Besos con lenguaje

Celebrando siempre el 19

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Hace tres días que quería escribir esto. Lo pensé mientras conducía el otro día. No le compré nada a mi padre el 19 de marzo (que se celebra el día del padre) porque me pilló en la playa y sólo atiné a decirle: papá, felicidades, te quiero. 

Por teléfono.

Pero mi padre merece mucho más que una felicitación. Para empezar es el hombre más honesto que conozco. Pero además de eso, cuando pienso en él, me acuerdo de tardes en el parque, sábados llevándome al mercado para hablarme del olor, el precio y los beneficios de la fruta y la verdura, domingos de museos y exposiciones de pintura/escultura/arquitectura, atardeceres con mi madre y mi hermana pequeña en la playa, leyendo y jugando. Y corriendo maratones, y entrenándose diariamente lleno de felicidad. Puedo verlo en la sala de estar, ayudándome con los deberes de la escuela, explicándome las cosas con paciencia y sin relojes. Riendo con mi madre casi todos los días de nuestra vida. Pasando por el supermercado al salir del trabajo.Lo recuerdo leyendo, en silencio, junto a la ventana.  Estudiando todas las tardes para ser un médico competente, humano, eficaz, innovador. Jugando conmigo en la playa, con las gafas de agua, nadando mar adentro. Animándome a ser una buena persona, modesta, generosa, tranquila, trabajadora. Leyéndonos cuentos a mi hermana y a mí, casi todas las noches. Cocinando alegremente. Colaborando siempre en mis mudanzas. Integrando a mis parejas para que siempre se sintiesen en todo momento, parte de nuestra familia. Celebrando mis logros, ayudándome a aceptar los errores y defectos. Cuidando noches enteras de Luna (nuestra perrita de toda la vida) al hacerse mayor y estar enferma. Acariciándole el pelo a mi abuela, cuando apenas se acordaba de nuestros nombres. Haciéndonos reír siempre que perdimos abuelos o pasamos por etapas más tristes. Llenando el salón de casa de chupetes de caramelos colgantes, regalos y globos metalizados en las fiestas de Reyes (Navidad). Escuchándonos a mi hermana y a mí. Hablándonos de política, cine, música, deporte, arte, literatura… Secándonos el pelo cuando era invierno y hacía frío. Paseando a los perritos. Ganándonos en el Trivial Pursuit porque sabe muchas cosas, muchas muchas y no presume de nada. Defendiendo y ayudando siempre a los individuos más vulnerables. Cuidándonos, cuidándose. Acompañándome a algún casting teatral cuando yo tenía 15 años y quise conseguir un papel (que conseguí, y él me sonreía y me decía que estuviese tranquila). Recordándome siempre que uno es lo que hace, que debemos entregar siempre lo mejor que tengamos sin olvidarnos de seguir siendo nosotras/os. Diciéndome que mantenga en todo momento los pies en la tierra, disfrutando de los aspectos más sencillos y hermosos de la vida (un paisaje, un buen paseo con mi perro, un verano, mi trabajo, unas risas, una película…). Midiéndome la fiebre. Pidiéndonos desde la niñez que no alzásemos la voz, que no llamáramos a nuestras amigas a la hora de la siesta, que recogiésemos nuestros juguetes, que fuésemos amables y respetuosas, que tuviésemos empatía y comprensión con los demás, que no arrastrásemos las sillas, que nos quitásemos la arena de los pies antes de subir al coche, que no diésemos portazos, que nos cuidásemos, que fuésemos independientes, que pidiésemos las cosas por favor y diésemos siempre las gracias, que valorásemos todo lo bueno que tenemos, que perdonásemos nuestros propios errores y los errores ajenos, que aprendiésemos a elegir a nuestros amigos o parejas para rodearnos de un ambiente cálido, transparente, bueno.

