School

Alguna vez, como docente, encontré algún niño que disfrutaba pintándose las uñas, o bailando alegremente por el aula con un tutú, o qué sé yo y qué importancia tiene. Contemplo con cierta tristeza cómo la insistencia familiar (“no hagas eso que es de niñas”) o las expectativas generales que se tienen sobre él, generan un sentimiento de frustración y desconsuelo que considero destructivas e innecesarias.

Una vez dijo una antigua alumna de cinco años:

-Señorita, yo soy feliz en el cole, más feliz que en ningún otro sitio.

-¿Y eso? -quise saber mientras paseábamos del brazo durante el recreo.

-Porque soy libre, señorita.

Y después de eso, salió corriendo detrás de su sombra, como si no hubiese nada en el mundo que pudiese hacerle daño pese a las circunstancias desfavorables que la rodeaban.

Me gustan esos momentos. Esos en los que aprenden (a su ritmo) a valorar la libertad de ser, amar, soñar y crear sin ningún tipo de prejuicio ni miedo ni esa pregunta retórica de ¿qué-podrán-pensar-de-mí-si…?

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