Besos con lenguaje

Pertenezco

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Regresar :

1. tr. Am. Devolver o restituir algo a su poseedor.

2. intr. Volver al lugar del que se partió.

Creo que en cierto modo pertenezco a este lugar (tal vez porque elijo voluntaria y libremente volver aquí, como los niños cuando exploran el mundo y regresan felices al regazo). Durante el resto del año:  amo, crezco, aprendo, sueño, trabajo, descubro, voy al cine, me abrocho el abrigo, río, lloro, leo, escribo, quedo con mis amigos, actúo, me enfado, pierdo, comienzo, viajo, decido, cocino … Pero al final, no sé, siempre retomo mis pasos y vuelvo. A mí. A este pueblecito blanco repleto de niños rubios y nerviosos. A estas calas perdidas de nombres impronunciables. A este murmullo suave del mar que me acompaña cada verano. Tengo la sensación de haber vuelto aquí muchas veces, y cada una de ellas siendo una mujer completamente distinta (aunque con la misma raíz, la misma esencia).

A veces creo que necesitamos un lugar al que regresar. Sin otra complejidad ni explicación.

He vivido en muchas casas si las cuento desde mi niñez. Las recuerdo una a una, todas ellas tan bonitas… Supongo que una parte de mí, se iba quedando en ellas. A veces la vida nos empuja suavemente de una casa a otra por razones muy diversas y dan ganas de decir: quiero quedarme, quiero saber cómo volver.

Quizá por eso regreso aquí en vacaciones. Porque este lugar no entiende de nada que no sea el balanceo amable del agua sobre la tierra. Porque este lugar permanece. Porque todo esto está repleto de las voces de mis padres, de los juegos de mi hermana, de mis amigas recogiendose el pelo paseando por la orilla.

Este pueblecito blanco guarda muchísimos recuerdos de mis últimos veranos, retengo detalles como esta luz ambarina cuando despierto de una siesta, de mi perro asombrado y feliz mojando sus patitas en la playa… Este lugar tiene un poder, un poder muy especial: el de abrazarme fuerte y devolverme después feliz y relajada.

Imagino los veranos por venir y me consta que van a ser igual de impredecibles y hermosos. Tal vez un día, ella me acompañe y le hablemos a una niña con sus gestos y mi pelo, del crujido ténue de la arena bajo sus sandalias. No sé. Pero sea como sea, estoy convencida de que seguiré volviendo.

 

 

 

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Creo que brillaban las estrellas cuando tú…

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Y después de hacer todo lo que hacemos (recibirnos, besarnos y mordernos impacientes, reír a carcajadas, abrazarnos, hacernos el amor miles de veces mientras me miras así y yo me sonrojo, bañarnos en el mar, quedarnos en silencio, dibujarnos con los dedos las facciones, comer sandía, leernos en voz baja, dormir la siesta, compartir amigos y familia, hablar de esa casa en el fin del mundo que un día quizá nos pertenezca, sorprendernos cuando vemos algo “nuestro” por primera vez -un estornudo, un gesto, una fotografía de nosotras cuando niñas-, cuidarnos y besarnos en la frente, entregarnos sincronizadas al sueño fundidas en abrazos, que tus manos me busquen por las noches, que las mías te recorran, comer a deshora, cepillarte el pelo, que mi perro se duerma junto a tu cuerpo, abrirnos el corazón sin miedo ni tapujo, desnudarnos despacio o con prisa en todas partes, cocinarnos, ir juntas al teatro donde sea -tus manos entrelazadas a las mías- , hacer el mismo gesto o que tus vestidos y los míos se parezcan, observarnos en silencio lentamente como diciendo “te quiero ahora, ven aquí”, planificar navidades, vacaciones, findes, fu-tu-ro, grabar vídeos absurdos, contar lo que no le dijimos nunca a nadie, que me digas “joder qué guapa eres” a todas horas -no importa si con ojeras, despeinada, recién salida de la ducha, o con la luz de ayer al atardecer ¿te acuerdas? –, conducir contigo, que me cantes bajito en inglés)  recuperamos la posición vertical, nos bañamos y vestimos para volver a todo lo demás. Caminamos, apagadas, de la mano y nos despedimos (llorosas) en silencio.

