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Ayer camino del trabajo, atravesando una plaza enorme rodeada de niños que balbucean y palomas que sortean a esos niños inestables que están aprendiendo a andar y las persiguen con ansiedad… Vi algo.

Una escena:

Una chica inclinada sobre un cochecito, parece entretenida en colocar bien a su hija, no estoy muy segura. O le limpia el reguero de saliva que sale de su chupete. Pero ella está inclinada sobre un bebé que la observa con ojos enormes, como si todo su mundo estuviese en esas manos y esa voz maternal. De repente alguien abraza por detrás a esa mujer, y ella se incorpora lentamente, y los dos cierran los ojos. En serio. Ambos cierran los ojos al mismo tiempo, como diciendo: aún somos nosotros a pesar de que ahora también ejercemos de padres.

O tal vez a mi me sugirió eso: nos queremos, qué bonito abrazarnos así, en mitad de la calle, no importan las palomas o los gritos, el mundo acaba de pararse aquí y ahora, y seguimos girando.

Ese abrazo no pretendía ser posesivo o irritante, era un abrazo de “es increíble quererte así, con estas ganas, con esta calma y esta pasión”.

Otra escena:

una de mis mejores amigas me pasa un vídeo de una proposición matrimonial entre dos chicas. Me dice: con lo romántica que eres, te va a gustar.

Y claro que me gustó. Un vídeo, una chica hablándole a la cámara, diciendo que ha pensado en cómo pedirle a su novia que se case con ella. Todo sucedía en una playa, y le dejaba como mensajes enterrados en la tierra bajo sombrillas de colores, qué sé yo. Lo que más me gustó fue lo que dijo sobre esa otra mujer que no sale hasta el final, feliz y emocionada porque ¿quién no se emociona así? Cuando hablaba de su futura mujer, solo sabía decir cosas como “ella es el principio de todas las  cosas” “lo mejor que me ha sucedido” “no puedes no casarte si la conoces” “quiero hacerlo todo con ella, es tan increíble”. Y finalizaba todo con una familia que las rodea aplaudiendo, y ellas besándose y lloriqueando.

En fin. El amor tiene muchas formas. Pero lo que sí sé, es que genera un estado bobo, de felicidad abrumadora. Por ejemplo, los padres de mis alumnas/os, cuando vienen a buscar a sus hijos/as y se funden en abrazos infinitos de “no podía esperar más para verte, cuánto te he echado de menos” con la mirada húmeda, y la boca llena de besos.

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En los últimos días se respira amor en todas partes. ¿No lo veis? ¿Es cosa mía? Las redes sociales (las vuestras) repletas de anuncios de embarazos, bodas inminentes y emocionantes, hijos de amigas mías que parecen saludar en las ecografías, lunas de miel, la torre Eiffel, árboles de navidad, niños que hacen cartas interminables a los Reyes Magos, gatitos adorables que miran con amor. Y en la calle más de lo mismo: gente que patina sobre el hielo, y padres o novios que graban el momento, como si en realidad todo avanzase a cámara lenta y al ritmo de Bruno Mars; madres que se inclinan y las abrazan por detrás porque siguen siendo mujeres irresistibles; parejas que se besan con ternura cogiéndose del cuello, parejas que buscan el regalo perfecto para Navidad y andan vacilantes de tienda en tienda con gestos que oscilan entre la ilusión y la contrariedad.

Y a todo esto tengo una compañera en el trabajo, con tres hijos y el corazón roto, que está punto de divorciarse, y con los ojos vidriosos me dice: qué horror tanto amor por todas partes.

Yo quiero que vuestra Navidad sea de abrazos y besos que se funden, de árboles con bolas de colores, de niños y gatos y perros que corretean por salas de estar, de regalos sorpresa, de ojos que se iluminan al miraros, de libros y cine en la cama, de brazos que os rodeen desde atrás, de que el tiempo se detenga, y el corazón vaya a toda velocidad, de luces, salud, patinaje sobre hielo, sexo todos los días que son vacaciones y es Navidad, de ojos que se cierran porque joder cuanto nos queremos y esto va de amor y es para siempre.

 

 

 

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