Besos con lenguaje

Archivo mensual: abril 2015

detras

Para mí un libro es como mirar a alguien desde atrás, observar a una persona desde una posición vulnerable desde la que no puede defenderse. Y no saber nunca (y no querer saberlo) si tiene un gesto concentrado o simplemente mantiene la mente en blanco. Escribir es otra cosa. Quizá sea todo lo contrario. Escribir es como desnudarme o exponerme inocente y frágil, quedarme en manos de otra persona.

Abril. A mí me gustaba abril porque mi padre solía llevarme a las Ferias del Libro, y volvíamos a casa con bolsas y cuentos de todos los tamaños. Y hacía sol, a veces llovía, no importaba. Mi vicio infantil (y actual) era ese: leer, no había relojes ni normas leyendo. A veces mi madre también leía en la misma habitación que yo, y podíamos compartir esas horas mágicas sin decirnos absolutamente nada.

-Déjame leer a Kafka o a Woolf -podía pedir yo a los doce años.

-Pero no vas a entender nada de nada -decía mi madre mirando por la ventana.

-¿Y qué si no entiendo todo todo?

Leer me abría todas las ventanas de casa, llenándose todo de una luz tamizada a según qué horas. Leer era como un descubrimiento diario: sexo, amor, viajes, historia, arte, emoción, dolor, reflejo, espejo, el primer beso, respuesta, posibilidades.

A los catorce años yo ya conocía a todo tipo de autores y autoras, incluso me atreví a levantar la mano en clase y decirle a una de mis docentes:

-¿Por qué en clase de literatura únicamente estudiamos a los hombres? ¿Por qué siempre Machado o Alberti? ¿Por qué nunca Gioconda Belli, Pizarnik, Mary Shelley?

Mi profesora (monja además, aunque no es un detalle relevante) me observó incrédula, como diciendo: esta niña tan tímida siempre incita al debate de algo que no sé cómo explicarle.

Para mí era imprescindible (a los catorce y posteriormente) conocer a más y más escritoras y escritores, sin prejuicio ni filtro, sin elegir por fecha, condición o género.

La literatura me proporcionó algo maravilloso (o no): desarrollar plenamente mi extrema sensibilidad genética.

Y muchas otras cosas. Podía volar, pero volar de verdad, de esto que lo haces sin red, sin nadie que te abrace o te acompañe.

Y después esto: “A Chloe le gustaba Olivia”, leí. Y me di cuenta del cambio que eso significaba. A Chloe le gustaba Olivia, quizá, por primera vez en la literatura.

A veces creo que se ha degenerado levemente el concepto de escribir, porque a veces sí que conserva ese halo de misterio, de anonimato mágico, de creación, de actividad íntima y solitaria que luego se abre al Universo, pero otras parece que puede confundirse con sesenta “me gusta” en cualquier red social y el amor por escribir se transforma en el alimento del ego. Y esto último no es en absoluto lo que yo aprendí escribiendo sobre la alfombra con cientos de faltas ortográficas a los cinco años.

Gracias a todas las personas que leen o escriben, o leen y escriben.


Captura de pantalla 2015-04-15 a la(s) 16.01.04

Llueve, pero de esto que hay truenos y no puedes escuchar otra cosa. A veces me encanta, hoy no estoy convencida.

Mi perro duerme en mi regazo con esa respiración tranquila con la que duermen quienes conservan la inocencia. Su corazón palpita sobre mis piernas y yo escribo una nueva historia en el portátil mudo que no me devuelve una sonrisa ni me ofrece su opinión acerca de nada.

Si pudiese pulsaría justo ahora la tecla de pause. Para que este momento, pese a todo, no se acabe. Para sentir siempre estos dos tipos de amor:

-El entrañable, desproporcionado y leal de este perro-amigo-indispensable que me encontré abandonado hace años y me acompaña a todas partes.

-El ingobernable, inquieto y apasionado que siento yo hacia la escritura cada vez que me sale una historia de las yemas de los dedos.

A veces solo piensas: que no se acabe, que no se acabe. Aunque no sepas a qué te refieres exactamente.


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Tomé esta fotografía por la mañana. Los niños/as apenas se mantenían despiertos pero ¿y qué? a mí me hace reír verles así, caminando hacia el aula con torpeza con cara de ¿por qué me hacéis esto?

Además, sobre las nueve y media tuve que entrar en un aula de niñas y niños de cuatro años y he tenido que presenciar la siguiente situación surrealista:

-Ays no abraces a la señorita Helena.

-¿Por qué? Yo quiero.

-Te he dicho que no, que es mía.

Forcejean y trato de poner orden (cariñosamente), pero les da igual.

Uno de ellos me entrega dibujos, me observa constantemente, me abraza con timidez y ahora se muestra claramente incómodo con la idea de que otros niños y niñas de su clase hagan lo mismo que él.

Al final el otro le dice:

-Por favor, déjame apoyar mi cabeza sobre ella (durante el cuento).

Mi enamorado se lo piensa, suspira. Se atusa el pelo (lo lleva un poco largo).

-No sé si me gusta que apoyes tu cabeza en la señorita -opina empujándolo.

-Pues lo voy a hacer.

Vuelven a pelearse.

-Pero P. no puedes tratar así a los demás, yo os quiero mucho a todos -le informo sentándolo en mi regazo.

No queda convencido en absoluto porque continúa angustiado, pero cambiamos de actividad y parece que el ambiente se calma.

Al final le escuchó decir en voz baja a otro compañero:

-Es que la señorita Helena es como Campanilla y la quiero.

Si hay algo que me gusta de mi trabajo es poder guiar a los niños/as en su proceso de aprendizaje, incitarles a ofrecer siempre su opinión, a elaborar de forma diplomática y tranquila sus argumentos, pero sobretodo me gusta desarrollar en ellos su capacidad de empatía, el sentido de la equidad, de la ternura, de los buenos sentimientos en todo tipo de terrenos.

A veces, tan pequeños/as, no pueden gestionar sus emociones, pero es enriquecedor verles crecer en ese sentido. Para ello utilizo con frecuencia un recurso perfecto: algunos pasajes del Principito, para que aprendan con calma y de un modo casi lúdico y reflexivo, que para amar, por ejemplo, hay que partir de una premisa indispensable: el respeto. Y que no importa a quién se ame (género, estatus social, raza, religión) sino cómo se demuestre ese afecto.

“No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.”


Portada-HelenaLago

Mi primer libro de relatos. Historias que dormían en las yemas de mis dedos y ahora están aquí, como recién nacidas.

Con todo mi cariño, para vosotras/os.

Gracias a todas esas personitas increíbles que me han acompañado en este último año y medio tan intenso (y un poco complicado) y que me han apoyado en todo momento en esta pequeña y divertida aventura.

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