Besos con lenguaje

Cartas a Inés. Porque contigo, todo.

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Te espero detrás de esa puerta. Para abrazarte así, mira qué fuerte, y decirte todo lo que te quiero. Todo. No me dejaré ni una miga de amor sobre la alfombra.

Te espero tras el olor que dejamos en la cocina a manjares exquisitos, recetas exóticas, magia, humo.

He regado las plantas, cada una de ellas, para que te reciban pletóricas, nacidas y hermosas. Y los hijos que inventamos (que dentro de poco serán de carne y corazón) corretean imaginarios en nuestra mente, mientras te abrazo y te beso y todas esas cosas que hacemos sin relojes ni orden.

Tengo que contarte cómo ha ido mi día, que mis alumnos/as y yo haremos un corto de cine mudo y están ilusionados/as por ejemplo. Quiero saber cómo va el tuyo, y qué soñaste anoche cuando me despertabas y yo me reía con los brazos estirados balbuceando una canción.

Nana, Ego y Furo nos esperan en el jardín de atrás. Juegan a no sé qué, ya sabes cómo son, traviesos, mimosos, tiernos. Luego tendremos que limpiarles las patitas, porque subirán a nuestra cama tan blanca con las sábanas tan estiradas por las esquinas, que tendremos, como he dicho, que lavarles con cariño las patitas, ellos se dejan entre gruñidos pero qué importa.

Tengo ingredientes en la mesa para hacer lo que se nos ocurra. Dímelo tú.

Y tengo un “gracias” en los labios, y en las palmas de mis manos, por regalarme todos los días, por hacernos los días tan bonitos que llegamos a emocionarnos y a exclamar “esto parece imposible, es tan agradable, hermoso, radiante que parece de mentira”.

Porque contigo todo es brillante, fosforescente, divertido, tierno. Es tan increíble hablarnos, querernos así, avanzar como lo hacemos, viajar, volver a casa, montar nuestra casa, regañar a nuestros bichos locos cuando hacen travesuras que dan risa y aguantamos, encendernos, decirnos cosas agradables, crecer mucho mucho, compartir amigos y familia, compartir a veces medias/zapatos/calcetines/pijama. Querernos como decimos y somos. Hacernos valientes y salvajes todos los días.

Porque contigo, todo.

Educar así y no “asá”

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Ayer por la mañana, entre bromas y conversaciones de todo tipo, conversé con una compañera del trabajo sobre un tema que me hizo reflexionar, luego me quedé un rato por la tarde dándole vueltas a ello (a veces me pasa, aunque no se trate de algo importante). Por la noche vi una serie en la que un par de chicas se hacían un selfie junto a la taquilla de otra niña que había muerto para publicarla después en sus redes sociales.

Ayer alguien me contaba que vivimos obsesionadas/os por la “aceptación” y el halago del otro, que ha borrado su cuenta de una red social porque estaba harta de mirar los “me gusta” cuando estrenaba foto.

Después en casa, con otra conversación, pensé en ello. Y mientras paseaba por la calle, también.

Pensé que como docente (y como futura madre) quiero educar de otra manera, que cuidar nuestro aspecto, nuestro cuerpo, cortarnos el cabello o ponernos ese vestido o esos vaqueros estupendos debe ir enfocado a sentirnos bien y gustarnos a nosotras/os mismas/os.

Tal vez yo cuando era más joven era un poco así, me gustaba el halago, provocaba el halago porque supongo que lo necesitaba de algún modo. Era como si de ese modo se reafirmara mi belleza en un momento dado o en una etapa determinada.

Después crecí. Y además de crecer y madurar, tuve una relación tormentosa en la que sufrí con cierta desesperación por no saber cómo solucionar las cosas. Ese dolor no fue un dolor corriente, fue intenso, profundo, que me despojó de “tonterías”, inseguridades o memeces. Después del dolor, vino la solución, el aprendizaje, la calma. Y fue entonces, en el aprendizaje y la calma, cuando supe que todo lo banal comenzaba a aburrirme, cualquier comportamiento idea o necesidad superficial, me aburría inmensamente, porque había aprendido tantas cosas que se me habían ido para siempre todas las tonterías.

