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Hoy he encontrado un cuaderno de hace muchos muchos años. Es una pena perder esa costumbre de anotar cosas en libretas. En los últimos años he retomado esa costumbre limpia de escribir algunas cosas en papel (más allá de la lista de la compra), costumbre limpia porque cuando lo haces, no se puede borrar, no puede una simplemente arrepentirse de este “Te amo” en servilleta o de esa frase o de esa idea, nada, cuando es en papel no hay tecla de “enviar a la papelera”. Y a mí personalmente me cuesta un enorme esfuerzo arrugar un trozo de papel con un sentimiento escrito.

Hoy he encontrado una libreta, como venía diciendo antes, muy pequeña, como la palma de mi mano. Y dentro había dibujos míos, un poco desastrosos, y la letra de mi madre contando una historia inventada por una Helena con hache de cuatro años.

Porque me gustaba “hacer cuentos” pero aún no sabía escribir, así que ella me ayudaba. Algunos de ellos eran absurdos, a veces incluso no tenían claramente un inicio o un nudo.

Pero me gustó la letra de mi madre, armada de ilusión y de paciencia. La fecha del cuento dice que aquello lo inventamos en verano, probablemente en esas horas muertas de la siesta en las que yo quería jugar pero no podía hacerse ruido.

Mi madre me abrió una puerta apasionante al mundo de la literatura infantil, y cuando habíamos leído todos los de aquellas estanterías, creábamos nuevos. ¿Cómo se agradece algo como eso?

A mí mi madre me enseñó muchas cosas. A cuidar de mi hermana pequeña, a enseñarle el mundo que ella me mostraba a mí, por ejemplo. A perdonar. A perdonarme a mí misma. A atarme los zapatos. A no juzgar a personajes indeseables, porque siempre hay una razón detrás de todo. A sentirme segura y orgullosa de ser cómo soy, a expresarme con naturalidad. A rodearme de personas buenas, generosas. A ser buena y generosa. A pelar la fruta, sobretodo las manzanas amarillas en invierno. A generarme menos expectativas de las que mi imaginación me ofrecía. A actuar con inocencia. A no llamar a deshoras a la casa de nadie. A mantener mi habitación limpia y recogida (sin excesos ni obsesiones), porque un entorno agradable ordena siempre las ideas. A ponerme siempre en el lugar del otro/a (empatía, vaya). A pensar bien sobre las intenciones ajenas. A leer, a apreciar la literatura, a guardarme dentro de un libro para encontrar respuestas, para aprender. A escribir. A pedir perdón. A vestirme sola. A marcharme con elegancia de una situación embarazosa, desagradable o insostenible. A mostrar respeto hacia los demás en base a mis obligaciones con ellos. A guardar silencio en un museo. A medir lo que una dice, y si no mide, disculparse. A exponer siempre mis argumentos y opiniones sin imponer mi criterio, sin sentirme ofendida o atacada si el otro no comparte mis ideas. A compartirme más, con quien coinciden mis principios. A quererme para poder querer. A cruzar la calle de la mano. A respetar a los animales, a mirarles a los ojos siempre. A proteger. A hacer caso omiso a ciertos prejuicios sociales, y contemplar la equidad entre todas las personas, más allá del género, situación socioeconómica, identificación sexual, inclinación, ideas políticas, religión, lengua. A asumir con dignidad que a veces una comete errores, es frágil, se hace vulnerable, se rompe, llora, incumple, decepciona, fracasa, y no pasa nada. A quererme cuando no brillo, cuando no acierto. A nadar bien y sin flotador. A pedir ayuda. A valorar por encima de todo la bondad y la humildad de otras personas. A coexistir entre individuos que no siempre van a encajar con mis puntos de vista. A bromear y reír en el desayuno. A asumir mis límites. A decir “no, esto no, lo siento”. A atreverme a decir que sí, cuando es un sí de estos que salta el corazón en el pecho. A abrocharme el abrigo. A pedir las cosas por favor y decir gracias. A colaborar. A darle el yogurt de vainilla Clesa a mis abuelas cuando ya no sabían cómo sujetar una cucharilla (y que yo lo viese como un juego). A respetarme a mí misma. A no faltar el respeto incluso cuando la ocasión lo merece. A dormir sola. A valorar la ternura y la magia de dormir acompañada. A cantarle nanas a mi hermana. A ser una persona responsable. A ponderar la nobleza, la lealtad y el sentido del humor por encima de todo.

Yo no sé si a pesar de sus buenas intenciones, de su incondicional entrega, de su ejemplo, he aprendido todo eso. Supongo que no. Todo todo, no. Y no importa, me quiere sólo por intentarlo. Y lo importante es eso, que no importa.

Ella parece esperarme siempre, con los brazos extendidos, cuando alguno de esos cuentos en mi cabeza, de esos  mundos inventados, se esfuma, se desvanece, para abrazarme, para que no me olvide nunca de todo lo bueno que soy, que he aprendido con o sin su ayuda, de todo lo que aporto y puedo ofrecer, y añade: esta es la vida, Helena, no podemos inventarnos el final que merecemos o creemos merecer, hay que saber esperar.

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