Besos con lenguaje

Archivo mensual: enero 2016

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¿Por qué entre mis personajes siempre hay una aspirante a actriz?

Y no hablo de una de esas estrellas de cine que tienen casa con porche y jardinero/a, súper marido apoyado en el marco de la puerta, fans coreando su nombre a la entrada de un centro comercial, barco, estatuillas y premios en la repisa… No.

No hablo de ese tipo de actrices.

Yo me refiero a aspirantes, aprendices que flotan sobre los escenarios, que lo miran todo apasionadamente, y son vulnerables, y atractivas, y a veces un poco inseguras, capaces de morir de amor y hacer la guerra si hace falta. Que no lo hacen por dinero, sino porque no podrían hacer otra cosa.

No sé por qué pero casi siempre hay una actriz de esas en mis historias.

Quizá yo fui durante unos años, hace años, una aspirante también. Y solo soñaba con eso desde los catorce años hasta los veintidós.

Supongo que el aroma que desprende un escenario me recuerda las historias que se guardan entre las butacas, las que se cuentan cuando abrimos el telón.

Mi novela está a punto de ver la luz. En breve voy a ordenar (no sé a quién) que abran el telón, y espero veros ahí.

 

 


Lovevintage

Hace poco le puse a mis alumnas/os una canción un poco especial para mí, y les rogué silencio para que la escuchasen hasta el final.

Cuando terminó les pregunté: ¿de qué pensáis que habla?

Todos guardaron silencio pero en menos de dos minutos, se alzaron sus brazos.

“Habla de amor” “Sí, de eso de quererse” “¿De casarse?” “De enamorarse, como yo que estoy enamorado de mi amigo Gabriel” (no hay prejuicios en mi aula)

Y entonces uno que parece estar siempre distraído dijo: “yo creo que habla de que descubre un tesoro”

Y es que el amor es un poco eso, ¿no? Un descubrimiento.

En mi novela habrá de eso. De esa emoción apasionante que te obliga a mirar un trozo de papel en blanco durante horas, como si no pudieses hacer otra cosa.

 

 

 


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Últimamente paso largas horas sentada, el ordenador en mi regazo, mi cuaderno de “ideas” a mi izquierda (por si hay que consultarlo) y la cabeza llena de pájaros revoloteando. Y no me quejo, ojalá pudiese dedicarme exclusivamente a eso. Pero por las mañanas son las voces de mis veintisiete alumn@s y por la tarde, las otras, las de mis personajes que me observan abrumad@s como diciendo ¿qué piensas hacer conmigo ahora, otra vez vas a cambiar lo que voy a decir o el gesto que hago mientras la observo?

Estoy con las últimas correcciones de la novela y ¡qué trabajo! Ayer acabé tan cansada que mientras me daba una ducha, pensaba en guiones largos, sinónimos de amor, comas y puntos suspensivos…

Pero qué bonito es esto. Inventar una historia, imaginar unos labios, el pelo que cae así ¿ves? cae así, el tacto de la piel, el preludio de un beso (esas cosquillas desconcertantes), el anhelo de algo ¿el qué? no lo saben exactamente, la capacidad de Inés de soñar por encima de las nubes, las ganas de, y crear escenarios, el arrullo del mar, construir aromas que recuerden a cuello y a besos con lengua, gestos que pasan inadvertidos como ese de atusarse el cabello de un modo muy concreto o ese otro cuando remueve la cucharilla en la taza, no sé. Y crear esa sensación de echarse de menos, de vacío y ausencias. Y que cuando se miran así, no hay miedo ni sueño.

vintagelove

Y tumbarme así sobre la hierba, para inventarlas y creer que existen para que vosotras creáis que viven en vuestro edificio.

Inés (la protagonista de la novela) está preciosa como siempre, pero con los brazos en jarras, como diciendo: estoy preparada, hazme volar.

¿Vas a volar con ella?

 


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No os dije Feliz Año. Pero os dejo este breve relato…

Antes de leerlo, por favor, pulsa este enlace y escucha esta canción, porque  lo voy a escribir con esta entrañable banda sonora, tan breve y ligera como mis palabras: https://www.youtube.com/watch?v=pv_znFyR4Dg

Está viviendo temporalmente en el bajo de un edificio en el centro de París. No sabe qué hacer con tanto corazón latiéndole en la boca, y quiere decir más de lo que se permite.

