Besos con lenguaje

Lista de cosas que me gustan en otoño

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Hoy tuve que abrir el paraguas, alguien me hablaba por teléfono, sonó un trueno y todos dimos un saltito cobarde. Qué gracioso. El caso es que pensé que había llegado el otoño a mi ciudad.

Qué de cosas me gustan en esta estación (sospecho que también me encantan en otras):

-Mi gato en la siesta haciendo runnn runnn muy muy cerca de mi cara.

-Ponerme un poco moñas debajo del paraguas.

-El olor a suavizante de mis rebecas.

-El tacto de las camisas que abotono sin prisa.

-Encogerme de frío, que me abracen así.

-El cielo que se transforma por las tardes como una obra de Hopper, con cierto aire de melancolía.

-Las hojas que crujen bajo las botas de mis alumnos.

-Mi perro buscándome los brazos ahora que se despierta (un poco) el frío.

-Pintarme las uñas de un tono más oscuro.

-Las botas de agua.

-Volverme cálida, decir que sí.

-Observar cómo se organizan los días, cómo se ordena todo y vuelven los horarios.

-Correr junto al río, la ciudad reflejándose y todas esas lucecitas prendiéndose.

-Comprarme libros, más libros y devorarlos despacio a última hora.

-Dormir a veces abrazada.

-La luz decadente y romántica de los días, inundando las habitaciones.

-Las mesas de madera sobre las que apoyar platos y cubiertos. Mis muebles nuevos. La vida estrenándose.

-Las mantitas.

-Ir al cine. Decidir que quiero palomitas.

-Meter mis manos en los bolsillos.

-Las cafeterías con ventanas, decir “mira la lluvia, mira todas esas personas”.

-Mi sombra cuando camino, ahora mas tenue porque el sol besa con suavidad nuestras cabezas.

-Mis alumnos con sus ojos enormes señalándome el cielo a través de las rejas del ventanal. Las nubes ahí, mira, dicen, y tosen y se ríen.

-Las castañas, el humo.

-Mirar películas. Sola y acompañada.

-Organizar con mis amigos rutas de senderismo, con estas ganas de montaña que me nacen en el centro del corazón.

-Cocinar y decirte: ven, que te invito a cenar.

-Escribir.

-El sonido del viento besándome los cristales.

-El comienzo de algo, de esto.

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El verano ha sido por vosotras/os, alucinante.

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Parece que han pasado unos años desde mi último post. Creo que sólo fueron unos meses. ¡Qué de cosas han pasado desde entonces! Cuando escribí aquí por última vez estaba llena de preguntas, me pesaban un poco los días, no sé. Parece que todo eso ardió y quedan cenizas, las más brillantes que he visto nunca.

Ahora es todo nuevo. Qué bonito estrenar ayer un atardecer tan limpio a las orillas del río (o casi). Parecía otoño. Pensé: pero si no queda nada del verano, ¿cuándo ha sucedido?

Y es que ha sido como pestañear un par de veces y todo reluce diferente. Los niños, los perros, la luz, las calles, las voces a lo lejos, los coches, las bicis cuando frenan, el crujido de las ramas de los álamos, las canciones que escuchaba y puedo volver a escuchar (sonrisa), mis alumnos/as cuando arrastran sus sillas minúsculas como diciendo “estoy aquí, mírame”.

Y tengo el día de dar las gracias. Yo es que soy muy de decir: joder, qué bien me haces, gracias gracias gracias. Sobre todo en etapas como la que he pasado, tiempo en el que he crecido mucho más que en los últimos diez años. Horas para hacer ejercicio de introspección y renovarse plenamente, para reafirmarme, corregirme, sonreír, conectar con mis amigos otra vez (decirles: os quiero, os quiero, os quiero), volver a sentirme preciosa y sociable, viajar, reírme a carcajadas con mi hermana, pasear con mi madre, cuidar de mis bichitos, conocer gente maravillosa que me ha llenado la boca de palabras, de mojitos, de risas, de consuelo. Este verano ha sido como extenderse hacia arriba hasta tocar el cielo.

