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Hay un alumno de cinco años en mi escuela que es encantador. Todas las mañanas aparece por la puerta con una enorme sonrisa, parece que alguien le encienda un interruptor porque hasta el momento, nunca le escuché quejarse por nada.

Ese alumno es muchas cosas (como cualquiera de nosotras/os): entrañable, divertido, optimista, rubio, de tez muy clara, generoso, a veces tozudo, la lectoescritura no se le da demasiado bien y ha tomado biberón hasta hace muy poco y lo admite en voz muy baja como si estuviese confesado un pecado o denunciando un delito.

Y le gusta utilizar collares. Anillos. Pelucas del aula, sobretodo las pelucas bonitas de largas cabelleras. Le gusta de disfrazarse de princesa, y a mí me encanta que lo haga, porque cuando simplemente actúa libremente se le ve feliz. Juega y hace otras muchas cosas, todas las que se te ocurran, porque es un niño y no sabe estar quieto hablando de política.

Y el profesorado lo contempla con risa y asombro. ¿Cómo puede ser? ¿Por qué lleva un collar?

Pero él hace un gesto como de “Bah” y sigue siendo él.

A mí me resulta abrumador que un niño o una niña no pueda jugar, hacer y pensar lo que quiera, sin que los adultos presupongan, gestionen y opinen sobre ello. Como si nosotros/as (los adultos) lo supiéramos todo, como si estuviésemos en una posición muy superior y fuésemos poderosos/as y sabios/as.

A lo mejor el día de mañana no quiere ser “él” y prefiere ser “ella”. O puede que quiera seguir siendo un chico. Y quizá consiga eso de ser chef y piloto, o cambie de opinión y termine siendo actor o pintor o diseñador gráfico. A lo mejor viaja por todo el mundo, y coge tantos aviones que nunca llega a saber lo que es echar raíces en un sitio. O forme una familia bonita junto a una mujer o junto a un hombre. Puede que le encante regar las plantas del balcón o que se le mueran todas porque nunca se acuerda de nada. Quizá cuando crezca siga manteniendo esa sonrisa. ¿Quién sabe? ¿Quién puede saberlo realmente?

Cuando yo era pequeña, me encantaban los vestidos, era bastante presumida, y solía gustarme el rosa (además de otros colores como el azul o el amarillo o el rojo), llevaba el pelo largo y mi madre batallaba para cortármelo. Sentía un inmenso placer leyendo cientos de libros, y a veces disfrutaba jugando al tenis, o a determinados juegos de mesa, o a las muñecas. No sé. Pintaba con acuarelas. Y me fascinaba el teatro, disfrazarme (a pesar de mi timidez). Era muy femenina y tenía un gran éxito entre los niños de mi clase. ¿Y? Al crecer descubrí con orgullo y alegría, que además de las miles de características que me distinguían, a pesar de mis defectos y virtudes, era lesbiana. De modo que HUELGA decir (sé que no necesitáis esta absurda aclaración), un juego, un color, unas inquietudes puntuales no convierten a una persona en nada en concreto.

De todos modos, en caso de que ese alumno tuviese la imperiosa necesidad de ser una chica en algún momento (poniéndonos en ese supuesto), ¿qué sucedería?

Una vez escribí sobre transexualidad, algo breve y sin relevancia y decía algo así como: No es sencillo, no es fácil vivir en un mundo que enseña a ser, que nos obliga a mirar reflejos y sentirlos nuestros, aceptarlos como parte de nosotras. Nos enseñan, como si de simples letras, fonemas o grafías se tratase. El género, aprendido, sintomático, asintomático, antagónico y a la vez realmente fusionado. Lo que pertenece a un género u otro son inventos, abstracciones pero existe una realidad, negarla es intensificar la incomprensión a la que se enfrentan muchas personas que no se identifican, que sienten una auténtica inconexión entre lo que se les pide y lo que desean ser, entre el comportamiento de género que se les exige y su verdadera forma de ser. Aprendamos de verdad a ser libres, eduquemos en una sociedad sin prejuicios sexistas, sin heterosexismo y mientras tanto tratemos de mirar un poco más allá y ayudar a quienes hoy son víctimas directas de esta educación del género. La transexualidad como consecuencia de una educación limitada a dos únicas posibilidades, una educación que anula la posibilidad de ser persona, pero a la vez la transexualidad evidencia una demanda de ser insólitamente feliz para quienes la viven hoy, quienes salen de sus casas nombradas/ os de manera constante, y que necesitan un poco de tranquilidad, el sosiego de sentirse respetadas/os.

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