Besos con lenguaje

Winter

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Siempre me ha gustado el invierno. El sol en invierno besando suavemente nuestras cabezas. Los niños frotándose las manos con guantes de colores. Colocarme bien la bufanda. Las luces intermitentes en navidad. Huir de las grandes aglomeraciones. Mirar las estrellas perdidas en un cielo límpido y casi perfecto. Ver la nieve, alquilar una casa desde contemplarla. Ponerle a Ego un jersey y mirar cómo rueda ilusionado (o quizá molesto, ¿quién sabe?) por la cama con un chalequito nuevo. Mirar las ventanas adornadas con plantas de pascua y luces minúsculas de los vecinos. Ir al cine. Leer con calefacción encendida, adormecerme por el calor con el libro abierto sobre mi pecho. Meter las manos en los bolsillos. Abrocharme el abrigo rojo y que suene la cremallera. Volver a casa después del frío y darme una ducha. Contarle cuentos a los niños de mi aula sobre renos mágicos, chimeneas encendidas, nieve, sueños o rascacielos. Pensar en regalos, envolverlos, ver la cara que ponen otras personas cuando los abren. Decir “diciembre”, con lo que me gusta esa palabra. Comprar castañas. Dormir temprano. Releer Mujercitas, releer historias de Dickens. Hacer listas de cosas bonitas. Taparme hasta la boca en la cama. Temblar un poco en cualquier cafetería con una taza de té en la mano. Escribir.

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CAJAS

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Hoy he cerrado una caja y he llorado. Y he pensado que nunca voy a olvidarme de mí llorando con una caja.

No sé si lo he dicho alguna vez, pero detesto las cajas en general. Hablo de cajas de embalar. Me suenan (literalmente) a algo que se cierra, a pérdida, a despedida.

No metemos en cajas lo que necesitamos para el día a día. No guardamos nuestro cepillo de dientes, ni nuestro pijama, ni tampoco el vestido que queremos ponernos el jueves por ejemplo. En una caja solo metemos aquello que no podremos utilizar en un tiempo, las pertenencias de alguien que no está, las cosas que nos duelen. A veces las guardamos a toda velocidad, para no sentir demasiado el peso y el dolor que conlleva ese momento.

Es diciembre y hace un año perdí a una amiga de la infancia. No la veía desde la niñez. Tenía el pelo rubio y era muy bonita. Tenemos una foto con cuatro años en la playa. Yo trato de protegerme del sol con una mano, ella mira a cámara. Yo llevaba un bañador que me encantaba. Ella una cola muy alta. En realidad no la vi en todos estos años, no supe nada de ella. Era la hija de unos amigos de mis padres. Ella murió tras una enfermedad injusta y me enteré de casualidad. Fue hace un año. Encendieron las luces de la ciudad ese día y las contemplé tranquila y un poco triste, recordando a Cristina corriendo por el pasillo de una casa de verano.

En Febrero perdí a Furo. Él era (y será siempre) mi gato. Gordito. Entrañable. Tímido. Cariñoso. Enfermó y se marchó en solo un mes y medio. Me costó mucho más verlo enfermo que no verlo. No he hablado de él para no llorar, pero se merece un blog completo. Él era y es mucho más importante que cualquier libro que publique y que cualquier cosa que haga. Furo fue una pérdida muy dolorosa. Dolió desde dentro, como un golpe seco, como un dolor que nunca antes había experimentado. Todos los días recuerdo sus pasitos cortos y silenciosos tras de mí, su mirada verde, el peso de su cuerpo al dormir. Es uno de los individuos más importantes de mi vida. Y digo “es”, porque nunca dejará de serlo para mí.

Hoy he visto un juguete suyo en una cajita. Fue un juguete muy premiado que le compré ilusionada hace años. Le he recordado saltando justo antes de cenar. Y he recordado sus ojos, el último día de todos sus días, mirándome lánguido y dolido, como diciendo: no me quiero ir, no quiero marcharme.

Hoy una caja me ha recordado a otras tantas cajas que sentí cerrarse.

Y duele.

Y no puedo hacer nada más que dejarlo doler.

(Prometo que tras este texto tan triste, solo habrá textos acerca de libros que publique con finales felices y cajas de música).

 

 

Instrucciones para leer mi próxima novela

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Tengo una historia a punto de nacer. Parpadea dulcemente cada tarde, mientras tecleo, respiro, sueño, creo. Me gustaría que pudieses leerla, que te atrevieses a hacerlo, que la regales a alguien y se la dediques con algo como “acuérdate de mí cuando la leas junto a esa ventana enorme que tienes en tu dormitorio” o algo parecido y ella te sonría como diciendo “claro que sí”. Me gustaría que disfrutaras pausadamente de su lectura en una cafetería agradable, en el metro, en ese sillón amarillo, en uno de esos parques-selva que tanto entusiasman a cualquiera, en un tren que haga chac chac chac mientras te mece. Podrías leerme un rato cada día después de cenar, o en esa hora amable de la siesta, no sé. Podrías invitar a tu gato al regazo, a tu perro, a tus hijos dóciles y adormecidos mientras pasas al capítulo siete por ejemplo. Acompaña (si quieres) tu lectura con una taza de té con leche y agua, un café con espumita haciendo frig frig frug. Podrías poner lucecitas a tu espalda, de esas que te alumbran a duras penas. O utilizar una lámparita de mesa pequeña y encantadora. Tú decides.

