detras

Para mí un libro es como mirar a alguien desde atrás, observar a una persona desde una posición vulnerable desde la que no puede defenderse. Y no saber nunca (y no querer saberlo) si tiene un gesto concentrado o simplemente mantiene la mente en blanco. Escribir es otra cosa. Quizá sea todo lo contrario. Escribir es como desnudarme o exponerme inocente y frágil, quedarme en manos de otra persona.

Abril. A mí me gustaba abril porque mi padre solía llevarme a las Ferias del Libro, y volvíamos a casa con bolsas y cuentos de todos los tamaños. Y hacía sol, a veces llovía, no importaba. Mi vicio infantil (y actual) era ese: leer, no había relojes ni normas leyendo. A veces mi madre también leía en la misma habitación que yo, y podíamos compartir esas horas mágicas sin decirnos absolutamente nada.

-Déjame leer a Kafka o a Woolf -podía pedir yo a los doce años.

-Pero no vas a entender nada de nada -decía mi madre mirando por la ventana.

-¿Y qué si no entiendo todo todo?

Leer me abría todas las ventanas de casa, llenándose todo de una luz tamizada a según qué horas. Leer era como un descubrimiento diario: sexo, amor, viajes, historia, arte, emoción, dolor, reflejo, espejo, el primer beso, respuesta, posibilidades.

A los catorce años yo ya conocía a todo tipo de autores y autoras, incluso me atreví a levantar la mano en clase y decirle a una de mis docentes:

-¿Por qué en clase de literatura únicamente estudiamos a los hombres? ¿Por qué siempre Machado o Alberti? ¿Por qué nunca Gioconda Belli, Pizarnik, Mary Shelley?

Mi profesora (monja además, aunque no es un detalle relevante) me observó incrédula, como diciendo: esta niña tan tímida siempre incita al debate de algo que no sé cómo explicarle.

Para mí era imprescindible (a los catorce y posteriormente) conocer a más y más escritoras y escritores, sin prejuicio ni filtro, sin elegir por fecha, condición o género.

La literatura me proporcionó algo maravilloso (o no): desarrollar plenamente mi extrema sensibilidad genética.

Y muchas otras cosas. Podía volar, pero volar de verdad, de esto que lo haces sin red, sin nadie que te abrace o te acompañe.

Y después esto: “A Chloe le gustaba Olivia”, leí. Y me di cuenta del cambio que eso significaba. A Chloe le gustaba Olivia, quizá, por primera vez en la literatura.

A veces creo que se ha degenerado levemente el concepto de escribir, porque a veces sí que conserva ese halo de misterio, de anonimato mágico, de creación, de actividad íntima y solitaria que luego se abre al Universo, pero otras parece que puede confundirse con sesenta “me gusta” en cualquier red social y el amor por escribir se transforma en el alimento del ego. Y esto último no es en absoluto lo que yo aprendí escribiendo sobre la alfombra con cientos de faltas ortográficas a los cinco años.

Gracias a todas las personas que leen o escriben, o leen y escriben.

Anuncios