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Tomé esta fotografía por la mañana. Los niños/as apenas se mantenían despiertos pero ¿y qué? a mí me hace reír verles así, caminando hacia el aula con torpeza con cara de ¿por qué me hacéis esto?

Además, sobre las nueve y media tuve que entrar en un aula de niñas y niños de cuatro años y he tenido que presenciar la siguiente situación surrealista:

-Ays no abraces a la señorita Helena.

-¿Por qué? Yo quiero.

-Te he dicho que no, que es mía.

Forcejean y trato de poner orden (cariñosamente), pero les da igual.

Uno de ellos me entrega dibujos, me observa constantemente, me abraza con timidez y ahora se muestra claramente incómodo con la idea de que otros niños y niñas de su clase hagan lo mismo que él.

Al final el otro le dice:

-Por favor, déjame apoyar mi cabeza sobre ella (durante el cuento).

Mi enamorado se lo piensa, suspira. Se atusa el pelo (lo lleva un poco largo).

-No sé si me gusta que apoyes tu cabeza en la señorita -opina empujándolo.

-Pues lo voy a hacer.

Vuelven a pelearse.

-Pero P. no puedes tratar así a los demás, yo os quiero mucho a todos -le informo sentándolo en mi regazo.

No queda convencido en absoluto porque continúa angustiado, pero cambiamos de actividad y parece que el ambiente se calma.

Al final le escuchó decir en voz baja a otro compañero:

-Es que la señorita Helena es como Campanilla y la quiero.

Si hay algo que me gusta de mi trabajo es poder guiar a los niños/as en su proceso de aprendizaje, incitarles a ofrecer siempre su opinión, a elaborar de forma diplomática y tranquila sus argumentos, pero sobretodo me gusta desarrollar en ellos su capacidad de empatía, el sentido de la equidad, de la ternura, de los buenos sentimientos en todo tipo de terrenos.

A veces, tan pequeños/as, no pueden gestionar sus emociones, pero es enriquecedor verles crecer en ese sentido. Para ello utilizo con frecuencia un recurso perfecto: algunos pasajes del Principito, para que aprendan con calma y de un modo casi lúdico y reflexivo, que para amar, por ejemplo, hay que partir de una premisa indispensable: el respeto. Y que no importa a quién se ame (género, estatus social, raza, religión) sino cómo se demuestre ese afecto.

“No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.”

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