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Hace unas semanas recibí una llamada. Cuando me dijo su nombre tuve que preguntar dos y tres veces de quién se trataba. Hice el esfuerzo de recordar qué camino recóndito me llevaba a ese nombre. Una palabra, da igual, la que sea, siempre nos conduce a una imagen. Pero me costó unos minutos ubicarla.

Loreto.

Amiga de la infancia. De los nueve a los trece años. Después se fue. Me enseñó a saltar a piola, ¡en serio! Tanto nos entrenábamos que llegué a saltarla de pie. La azotea del colegio. Los juegos infantiles. En aquellos años yo todavía era una niña. Incluso creíamos en cosas absurdas y nos encantaba tumbarnos al sol sin decirnos nada. Ella tenía once hermanos. Yo solo una. Ella nunca prestaba atención a su aspecto. Yo era reflexiva y presumida.

Loreto quería verme pero además de forma inminente. Mi caos vital me impedía quedar ese mismo día, pero ella insistió en quedar inmediatamente.

Nos vimos. Yo la reconocí enseguida. Pedí un zumo de manzana y ella no recuerdo.

-Joder, Helena, ¡qué guapa!

Nos abrazamos.

-¿Te acuerdas de Leo? -dijo-. Si, mujer, aquel niño con pecas que tanto me gustaba.

-Sí, claro.

-Me gustaba muchísimo aquel niño tan mono, tan atrevido, pero al final te pidió salir a ti -comentó sin acritud, con dulzura, mirándome.

Sonreí. Claro que me acordaba de él. A mí me parecía muy lindo, un poco engreído y descarado. Aquel chico me pidió salir a los trece años en clase de matemáticas. Él estaba sentado detrás, y yo jugaba con un bolígrafo. Le dije que me lo tenía que pensar, no recuerdo por qué exactamente. Y fuimos novios un tiempo, el tiempo a esa edad es incontable, infinito, se extiende.

-¿Qué ha sido de tu vida? -quiso saber, atusándose el pelo.

Tuve que contarle la verdad, porque a mí “mi verdad” me gusta. Obviamente le hablé de muchísimas cosas, porque entre los 13 y los 32 años pasan cientos de acontecimientos, porque ahora llevo una mochila sobre los hombros mucho más pesada que antes, pero que no pasa nada, que ese bagaje me permite saber con certeza lo que quiero y lo que no. A mí la experiencia me sirve para gestionar cada vez mejor las emociones, supongo.

-Así que vives con tu pareja, ¿y cómo se llama el afortunado?

-Es una mujer.

Silencio. Ella me contempló inexpresiva.

-¿En serio?

-Sí.

Me hizo numerosas preguntas, quería saberlo todo todo. Cuantas parejas había tenido, cómo me había sentido con respecto a eso, qué me fascinaba más en una mujer, si pensaba renunciar a la maternidad o no, si el sexo con otra mujer me resultaba tan completo como con un chico…

-He tenido algunas parejas (blah blah blah) y he sido muy afortunada, en todo momento me sentí respetada y amada por las personas que me han acompañado en esta vida. Siempre percibí mi homosexualidad como algo maravilloso que me permitía compartir con otra mujer todas mis emociones, registros, sueños, inquietudes, preocupaciones, ideas, bromas. Y la verdad es que no he tenido ningún conflicto personal con este tema. Lo que más me fascina de una mujer es su complejidad emocional, la profundidad, y que sea leal, buena, afectiva. No voy a renunciar a la maternidad, creo que educar a una personita y guiarla para que aprenda por sí mismo/a debe ser una experiencia apasionante, y me imagino siempre una niña en una cuna y estanterías alrededor plagadas de cuentos -respondí-. El sexo con una mujer es apasionante, maravilloso.

Ella me miró con atención. No parecía escandalizada. Sorprendida sí.

-Y me han dicho que has escrito un libro -dijo apurando su vaso.

-Bah, no es nada del otro mundo. Pero escribí uno recientemente, y estoy con otros entre manos. Pero bueno, Loreto, háblame de ti, que hace años que no nos vemos y no paras de hacerme preguntas, quiero saber qué ha sido de tu vida.

-Pues si pensabas que por ser lesbiana iba a flipar, espérate a saber qué soy yo. Soy monja.

Solté una carcajada.

Yo lesbiana y ella monja. A mí me pasan cosas así de vez en cuando. Acabas de decirle a una antigua amiga que te gustan las chicas y ella confiesa con un ligero rubor que es monja.

El caso es que aprendí mucho de aquella charla. A pesar de nuestras diferencias, lo relevante fue que no importaba. Y es que la belleza de una relación de cualquier tipo consiste precisamente en eso, ¿no?

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