Mi padre, en mi opinión, es un ejemplo de lo que ahora llamamos “masculinidad alternativa”, es decir, es un hombre que educó a sus hijas (con ayuda de mi madre), nos cuidó, bañó, protegió, cocinó, ayudó con los deberes, nos aceptó con todo, nos habló de injusticias o de libros o de películas, cultivó nuestra sensibilidad y nuestra fortaleza, y al mismo tiempo, hizo deporte, arregló junto con mi madre cosas de la casa, pintó paredes, nos incitó a jugar a toda clase de juegos divertidos a mi hermana y a mí más allá de estereotipos o prejuicios absurdos, nos llevó a la ópera, a ver tenis… Y me enseñó una tarde (preciosa, había una luz ambarina que aún recuerdo) a montar en bicicleta y cuando me alejaba subida en ese par de ruedas un poco nerviosa, él decía: ¡anda, qué rápido has aprendido, qué bien, sigue, tú puedes!, orgulloso, feliz, emocionado.

Así que sí, me siento plenamente orgullosa de él, el 19 de marzo y cada día de mi vida.

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Como me ven tus ojos

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Ayer hizo un año.

Justo ayer. Por eso velas, almuerzo, paseo, siesta con abrazos, besos, ella regalándome un anillo.

No fue exactamente nuestro aniversario, pero así quisimos festejarlo, como si lo fuera, como si hace un año ya hubiese estrellas en el estómago y cosas que decirnos. Porque para nosotras el 12 de marzo es importante.

Hace un año me sentía muy triste, y ella por alguna razón vino para quedarse.En un principio hablamos de Nutella, Fallas, Sevilla, mi libro, nuestros perritos…  Qué bonito, qué risas. Escucharnos, cuidarnos, como dos personas que se aprecian y comienzan a conocerse, repletas de inocencia y buenos sentimientos. Creo que como dijo Cortázar una vez, andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. 

La otra noche me dijo en el puente de Triana (donde las protagonistas de mi libro)  que la besara, que quería un futuro conmigo, que casa, hijos, anillos, casarnos un día, y lo decía apretándome la mano.

Yo quiero ofrecerle una vida bonita. Muy bonita. Si pudiese le dibujaría una casa, flores en las ventanas, un balcón con una regadera roja, y dentro de esa casa muchas cosas: respeto, nuestros libros de cocina, mirarnos así, ternura, cosquillas, besos, charlas, viajes, hijos/as, caricias, sexo (precioso, sano, espontáneo), amigos, libertad para ser, estar y decidir, generosidad, admiración, complicidad, familia, calma, aprendizajes, certezas, cenas, cine, paseos, risas un montón de risas, nuestros animales felices y salvajes, lluvia que calen nuestros huesos, bici, río, playa, tumbarnos en la hierba, cuidarnos, decirnos, aprendernos, mis manos en tu espalda, tus besos en mi nuca, el amor corriendo por el pasillo… La vida contigo.

 

 

 

 

Decir no. Decir que sí.

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Ayer pasé una tarde muy agradable con unos amigos. La cafetería tenía libros y juegos de mesa, y un ventilador vintage que no funcionaba.

Hablamos de un montón de cosas y cuando volví a casa, sentí que casi casi está entrando la primavera. Al menos ya no sale vaho de mis labios cuando hablo, ni me hace falta la bufanda. El olor era distinto (aunque aún hace frío, todavía es invierno), incluso los niños en la plaza jugaban de manera distinta. No sé. Volví a casa y me acordé de la vez que un niño a los siete años, me pidió matrimonio, de que dije que sí aunque ese chico no me gustaba especialmente, a mí el que me gustaba era otro, uno rubio, silencioso, educado y tímido. Pero le dije que sí al otro (al “travieso” que desobedecía a todo el mundo,  y me insistía una y otra vez) y paseé por el patio de la escuela con un velo, mis labios medio pintados, cogida de su brazo y con un séquito de amigos y amigas detrás que cantaban no sé qué. Miré de reojo algunas veces a Pedro, el niño que me trataba tan bien, y que además era guapo y respetuoso. No sé por qué me acordé de ese pasaje, insignificante, infantil, de mi niñez. Lo que sí sé es que pensé: ¿por qué no nos enseñan desde la escuela, la familia, el mundo, a decir “no”? ¿Por qué las personas intentamos “resistir” y aguantar lo que venga, lo que sea, por miedo a decir “esto no lo quiero”?

