lo que escribo.A Erika Hav por lo que escribe y por su apoyo.  A Carmen Cabrera por su afecto sincero y su confianza. A María Jesús (Mirales) por creer en mí, por poner interés en mi trabajo, por su cariño. A Nacho por su preciosa lealtad. A Sonia Lasa que comparte también la pasión por la escritura. A Yuriko por apoyarme.A Rebeca Buendía porque estuvo ahí desde el principio animándome. A Nieve F por sus megusta y por tener esa bonita familia (gatita de ojos mágicos). A Melba Quiñones que también está siempre leyendo (me). A Marta de la Rosa. A Ángela He por ser tan simpática y cercana. A Marta Caldis. A Eley Grey que siempre aparece. A Vero. Nela. Y Mónica. Inma. Alejandra. A Marta Puig por esa lealtad tan linda. A Lily.  Coral que nunca falla. A Miriam Beizana Vigo por ser una estupenda escritora nada presuntuosa que además me ofrece su apoyo. A Claudia. A Lara por querer hacerse camisetas con las portadas de mis libros. A Lola Fernández  por enseñarme y animarme a escribir. A Ana Satchi por potenciar mi trabajo y entrevistarme en su súper programa de radio en un ambiente agradable y divertido. A las chicas de LesbianLips y de Lesbicanarias por reseñarme de una manera tan dulce y especial. A María José. Ana. Amanda. Inma. Carmen. Roberto por leerme. A Marga. Clara N. Sarah. A Juliette Sartre. Y muchísimas personas… No habría líneas para agradecer tanto.

A ti, por leerme. Digas o no digas nada.

Sin vosotras no habría historias sobrevolando, esperando ahí en el horizonte.

Pero hay una lectora muy especial que ademas de leernos en voz baja mutuamente, cuidarme, esperarme en la estación, recorrer kilómetros conmigo, decirme todos los días “eres preciosa, eres valiente, estoy llena de amor, no espero a nadie más que a ti“, correr a mi lado bajo la lluvia, cernarnos con los ojos, buscarnos el ombligo, cepillarnos el pelo… decidió leerme un día y conocerme. Y qué bonito fue todo a partir de entonces. Aún no encuentro las palabras para describirlo, podría decirlo con imágenes, yo qué sé, o poemas, con un gesto con las manos (formando así, un corazón, ¿lo imaginas? qué moñez) no sé, podría decir: vino justo cuando no estaba pendiente y quiso quedarse y quise tenerla conmigo. O decir simplemente: que todos esos libros y canciones y películas nos secuestren a las dos, perdernos en el bosque, querernos con los dedos, buscarnos el alma, pero siempre.

El caso es que yo estaba sola. Y ella vino a rodearme con sus brazos, sosteniendo un libro, uno de mis libros, eso no se me olvida.

Así que GRACIAS por estar.

 

 

 

 

 

 


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He decidido trabajar algunos superhéroes y superheroínas en mi aula. Conocerán de cerca algunos personajes fascinantes que generalmente llevan en sus camisetas y mochilas.

¿Por qué elegí este tema (más allá del hecho de ser divertido y agradable para ellos/as)? Hace unos días me hice esta pregunta.

Creo que hay algo que me entusiasma especialmente y es que un superhéroe o una superheroína tiene poderes alucinantes pero conserva al mismo tiempo fragilidades.

Me encanta ese concepto.

Si algo he aprendido es a mostrarme sociable, guapa, valiente, súper segura, divertida, ingeniosa pero también vulnerable, insegura, frágil e incluso enfadada o en desacuerdo.  Durante un tiempo (no muy prolongado, un año y algo) pensé que mostrar mis “debilidades”, decir “esto me hace daño o no me gusta”, incluso llorar desconsoladamente, me perjudicaba, tal vez porque podía utilizarse en mi contra, no sé. Estaba tan perdida que no pensaba con claridad. Luego concluí que las personas que realmente te quieren y respetan, besan tus miedos, acarician esa tristeza y te ayudan a aceptar los logros y las limitaciones. Y qué bonito fue tener esa certeza. Pero lo importante estaba aquí, en mí, en mi pecho, y no había nada más hermoso que mostrarme vulnerable y fuerte.

Creo que es muy importante transmitir ese aprendizaje a mis alumnas/os, precisamente ese, a través de unos personajes de cómics que sienten, temen, salvan, vuelan, ayudan, se transforman, dudan, aman, lloran, combaten, abrazan y no son infalibles ni perfectos/as.

Me gusta tanto cuando Inés y yo hablamos, tumbadas en la cama por ejemplo, o en la hierba y hay nubes dibujándose en el cielo, y silencio, y nos decimos: “me siento así”; “quizá me asuste esto o lo otro”, “a veces soy asustadiza o frágil”… Y entonces cogemos todo eso y lo convertimos en algo precioso, y los miedos se suavizan (no hace falta que se vayan inmediatamente, podemos tener miedo, tristeza, dolor a veces), no sé, prometo que es una sensación maravillosa esa de desnudarse emocionalmente  con otra persona. Poder decir: te deseo, tengo miedo, ¿y si eso no sale bien?, me duele… Y que no pase nada, que luego de eso venga un beso o un abrazo o una charla agradable. Que todo empiece y termine en amor y respeto y paciencia.

Me encanta ser Helena (a veces frágil, insegura, un poco enfadada, otras sexual, presumida, fuerte, moñas, valiente, graciosa…) cuando estoy a solas y cuando Inés me acompaña (tan bonito que me tome de la mano), con mi madre, y mis amigos, y los padres de mis alumnos/as, y mis compañeros de teatro, y con el perro y el gato, y los vecinos en el ascensor, y los que atienden en las tiendas, y mis tíos o primos. Con todo soy yo. Y me encanta.

No sé cuál es mi emblema, no importa. Pero tengo la capa, los leggins, la capacidad de volar y las ganas.

 

 


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Hace una semana  Inés y yo nos estábamos despidiendo en una estación entre lágrimas, besos, libros y abrazos. Qué imagen más bonita (aunque prefiero mil veces los encuentros).

El caso es que después me subí al tren con mi maleta haciendo run ran run con sus ruedecitas y me quedé unas horas embelesada, un poco triste, mirando por la ventana. Había árboles, praderas, casas bajitas, perros, silencio y una luz anaranjada y desvaída abrazando todos esos paisajes veloces e inalcanzables.

Cuando llegué a mi destino, quise coger la maleta y una mujer acompañada por su marido, me ayudó amablemente y me dijo: “te he visto antes despedirte de una chica en la estación y quería decirte que hacéis una pareja preciosa”.

Se me humedecieron los ojos un poco y sonreí. El corazón me iba a toda velocidad. Tenía toda la razón. Yo ya lo sabía.

Me parece bonito eso de besarnos en todas partes. De sentir su mano con la mía. De hablarnos con amor y con respeto. De querernos así, cuando digo así digo de esta manera tan sincera, honesta, transparente, libre… Y romántica.

Y es que cuando nos miramos hay cortocircuitos en todas las ciudades, y crujen las ramas de los árboles, y suena Nessum Dorma, y maúllan los gatos un poco, y se reflejan las estrellas en el río, y suceden acontecimientos extraordinarios…