algunas-motas-de-polvo

Ayer entraba una luz preciosa en el aula. Hacía sol desde las nueve de la mañana. Desde las nueve hasta vete tú a saber cuándo. Eran unos rayos muy suaves, tímidos e iban bañándolo todo (o casi todo): los puzzles, los “Principitos” pintados sobre cartulinas de colores, las mesas, las sillitas, las perchas, el vaso de los pinceles, las caras de algunos/as niños/as, los dinosaurios de las “normas” que hay sobre la pared…

En un momento dado, un niño levantó una de sus manos y se quedó absorto, alucinado, con los ojos redondos muy abiertos. Sonreí al ver cómo trataba de “cazar” las motas de polvo que viajaban sostenidas en la luz. Al cabo de unos segundos, una niña imitó el movimiento, y otros tres niños. No se decían nada entre sí, pero alzaban sus manos, abriéndolas, paseando sus dedos entre esas motas brillantes para después cerrar los puños.

“¿Qué es eso?” pregunté.

“Polvo mágico, señorita Helena” respondió uno de ellos.

“¿Es mágico?” quise saber, cerciorarme.

“Sí, porque vuela” dijo otro.

“No vuela, yo creo que flota” comentó la niña.

“¿Y cómo puede flotar?” quise indagar más en esos razonamientos tan interesantes.

“Porque ahí dentro llevan flotadores muy chicos, aunque no los veamos” respondió ella sin demasiada convicción.

“Eso no puede ser” intervino otro de los niños aún con sus manos extendidas, sin mirarnos.

“Pues sí, sí puede ser, para mí sí” volvió a insistir la niña.

La verdad es que llevaba razón. ¿Por qué tenemos que pensar todos/as de la misma forma? A lo mejor para algunas personas, ese polvo es simplemente eso, polvo. Pero para otras, es una sustancia mágica, especial, que proviene del aleteo de las alas de un hada (por ejemplo), o que contiene flotadores minúsculos que no podemos ver en ningún caso con el ojo humano…

En lo que sí estuvieron de acuerdo fue en algo: no podían atraparlo, ni almacenarlo, ni contar cuántas motas había, no podían guardarlo en sus mochilas, ni en sus bolsillos, no podían llevárselo a ningún sitio, ni clasificar nada. Y les expliqué que quizá ocurría lo mismo que en El Principito, cuando un hombre de negocios se empeñaba en contar una y otra vez las estrellas para poseerlas pero aquello le agotaba y no le servía para nada, ni siquiera llegaba a disfrutar de la belleza de las mismas. A veces hay cosas/acontecimientos fascinantes no pueden cuantificarse, almacenarse, clasificarse ni poseerse, a veces sencillamente, existen, nos sorprenden, nos sobrecogen, nos conmueven…

 

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