Tomé consciencia de la verdadera razón por la que nunca publico fotos mías aquí, ni aquí ni en instagram ni en twitter. Y eso que yo estoy feliz con mi aspecto físico, creo que no estoy nada mal, me gusto por dentro y por fuera, me cuido, tengo ropa bonita, no sé, quiero decir que no me avergüenza el envoltorio en absoluto y soy presumida. Pero… no me hace falta provocar el halago, no necesito “hacerme selfies” (cuando me enamoro sí, envío fotos a la persona que me gusta y está conmigo porque me vuelvo una romántica) para que todos me digan que estoy guapa. Si quedo con amigos o salgo con mi novia y me dicen “estás preciosa”, pues genial, a todos/as nos gusta agradar, pero no necesito nada de eso realmente.Es como si crecer me hubiese permitido algo muy muy bonito: ser completamente libre.

Y me encanta ponerme ese vestido negro y me pinto los labios y me pongo un bikini que me parece muy favorecedor, aunque no lo publique ni persiga el halago. Me gusta cuidarme por y para mí, por el placer de pasear por una ciudad preciosa y mirar el cielo, y tomarme un café en buena compañía, y echar unas risas, y hablar del libro que me estoy leyendo ahora (“El amor de una mujer generosa”) y sentirme absolutamente feliz conmigo misma y con lo que soy capaz de aportarle a otras personas. Porque más allá de los selfies, los “megusta”, los halagos, hay un universo inmenso, dentro de nosotras/os mismos/as y a nuestro alrededor.

Y quiero educar así. En el amor propio, el cuidado de una mismo/a, la confianza, la libertad, la sensibilidad, el cultivo de este mundo interior tan mágico, y la ausencia de banalidad.

De impaciencia, niños y mis próximas historias

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Les he preguntado a mis alumnas/os: ¿Qué os hace especiales o qué os gusta de vosotras/os?

Y dicen:

“Yo dibujo bien”. “Que tengo sentimientos especiales”. “Que hago los puzzles muy rápido, señorita”. “Que soy muy lista y muy fuerte”. “Que casi siempre estoy contento”. “Mi colección de dinosaurios”. “Que juego todo el rato”. “Que abro los ojos y estoy feliz”. “Mi familia titiritera (¿?¿?¿)”.

Y luego, una niña me observa atentamente añade: “Y tú, señorita, tienes muchas muchas muchas cosas que te hacen especial”. Yo me encojo de hombros, y entonces mis alumnas/os comienzan a decirme con dulzura todo lo que ellos/as ven en mí y dicen levantando sus manitas: “Que eres guapa”. “Que haces que el colegio sea bonito”. “Me llenas el corazón de amor”. “Que estás siempre a mi lado”. “Eres cariñosa”. “Eres buena”. “Que eres un bombón (mi alumna M. me lo dice cada mañana nada más llego a recogerles y es adorable)”. “Que nunca nos castigas, prefieres hablar con nosotros”. “Que me lees cuentos especiales”. “Tu pelo”. “Cuando hacemos la fila y me saludas”. “Que eres feliz (es cierto, lo soy) y nunca te olvidas de nosotros”. “Que me enseñas a pensar (señalándose al mismo tiempo la cabeza)”. “Que te gustan los animales”. “Que te preocupas por los demás”. “Que cantas bien”. “Que haces bromas todo el tiempo”.

No sé si soy todo eso que ellos perciben, son tan adorables al “verme” así… Pero sé que estoy llena de cosas pro hacer y que las cosas que hacemos nos convierten en cierto modo en las personas que elegimos ser. A veces quiero hacer demasiadas cosas, me puede la impaciencia de hacer  (hasta deseo planificar todas mis vacaciones y sólo estamos en abril) y ser, y no es necesario, todo llega cuando es el momento.

De lo que sí estoy segura es de que necesito terminar un relato y una novela. Y no queda nada nada para eso, no sé en qué me convierte escribirlas, pero me gusta hacerlo, y es algo que sólo depende de mi cabeza soñadora y de las yemas de mis dedos.