Mis padres, como siempre, recogiendo mis ideas, abrigándome los días.

Mi hermana, única, cercana, todo el rato.

María. Cerquita, abrazándome los miedos. No importaban los minutos ni el momento. A Silvia por quedarse siempre y darme paz.

Eva. De lo mejor que me llevo de estos meses. Tus llamadas, ¿te acuerdas? para saber cómo me sentía, tus bromas para secarme las lágrimas, nuestras confidencias a deshoras, tu cariño inmenso y auténtico. Me has ayudado tanto que me dan ganas de estrujarte.

Laura, porque ha reconducido mis emociones y todos los caminos.

Estela. Por todo lo que ha hecho conmigo. Toda esa ternura implacable que me regala. Y las risas en la Alameda.

Alicia, por su piedra mientras me decía: ahora te toca ser dura y fría, te regalo esta piedra que he encontrado en la playa, cógela fuerte. (Ya no me hace falta pero la conservaré conmigo).

Feli, por su preocupación, por aguantarme cuando yo estaba mimimimi yoyoyoyo mira cómo me siento. Por las cenas, sus perros, la calma.

A Furo y Ego, que me siguen y me aman y me alumbran los días y las noches.

A Inés o Nesi (número dos, pero increíblemente importante y estupenda, no creo que sea la segunda ni la que va detrás de nadie), por su timidez (y derramarse dos cervezas diciendo lo siento lo siento jajaja) sus sandalias y esa sonrisa, por despertarme un poco del letargo y mirarme así. Me miras bonito. Gracias.

Alex que desde el otro lado del mundo quiso confiar en mí, y rompió a llorar como los niños, dejándose ayudar por mí.

A Conchi y Estefanía por presentarme a Lucile y llevarme a cenar. Gracias por aquella noche.

A Estrella, porque eres mucho más bonita, frágil, inmensa y auténtica que las que yo buscaba en el mar. Por detenerte en mí y quedarte cerca. Conocerte es tan limpio, tan puro y apasionante que sólo puedo decirte gracias gracias gracias.

A Lucile, porque entre mojito y mojito nos contamos un montón de cosas sin tapujos ni vergüenza.

A mi querida Vanessa Ejea, por ser mi amiga y contar conmigo. Por intentar cambiar el rumbo de la vida en muchas ocasiones. (Mereces todo bonito).

A Pompón. Te quiero. Mucho. Mucho. Mucho. Tú y yo nos entendemos con mirarnos, amigo.

A mis amigos del teatro por abrazarme en el estreno, por sostenerme aquella noche.

Coni, porque te requiero y tú a mí también.

A Sandra… Ella es de esas personas que se quedan y sacan las uñas para defenderte.

A Joanna. Porque es la mujer de las bicis que me ha escuchado cuando todo oscurecía. Por ser tan buena conmigo siempre.

Carol, que siempre eres luz entre los árboles.

A Vroni, que preguntó siempre ¿cómo estás? háblame.

Sánchez, porque contigo las cosas siempre son limpias y fáciles.

Vero por aquellas charlas infinitas.

A Susi, porque Susi siempre permanece.

A Noelia, por arroparme.

Gloria, por ser buena como el pan y alegrarme la vida con sus peques.

A mi alumna Malena por sus cartas.

A la madre de Anita, la madre de mi pelirrojo favorito y a la mamá de Malena por llamarme y arrojarme luz.

A Alejandra y Ángela por ayudarme a recogerlo todo y llenarme de amor.

A mis nuevos alumnos por llenarlo todo de ruido, inocencia y alegría.

Tengo la vida repleta de gente maravillosa que me enseña, besa, abraza, admira, ama, sonríe, sorprende, cuida, cuenta, exige, pide, enfada, remueve, sacude, llora, ilumina, dice, sueña, hace, promete…

Este verano ha sido alucinante porque habéis formado parte de mí. Y el otoño… a punto de nacer. Qué ganas.

 

En el coche. Un anochecer.