 

Próxima novela.

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Tengo una novela a punto de nacer. Noto que en cualquier momento puedo romper aguas. Tengo algunas cosas preparadas, otras no. Lo noto aquí, aquí y aquí (señalándome el corazón, la tripa, la cabeza). Se mueve dentro de mí, sobre todo cuando escucho una canción o miro la ropa tendida sacudida por el viento. Las protagonistas se escapan de sus líneas y me sonríen, a veces lloran o hacen uno de sus gestos adorables. Creo que rara vez se enfadan conmigo, quizá saben que por ahora tengo cierto poder. No sé muy bien cómo he conseguido engendrarla (no sé si me gusta este verbo), pero siento cómo salta en mi interior, como diciendo: Helena estás llena de amor, fantasmas, palabras, besos, pájaros, silencios, carcajadas, orgasmos, luces muy pequeñas parpadeantes, nostalgia, sueños, déjales salir.

Tal vez venga en Navidad. Hablo con ella (con la novela) algunas veces, para que no nos apresuremos, para decirlo todo, no sé, estamos organizándonos porque cuando nazca, todo será distinto. Algo cambia siempre a partir de eso. Supongo que quienes disfrutamos escribiendo, nos dejamos algo de alma y piel y voz en cada “nacimiento”.

Las protagonistas tienen ganas de veros con los ojos abiertos y redondos, os lo prometo. Espero que os gusten tanto como a mí.

 

Solo ellas lo saben

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Conversaciones con un alumno de cuatro años.

—Helena, ¿sabes?

—¿Qué?

—Que puedes estar tranquila —dice, mirándome—, los monstruos, los fantasmas, las brujas  y todo eso (supongo que aquí metemos todo lo que nos asusta) no existen.

Ha enumerado estos personajes con los dedos, equivocándose pero no importa.

—Pues eso me deja más tranquila, es cierto.

—Pero las princesas sí.

—¡No me digas! ¿Y cómo de las distingue? ¿Cómo visten?

Él quiere ofrecerme respuestas convincentes, piensa, desvía un momento la mirada al cielo, los niños gritan y juegan, pero él permanece ajeno al bullicio constante del patio.

—Visten como si fueran normales. Y viven en casas como las de todo el mundo.

—¿Entonces cómo podemos saber que son princesas?

—No podemos, solo ellas lo saben desde siempre —dice muy seguro, y se señala el pecho como explicando que ciertas cosas sencillamente “son” y “se saben” sin más.

Criaturas entrañables (y de un cuento en un museo)

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Encontré el otro día un cuento de Beatrix Potter en la tienda de un museo parisino. Estaba en francés. Lo abrí con ternura y pensé en colocarlo en una pequeña estantería. Leerlo con mi extraño acento a una niña con mis gestos (aprendidos) mientras enrosca mi pelo en sus dedos pequeños y frágiles. Probablemente llovería y haría frío. Y habría galletas en la mesita de noche. Y haría preguntas imposibles y buscaríamos soluciones  apasionantes.

No sé.

Vi el cuento y pensé en crear historias pequeñas para niños fascinantes y entrañables.  Si. Entrañables. Siento debilidad por las criaturas inocentes y tiernas que aún habitan el planeta.

El invierno. La playa.

Cuando era pequeña, llevaba especialmente mal suspender algún examen. Rara vez sucedía, pero cuando mi nota descendía levemente o alguna profesora me insinuaba que podía haberlo hecho mejor, mi corazón se disparaba dolorosamente y entregaba horas a pensar cómo podía haber pasado.

Algunas de esas tardes tontas, mi madre nos llevaba a la playa. Recuerdo el frío, mis libros de texto, la melancolía que envolvía aquellos paisajes grises en pleno invierno. La belleza salvaje de todo aquello.

Solía sentarme no muy lejos de la orilla sin hablar especialmente de nada (cuando algo me preocupaba, lo guardaba para mí como un mensaje indescifrable hasta sentirme fuerte). Mi hermana (mucho más pequeña) trotaba alegremente alrededor y mi madre le decía cosas bonitas. Me quedaba absorta contemplando el juego inquieto de las olas, el modo en el que después de romper contra la tierra, el agua volvía a serenarse y el rugido se suavizaba. Me generaba una paz inexplicable observar detenidamente el funcionamiento del mar, pensaba “todo crece, se deshace y vuelve a construirse simplemente porque no podría no hacerlo”.

Después de eso, volvíamos a casa, yo fortalecida y sonrojada. Normalmente mis padres hacían la cena juntos, escuchábamos sus risas, mi hermana balbuceaba palabras graciosas mientras yo y solo yo, le cepillaba el pelo después de la ducha. Me gustaban esos momentos sencillos y entrañables de mi infancia, en los que el afecto y el mar, conseguían solventar una tontería escolar.

Ahora trato de enseñar a mis alumnas/os a gestionar las frustraciones, a valorarse por encima de sus logros académicos, a disfrutar del amor incondicional de sus familias, a estallar en carcajadas casi cada día, y a llorar un poco a veces si les asalta la tristeza. Me gusta ese momento en el que vienen a mí, con la voz queda, para decirme que alguien les hizo daño, trato de no darle mayor relevancia, los abrigo, les acaricio el pelo y dejo que pase la sensación desagradable.