-No he conocido a nadie como tú -dijo, creo que a oscuras.

-Yo tampoco -respondí, y salieron las estrellas.

 

 

She.

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Ella tocando el piano con sus dedos en mi espalda. Despertando conmigo sin prisas. Preparando el desayuno para ambas antes de comernos a mordiscos la ciudad. Subiendo aquellas escaleras en plena competición infantil. Enseñándome sus rincones favoritos (yo me corto el pelo ahí, yo suelo comer esto, esta es mi librería predilecta). Diciéndome que se imagina conmigo así, siempre. Haciendo planes sobre “nosotras” (tenemos que ir a tantos sitios que no podría enumerarlos). Dejando sobres mágicos en su habitación para que yo los abriese. Llevándome al teatro, acariciándonos las manos mientras nuestros ojos se abrían ante aquellas escenas mágicas. Besándome (y besándola) en todos sitios (mientras la gente nos sonreía). Diciendo cosas bonitas en mi oído todo el tiempo. Poniéndole voces a la gente del metro e inventado conversaciones graciosas junto a mí (que soy muy de hacer eso). Susurrando “podríamos vivir ahí, mira, en esa casa moradita” (y señalaba con el dedo). Haciéndome fotos mientras pedía helado en uno de esos puestos ambulantes. Estallando en carcajadas con ese gesto adorable. Mirándome así.

Ella. Y todo ha cambiado.

Una postal.

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Tiene que ser muy guay despertarse ahí, contemplar la quietud y la belleza del agua y bajar a desayunar. Sostener un libro mientras se enfría un poco el té, balbucear un “¿qué tal has dormido?”, pensar cosas como ” qué bien estoy aquí “, por ejemplo.

Hoy he tenido una batalla hormonal aquí dentro, de eso que estás más sensible de lo normal (y la premenstrualidad ataca jajaja) y te emocionas fácilmente. Hacía tiempo que no estaba “tan tonta”. Una amiga me dijo “resulta que estoy llorando en el autobús, pero estoy llorando bien, es solo que escuché esa canción” y quise correr a abrazarla muy fuerte, no sé, quise estar en el asiento de al lado y decirle “estoy aquí”. Hoy en la playa sopló el viento, el mar rugía un poco (inofensivo pero ya sabes, rugía) y me puse melancólica, sí, sí, de esto que piensas   “no es el lugar para ponerse sensible, no sé”. Se me pasó al cabo de un rato.

Después he recordado lo bonita que es mi vida (mi perro. Nuestra casa. Mi súper cama.  Mi familia. Mis amigos. Mi pasión por el teatro. Mi trabajo, los niños cuando me abrazan. Los sitios que visité. Mis veranos felices. El modo que tengo de apreciar todas las cosas que suceden. Mi corazón cuando bombea. Mis amigas imprescindibles, que nunca fallan, que me quieren todos los minutos. Mis sábanas. La gente que ha llegado a mi vida este año para llenarla de momentos bonitos, de planes, de cariño. Mi adoración por el cine. Los viajes que hice. Las navidades. El río por las tardes. El barrio en el que decidí vivir. Las tardes de piscina. Aquella heladería. Los libros que compro, la sensación de curiosidad que me provocan cuando aún estoy pagándolos. Esa cafetería en la que me siento contenta y pido tarta de zanahorias. Las tormentas. La voz de C. diciéndome hoy “¿cómo sigues linda?”. Los mensajes bonitos que recibo todos los días en el teléfono, nada más despertarme diciendo “bonjour/ good morning…”. Las fotos de Álex desde tan lejos. Las risas, la lealtad de Carol. Los atardeceres. La calle Regina en invierno. Cuando canto en la ducha por las mañanas. Las risas con mis amigos, esas veces que he llorado de risa sin remedio.  María que permanece y llama y me hace reír aunque no tenga un buen día. Mi niñez, mis juguetes, el hogar de mis padres tan sereno y acogedor. Cuando nado sin prisa y la luz del sol atraviesa los ventanales y se filtra en el agua. Aquellos viajes en Semana Santa. Las fotos y risas en todas esas ciudades. La calma cuando dormía abrazada. Las veces que estrené una obra. Aquel primer casting que hice a los 16 años, el miedo y la felicidad cuando me eligieron. Los focos, la emoción subida al escenario tantas veces. Las horas escribiendo. Las veces que me enamoré de personas estupendas, y decoraba casas y ponía árbol de navidad. Los picnic que he hecho sobre manteles de cuadros. Cuando encontré a Furo y durmió en mi hombro. Las performances y actividades en las que participé siendo vegana y activista. El día que me dieron una plaza y ella me grababa con su teléfono móvil mientras yo saltaba en plena calle. La vez que me regalaron un coche color cereza y lo saqué del concesionario radiante. Las mañanas frías en el Bosque, bajo las sábanas y las mantas. Los cuentos con mi madre. Todo lo que quiero hacer, todo lo que sueño…), y he colocado la desazón de ese momento donde corresponde. A veces es necesario observar el lago un rato para colocar todas las emociones que sentimos en un momento dado. Yo antes vivía con la sensación de “tener que correr constantemente hacia algún sitio y no perderme nada”. Ahora puedo contemplar el agua, el murmullo que hace, y quedarme así hasta haber ordenado algunas ideas. He sido más consciente de las cosas que deseo hacer o conseguir, y de la suave frustración que me provoca no haberlas hecho últimamente. A veces me falta tiempo para detenerme y decir “yo lo que quiero es esto, no puedo olvidarme más veces”.