Me pasa que últimamente escucho numerosas historias de personas cercanas que toleran ciertas situaciones muy dolorosas en sus relaciones (de amistad, familia, pareja, compañeros de trabajo), me las relatan como si no hubiese más remedio que aceptar lo inevitable, y lo soportan con el corazón encogido durante días, semanas, horas. Me dan ganas de decirles y de decir al mundo: yo creo que los rayos, las tormentas, los accidentes, algunas enfermedades, son inevitables, pero las personas que te aman y te cuidan, deciden las cosas que hacen o dicen, y aunque a veces herimos sin querer y es lícito, generalmente hay consciencia tras esas decisiones y actuaciones y debemos pensar si merece la pena sufrir por sufrir. Me dan ganas de preguntarles: ¿Por qué no dices no? ¿Por qué no te marchas por mucho que lo quieras de una relación que te roba energía, alegría, seguridad, calma? ¿Acaso elegimos la compañía de alguien para sentirnos más vacíos, perdidos o tristes?

Si una cosa he aprendido (antes no la sabía, por eso decía que sí con una sonrisa a un niño de siete años que no me gustaba especialmente y cuya actitud no me hacía sentir bien) es que mi presencia en la vida de otras personas debe enriquecer, alegrar, ayudar, sin interferir negativamente en sus deseos, sueños, necesidades o metas. Pero al mismo tiempo, debemos pensar en lo que nos hace daño, en lo que no necesitamos, en aquello que no tenemos que tolerar porque nos encoge el corazón, y hemos de saber expresarlo con cariño y respeto, y si aún así, las cosas no mejoran, tenemos que encontrar el modo de marcharnos con el menor daño posible.

Antes yo pensaba que el amor podía con todo, que había que resistir. Hoy opino que aunque el amor es cuidado diario, concesiones, generosidad, ternura, incluso a veces renuncias puntuales, nunca debe convertirse en una batalla contra una/o misma/o, porque lo que somos es lo que sentimos y hacemos, y es hermoso reconocernos siempre frente al espejo. Y más hermoso aún que eso baste para llenar de felicidad a nuestras familias, amigos, parejas…

 

 

 

San Valentín. Celebrar el buen amor. Y cientos de besos

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Se acerca San Valentín. Algunas/os de nosotras/os preparamos cenas especiales, viajes, cartas de amor, detallitos… Otras/os renuncian al consumismo implícito en un día como ese porque deciden que el amor se celebra todos los días (y es muy cierto, me encanta el verbo celebrar).

No obstante, más allá de festejar o no, un sentimiento universal y maravilloso, es muy importante aprender a ser felices mientras amamos a alguien, aprender a querer y a ser queridos. ¿Qué quiero decir? Pues que a veces los seres humanos nos dejamos llevar por emociones bonitas y mantenemos relaciones en las que no somos felices, por inercia, costumbre, miedo, inseguridad, comodidad…

Leo y releo un libro altamente recomendable que analiza las distintas formas de apego adulto (ansioso, seguro, evasivo, evasivo-ansioso) y nuestra forma de relacionarnos (sobre todo en el plano romántico). Todos y todas aspiramos a un apego seguro, en el que la confianza, la libertad y la comunicación sean absolutas, en el que podamos ser nosotras mismas, y sin embargo, el libro nos dice que en función de la pareja que tenemos, de nuestro carácter o momento vital en el que estamos, podemos mantener un vínculo ansioso o evasivo. Me parece muy importante identificar qué queremos en una relación, qué necesidades tenemos, cuáles son nuestros principios, qué sentimos,  teniendo siempre en cuenta qué necesita y siente nuestra compañera/o.

