Besos con lenguaje

Solo ellas lo saben

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Conversaciones con un alumno de cuatro años.

—Helena, ¿sabes?

—¿Qué?

—Que puedes estar tranquila —dice, mirándome—, los monstruos, los fantasmas, las brujas  y todo eso (supongo que aquí metemos todo lo que nos asusta) no existen.

Ha enumerado estos personajes con los dedos, equivocándose pero no importa.

—Pues eso me deja más tranquila, es cierto.

—Pero las princesas sí.

—¡No me digas! ¿Y cómo de las distingue? ¿Cómo visten?

Él quiere ofrecerme respuestas convincentes, piensa, desvía un momento la mirada al cielo, los niños gritan y juegan, pero él permanece ajeno al bullicio constante del patio.

—Visten como si fueran normales. Y viven en casas como las de todo el mundo.

—¿Entonces cómo podemos saber que son princesas?

—No podemos, solo ellas lo saben desde siempre —dice muy seguro, y se señala el pecho como explicando que ciertas cosas sencillamente “son” y “se saben” sin más.

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Criaturas entrañables (y de un cuento en un museo)

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Encontré el otro día un cuento de Beatrix Potter en la tienda de un museo parisino. Estaba en francés. