Besos con lenguaje

Archivo mensual: junio 2015

Hace un par de años utilicé este cortometraje infantil para trabajar un concepto: el amor (el buen amor, claro)

Pero no el amor en plan y entonces ella me miró y todo dejó de girar. No. Quizá me atreví a explorar más allá de eso, y quise que profundizaran en lo que hay después de esa mirada y de ese corazón palpitante. En lo que debería haber detrás de eso o posteriormente.

Pero tenían cuatro años. Para ellos el amor todavía es un ritual que combina el apego materno y la compañía en sus juegos. Aún así, me gusta trabajar este concepto porque mirad lo que hay a vuestro alrededor. ¿Saben los adultos amar con inocencia y madurez al mismo tiempo? ¿hay amor detrás de la mentira, la infidelidad, los gritos, los insultos, la culpa, el hastío, la falta de ternura y de pasión, el miedo, la comodidad, los hijos forzosos que se tienen por tener o los que se tienen para volver a unir a dos personas que han dejado de quererse? ¿hay amor en la falta de respeto, en la destrucción psicológica de otra persona?

¿Se puede enseñar a amar? No lo sé. Pero supongo que todo influye de algún modo.

Es importante que los niños/as construyan lentamente el concepto del buen amor. Del querer bien. Aunque no parezcan comprenderlo, aunque te miren como diciendo ¿qué dices, estás loco/a?, aunque no te miren en absoluto y sigan jugando.

Así que les puse este cortometraje. A mí me emocionó tanto que quise compartirlo con ellos/as.

Hay dos premisas fundamentales, supongo, para querer bien a otra persona: una es el respeto (a sus defectos, a su valía, a sus ideas, a sus errores, a su inseguridad, a su vulnerabilidad, a su fortaleza y capacidades). Otra es la libertad de amar a esa persona sin asfixiarla, y con esto no hablo de la pasión efervescente del enamoramiento que nos lleva a cometer enormes tonterías y a querer a alguien con locura y cierta perturbación mental, no, yo hablo de asfixiar a alguien en otro sentido, en el que sea, porque como vemos en el corto, la libertad permite que ese individuo se quede para siempre o no lo haga. Es importante que se queden cuando quieren, cuando nos aman. Y es relevante quedarse cuando así lo deseamos. También hablamos de la libertad de amar a quién queramos, eso no se elige, pero qué importante es poder hacerlo sin condiciones, ellos/as hablaban de enamorarse de niños o niñas sin prejuicios de ningún tipo.

El amor también es otras muchísimas cosas: admiración mutua, ternura, pasión, compañía, complicidad, cosas en común, ideas opuestas que se complementan y se respetan entre sí, proyectos, mensajes en el espejo del baño, que como dije antes el mundo deje de girar cuando coinciden mirándose, ayuda, tener prioridades y principios parecidos, compartir ética y moral, es hacer la cena entre risas, o mirar películas en la cama con debates interminables, no sé, muchas cosas, pero no podemos explicarle todo todo a unos niños tan pequeños. Por eso yo elegí esas dos premisas, porque las consideré los cimientos más básicos de cualquier relación del tipo que sea: respeto y libertad como parte inicial del amor hacia alguien.

No sé si dos años más tarde seguirán recordando ese vídeo breve, o quizá no les sirvió en absoluto nuestro debate posterior, pero de alguna manera todo queda ahí, flotando en algún lugar de la memoria, y me basta con saber que alguna vez alguien les habló de querer bien a otra persona.

Anuncios

vintage-boy-on-go-kart

Hay un alumno de cinco años en mi escuela que es encantador. Todas las mañanas aparece por la puerta con una enorme sonrisa, parece que alguien le encienda un interruptor porque hasta el momento, nunca le escuché quejarse por nada.

Ese alumno es muchas cosas (como cualquiera de nosotras/os): entrañable, divertido, optimista, rubio, de tez muy clara, generoso, a veces tozudo, la lectoescritura no se le da demasiado bien y ha tomado biberón hasta hace muy poco y lo admite en voz muy baja como si estuviese confesado un pecado o denunciando un delito.

Y le gusta utilizar collares. Anillos. Pelucas del aula, sobretodo las pelucas bonitas de largas cabelleras. Le gusta de disfrazarse de princesa, y a mí me encanta que lo haga, porque cuando simplemente actúa libremente se le ve feliz. Juega y hace otras muchas cosas, todas las que se te ocurran, porque es un niño y no sabe estar quieto hablando de política.

Y el profesorado lo contempla con risa y asombro. ¿Cómo puede ser? ¿Por qué lleva un collar?

Pero él hace un gesto como de “Bah” y sigue siendo él.

A mí me resulta abrumador que un niño o una niña no pueda jugar, hacer y pensar lo que quiera, sin que los adultos presupongan, gestionen y opinen sobre ello. Como si nosotros/as (los adultos) lo supiéramos todo, como si estuviésemos en una posición muy superior y fuésemos poderosos/as y sabios/as.

A lo mejor el día de mañana no quiere ser “él” y prefiere ser “ella”. O puede que quiera seguir siendo un chico. Y quizá consiga eso de ser chef y piloto, o cambie de opinión y termine siendo actor o pintor o diseñador gráfico. A lo mejor viaja por todo el mundo, y coge tantos aviones que nunca llega a saber lo que es echar raíces en un sitio. O forme una familia bonita junto a una mujer o junto a un hombre. Puede que le encante regar las plantas del balcón o que se le mueran todas porque nunca se acuerda de nada. Quizá cuando crezca siga manteniendo esa sonrisa. ¿Quién sabe? ¿Quién puede saberlo realmente?

Cuando yo era pequeña, me encantaban los vestidos, era bastante presumida, y solía gustarme el rosa (además de otros colores como el azul o el amarillo o el rojo), llevaba el pelo largo y mi madre batallaba para cortármelo. Sentía un inmenso placer leyendo cientos de libros, y a veces disfrutaba jugando al tenis, o a determinados juegos de mesa, o a las muñecas. No sé. Pintaba con acuarelas. Y me fascinaba el teatro, disfrazarme (a pesar de mi timidez). Era muy femenina y tenía un gran éxito entre los niños de mi clase. ¿Y? Al crecer descubrí con orgullo y alegría, que además de las miles de características que me distinguían, a pesar de mis defectos y virtudes, era lesbiana. De modo que HUELGA decir (sé que no necesitáis esta absurda aclaración), un juego, un color, unas inquietudes puntuales no convierten a una persona en nada en concreto.

De todos modos, en caso de que ese alumno tuviese la imperiosa necesidad de ser una chica en algún momento (poniéndonos en ese supuesto), ¿qué sucedería?

Una vez escribí sobre transexualidad, algo breve y sin relevancia y decía algo así como: No es sencillo, no es fácil vivir en un mundo que enseña a ser, que nos obliga a mirar reflejos y sentirlos nuestros, aceptarlos como parte de nosotras. Nos enseñan, como si de simples letras, fonemas o grafías se tratase. El género, aprendido, sintomático, asintomático, antagónico y a la vez realmente fusionado. Lo que pertenece a un género u otro son inventos, abstracciones pero existe una realidad, negarla es intensificar la incomprensión a la que se enfrentan muchas personas que no se identifican, que sienten una auténtica inconexión entre lo que se les pide y lo que desean ser, entre el comportamiento de género que se les exige y su verdadera forma de ser. Aprendamos de verdad a ser libres, eduquemos en una sociedad sin prejuicios sexistas, sin heterosexismo y mientras tanto tratemos de mirar un poco más allá y ayudar a quienes hoy son víctimas directas de esta educación del género. La transexualidad como consecuencia de una educación limitada a dos únicas posibilidades, una educación que anula la posibilidad de ser persona, pero a la vez la transexualidad evidencia una demanda de ser insólitamente feliz para quienes la viven hoy, quienes salen de sus casas nombradas/ os de manera constante, y que necesitan un poco de tranquilidad, el sosiego de sentirse respetadas/os.


Leyendo

Hace unos años mi mejor amiga dijo (mirándome seriamente como quien está a punto de decir algo importante):

-Creo que lo que pasa es que vienes de otro planeta. Tu manera de sentir, de amar, de disfrutar como una hedonista irremediable, de aprender, de hablar, de sufrir… Es diferente, simplemente.

Me reí y seguimos hablando de otras cosas, de cosas realmente importantes y no volví a recordarlo.

Hace poco pensé que, en cierto modo, estoy de acuerdo. Soy un poco rara. Mi vida es normal, mi aspecto también, mi familia es extraordinaria, mi entorno (pareja, amigos/as, conocidos/as y compañeros/as) y mi trabajo son tan comunes y estupendos como los de cualquiera. Pero es posible que venga de otro planeta. Y aclaro algo: no juzgo a todos los mortales. Me juzgo a mí misma porque no sé hacer lo que hace la mayoría y no lo entiendo. Esto no pretende ser una crítica.

1. Hasta hace dos meses no tenía Facebook. Si mis amigos/as querían verme tomando un zumo en la playa me pedían las fotografías y yo las enviaba sin problemas. O se venían conmigo y así nos veíamos en directo con las gafas de agua.

2. Me aburre el uso de la mensajería instantánea, trato de dejarla para momentos de extrema necesidad de comunicación con personas a las que no puedo llamar o para mi pareja. O para decir algo muy bonito a algún amigo o amiga que acaba de ofrecerme todo su cariño o su ayuda. (Ah, también me gusta para decir te amo, te quiero, me muero por un beso… Pero esas cosas también se dicen en directo y ganan intensidad)

3. Me entristece salir a cenar o a tomar un café y que los asistentes miren sus teléfonos para actualizar su blog, Twitter o Facebook porque es algo que no puede esperar.

4. No soy capaz de encontrarle el placer a eso de mantener largas conversaciones por Twitter con desconocidos/as en lugar de hacerlo con amigos/as, olvidándome de telefonear a una amiga o amigo, porque me resulta tan curioso como hacerlo con las personas a las que encuentro en la cola del cine o del súper (que no digo yo que esto último pueda tener su punto).

-¿Qué va a comprar usted?

Judías.

Ah, pues a mí me gusta el cine de autor, y me apetece echarme unas risas con usted, ¿le parece?

Claro que sí.

5. Nunca he ligado a través de aplicaciones porque de igual manera, no sabría qué decir. Aunque no juzgo en absoluto a quiénes lo utilizan, lo considero una herramienta MUY útil pero yo sería la mujer más torpe del mundo. Pero torpe hasta decir basta. Creo que incluso me echarían si eso es una posibilidad.

6. Me encanta leer, antes era una aficionada de los blogs ajenos en los que se hablaba de familias homoparentales, o sobre adopciones, música, cine, teatro, poesía, animales… Bien escritos, eso sí. PERO no consigo encontrarle el disfrute a leer tuits de personas que no conozco y que actualizan por minuto y me hablan de lo que están viendo en la televisión o de lo que comen o de lo que les dice su madre a las siete de la tarde. Tampoco tengo Twitter precisamente por esa razón: no soy tan interesante como para que otras personas necesiten leer mi opinión acerca de todo o si llevo calcetines o medias.

7. A veces me cuesta mucho entender la gracia de recibir a través de  las redes sociales algún tipo de proposición fuera de lugar o de broma obscena (yo apenas me he visto en esta situación, que conste, mis lectoras son las personitas más lindas del mundo mundial y me ofrecen un enorme cariño, os adoro), porque aunque cuando expones tu trabajo (y no lo digo por mí que no soy escritora ni nada, pero lo digo por muchísima gente a la que conozco)  cualquiera puede decirte lo que quiera, creo que nunca haríamos determinado tipo de bromas y proposiciones a nuestra cirujana después de una intervención. Creo que el respeto es básico para cualquier tipo de situación por mucho afecto que le cojamos a alguien por un trabajo que ofrece.

8. Siento especial debilidad por las personas despistadas que se olvidan el móvil o que quieren vacaciones sin redes sociales, o que necesitan desconectar de vez en cuando para volver a encontrarse.

Por eso digo que no parezco una mujer del siglo XXI. Tampoco me siento reflejada con las señoras que sacan sus sillas a la calle y se cuentan su vida. No. Ya digo que no sé muy bien dónde encajo a mis 32 años.

La verdad es que antes de publicar el libro de relatos hablé con varias personas sobre la repercusión que tienen las redes sociales a la hora de que una completa desconocida como yo publicase algo y se vendiese. Me sentía asustadísima por exponer escritos míos, era como si me desnudase sobre un escenario. Unos me decían: con tu foto vas a vender más. Otros aconsejaban que hablase de aspectos personales de mi vida diaria (qué como, qué sueño, si he dormido mal o bien) y así conseguiría quizá más “me gusta” y por lo tanto subirían las ventas.

Y yo simplemente pensé que lo más importante era ofrecer a quién quisiera leerme, una y muchas obras que les gustasen, en las que se pudieran sentir identificadas, con las que pudieran sentirse acompañadas o menos perdidas. Inventar historias que aportasen algo a alguien, aunque fuese a una sola persona que en algún punto del planeta no tuviera nada mejor que hacer que leer esos relatos. Crear tramas y más tramas y que pudiesen servir de algo, de simple vía de escape, de reflejo, de luz en la vida de cualquier tipo de mujer. Utilizar mi vicio (escribir) como una herramienta de entretenimiento o de sacudida emocional.

Porque escribir es a mi juicio, como construir un puente entre lo que hay en mi cabeza y lo que recibe e interpreta otra persona.

Y qué duda cabe que es un puente bidireccional, aunque a mi manera.


220px-Rosaparks_bus

Una vez escribí…

Rosa Parks fue una gran defensora de los Derechos Civiles en Estados Unidos, nació en 1913 y en 1950 comenzó a trabajar en la Asociación Nacional para el avance del pueblo de color.

¿Por qué Rosa Parks es una mujer merecedora de toda mi admiración y respeto? Porque fue la primera persona que se negó a ceder su asiento del autobús a una persona de raza blanca como estaba establecido legalmente en aquellos años. Fue encarcelada por ello y como respuesta a su injusto y absurdo encarcelamiento Martin Luther King organizó la protesta extendiéndola a todos los autobuses públicos.

Y es que lo que hoy puede resultarnos bochornoso, injusto e incomprensible, como puede ser el racismo, el creer que alguien que pertenece a otra raza es inferior y que por tanto debe ocupar en nuestra sociedad una posición diferente a la nuestra (la raza blanca), hace años era lógico, aceptado, asumido y legal.

En el sexismo es el sexo y la fuerza del “hombre” lo que marca una superioridad, en el racismo es la raza blanca y la supuesta inteligencia de los blancos lo que permitía y permite que otros individuos sean discriminados, en el especismo es la especie humana y la capacidad de razonar lo que nos coloca en un escalón de supremacía y dominancia, es la que legaliza y apoya que millones de animales no humanos sean asesinados/explotados/golpeados/vendidos/utilizados, y en la homofobia es la pareja heterosexual y la capacidad reproductora de la misma la que vale posicionando a los homosexuales en otra esfera apartada con derechos diferentes y muchísimos menos privilegios.

Es curioso, pero es un dato a tener en cuenta, que numerosas personas que lucharon en algún movimiento relacionado con el racismo o el sexismo eran a su vez vegetarianas, como Rosa Parks o Marin Luther King a los que acabo de nombrar. Y es que cuando alguien es discriminado, o simplemente abre los ojos y ve lo injusto que es que una idea, un prejuicio o una costumbre afecte indiscutiblemente a otros/as (ya sean animales humanos o no humanos), no puede sino ver al mismo tiempo, cómo no solo esa forma de discriminación sino TODAS son terribles, dolorosas e injustas igualmente.

El caso es que SIEMPRE habrá alguna (y miles y millones) de Rosa Parks dispuestas/os a decir: Basta, esto es injusto, hace daño y no lo apoyo.