Pero ayer llegué a uno de los puntos más importantes del libro, está casi al final. No podía parar de leerlo. Nos habla de la importancia de una comunicación eficiente, que consiste en expresar siempre aquello que sentimos y pedir posteriormente lo que necesitamos, evitando el reproche, enfado, protesta. Para ello debemos expresar lo que nos disgusta o preocupa de una manera calmada, sin entrar en ataques ni dobleces (aunque irremediablemente no siempre vamos a controlar un enfado puntual). Yo antes no sabía comunicarme eficientemente siempre, en ocasiones sí lo hacía (tengo el don de comunicarme bien por lo general), pero a veces algo me disgustaba y lo guardaba para mí por “miedo” a perder a la otra persona o por evitar una confrontación, de manera que acumulaba conductas o situaciones que me hacían daño y un buen día en una discusión casual sobre otro tema, aquel dolor salía de mis labios disparado y no llegaba a expresar con claridad lo que sucedía o bien me cansaba de esa relación con el paso del tiempo. Por nuestra parte, debemos de igual modo recibir de buen grado las preocupaciones, malestares o inseguridades del otro, escucharle, actuar en consecuencia.

Leí, además, que cuando expresas (adecuadamente, sin alzar la voz ni ofender al otro, y con el fin de que vuestra relación no se deteriore, en ningún caso con la intención de ser egoísta o dictatorial), cómo te sientes, lo que te gusta, lo que no te gusta, lo que te hace daño, lo que te preocupa, lo que te molesta o inquieta, lo que te da calma, lo que te pasa ahí dentro,  pueden pasar varias cosas y que en función a lo que sucede, puedes hacerte una idea de si la otra persona (tu pareja, tu amigo, tu madre, tu compañero/a de trabajo, tu jefe…Pero habla especialmente de tu pareja) tendrá o no en cuenta a lo largo de vuestra vida, tus necesidades, tristezas y preocupaciones : 1.Escucharte y actuar teniendo en cuenta cómo te sientes con respecto a algo demostrará que sea más o menos relevante lo que sientes, para él o ella es importante y quiere hacerte feliz, escuchando con cariño lo que tienes que decirle, abrazándote, cambiando su actitud; 2.Ofenderse y arrojar lo que acabas de expresarle puede darte pistas sobre algo, y es que posiblemente no le otorgue la importancia necesaria a lo que estás sintiendo porque quiera “salirse siempre con la suya”, sus enfados provocarán silencio por tu parte pues tratarás de evitar una próxima confrontación; 3.Burlarse un poco (o mucho) de eso que sientes, ridiculizando tus emociones, hará que tu iniciativa saludable de comunicarle las cosas se evapore y la próxima vez guardes silencio por vergüenza, temiendo un poco que piense algo de ti que no es real; 4.Marcharse de tu vida o amenazar con abandonarte, esto sólo ocasionará que en caso de que vuelva a tu vida, termines cediendo siempre ante cosas que te hacen daño, y aunque en un principio serás capaz de guardar para ti el disgusto,  el dolor o el malestar, con el tiempo ese silencio te distanciará de la persona que amas.

Todo esto que os acabo de explicar es mucho más importante (desde mi punto de vista) que un ramo de flores, un puñado de besos o una cena romántica en San Valentín. Y aunque yo soy una romántica total, amiga de las cartas de amor, regalos o gestos en esta y otras fechas, también he aprendido en estos últimos años, la importancia que tiene sentirse escuchada, tenida en cuenta, respetada y amada ante cualquier contratiempo.