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Ayer hablé con mi padre en el coche. Él siempre conduce bien, no importa si está cansado o le preocupa alguna cosa. A mí me enseñó a conducir él, dicen que en eso nos parecemos. “Cuando estés conduciendo, no te confíes, disfruta del coche pero tienes que prevenir todo lo que puede suceder allá más adelante”, y señalaba los automóviles en la lejanía.

A veces no sé cómo hablar con mi padre de asuntos que me afligen mucho, porque yo soy tal vez más emocional (y puedo echarme a llorar desconsoladamente), y él dice verdades enormes que en determinados momentos no puedo abarcar.

Pero me ha visto muy triste. Me ha observado con cariño, como esperando que yo quisiera compartir con él esa tristeza profunda en algún momento. Él no ejerce presión sobre mí, me deja estar hasta que lo necesito.

Mi padre es un hombre tremendamente fuerte. Física y emocionalmente hablando. Hace deporte por el placer de hacerlo, todos los días, con una constancia admirable. También es una persona sensible (aunque nada ñoño), capaz de cuidar a los demás, capaz de cepillarle el pelo a mi abuela cuando estaba frágil y moribunda, capaz de rescatar a cualquier animal desvalido y ofrecerle un buen hogar, o de jugar con los niños de la familia. Es serio. Acoge a mis parejas como un miembro más de la familia, las integra, me hace la vida sencilla y bonita. Es comprometido con aquello que cree. Quiere a mi madre de una forma preciosa, incondicionalmente, no tolera que nadie la critique mínimamente en cosas banales (como por ejemplo: pues mamá debería hacer más ejercicio, o debería ser más tranquila en este caso, o mamá parece irascible hoy), cuando alguna vez decimos algo así, él corrige: “tu madre es mucho más buena que cualquier persona que conozco, no digas eso”. Creo que ese amor incondicional, cercano, continuo, completo, es al que todas y todos debemos aspirar. No sé, en mi humilde opinión.

Mis padres han superado  juntos obstáculos propios de la vida: cuando mis abuelas tuvieron alzheimer y tuvieron que renunciar a vacaciones y a muchos fines de semana, cuando tuvieron ambos la crisis de los 40, cuando mi madre se mostró insegura, cuando él perdió a su padre de forma repentina, cuando se mudaron a otra ciudad y tuvieron que empezar de cero sin familia, cuando mamá perdió su empleo y estuvo triste durante meses, la muerte de Luna (la perrita de la familia, a la que adorábamos), cuando ambos se distanciaron un poco y tardaron un año en encontrar una vía de reencuentro…

Lo recuerdo con las cenizas de mi abuela, mirándome con una sonrisa tranquila, como diciéndome: Estoy bien, todo está en calma, no sufras.

Le he visto tratar a sus enfermos, los escucha, los ayuda, se entrega completamente, es compasivo, comprensivo, empático. Estudia por las tardes cuando algún caso es más difícil, siempre piensa que esa enferma podría ser su hija, su nieto, su hermano, su madre.

Ayer íbamos en el coche. En silencio. Le dije: “¿Papá, tú qué opinas de todo esto?” (volví a contener lágrimas, volví a sentir mi corazón acelerado y triste, volví a bajar un poquito al infierno). Él me respondió cosas muy ciertas y muy bonitas. Eran verdades grandes. Me dijo que en esta vida debíamos responsabilizarnos únicamente de lo que nos toca, que tuviera la conciencia tranquila, que en este caso no podía hacer nada más, que lo había intentado, que perdonase, que aceptase, que no guardase emociones negativas, que nadie es bueno ni malo en sí mismo que todos nos equivocamos, que a veces falta madurez para afrontar las cosas de otra manera, pero que ese no era mi problema ni mi asunto ahora, que estuviese en calma, que yo merecía mucho la pena, que me ha visto crecer muchísimo en estos últimos años, que a veces la vida sería así (dolorosa cuando menos te lo esperas) y no podré evitarlo, que aprendiese de todo lo que me vaya sucediendo, que yo cuando quiero lo hago de una manera muy pura y muy bonita, que me de el espacio que no me he dado muchas veces para estar triste o un poco enfadada pero que siguiese creyendo en las personas y viviendo cada día entregando cosas buenas a las personas (y bichitos, nuestros animales) que me eligen.