Me encanta esa postal. El lago. El silencio. La belleza serena que abraza esa casa. Imagino que dentro hay una mujer leyendo y otra que la observa. Puede que estén de vacaciones. No hay prisa por nada.

 

 

 

Pequeño relato. Tener ojeras por hablar contigo, mola

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Conocí hace un par de meses a una persona que es un poco así, como esta fotografía. Una luz iridiscente filtrándose entre todas esas ramas para llegar a mí. “Quería contarte algo que no le he contado a casi nadie, creo que tenemos cosas en común“, escribió.

Y desde ese momento se estableció una conexión surrealista y bonita, como si dos almas que saben de lo que hablan, se hubiesen reconocido al cabo de unos segundos.

Qué bien que decidí escucharla y que ella puso su corazón blando y rojo sobre una mesa imaginaria y hablamos (sin relojes) desde entonces de sueños, viajes, niñez, libros, canciones, lugares, no sé. “¿Sabes lo que me pasó una vez cuando viajé allí? / ¿te he dicho que siempre he sido tímida? / te he mandado algo para que lo lleves contigo / hay canciones así / no sé si creo en todo eso / ¿te imaginas que…? / qué bonita estás en esa foto / había cuevas así / siempre hago snorkel / me dolió aquello como si me hubiesen atravesado justo aquí con una lanza / te llevaría a ese lugar“.

Creo que lleva fósforos, criaturas mágicas, aviones y flores en sus bolsillos. Y me mira como los niños, entre la sorpresa y la inocencia. A veces creo que podría decirle: es terrible cómo llueve en días así, mira toda esa gente, ven aquí, no va a pasarte nada nunca más, no pienso dejar que eso suceda, no importa otra cosa que todas esas luces reflejándose en el mar cuando anochece, y las voces de los niños, el murmullo del agua, el rubor de tus mejillas, la palma de tus manos, todas esas películas, el sabor de las naranjas y del té que se hace en leche, el sueño tranquilo, esos tranvías, las montañas que se dibujan así (y hago el gesto con los dedos como si se extendiesen frente a nosotras), lo que está por hacer o por decir si eso sucede, los relámpagos, las ciudades en silencio, las personas que se quedan, las lecturas en voz baja, desayunos en terrazas o en la cama, cada vez que pasa eso, cuando veo campos infinitos en el fondo de tus ojos y nos reímos porque no hay nada que lo impida.

A veces dan ganas de regalarle una fotografía como la que he elegido y decirle: eres justo así, como ese halo de luz que te cala hasta los huesos. 

 

Mi paseo con Anna

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Hoy paseé con Anna que tiene cuatro años recién cumplidos. Nada más saber que iba a llevarla hasta el lugar donde trabaja su madre, me dio la manita con una expresión adorable y no dejó de sonreír.