Celebrando siempre el 19

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Hace tres días que quería escribir esto. Lo pensé mientras conducía el otro día. No le compré nada a mi padre el 19 de marzo (que se celebra el día del padre) porque me pilló en la playa y sólo atiné a decirle: papá, felicidades, te quiero. 

Por teléfono.

Pero mi padre merece mucho más que una felicitación. Para empezar es el hombre más honesto que conozco. Pero además de eso, cuando pienso en él, me acuerdo de tardes en el parque, sábados llevándome al mercado para hablarme del olor, el precio y los beneficios de la fruta y la verdura, domingos de museos y exposiciones de pintura/escultura/arquitectura, atardeceres con mi madre y mi hermana pequeña en la playa, leyendo y jugando. Y corriendo maratones, y entrenándose diariamente lleno de felicidad. Puedo verlo en la sala de estar, ayudándome con los deberes de la escuela, explicándome las cosas con paciencia y sin relojes. Riendo con mi madre casi todos los días de nuestra vida. Pasando por el supermercado al salir del trabajo.Lo recuerdo leyendo, en silencio, junto a la ventana.  Estudiando todas las tardes para ser un médico competente, humano, eficaz, innovador. Jugando conmigo en la playa, con las gafas de agua, nadando mar adentro. Animándome a ser una buena persona, modesta, generosa, tranquila, trabajadora. Leyéndonos cuentos a mi hermana y a mí, casi todas las noches. Cocinando alegremente. Colaborando siempre en mis mudanzas. Integrando a mis parejas para que siempre se sintiesen en todo momento, parte de nuestra familia. Celebrando mis logros, ayudándome a aceptar los errores y defectos. Cuidando noches enteras de Luna (nuestra perrita de toda la vida) al hacerse mayor y estar enferma. Acariciándole el pelo a mi abuela, cuando apenas se acordaba de nuestros nombres. Haciéndonos reír siempre que perdimos abuelos o pasamos por etapas más tristes. Llenando el salón de casa de chupetes de caramelos colgantes, regalos y globos metalizados en las fiestas de Reyes (Navidad). Escuchándonos a mi hermana y a mí. Hablándonos de política, cine, música, deporte, arte, literatura… Secándonos el pelo cuando era invierno y hacía frío. Paseando a los perritos. Ganándonos en el Trivial Pursuit porque sabe muchas cosas, muchas muchas y no presume de nada. Defendiendo y ayudando siempre a los individuos más vulnerables. Cuidándonos, cuidándose. Acompañándome a algún casting teatral cuando yo tenía 15 años y quise conseguir un papel (que conseguí, y él me sonreía y me decía que estuviese tranquila). Recordándome siempre que uno es lo que hace, que debemos entregar siempre lo mejor que tengamos sin olvidarnos de seguir siendo nosotras/os. Diciéndome que mantenga en todo momento los pies en la tierra, disfrutando de los aspectos más sencillos y hermosos de la vida (un paisaje, un buen paseo con mi perro, un verano, mi trabajo, unas risas, una película…). Midiéndome la fiebre. Pidiéndonos desde la niñez que no alzásemos la voz, que no llamáramos a nuestras amigas a la hora de la siesta, que recogiésemos nuestros juguetes, que fuésemos amables y respetuosas, que tuviésemos empatía y comprensión con los demás, que no arrastrásemos las sillas, que nos quitásemos la arena de los pies antes de subir al coche, que no diésemos portazos, que nos cuidásemos, que fuésemos independientes, que pidiésemos las cosas por favor y diésemos siempre las gracias, que valorásemos todo lo bueno que tenemos, que perdonásemos nuestros propios errores y los errores ajenos, que aprendiésemos a elegir a nuestros amigos o parejas para rodearnos de un ambiente cálido, transparente, bueno.