Sus palabras consiguieron tranquilizarme. A nuestra derecha quedaban los flamencos con sus patas infinitas y su tono rosado, el anochecer, las luces al fondo de una ciudad dormida. Sonaba música clásica en la radio. Y me sentí afortunada… El corazón dejó de latirme tan deprisa, pensé que estaba preparada para “volver” y poner en orden mi vida.

 

 

 

 

Mujeres así

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Yo tengo dos amigas en la escuela en la que trabajo (he decidido que es hora de llamarlas amigas y no compañeras de trabajo). Sus nombres empiezan por la letra A. Son amigas porque entre risas, bailes y bromas propias de tres adolescentes, abrimos el corazón como una manzana y se nos saltan las lágrimas, desenterramos miedos, definimos inseguridades, y decimos cosas como “es que aquello que pasó me dolió tanto, he aprendido algunas cosas, yo creo que deberías actuar así, abrázame, hoy estoy rota, ¡me enamoré!, tengo dudas existenciales, quiero viajar a ese lugar ya sabes”.

Alejandra es como mi hermana mayor. No hay miedo cuando me muestro feliz, asustada, triste, ilusionada o vulnerable. Nosotras podemos ser nosotras en todo momento. Comprendemos los silencios y la euforia de la otra. Me trae bizcocho algunas veces, me cuida, me pregunta y se interesa por todo. Es un apoyo tan bonito que a veces me emociona. Ella me habla de sus hijos, del amor cuando se rompe y se construye, me cuenta de sus viajes y ganas de encontrarse a sí misma, de tacones, vestidos y playas. Es luz tamizada por ventanales grandes. Con ella puedo ser profunda o banal, no importa. Aún no sabe si le valen tiqui tiquis rápidos o almas sensibles con promesas complejas, aún está en proceso de reconstrucción, por eso aún no sabe qué hacer con según qué cosas. Porque una vez se rompió y eso no se olvida en poco tiempo. Ha sido bonito verla nacer de nuevo, sonreír al otro lado del patio de la escuela, acompañarla. Alejandra no tiene red social en la que leer esto, se esfumó de todo eso y con razón, pero lo que importa es que sepa lo mucho que le agradezco la escucha, el afecto, sus bromas, la confianza…

Ángela tiene mi edad, me acaba de decir: tú y yo somos amigas antes de pedirnos relación por facebook ¡que yo ya soy tu amiga! así en la puerta de mi clase, y luego me ha abrazado. Qué graciosa. Ayer también me abrazó. Es de esas mujeres que no tienen aplicaciones como esta asociadas al teléfono, eso me ha dicho. Y he sonreído. Ángela además de ser una profesional y una mamá admirable, es ternura, pasión, timidez, honestidad y luz iridiscente. Capaz de cegarnos incluso. Lo que pasa es que ella no sabe cuánto brilla. A veces no es consciente de todo lo que aporta a quienes tenemos la suerte de conocerla. Es de esas mujeres que se llevan de vacaciones a sus gatos, plantas y un caracol (y su lechuga) porque no falla a nadie (también va con su marido e hijos pequeñísimos). Es noble. Transparente. No hay doblez. No pretende nada que no sea. Y sonríe y a veces necesita decirnos que ha dormido mal y que por eso está un poco refunfuñona.  Ella baila en mi clase porque sí, o se sienta en el suelo entre bromas e historias y nos abrimos el corazón con cuidado si queremos explicar algo. “¿Entiendes lo que quiero decir? Sí. ¿Conoces esa sensación? Claro”. No hay filtro cuando hablamos con franqueza y el alma en la mano.

Ángela y Alejandra son dos personas valientes, fascinantes, divertidísimas, buenas, generosas que completan mis mañanas en el colegio, que bien podrían convertirse en protagonistas de un libro que hable de cómo sueñan, temen, aprenden, abrazan y aman las mujeres (no importa a quién).