A mis alumnos/as de cinco años, trato de trasmitirles precisamente esto, solo que en otros contextos. El otro día tuvimos un interesante debate sobre cómo actuar con un amigo/a de clase cuando algo nos entristezca o nos cause malestar: en primer lugar tranquilizarnos, en segundo lugar expresarle pausadamente lo que nos hace daño (ejemplo: no me gusta que en el recreo me ignores), y en tercer lugar pedirle lo que necesita (ejemplo: esto me hace daño y me gustaría que jugases conmigo y tengas en cuenta cómo me siento). También les expliqué algo súper importante y es que a pesar de que expreses todo eso y sigas esas “instrucciones básicas” de comunicación eficiente, puede que la otra persona no responda como tú le has pedido (siga ignorándole en el recreo por ejemplo) y que en estos casos tendrán que respetar absolutamente su decisión, sin imposiciones, y actuar en consecuencia (aceptarlo, buscar otros amigos que presten más atención a tus sentimientos, etc.)

San Valentín puede ser un motivo más para celebrar la suerte de tener amor en nuestra vida (amor en diferentes formatos además), pero sobre todo, que celebremos todos los días el buen amor, el que merecemos, ese que nos escucha, acepta y hace la vida más fácil y más bonita.

 

 

 

La llegada.

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Cuando fui a ver “La llegada” me senté cómodamente en el cine y abrí mucho los ojos. Te va a gustar, te va gustar, me habían dicho. Un rato más tarde, tras leer algunos títulos de crédito, finalizada la obra maestra, me quedé sin habla durante unos minutos.

Más allá de ser considerada una película de ciencia ficción (no estoy muy especializada en este género), me conquistó el mensaje, que atravesó mi corazón y mis vísceras como una espada. Y aquí va un spoiler (por tanto deja de leerme si no la has visto). La fotografía, los encuadres, la exquisita sensibilidad de las imágenes de una niña que enfermaba y crecía insertadas en silencio en medio del largometraje, la luz, la fuerza y la vulnerabilidad de la protagonista, la importancia de la comunicación y la paciencia, el amor, el dolor, la pérdida… Pero lo que me sacudió fue el mensaje: atrevernos a vivir una historia a sabiendas del dolor que puede provocarnos, aún cuando imaginas o sabes claramente que vas a sufrir. Wow. Qué bonito y qué valiente.

Los seres humanos le tememos tanto al dolor, al sufrimiento que otro nos puede provocar, que nos asusta decir “sí, vamos”. Obviamente estoy de acuerdo y no lo estoy, quiero decir, hay que atreverse a vivir algo aún a sabiendas de que esa persona puede hacernos daño (siempre hay señales, detalles, que queremos y no queremos percibir, yo he aprendido al crecer, a verlos, a recogerlos, almacenarlos y a vivir las consecuencias de una elección), pero también hay que saber marcharse, dejar ir, cuidarnos, y elegir, en medida de lo posible, siempre, el buen amor. Lo que sucede es que esta película habla de lo irremediable de la enfermedad, de lo irrevocable, lo imparable, hermoso e incondicional que tiene el amor maternal.

Una vez alguien me dijo que las personas confunden el amor a los quince años con el verdadero amor, por lo puro, tierno e inocente que es,  cuando no sabemos las consecuencias de una ruptura, de una decepción, y mi amigo defendía que el amor más auténtico es precisamente el otro, el que viene con los años, ese amor que viene implícito cuando sabes que al entregarte emocionalmente a otra persona, arriesgas un corazón blando y sangrante y aún sabiendo todo eso, lo entregas, lo haces. Amar con la plena consciencia del dolor, de todo lo que puede suceder.

Personalmente opino que a veces cuesta exponerse, que tras experiencias que no salieron como esperabas estamos más cómodas/os en una nueva zona de confort en la que nadie puede hacernos daño, y al mismo tiempo, considero preciosa la elección personal de arriesgarse y seguir aprendiendo.