Mi padre, en mi opinión, es un ejemplo de lo que ahora llamamos “masculinidad alternativa”, es decir, es un hombre que educó a sus hijas (con ayuda de mi madre), nos cuidó, bañó, protegió, cocinó, ayudó con los deberes, nos aceptó con todo, nos habló de injusticias o de libros o de películas, cultivó nuestra sensibilidad y nuestra fortaleza, y al mismo tiempo, hizo deporte, arregló junto con mi madre cosas de la casa, pintó paredes, nos incitó a jugar a toda clase de juegos divertidos a mi hermana y a mí más allá de estereotipos o prejuicios absurdos, nos llevó a la ópera, a ver tenis… Y me enseñó una tarde (preciosa, había una luz ambarina que aún recuerdo) a montar en bicicleta y cuando me alejaba subida en ese par de ruedas un poco nerviosa, él decía: ¡anda, qué rápido has aprendido, qué bien, sigue, tú puedes!, orgulloso, feliz, emocionado.

Así que sí, me siento plenamente orgullosa de él, el 19 de marzo y cada día de mi vida.

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Como me ven tus ojos

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Ayer hizo un año.

Justo ayer. Por eso velas, almuerzo, paseo, siesta con abrazos, besos, ella regalándome un anillo.

No fue exactamente nuestro aniversario, pero así quisimos festejarlo, como si lo fuera, como si hace un año ya hubiese estrellas en el estómago y cosas que decirnos. Porque para nosotras el 12 de marzo es importante.

Hace un año me sentía muy triste, y ella por alguna razón vino para quedarse.En un principio hablamos de Nutella, Fallas, Sevilla, mi libro, nuestros perritos…  Qué bonito, qué risas. Escucharnos, cuidarnos, como dos personas que se aprecian y comienzan a conocerse, repletas de inocencia y buenos sentimientos. Creo que como dijo Cortázar una vez, andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. 

La otra noche me dijo en el puente de Triana (donde las protagonistas de mi libro)  que la besara, que quería un futuro conmigo, que casa, hijos, anillos, casarnos un día, y lo decía apretándome la mano.

Yo quiero ofrecerle una vida bonita. Muy bonita. Si pudiese le dibujaría una casa, flores en las ventanas, un balcón con una regadera roja, y dentro de esa casa muchas cosas: respeto, nuestros libros de cocina, mirarnos así, ternura, cosquillas, besos, charlas, viajes, hijos/as, caricias, sexo (precioso, sano, espontáneo), amigos, libertad para ser, estar y decidir, generosidad, admiración, complicidad, familia, calma, aprendizajes, certezas, cenas, cine, paseos, risas un montón de risas, nuestros animales felices y salvajes, lluvia que calen nuestros huesos, bici, río, playa, tumbarnos en la hierba, cuidarnos, decirnos, aprendernos, mis manos en tu espalda, tus besos en mi nuca, el amor corriendo por el pasillo… La vida contigo.

 

 

 

 

Decir no. Decir que sí.

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Ayer pasé una tarde muy agradable con unos amigos. La cafetería tenía libros y juegos de mesa, y un ventilador vintage que no funcionaba.

Hablamos de un montón de cosas y cuando volví a casa, sentí que casi casi está entrando la primavera. Al menos ya no sale vaho de mis labios cuando hablo, ni me hace falta la bufanda. El olor era distinto (aunque aún hace frío, todavía es invierno), incluso los niños en la plaza jugaban de manera distinta. No sé. Volví a casa y me acordé de la vez que un niño a los siete años, me pidió matrimonio, de que dije que sí aunque ese chico no me gustaba especialmente, a mí el que me gustaba era otro, uno rubio, silencioso, educado y tímido. Pero le dije que sí al otro (al “travieso” que desobedecía a todo el mundo,  y me insistía una y otra vez) y paseé por el patio de la escuela con un velo, mis labios medio pintados, cogida de su brazo y con un séquito de amigos y amigas detrás que cantaban no sé qué. Miré de reojo algunas veces a Pedro, el niño que me trataba tan bien, y que además era guapo y respetuoso. No sé por qué me acordé de ese pasaje, insignificante, infantil, de mi niñez. Lo que sí sé es que pensé: ¿por qué no nos enseñan desde la escuela, la familia, el mundo, a decir “no”? ¿Por qué las personas intentamos “resistir” y aguantar lo que venga, lo que sea, por miedo a decir “esto no lo quiero”?