No sé si alguna vez leerán esta moñez (me conocen, saben que puedo ser así de cursi), pero qué importa. Ellas saben (estoy segura) que son como estrellas cosidas en el cielo, únicas e irreemplazables.

 

Abrázame fuerte, soñemos

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El mejor momento de todos es este. Justo, exactamente este. Cuando Ego, mi perro, se sube a la cama y busca un hueco entre mis brazos. A veces apoya su cabeza en mi hombro o mis manos, y respira tranquilo, haciendo un ruidito adorable que parece decir “qué bien me siento aquí contigo, esto es el paraíso”. Sus ojos y los míos se entrecierran, el movimiento de su pecho es pausado, y el mío también, no puede ocurrirnos nada porque estamos así, unidos y felices, hay silencio.

Me gustan el modo en el que duermen los perros. Sin relojes ni preocupaciones ni responsabilidades. Ellos duermen inocentemente, y me derrito de amor cuando pega su cuerpo blando contra el mío y todo es perfecto entonces.

A veces me encantaría poder agradecerle la ternura, su tiempo, la manera de caminar a mi lado contento casi dando saltitos, la alegría por las mañanas, la paz por las noches, sus ladridos exigentes de “estoy aquí préstame atención, me gusta lo que estás comiendo dame dame dame”, su infinita generosidad cuando me da espacio para que mime a otros, el modo en el que se aparta tímidamente cuando otro animal (la perrita o el gato) come su comida o le quita un juguete, el momento en el que se enrosca en mi regazo y le vence el sueño, los besitos en las manos, las piernas y los codos y la cara, la felicidad que le inunda cuando viajamos juntos o paseamos por el río, la forma en que recibe a los demás y los integra en casa, sus ojos suplicantes (es muy teatrero y muy emocional) cuando le baño… Y por supuesto, eso que hace de subirse a la cama todas las noches y colarse entre mis brazos como diciéndome: “abrázame fuerte, soñemos“.

 

 

Educar así y no “asá”

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Ayer por la mañana, entre bromas y conversaciones de todo tipo, conversé con una compañera del trabajo sobre un tema que me hizo reflexionar, luego me quedé un rato por la tarde dándole vueltas a ello (a veces me pasa, aunque no se trate de algo importante). Por la noche vi una serie en la que un par de chicas se hacían un selfie junto a la taquilla de otra niña que había muerto para publicarla después en sus redes sociales.

Ayer alguien me contaba que vivimos obsesionadas/os por la “aceptación” y el halago del otro, que ha borrado su cuenta de una red social porque estaba harta de mirar los “me gusta” cuando estrenaba foto.

Después en casa, con otra conversación, pensé en ello. Y mientras paseaba por la calle, también.

Pensé que como docente (y como futura madre) quiero educar de otra manera, que cuidar nuestro aspecto, nuestro cuerpo, cortarnos el cabello o ponernos ese vestido o esos vaqueros estupendos debe ir enfocado a sentirnos bien y gustarnos a nosotras/os mismas/os.

Tal vez yo cuando era más joven era un poco así, me gustaba el halago, provocaba el halago porque supongo que lo necesitaba de algún modo. Era como si de ese modo se reafirmara mi belleza en un momento dado o en una etapa determinada.

Después crecí. Y además de crecer y madurar, tuve una relación tormentosa en la que sufrí con cierta desesperación por no saber cómo solucionar las cosas. Ese dolor no fue un dolor corriente, fue intenso, profundo, que me despojó de “tonterías”, inseguridades o memeces. Después del dolor, vino la solución, el aprendizaje, la calma. Y fue entonces, en el aprendizaje y la calma, cuando supe que todo lo banal comenzaba a aburrirme, cualquier comportamiento idea o necesidad superficial, me aburría inmensamente, porque había aprendido tantas cosas que se me habían ido para siempre todas las tonterías.

