vintagelovee

Yo conocí a dos personas que ya no están. Pero antes estaban.

Uno se fue al cielo, como dicen los niños señalando con sus deditos hacia arriba. La otra, su compañera, está todavía aquí en la Tierra, caminando por las aceras de una ciudad plagada de sus voces y promesas.

Ellos se querían como lo hacen las personas muy sabias o muy auténticas. Se amaban sin condiciones. Porque sí. Porque no podrían no hacerlo.

Se querían en confianza, con afecto de carne y alma. Se besaban los defectos, los errores, las inseguridades y le restaban importancia. Se admiraban desde el respeto y la ternura. Y se contemplaban siempre con cariño, no importaban los inviernos, las noches, las desavenencias, los hijos creciendo. Importaban ellos que bailaban siempre en una de esas bolas que se agitan y hay nieve. Ellos que se defendían a mordiscos de cualquier guerra. Ellos que cerraban la puerta de su casa y sonreían porque allá no había nadie más que ellos.

Eran mis tíos. Son y serán siempre mis tíos. De esas parejas envidiables, de las que todos murmuran cosas como: qué maravilla, no pasan los años, se adoran igual que hace veinte años, aún se observan con el amor de los adolescentes.

Porque entre ellos siempre hubo luciérnagas y mariposas. Siempre. A ellos no les afectó cumplir años, ni la rutina, ni “ya no soy tan fuerte ni tan guapa ni tan irresistible como cuando”.

Ellos se quisieron cuando eran hermosos y las mejillas lucían sonrosadas, y cuando se tornaron más frágiles y asustadizos.

Y volaban. No había jaulas ni cajas de cartón. Eran dos personas libres para volar y regresar al regazo del otro. Y no había insultos, ni amenazas, ni renuncias terribles. Y todo era a medias. No había condición, ni tedio, ni desconsuelo. Había amor. Amor luminiscente, del que arroja luz por todas partes, del generoso, del que entiende por sí solo de fidelidad y entrega y ternura.

Pero él tuvo que irse prematuramente, porque a veces pasa, a veces las personas se marchan cuando no es el momento. Y ella ha decidido olvidarlo todo. Sí, sí. Le han diagnosticado demencia bla bla bla. Pero lo que le sucede es que su cabeza ha dicho: hasta aquí, no sufro más la pérdida.

Y ahora nos observa con una mirada muy específica: entre la inocencia de los niños y la incertidumbre.

Y ahora parece más vulnerable, más entrañable aún si cabe. Ahora sonríe quedamente, con melancolía, y no recuerda muy bien las cosas, algunas cosas. A veces mira una fotografía y confunde a su compañero con otras personas, meneando la cabeza. Porque cuando el amor es del bueno, del que no ata, ni presiona, ni hiere ni extingue, no es tan fácil sobrevivir una pérdida, no es un duelo normal y corriente. Y es mejor, seguro que ella está de acuerdo, no acordarse de él en todas partes: en la cocina tarareando mientras la ópera inunda toda la estancia, en las plazas y avenidas contándole cosas muy interesantes, en la cama haciéndole cosquillas en el pelo, en el ascensor quejándose del frío, en el pasillo bromeando, en el sofá contándole un cuento a sus nietas.

Porque ella necesita que el dolor, el impacto, se suavice, anhela probablemente sentirse mecida otra vez por esas manos y no por otras, todas las demás, le sobran.

Y a veces, por instantes, su mirada se ilumina brevemente, es un destello apenas perceptible si no te fijas mucho, su expresión cambia unos segundos, gira la cabeza hacia la puerta, como si creyese que él está subiendo las escaleras, canturreando algo bonito. Como si siempre fuese la hora de la cena, y los niños aún correteasen por el pasillo.

Quizá hace ese gesto porque él no se ha ido realmente, porque hay personas que saben quedarse para siempre.

Es muy posible, creedme, que ninguno de los dos se haya marchado, que aún estén ahí, riéndose por todo, con las mejillas encendidas, alucinados y felices.

 

 

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