VintageGirl

Anita tiene la piel muy clara y unos ojos enormes que me observan. Tiene cuatro años y dice que soy la maestra más todo: más buena, más guapa, más bonita, más graciosa, más presumida, más cariñosa, más más más. Lo que sea, para ella yo soy más. Me trae dibujos, o los hace en mi mesa sin que yo sea consciente, y los guarda en mi bolso, o me los deja en forma de “sorpresa” junto a mi abrigo.

Quiere ir cogida de mi mano a todas partes: al patio, al gimnasio, a la clase, al arenero, al árbol que hay en el centro de la escuela. Nada más atravieso la puerta del colegio, ella viene corriendo hacia mí, y se aferra a mis faldas, vestidos, vaqueros, manos. Se agarra como sujeta a algo que le genere confianza.

Lo que más me gusta de Anita es su  sensibilidad, cómo se le rompe el corazón con ciertos cuentos infantiles por ejemplo, o el modo en el que me peina el pelo muy despacio cuando me nota triste o preocupada. Y cómo se cree  que en el patio hay hadas colgando de las ramas de los árboles y no debemos hacer ruido, solo porque yo lo digo. Es capaz de verlas, cierra los ojos un instante y susurra: las veo, señorita Helena, las estoy viendo.

Nuestros silencios me conmueven. A veces, mientras el resto de mis alumnos/as hace algo, Anita toma una silla muy pequeña y la pone junto a mí, y se pone a leer o a dibujar con rotuladores. Yo mientras tanto, trazo la nueva trama de mi próxima novela sobre el papel. Y ambas guardamos silencio, ensimismadas en nuestros quehaceres artísticos, con gesto concentrado, en paz. De vez en cuando me mira y sonríe fugazmente, para volver a lo que estaba haciendo. Es bonito eso.

Anita viene con las uñas pintadas de rojo como yo, y se pinta los labios a escondidas para imitarme, y dice que cuando sea mayor y sepa escribir, quiere hacer cuentos como yo. Porque ella cree que lo que escribo son cuentos, no hay más género en su cabeza que ese a los cuatro años.

Últimamente estoy narrándoles cuentos que explican piezas de óperas conocidas. Así educan la imaginación y el oído al mismo tiempo. Y les fascina.Yo les explico que a veces esas voces y esas melodías reflejan dolor, desesperanza, incertidumbre, amor, delirio, afecto… Y ellos boquiabiertos asienten con sus cabezas, como si lo hubiesen entendido.  A Anita le conmueve especialmente La Reina de la Noche y no me extraña, a mí también, aunque se sienta rápidamente en mi regazo, como si esa pieza la sacudiese o asustase, pero pide una y otra vez que vuelva a ponerla.

Lo que Anita no sabe es que me dan ganas de convertirla en un personaje pequeño y entrañable de alguna de mis historias. Que toda esa inocencia, ternura, y esos ojos grandes que sueñan con paraísos e islas y gigantes o monstruos, me inspiran. Supongo que hay ojos repletos de bondad que me sugieren leyendas.

Y todo esto para decir que tengo algunas historias revoloteando en mi cabeza, y que gracias, GRACIAS con mayúsculas por la acogida que ha tenido “Inés es todas las ciudades”, me hacéis FELIZ.  Muy feliz.

 

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