Tomé consciencia de la verdadera razón por la que nunca publico fotos mías aquí, ni aquí ni en instagram ni en twitter. Y eso que yo estoy feliz con mi aspecto físico, creo que no estoy nada mal, me gusto por dentro y por fuera, me cuido, tengo ropa bonita, no sé, quiero decir que no me avergüenza el envoltorio en absoluto y soy presumida. Pero… no me hace falta provocar el halago, no necesito “hacerme selfies” (cuando me enamoro sí, envío fotos a la persona que me gusta y está conmigo porque me vuelvo una romántica) para que todos me digan que estoy guapa. Si quedo con amigos o salgo con mi novia y me dicen “estás preciosa”, pues genial, a todos/as nos gusta agradar, pero no necesito nada de eso realmente.Es como si crecer me hubiese permitido algo muy muy bonito: ser completamente libre.

Y me encanta ponerme ese vestido negro y me pinto los labios y me pongo un bikini que me parece muy favorecedor, aunque no lo publique ni persiga el halago. Me gusta cuidarme por y para mí, por el placer de pasear por una ciudad preciosa y mirar el cielo, y tomarme un café en buena compañía, y echar unas risas, y hablar del libro que me estoy leyendo ahora (“El amor de una mujer generosa”) y sentirme absolutamente feliz conmigo misma y con lo que soy capaz de aportarle a otras personas. Porque más allá de los selfies, los “megusta”, los halagos, hay un universo inmenso, dentro de nosotras/os mismos/as y a nuestro alrededor.

Y quiero educar así. En el amor propio, el cuidado de una mismo/a, la confianza, la libertad, la sensibilidad, el cultivo de este mundo interior tan mágico, y la ausencia de banalidad.

De impaciencia, niños y mis próximas historias

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Les he preguntado a mis alumnas/os: ¿Qué os hace especiales o qué os gusta de vosotras/os?

Y dicen:

“Yo dibujo bien”. “Que tengo sentimientos especiales”. “Que hago los puzzles muy rápido, señorita”. “Que soy muy lista y muy fuerte”. “Que casi siempre estoy contento”. “Mi colección de dinosaurios”. “Que juego todo el rato”. “Que abro los ojos y estoy feliz”. “Mi familia titiritera (¿?¿?¿)”.

Y luego, una niña me observa atentamente añade: “Y tú, señorita, tienes muchas muchas muchas cosas que te hacen especial”. Yo me encojo de hombros, y entonces mis alumnas/os comienzan a decirme con dulzura todo lo que ellos/as ven en mí y dicen levantando sus manitas: “Que eres guapa”. “Que haces que el colegio sea bonito”. “Me llenas el corazón de amor”. “Que estás siempre a mi lado”. “Eres cariñosa”. “Eres buena”. “Que eres un bombón (mi alumna M. me lo dice cada mañana nada más llego a recogerles y es adorable)”. “Que nunca nos castigas, prefieres hablar con nosotros”. “Que me lees cuentos especiales”. “Tu pelo”. “Cuando hacemos la fila y me saludas”. “Que eres feliz (es cierto, lo soy) y nunca te olvidas de nosotros”. “Que me enseñas a pensar (señalándose al mismo tiempo la cabeza)”. “Que te gustan los animales”. “Que te preocupas por los demás”. “Que cantas bien”. “Que haces bromas todo el tiempo”.

No sé si soy todo eso que ellos perciben, son tan adorables al “verme” así… Pero sé que estoy llena de cosas pro hacer y que las cosas que hacemos nos convierten en cierto modo en las personas que elegimos ser. A veces quiero hacer demasiadas cosas, me puede la impaciencia de hacer  (hasta deseo planificar todas mis vacaciones y sólo estamos en abril) y ser, y no es necesario, todo llega cuando es el momento.

De lo que sí estoy segura es de que necesito terminar un relato y una novela. Y no queda nada nada para eso, no sé en qué me convierte escribirlas, pero me gusta hacerlo, y es algo que sólo depende de mi cabeza soñadora y de las yemas de mis dedos.