Tras ver la película me acordé, no sé por qué, de mi perro. De ese momento en el que adoptas a un animal al que sabes que vas a adorar, asumiendo al mismo tiempo  que un día dejará de acompañarte. Y al pensar en esto, aunque no derramé lágrimas, me emocioné profundamente.

Ya me he ido por las ramas. Todo esto para decir que vayas a ver la película, que te va a gustar, que puedes disfrutar de una historia de extraterrestres que habla en realidad del amor, el lenguaje y la consciencia.

 

La vida feliz

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Ahora en casa somos dos humanas y tres animales no humanos. Familia numerosa. Como te cuento.

Un perrito, una perrita y un gato. A veces nos observan con curiosidad cuando bailamos, reímos hasta las lágrimas o nos damos besos de película. A veces se suben los tres al regazo y se duermen plácidamente con sus lomos pegados y la respiración tranquila. Estas mañanas de invierno, cuando saco a los perritos, bajan felices en el ascensor, se olisquean, juegan divertidos hasta la puerta y yo sonrío. Inés también sonríe al verles, cuando nos acompaña.

La perrita se ha adaptado genial a la casa, a mi perro y mi gato, y viceversa. Parecen una manada feliz que se cuida, acompaña y protege. Inés y yo también nos hemos adaptado, ahora vivimos juntas y compartimos brazos, corazón, tiempo, cama, besos, sábanas nuevas, nuestro súper mueble nuevo para meter platos/vasos/libros de cocina, paseos, cine, amigos, teatro, responsabilidades, tardes de supermercado, puntos de vista, libros, películas, series, viajes…

A veces nos miramos y me pregunta: ¿Eres feliz?

Y yo respondo: Sí, ¿y tú?

Y ella dice: Sí, mucho.

Porque es bonito esto, y esto es mucho más que piel y sexo y ganas de (que también, qué paraíso). Es mirarnos así. Contarnos cosas, valorar las horas a tu lado, decirte que quiero ir a la peluquería porque mira qué largo llevo el pelo y necesito hacerme capas nuevas, y tú susurras que estoy preciosa, que mi pelo te encanta así y de todas las formas; jugar contigo a la Play Station y que “nos” maten de muchas maneras y reírme contigo, leer mientras tú cocinas, escribir mientras tú estás leyendo, cocinar para ti, que me cojas la mano siempre por la calle, besarnos así justo así (estoy cerrando los ojos), abrazarte en mitad de la noche, preocuparme por ti, cuidarnos bien, las veces que lloras de la risa con mis tonterías, aprendernos de memoria, reconocer tus pasos en la distancia, comprar cosas de casa contigo (que nada nos frene), encontrarnos en el pasillo, que nuestras manos coincidan en el sofá…

El otro día me dijo mientras mirábamos a nuestra familia de bichitos: tendremos hijos y seremos aún más.

E imaginé la escena, en una sala de estar, con una luz ambarina tamizada por los visillos claritos. Imaginé un olor dulce a limpio, y ropa en la secadora o tendida simplemente, imaginé el murmullo de sus voces, cuentos en las estanterías, mi máquina de escribir sobre la cómoda, sus manos en la punta de mi pelo enroscando mis mechones, y nosotras encontrándonos siempre, hablándonos con los labios y los ojos.

 

 

Hoy comienzo una etapa nueva, emoción nervios lágrimas ganas besos

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Cada etapa de nuestra vida es como un libro nuevo que huele a páginas por estrenar, que susurran historias.

Hoy comienzo una etapa nueva en mi vida después de un período de reflexiones, aprendizajes, descanso, trenes… Hace más o menos un año entré en una especie de bloqueo emocional tras un largo período de sufrimiento y desesperación. Recuerdo cómo empezó ese bloqueo perfectamente: yo estaba en un sofá y estaba sucediendo algo muy desagradable a mi alrededor, pero yo no podía llorar, ni emitir una sola palabra y me quedé en silencio durante horas sentada en ese sofá, hasta que se hizo de noche. A partir de ese momento fui consciente de que había acumulado demasiadas tragedias en apenas un año y algo, que mi corazón y mi alma se cerraban por obras sin que yo lo decidiese, por pura supervivencia.

Ese bloqueo me duró unos meses. Iba a trabajar, comía, paseaba a mi perro, asistía a mis clases de interpretación, conocía personas, hablaba… Pero una parte de mí, respondía a todas esas acciones con inercia, como si fuese una autómata.

Lentamente hubo grietas en la coraza, tampoco fui consciente, creo que sucedió cuando conocí a Inés. Más o menos. Su voz me acunó con cariño y ese día sonreí débilmente, lo juro, recuerdo que vi un restaurante japonés y pensé: quiero ir ahí, pero cuando estrene otra vida nueva. Pude imaginarme sin ese estado de dolor y resignación.

Por esas grietas escuché las voces de todos los que me querían y empecé a cuidarme, a quererme mejor.

Dejé ir todo lo que me hacía daño, todo lo que no podía resolver, y empecé a centrarme en otras cosas. En mí. En mi perro y mi gato. En las personas que me adoraron siempre. En mi casa. En disfrutar en la playa (no se me olvida la tarde en la que me emocioné al ver unas gaviotas torpes a mi lado, como si hiciese siglos que no viese el océano, la vida revoloteando sobre mi cabeza…). En Inés que se acercaba a mí en todo momento. En mi familia. En tomar las piezas del puzzle y unirlas de nuevo.

He vivido sola, superando todos los fantasmas, he cerrado heridas, me he permitido estar a veces triste, otras indignada, feliz, excitada, cansada, optimista (dentro de una estabilidad), he aprendido muchísimo, he crecido en meses una barbaridad, he escrito, leído un montón, he ido al cine, he recuperado amigos, he re conectado conmigo y con el mundo, he mimado a mi perro y mi gato, he viajado para ver a Inés y nos hemos comido a besos y lágrimas al despedirnos, he caminado con Álvaro contándonos todo todo, he abrazado a mi hermana, he vuelto a ser yo en muchos sentidos (alegre, bromista, cariñosa, segura, comunicativa, presumida, payasa, cinéfila…), he conocido a personas muy válidas, he amado, me he dejado ayudar por María, Silvia, Aurora, Celia, Sandra, mi familia, Sánchez, Pompóm, Carol, Susi, Klara, Connie, mis alumnos/as… ¡Cuánto os quiero!

Han sido meses muy intensos, la mayor parte del tiempo he sido feliz, ha sido un proceso muy enriquecedor y duro, y de repente me he mirado al espejo y me ha gustado lo que he visto: una mujer mucho más fuerte, serena, apasionada, sincera, dispuesta, entregada. ¡Qué bonito ha sido estar sola y crecer!

Hoy comienzo a vivir con la mujer que me pidió un beso en una plaza con una luna inmensa, brillante y redonda, después de recorrernos una ciudad entre risas y conversaciones, después de haberse leído mi libro y atreverse a quererme. Y una parte de mí ha tenido miedo porque vuelvo a abrir un castillo imaginario para que habiten conmigo. A pesar de esta suave incertidumbre o temor a lo nuevo, es precioso empezar esto, decir: hoy día cero y mira todo lo que nos queda. Ahora toca convivir, compartir, regalarse, series por las noches, cines, viajes, casa, gato, perros, amigos, libros de cocina, paseos, excursiones al súpermercado, proyectos, familia, dormir abrazadas, descanso, escribir, leer en voz baja, ceder, escuchar, acordar, expresar las propias necesidades, escuchar lo que ella necesita, amor, respeto, vino para brindar, aprendizaje, su aliento en mi nuca, regazo, charlas…

Hoy toca libro nuevo, qué conmovedor y fascinante…