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No os dije Feliz Año. Pero os dejo este breve relato…

Antes de leerlo, por favor, pulsa este enlace y escucha esta canción, porque  lo voy a escribir con esta entrañable banda sonora, tan breve y ligera como mis palabras: https://www.youtube.com/watch?v=pv_znFyR4Dg

Está viviendo temporalmente en el bajo de un edificio en el centro de París. No sabe qué hacer con tanto corazón latiéndole en la boca, y quiere decir más de lo que se permite.

Todas las mañanas no sabe la razón, pero lo hace: entra en una pastelería que hace esquina y pide un trozo de ese pastel que tienen en la vitrina, o eso o una tostada con mantequilla y té hecho en leche. Es un establecimiento tan pequeño que apenas hay tres mesas dentro, y siempre están ocupadas por personas que juegan a la oca o al parchís con pequeños tableros usados. Ella los contempla, y sabe que algunos hacen trampas y no importa. ¿Qué sentido tiene lamentarse por un juego?

Recuerda las veces que hizo trampas o no dijo toda la verdad y sonríe. Lo tenían merecido probablemente. El camarero del local es muy alto, y le indica siempre con cierto aire de prepotencia, todo lo que puede ver en París, y ella lo apunta en un cuaderno, enumerándolo y diciendo que sí con la cabeza. Que piensa ir a todos esos sitios y hará fotos para mandarlas a sus amigos. Después él juega a molestarla un poco, le coloca el gorro del abrigo en la cabeza, la incordia hasta que los dos sonríen. A veces la invita porque es más guapa que las otras, o eso dice, y tiene esa sonrisa que paraliza a cualquiera, pero ella no se deja impresionar por esas invitaciones o juegos de miradas, porque no le gustan los hombres más que como amigos. Él no lo sabe o prefiere no saberlo, pero ella lleva besos en los labios de mujeres asombrosas y valientes.

Durante su estancia en la ciudad no llueve con fiereza y eso la alivia, porque no quiere quedarse en ese apartamento durante mucho tiempo.

Ella piensa: el tiempo pasa, sales con esa chica tan alta y tóxica, vas al trabajo, haces nuevas amistades, aprendes a cocinar, lees todo lo que encuentras en esas estanterías, y un día todo eso cambia para siempre.

Quiere que la besen. Que no sea el camarero ni la joven tan alta ni todas aquellas amantes que a veces la recuerdan si es domingo o si escuchan aquella canción con la que, ya se sabe…

Quiere hacer el amor en todos esos sitios que visita con el mapa de París en su mano izquierda. Hacerlo sin mirar hacia ambos lados, como si no importase nada, ninguna otra cosa que no sean esos labios o esa respiración agitada. Y decir: te quiero, y me apetece llegar a la vez que tú llegas.

Y que eso suceda. Y sus cabellos se confundan, y el temblor en las rodillas y los fuegos artificiales en las yemas de sus dedos. Que las mañanas sean para acariciarse debajo de esas sábanas tan bonitas que venden en algunas superficies comerciales.

Serían las doce de la mañana, cuando sucedió algo que alteró su vida un poco y la obligó a volver a casa, a su país natal:

Mientras paga su trozo de tarta, se percata de que todos los que juegan en sus mesitas redondas y relucientes, la observan con preocupación. Así que sale del local con cierto desasosiego y una voz desde el otro extremo de la calle consigue llamar su atención.

Es ella, atusándose el pelo y pronunciando su nombre al principio. Alguien a quien apenas conoce pero ¿qué importa?

—Eh tú —señalándole con el dedo.

—¿Yo?

—Sí tú. ¿Sabes una cosa? —dice parando su discurso porque algunos automóviles hacen run run run entre ambas.

—¿Qué cosa?

—¡Que te quiero, idiota!

Se contemplan. Suena París, pero podría ser Berlín o Amsterdam. Está tan nerviosa que se humedece los labios y arruga con sus manos el vestido.

Es Navidad, piensan al mismo tiempo, porque hay guirnaldas colgando de algunos balcones, las puertas están coronadas de flores y los niños canturrean villancicos en la plaza más cercana.

Me apetece besarte, piensa, aunque las pueda ver el camarero y deje de invitarla a desayunos. Besarte todos los días.

Entonces algo interrumpe la emoción de esos ojos tremendos que se comen a dentelladas y besos a los otros ojos.

Es un telefono. “Tienes que volver a casa, y cuanto antes”.

¿Y dejarlo todo aquí, ahora?

Busca en su bolso las llaves del coche, aunque España está tan lejos que a saber cuándo. Pero no le queda mas remedio.

A veces se acuerda de esa chica. No especialmente los domingos, no. La recuerda en todas las mujeres. Y en determinados momentos sonríe con una ligera amargura, porque quizá la imaginase simplemente, y no hubiese nadie al otro lado, llamándola a voces.

 

 

 

 

 

 

 

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