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Hay personas, no muchas, debería empezar diciendo: hay muy pocas personas que llegan a tener una verdadera repercusión emocional sobre nosotros/as.

La primera vez que leí “Carol” de Patricia Highsmith, fue también la más hermosa de todas. Lo recuerdo perfectamente, alguien me propuso un reto: a ver quién termina antes este libro, ¡corre!

Lo cierto es que no pude parar de hacerlo. Carol y Therese, y ese amor iridiscente. Viajé con ellas, sufrí con ellas. Fue como mirarme en un espejo.

Cuando lo terminé, estaba tumbada en el sofá de la casa de mis padres, serían las ocho de la tarde y mi padre preparaba la cena. Yo estaba de visita, no iba a quedarme más que unos días, me había refugiado allí con ellos para olvidarme de la catarsis emocional que estaba sufriendo. Mis padres se preocupan pero no hacen muchas preguntas.

Cerré el libro y me quedé pensando. Y continué haciéndolo (pensar) durante los días y semanas posteriores.

Para mí el amor era (y es) ese fragmento. Es Carol en miles de ciudades, siempre.

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