Hacía mucho calor y he buscado la sombra todo el rato en nuestro agradable trayecto. Anna me ha contado que le han preparado una habitación para ella, que una de las patas de su cama está un poco rota, que a veces llora cuando tiene que dormir sola porque todavía es “chica” (se llevaba la mano a la cara como tapando una carcajada vergonzosa) y espera que su madre se duerma para irse a su cama grande. Me ha dicho que le gusta Frozen porque Elsa tiene poderes y a ella le gustan las películas en las que las chicas hacen cosas así, que se pintaría el pelo blanco como Elsa- aquí ha parado un momento y ha dicho: ¿te imaginas que existiera?-. Me ha dicho que cuando era un bebé se comía todo el plato y no le dejaba nada a nadie, que ahora a veces deja porque no siempre le gusta la comida. Me ha preguntado que por qué la plaza estaba sembrada de banderas de arcoiris, le he contado que es para una fiesta el sábado y ha respondido con inocencia que a ella le encantan las fiestas con muchos colores. Me ha hablado de unos amigos italianos que tiene, que Giuseppe a veces se porta un poquito mal. Que hay días que no entiende por que su mamá le riñe un poco, pero que luego se ríen mucho las dos. Ha cerrado los ojos un instante mientras yo le hablaba de ese cuento que le gusta y que a veces les relato en clase. Me ha dicho que tiene un vestido muy bonito que piensa llevar al cumpleaños de su amiga. Que le gustan los gatitos. De repente ha exclamado: mira esa chica tiene el pelo azul, qué bonito. La ha mirado intensamente, fascinada, y luego ha seguido caminando. Ha comentado que me quiere hasta la Luna, o incluso todo esto (y ha extendido sus diez dedos para hacerme saber que era mucho), y ha dicho cosas muy tiernas como que soy guapa, muy guapa (ha puntualizado), que soy una mariposa (con su acento italiano), que quiere pintarse las uñas como yo, que soy buena y nunca riño, que tengo el pelo bonito y suave, que si aquella casa grande tiene sirenas dentro y que dónde viven las sirenas.

De repente hemos llegado y no quería soltarse de mi mano. Le he dicho: mañana nos vemos en el colegio. Y ella ha vuelto a reírse mientras me decía: claro, claro, casi me olvidaba, así no me pongo triste.

Creo que cuando pasan cosas así, me lleno de amor, me dan ganas de tener un hijo o una hija y mostrarle el Universo, decirle que haré todo lo que esté en mis manos para hacerle feliz, para que se sienta libre, seguro/a, protegido/a.

El abrazo más bonito.

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Este año he tenido un alumno que aprende de una manera distinta, que se comporta como ningún otro niño en el aula, que no sabe hablar, que no expresa el afecto, que a veces llora desconsoladamente cuando algo le duele o le frustra y lanza patadas, que se asusta con determinados ruidos, que se aleja del bullicio de la clase y busca rincones secretos para quedarse en silencio, que se rie con el contacto del agua sobre su pelo si hay lluvia, que coloca a los animales de plástico en fila india y murmulla palabras fascinantes que no existen, que busca mi consuelo ante cualquier confrontación con otro niño. Yo he tratado de enseñarle algunas cosas, a abrocharse el abrigo sin ayuda, a comer solo, a relajarse, a saltar con los dos pies de una sola vez, a no tenerle miedo a las tormentas, a reír mientras da vueltas en el suelo, a bailar un poco de rock, a cerrar los ojos y sentir el paso del viento o el sonido de las hojas del árbol grande del patio, a decir algunas cosas, algunas normas básicas del juego con otros niños y niñas, a conseguir las cosas sin gritar ni herir a los demás, a coleccionar piedrecitas, a oler la hierbabuena, a pasar suavemente las páginas de un cuento, a disfrutar de la libertad que proporciona la niñez y la inocencia.

¿Sabes? ayer hizo algo que no había hecho antes. Ayer vino a abrazarme. Vino con pasos inestables y mudos, me rodeó con sus brazos y apoyó su cabeza en mis piernas. Así de repente. Había llorado, había pasado algo con otro niño probablemente, no estoy segura. Permaneció así, aferrado a mi cintura, completamente en silencio. Hoy ha vuelto a hacerlo, hoy no lloraba, me ha abrazado y ha cerrado sus ojos grises unos segundos. Después de eso, me ha sonreído y ha seguido jugando a vete a saber qué con los disfraces.