Besos con lenguaje

Archivo mensual: septiembre 2015

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Luna.

Me acuerdo del día en el que llegó a la casa de mis padres, yo por entonces vivía con ellos y me empeñé en tener un perrito. Que sí. Que sí. Que por favor, un perrito.

Yo era una adolescente tardía que en poco tendría que marcharse a otra ciudad a estudiar. Pero ¿qué más daba? Llevaba toda una infancia rogándolo. Un perrito. Que por favor. Que sí. Que dime que sí.

Cuando la sostuve en mis brazos, era una pequeñaja, una bolita de pelos marrón. Y me emocioné por primera vez en mi vida. No sé. La vi tan pequeña, tan frágil, en mi regazo. Fuimos a comprarle una camita ese mismo día, y un comedero precioso. La mejor comida del mundo, que es mi perrita. Y algún juguete.

Luna.

Al principio Luna tuvo que adaptarse a la familia, y dormía entre mi hermana pequeña y yo, a veces lloriqueaba, era un quejido suave, y nos levantábamos para arrullarla. Vais a pensar que estoy loca, pero solía susurrarle una nana concreta que hablaba de una Luna, la del cielo, y un manto de estrellas. Cuando le tarareaba eso, terminaba dormida como un bebé. Y ¡cómo correteaba cuando era joven!, cada día sobre las ocho de la tarde (curioso detalle, pero siempre coincidía en esa hora) se ponía a correr por la sala de estar, y se pisaba sus propias orejas, se volvía loca. Nos moríamos de risa porque era como si estuviese en trance, pero feliz feliz feliz.

Luna se hizo compañera de mi padre, con él entrenaba haciendo footing, iban a caminar, o a la playa… A todas partes juntos. Muy juntos.

Una vez estuve enferma, nada grave. Pero estuve enferma y en cama. Fue hace mucho. Recuerdo que no se separó de mí, colocaba su cabecita sobre mi estómago y ahí nos quedábamos durmiendo durante horas mientras mis fiebres bajaban.

Luna estuvo presente cuando salí del armario, no se despegó de mí cuando nadie creía que yo fuese lesbiana, cuando todo el mundo pensó que era una etapa o una moda y yo sufría internamente como quién acaba de perderse.

A ratos le daba por ladrar de pura alegría. Y si la soltabas cerca del mar, de un lago, o simplemente cerca de cualquier superficie acuática, comenzaba a nadar, sin miedo a nada, no importaba el invierno ni nuestros gritos de: ¡Eh, vuelve, vuelve, no seas trasto! A veces se giraba como diciendo: pienso seguir nadando.

Hace unos meses, nada, Luna dejó de ser Luna. Dejó de ladrar, de correr, de desobedecer, de caminar erguida, de olisquear a los demás, de comer, de recibirte…

Este verano quise pasar unos días con mis padres para estar a su lado. Es curioso, ¿sabes? porque como estaba tan débil, se sentía mareada e insegura caminando por la calle, y no se alejaba del perímetro de la casa familiar. Una tarde, mi padre la soltó (ya que no podía ni correr ni escaparse a ningún sitio dado su estado) y la llamaba para tratar de invitarla a caminar más allá de ese perímetro, pero nada, no se movía. Entonces la llamé yo, en cuclillas, ven Lunita, cariño, estoy aquí. Y vino hacia mí, trastabillando, frágil, hasta llenarme de besitos suyos, nada más alcanzarme, se apoyó sobre mí, agotada.

Hoy Luna se ha ido. Algo así como a visitar estrellas. No sé. No sé dónde se van cuando nos vamos. No sé qué diablos haré cuando llegue a casa de mis padres y observe, palpe, huela su vacío, el hueco, la silueta, su camita, sus juguetes. No tengo ni idea.

Pero gracias (le digo a ella), por hacerme el camino bonito… No te perdono esto, que lo sepas (le sigo diciendo), ahora no sé dónde guardarme todo el cariño.

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Sólo he visto el trailer y me he emocionado como una idiota, sobretodo al ver a Therese llorando, no sé por qué exactamente.

Espero sinceramente que hayan hecho un buen trabajo porque el libro es como un manual de instrucciones (para amar realmente a otra persona) que llevo conmigo siempre.

Os dejo con el trailer.