Me pasa que últimamente escucho numerosas historias de personas cercanas que toleran ciertas situaciones muy dolorosas en sus relaciones (de amistad, familia, pareja, compañeros de trabajo), me las relatan como si no hubiese más remedio que aceptar lo inevitable, y lo soportan con el corazón encogido durante días, semanas, horas. Me dan ganas de decirles y de decir al mundo: yo creo que los rayos, las tormentas, los accidentes, algunas enfermedades, son inevitables, pero las personas que te aman y te cuidan, deciden las cosas que hacen o dicen, y aunque a veces herimos sin querer y es lícito, generalmente hay consciencia tras esas decisiones y actuaciones y debemos pensar si merece la pena sufrir por sufrir. Me dan ganas de preguntarles: ¿Por qué no dices no? ¿Por qué no te marchas por mucho que lo quieras de una relación que te roba energía, alegría, seguridad, calma? ¿Acaso elegimos la compañía de alguien para sentirnos más vacíos, perdidos o tristes?

Si una cosa he aprendido (antes no la sabía, por eso decía que sí con una sonrisa a un niño de siete años que no me gustaba especialmente y cuya actitud no me hacía sentir bien) es que mi presencia en la vida de otras personas debe enriquecer, alegrar, ayudar, sin interferir negativamente en sus deseos, sueños, necesidades o metas. Pero al mismo tiempo, debemos pensar en lo que nos hace daño, en lo que no necesitamos, en aquello que no tenemos que tolerar porque nos encoge el corazón, y hemos de saber expresarlo con cariño y respeto, y si aún así, las cosas no mejoran, tenemos que encontrar el modo de marcharnos con el menor daño posible.

Antes yo pensaba que el amor podía con todo, que había que resistir. Hoy opino que aunque el amor es cuidado diario, concesiones, generosidad, ternura, incluso a veces renuncias puntuales, nunca debe convertirse en una batalla contra una/o misma/o, porque lo que somos es lo que sentimos y hacemos, y es hermoso reconocernos siempre frente al espejo. Y más hermoso aún que eso baste para llenar de felicidad a nuestras familias, amigos, parejas…

 

 

 

San Valentín. Celebrar el buen amor. Y cientos de besos

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Se acerca San Valentín. Algunas/os de nosotras/os preparamos cenas especiales, viajes, cartas de amor, detallitos… Otras/os renuncian al consumismo implícito en un día como ese porque deciden que el amor se celebra todos los días (y es muy cierto, me encanta el verbo celebrar).

No obstante, más allá de festejar o no, un sentimiento universal y maravilloso, es muy importante aprender a ser felices mientras amamos a alguien, aprender a querer y a ser queridos. ¿Qué quiero decir? Pues que a veces los seres humanos nos dejamos llevar por emociones bonitas y mantenemos relaciones en las que no somos felices, por inercia, costumbre, miedo, inseguridad, comodidad…

Leo y releo un libro altamente recomendable que analiza las distintas formas de apego adulto (ansioso, seguro, evasivo, evasivo-ansioso) y nuestra forma de relacionarnos (sobre todo en el plano romántico). Todos y todas aspiramos a un apego seguro, en el que la confianza, la libertad y la comunicación sean absolutas, en el que podamos ser nosotras mismas, y sin embargo, el libro nos dice que en función de la pareja que tenemos, de nuestro carácter o momento vital en el que estamos, podemos mantener un vínculo ansioso o evasivo. Me parece muy importante identificar qué queremos en una relación, qué necesidades tenemos, cuáles son nuestros principios, qué sentimos,  teniendo siempre en cuenta qué necesita y siente nuestra compañera/o.

Pero ayer llegué a uno de los puntos más importantes del libro, está casi al final. No podía parar de leerlo. Nos habla de la importancia de una comunicación eficiente, que consiste en expresar siempre aquello que sentimos y pedir posteriormente lo que necesitamos, evitando el reproche, enfado, protesta. Para ello debemos expresar lo que nos disgusta o preocupa de una manera calmada, sin entrar en ataques ni dobleces (aunque irremediablemente no siempre vamos a controlar un enfado puntual). Yo antes no sabía comunicarme eficientemente siempre, en ocasiones sí lo hacía (tengo el don de comunicarme bien por lo general), pero a veces algo me disgustaba y lo guardaba para mí por “miedo” a perder a la otra persona o por evitar una confrontación, de manera que acumulaba conductas o situaciones que me hacían daño y un buen día en una discusión casual sobre otro tema, aquel dolor salía de mis labios disparado y no llegaba a expresar con claridad lo que sucedía o bien me cansaba de esa relación con el paso del tiempo. Por nuestra parte, debemos de igual modo recibir de buen grado las preocupaciones, malestares o inseguridades del otro, escucharle, actuar en consecuencia.

