Leyendo

Hace unos años mi mejor amiga dijo (mirándome seriamente como quien está a punto de decir algo importante):

-Creo que lo que pasa es que vienes de otro planeta. Tu manera de sentir, de amar, de disfrutar como una hedonista irremediable, de aprender, de hablar, de sufrir… Es diferente, simplemente.

Me reí y seguimos hablando de otras cosas, de cosas realmente importantes y no volví a recordarlo.

Hace poco pensé que, en cierto modo, estoy de acuerdo. Soy un poco rara. Mi vida es normal, mi aspecto también, mi familia es extraordinaria, mi entorno (pareja, amigos/as, conocidos/as y compañeros/as) y mi trabajo son tan comunes y estupendos como los de cualquiera. Pero es posible que venga de otro planeta. Y aclaro algo: no juzgo a todos los mortales. Me juzgo a mí misma porque no sé hacer lo que hace la mayoría y no lo entiendo. Esto no pretende ser una crítica.

1. Hasta hace dos meses no tenía Facebook. Si mis amigos/as querían verme tomando un zumo en la playa me pedían las fotografías y yo las enviaba sin problemas. O se venían conmigo y así nos veíamos en directo con las gafas de agua.

2. Me aburre el uso de la mensajería instantánea, trato de dejarla para momentos de extrema necesidad de comunicación con personas a las que no puedo llamar o para mi pareja. O para decir algo muy bonito a algún amigo o amiga que acaba de ofrecerme todo su cariño o su ayuda. (Ah, también me gusta para decir te amo, te quiero, me muero por un beso… Pero esas cosas también se dicen en directo y ganan intensidad)

3. Me entristece salir a cenar o a tomar un café y que los asistentes miren sus teléfonos para actualizar su blog, Twitter o Facebook porque es algo que no puede esperar.

4. No soy capaz de encontrarle el placer a eso de mantener largas conversaciones por Twitter con desconocidos/as en lugar de hacerlo con amigos/as, olvidándome de telefonear a una amiga o amigo, porque me resulta tan curioso como hacerlo con las personas a las que encuentro en la cola del cine o del súper (que no digo yo que esto último pueda tener su punto).

-¿Qué va a comprar usted?

Judías.

Ah, pues a mí me gusta el cine de autor, y me apetece echarme unas risas con usted, ¿le parece?

Claro que sí.

5. Nunca he ligado a través de aplicaciones porque de igual manera, no sabría qué decir. Aunque no juzgo en absoluto a quiénes lo utilizan, lo considero una herramienta MUY útil pero yo sería la mujer más torpe del mundo. Pero torpe hasta decir basta. Creo que incluso me echarían si eso es una posibilidad.

6. Me encanta leer, antes era una aficionada de los blogs ajenos en los que se hablaba de familias homoparentales, o sobre adopciones, música, cine, teatro, poesía, animales… Bien escritos, eso sí. PERO no consigo encontrarle el disfrute a leer tuits de personas que no conozco y que actualizan por minuto y me hablan de lo que están viendo en la televisión o de lo que comen o de lo que les dice su madre a las siete de la tarde. Tampoco tengo Twitter precisamente por esa razón: no soy tan interesante como para que otras personas necesiten leer mi opinión acerca de todo o si llevo calcetines o medias.

7. A veces me cuesta mucho entender la gracia de recibir a través de  las redes sociales algún tipo de proposición fuera de lugar o de broma obscena (yo apenas me he visto en esta situación, que conste, mis lectoras son las personitas más lindas del mundo mundial y me ofrecen un enorme cariño, os adoro), porque aunque cuando expones tu trabajo (y no lo digo por mí que no soy escritora ni nada, pero lo digo por muchísima gente a la que conozco)  cualquiera puede decirte lo que quiera, creo que nunca haríamos determinado tipo de bromas y proposiciones a nuestra cirujana después de una intervención. Creo que el respeto es básico para cualquier tipo de situación por mucho afecto que le cojamos a alguien por un trabajo que ofrece.

8. Siento especial debilidad por las personas despistadas que se olvidan el móvil o que quieren vacaciones sin redes sociales, o que necesitan desconectar de vez en cuando para volver a encontrarse.

Por eso digo que no parezco una mujer del siglo XXI. Tampoco me siento reflejada con las señoras que sacan sus sillas a la calle y se cuentan su vida. No. Ya digo que no sé muy bien dónde encajo a mis 32 años.

La verdad es que antes de publicar el libro de relatos hablé con varias personas sobre la repercusión que tienen las redes sociales a la hora de que una completa desconocida como yo publicase algo y se vendiese. Me sentía asustadísima por exponer escritos míos, era como si me desnudase sobre un escenario. Unos me decían: con tu foto vas a vender más. Otros aconsejaban que hablase de aspectos personales de mi vida diaria (qué como, qué sueño, si he dormido mal o bien) y así conseguiría quizá más “me gusta” y por lo tanto subirían las ventas.

Y yo simplemente pensé que lo más importante era ofrecer a quién quisiera leerme, una y muchas obras que les gustasen, en las que se pudieran sentir identificadas, con las que pudieran sentirse acompañadas o menos perdidas. Inventar historias que aportasen algo a alguien, aunque fuese a una sola persona que en algún punto del planeta no tuviera nada mejor que hacer que leer esos relatos. Crear tramas y más tramas y que pudiesen servir de algo, de simple vía de escape, de reflejo, de luz en la vida de cualquier tipo de mujer. Utilizar mi vicio (escribir) como una herramienta de entretenimiento o de sacudida emocional.

Porque escribir es a mi juicio, como construir un puente entre lo que hay en mi cabeza y lo que recibe e interpreta otra persona.

Y qué duda cabe que es un puente bidireccional, aunque a mi manera.

Anuncios