Todas las mañanas no sabe la razón, pero lo hace: entra en una pastelería que hace esquina y pide un trozo de ese pastel que tienen en la vitrina, o eso o una tostada con mantequilla y té hecho en leche. Es un establecimiento tan pequeño que apenas hay tres mesas dentro, y siempre están ocupadas por personas que juegan a la oca o al parchís con pequeños tableros usados. Ella los contempla, y sabe que algunos hacen trampas y no importa. ¿Qué sentido tiene lamentarse por un juego?

Recuerda las veces que hizo trampas o no dijo toda la verdad y sonríe. Lo tenían merecido probablemente. El camarero del local es muy alto, y le indica siempre con cierto aire de prepotencia, todo lo que puede ver en París, y ella lo apunta en un cuaderno, enumerándolo y diciendo que sí con la cabeza. Que piensa ir a todos esos sitios y hará fotos para mandarlas a sus amigos. Después él juega a molestarla un poco, le coloca el gorro del abrigo en la cabeza, la incordia hasta que los dos sonríen. A veces la invita porque es más guapa que las otras, o eso dice, y tiene esa sonrisa que paraliza a cualquiera, pero ella no se deja impresionar por esas invitaciones o juegos de miradas, porque no le gustan los hombres más que como amigos. Él no lo sabe o prefiere no saberlo, pero ella lleva besos en los labios de mujeres asombrosas y valientes.

Durante su estancia en la ciudad no llueve con fiereza y eso la alivia, porque no quiere quedarse en ese apartamento durante mucho tiempo.

Ella piensa: el tiempo pasa, sales con esa chica tan alta y tóxica, vas al trabajo, haces nuevas amistades, aprendes a cocinar, lees todo lo que encuentras en esas estanterías, y un día todo eso cambia para siempre.

Quiere que la besen. Que no sea el camarero ni la joven tan alta ni todas aquellas amantes que a veces la recuerdan si es domingo o si escuchan aquella canción con la que, ya se sabe…

Quiere hacer el amor en todos esos sitios que visita con el mapa de París en su mano izquierda. Hacerlo sin mirar hacia ambos lados, como si no importase nada, ninguna otra cosa que no sean esos labios o esa respiración agitada. Y decir: te quiero, y me apetece llegar a la vez que tú llegas.

Y que eso suceda. Y sus cabellos se confundan, y el temblor en las rodillas y los fuegos artificiales en las yemas de sus dedos. Que las mañanas sean para acariciarse debajo de esas sábanas tan bonitas que venden en algunas superficies comerciales.

Serían las doce de la mañana, cuando sucedió algo que alteró su vida un poco y la obligó a volver a casa, a su país natal:

Mientras paga su trozo de tarta, se percata de que todos los que juegan en sus mesitas redondas y relucientes, la observan con preocupación. Así que sale del local con cierto desasosiego y una voz desde el otro extremo de la calle consigue llamar su atención.

Es ella, atusándose el pelo y pronunciando su nombre al principio. Alguien a quien apenas conoce pero ¿qué importa?

—Eh tú —señalándole con el dedo.

—¿Yo?

—Sí tú. ¿Sabes una cosa? —dice parando su discurso porque algunos automóviles hacen run run run entre ambas.

—¿Qué cosa?

—¡Que te quiero, idiota!

Se contemplan. Suena París, pero podría ser Berlín o Amsterdam. Está tan nerviosa que se humedece los labios y arruga con sus manos el vestido.

Es Navidad, piensan al mismo tiempo, porque hay guirnaldas colgando de algunos balcones, las puertas están coronadas de flores y los niños canturrean villancicos en la plaza más cercana.

Me apetece besarte, piensa, aunque las pueda ver el camarero y deje de invitarla a desayunos. Besarte todos los días.

Entonces algo interrumpe la emoción de esos ojos tremendos que se comen a dentelladas y besos a los otros ojos.

Es un telefono. “Tienes que volver a casa, y cuanto antes”.

¿Y dejarlo todo aquí, ahora?

Busca en su bolso las llaves del coche, aunque España está tan lejos que a saber cuándo. Pero no le queda mas remedio.

A veces se acuerda de esa chica. No especialmente los domingos, no. La recuerda en todas las mujeres. Y en determinados momentos sonríe con una ligera amargura, porque quizá la imaginase simplemente, y no hubiese nadie al otro lado, llamándola a voces.