Leí, además, que cuando expresas (adecuadamente, sin alzar la voz ni ofender al otro, y con el fin de que vuestra relación no se deteriore, en ningún caso con la intención de ser egoísta o dictatorial), cómo te sientes, lo que te gusta, lo que no te gusta, lo que te hace daño, lo que te preocupa, lo que te molesta o inquieta, lo que te da calma, lo que te pasa ahí dentro,  pueden pasar varias cosas y que en función a lo que sucede, puedes hacerte una idea de si la otra persona (tu pareja, tu amigo, tu madre, tu compañero/a de trabajo, tu jefe…Pero habla especialmente de tu pareja) tendrá o no en cuenta a lo largo de vuestra vida, tus necesidades, tristezas y preocupaciones : 1.Escucharte y actuar teniendo en cuenta cómo te sientes con respecto a algo demostrará que sea más o menos relevante lo que sientes, para él o ella es importante y quiere hacerte feliz, escuchando con cariño lo que tienes que decirle, abrazándote, cambiando su actitud; 2.Ofenderse y arrojar lo que acabas de expresarle puede darte pistas sobre algo, y es que posiblemente no le otorgue la importancia necesaria a lo que estás sintiendo porque quiera “salirse siempre con la suya”, sus enfados provocarán silencio por tu parte pues tratarás de evitar una próxima confrontación; 3.Burlarse un poco (o mucho) de eso que sientes, ridiculizando tus emociones, hará que tu iniciativa saludable de comunicarle las cosas se evapore y la próxima vez guardes silencio por vergüenza, temiendo un poco que piense algo de ti que no es real; 4.Marcharse de tu vida o amenazar con abandonarte, esto sólo ocasionará que en caso de que vuelva a tu vida, termines cediendo siempre ante cosas que te hacen daño, y aunque en un principio serás capaz de guardar para ti el disgusto,  el dolor o el malestar, con el tiempo ese silencio te distanciará de la persona que amas.

Todo esto que os acabo de explicar es mucho más importante (desde mi punto de vista) que un ramo de flores, un puñado de besos o una cena romántica en San Valentín. Y aunque yo soy una romántica total, amiga de las cartas de amor, regalos o gestos en esta y otras fechas, también he aprendido en estos últimos años, la importancia que tiene sentirse escuchada, tenida en cuenta, respetada y amada ante cualquier contratiempo.

A mis alumnos/as de cinco años, trato de trasmitirles precisamente esto, solo que en otros contextos. El otro día tuvimos un interesante debate sobre cómo actuar con un amigo/a de clase cuando algo nos entristezca o nos cause malestar: en primer lugar tranquilizarnos, en segundo lugar expresarle pausadamente lo que nos hace daño (ejemplo: no me gusta que en el recreo me ignores), y en tercer lugar pedirle lo que necesita (ejemplo: esto me hace daño y me gustaría que jugases conmigo y tengas en cuenta cómo me siento). También les expliqué algo súper importante y es que a pesar de que expreses todo eso y sigas esas “instrucciones básicas” de comunicación eficiente, puede que la otra persona no responda como tú le has pedido (siga ignorándole en el recreo por ejemplo) y que en estos casos tendrán que respetar absolutamente su decisión, sin imposiciones, y actuar en consecuencia (aceptarlo, buscar otros amigos que presten más atención a tus sentimientos, etc.)

San Valentín puede ser un motivo más para celebrar la suerte de tener amor en nuestra vida (amor en diferentes formatos además), pero sobre todo, que celebremos todos los días el buen amor, el que merecemos, ese que nos escucha, acepta y hace la vida más fácil y más bonita.