Siempre…Afortunadamente.

Y os hablo de todo esto para confesar que hay un libro destinado al público infantil que nos habla de Rosa, y que personalmente me resulta imprescindible en cualquier estantería de un niño o de una niña que tiene ganas de saber, crecer y soñar…

51Je7xNPJjL._SY344_BO1,204,203,200_


5aa3f480559cc956bd7a3a556785bbb8 Cuando autopubliqué mi primer libro de relatos, pensé que no iba a vender ni uno. Quizá unos cuantos, por aquello de tener buenos amigos y una familia maravillosa. Mi pareja (Emma M.), mi amiga Clara y mi amiga Susana, me animaron a ello, llenándome de alabanzas. Que sí, que sí, que lo hagas, no esperes más. El caso es que publicarlo, llenó mi correo de palabras bonitas, de personas que dejaron la bicicleta por el metro para ir leyendo mis relatos de camino al trabajo, de mujeres que se sintieron identificadas con Berta, o o Louise, o Rita, o Camille, de chicas a las que mis pequeñas historias las sacudieron por alguna u otra razón… Incluso hubo quien no pudo parar de leerlo de una vez. Y pude amenizarle el vuelo a una joven con miedo a las alturas…Ahora tengo algunos proyectos en mi cabeza. Una novela a medias con mi mujer (Emma Mars) que ya comenzamos hace unos meses. Una novela propia, cuyos personajes principales me tienen un tanto desorientada ¿qué clase de final se merecen? Un relato largo sobre una joven “zampaunicornios” (este término es utilizado por mi amiga Clara Asunción García para definir mi tendencia al romanticismo y a mi sensibilidad) que no termina de encajar en una sociedad mucho más práctica y agresiva. Pero ahora lanzo una pregunta a las personas que habéis leído mis relatos de Me alquilo para el 14 de febrero (podéis contestarla por la vía que queráis): ¿con qué relato os quedáis? ¿os apetecería leer la continuación de alguno de ellos?


AMOR-CORTÁZAR

Cortázar.

Quizá el amor es eso. Eso y otras muchas cosas, claro, a lo mejor habría que añadir que el amor es admiración mutua, respeto, complicidad, compañía, es percibirnos siempre de la misma manera incluso cuando estamos más frágiles o brillamos con menor intensidad, pasión (no dejar nunca de decirse eso de “me muero por besarte ahora mismo”), ternura, a veces sexo y otras veces hacer el amor, conversaciones hasta las tantas y que no se acaben las ganas de seguir hablándose, crecimiento personal, leerse en voz baja, besar en la frente si hay fiebre o dolor, perdonarse, es empatía, es reírse de lo mismo así encorvándose levemente o echando la cabeza hacia detrás, es comentar con orgullo algo así como es mi novia/mujer/pareja y hacerlo con una sonrisa impactante de estas que arrojan luz sobre todo lo demás, es un me muero sin ti, a veces puede ser como esa canción de Sabina que empieza diciendo yo no quiero una amor civilizado, pero otras veces puedo convertirse el amor en todo lo contrario, en un quiero hijos y casa contigo (y hacer mucho el amor también).

Pero aún así, estas breves líneas de Cortázar (en la imagen) definen bien un sentimiento indescriptible que nace quizá de un beso o de un encuentro sexual y que está dotado de significado. Esa conexión, ese vínculo, es maravilloso.


37ecb4a337120a8de5d2e377c6c853d7

Hace unas semanas recibí una llamada. Cuando me dijo su nombre tuve que preguntar dos y tres veces de quién se trataba. Hice el esfuerzo de recordar qué camino recóndito me llevaba a ese nombre. Una palabra, da igual, la que sea, siempre nos conduce a una imagen. Pero me costó unos minutos ubicarla.

Loreto.

Amiga de la infancia. De los nueve a los trece años. Después se fue. Me enseñó a saltar a piola, ¡en serio! Tanto nos entrenábamos que llegué a saltarla de pie. La azotea del colegio. Los juegos infantiles. En aquellos años yo todavía era una niña. Incluso creíamos en cosas absurdas y nos encantaba tumbarnos al sol sin decirnos nada. Ella tenía once hermanos. Yo solo una. Ella nunca prestaba atención a su aspecto. Yo era reflexiva y presumida.

