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Ayer empezó el resto de mi vida nació durante una noche cualquiera de verano. Serían las diez aproximadamente, estaba sentada en una terraza bajo un manto de estrellas, arropada a duras penas por la luz de las farolas y una conversación agradable entre dos amigas mías. Ellas hablaban sin cesar, y yo quedé con las manos en el regazo, en silencio, escuchándolas. Recuerdo que esa noche, había dejado mi teléfono en casa. Sé que no es un detalle relevante, pero sucedió así y acabo de recordarlo. Durante la velada permanecí callada, observando, y un poco decaída. No me apetecía aportar especialmente nada.

Un camarero iba y venía. Nos dejaba en la mesa bebidas frescas, luego tapas exquisitas, y siempre que se acercaba a nuestra mesa, bromeaba sobre algo. Qué sé yo. Resultaba bastante simpático.

Una de mis acompañantes empezó a relatar una historia emocionante sobre otra persona. Una historia que en nada se parece a la historia que he contado yo.

El camarero que pasaba una y otra vez, cargado de refrescos, cervezas, capirotes de langostinos, tallarines con verduras, parecía especialmente interesado en el desenlace de aquel relato que mi amiga describía con entusiasmo… Y nos terminó diciendo: Ni se os ocurra dejarme así, yo quiero saber el final de eso, quiero saber lo que le pasó a ella.

Aquello me sacudió. Fue como decirme a mí, así, señalando con el dedo: ESCRIBE algo sobre lo que acaba de suceder, hazlo.

Y entonces, sucedió… Mi cabeza comenzó a tejer una historia, personajes que se posaban en mis hombros, o aparecían sobre las palmas de mis manos e incluso en el borde de mi vaso, voces, olores, posibilidades, escenarios, tacones, bicicletas, frases que se me ocurrían y que luego incluí en alguna que otra secuencia, miradas, cabellos, pasados… Obviamente, modifiqué la historia hasta convertirla en un cuento sobre dos mujeres que se conocen de una manera surrealista y bonita.

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