Loreto quería verme pero además de forma inminente. Mi caos vital me impedía quedar ese mismo día, pero ella insistió en quedar inmediatamente.

Nos vimos. Yo la reconocí enseguida. Pedí un zumo de manzana y ella no recuerdo.

-Joder, Helena, ¡qué guapa!

Nos abrazamos.

-¿Te acuerdas de Leo? -dijo-. Si, mujer, aquel niño con pecas que tanto me gustaba.

-Sí, claro.

-Me gustaba muchísimo aquel niño tan mono, tan atrevido, pero al final te pidió salir a ti -comentó sin acritud, con dulzura, mirándome.

Sonreí. Claro que me acordaba de él. A mí me parecía muy lindo, un poco engreído y descarado. Aquel chico me pidió salir a los trece años en clase de matemáticas. Él estaba sentado detrás, y yo jugaba con un bolígrafo. Le dije que me lo tenía que pensar, no recuerdo por qué exactamente. Y fuimos novios un tiempo, el tiempo a esa edad es incontable, infinito, se extiende.

-¿Qué ha sido de tu vida? -quiso saber, atusándose el pelo.

Tuve que contarle la verdad, porque a mí “mi verdad” me gusta. Obviamente le hablé de muchísimas cosas, porque entre los 13 y los 32 años pasan cientos de acontecimientos, porque ahora llevo una mochila sobre los hombros mucho más pesada que antes, pero que no pasa nada, que ese bagaje me permite saber con certeza lo que quiero y lo que no. A mí la experiencia me sirve para gestionar cada vez mejor las emociones, supongo.

-Así que vives con tu pareja, ¿y cómo se llama el afortunado?

-Es una mujer.

Silencio. Ella me contempló inexpresiva.

-¿En serio?

-Sí.

Me hizo numerosas preguntas, quería saberlo todo todo. Cuantas parejas había tenido, cómo me había sentido con respecto a eso, qué me fascinaba más en una mujer, si pensaba renunciar a la maternidad o no, si el sexo con otra mujer me resultaba tan completo como con un chico…

-He tenido algunas parejas (blah blah blah) y he sido muy afortunada, en todo momento me sentí respetada y amada por las personas que me han acompañado en esta vida. Siempre percibí mi homosexualidad como algo maravilloso que me permitía compartir con otra mujer todas mis emociones, registros, sueños, inquietudes, preocupaciones, ideas, bromas. Y la verdad es que no he tenido ningún conflicto personal con este tema. Lo que más me fascina de una mujer es su complejidad emocional, la profundidad, y que sea leal, buena, afectiva. No voy a renunciar a la maternidad, creo que educar a una personita y guiarla para que aprenda por sí mismo/a debe ser una experiencia apasionante, y me imagino siempre una niña en una cuna y estanterías alrededor plagadas de cuentos -respondí-. El sexo con una mujer es apasionante, maravilloso.

Ella me miró con atención. No parecía escandalizada. Sorprendida sí.

-Y me han dicho que has escrito un libro -dijo apurando su vaso.

-Bah, no es nada del otro mundo. Pero escribí uno recientemente, y estoy con otros entre manos. Pero bueno, Loreto, háblame de ti, que hace años que no nos vemos y no paras de hacerme preguntas, quiero saber qué ha sido de tu vida.

-Pues si pensabas que por ser lesbiana iba a flipar, espérate a saber qué soy yo. Soy monja.

Solté una carcajada.

Yo lesbiana y ella monja. A mí me pasan cosas así de vez en cuando. Acabas de decirle a una antigua amiga que te gustan las chicas y ella confiesa con un ligero rubor que es monja.

El caso es que aprendí mucho de aquella charla. A pesar de nuestras diferencias, lo relevante fue que no importaba. Y es que la belleza de una relación de cualquier tipo consiste precisamente en eso, ¿no?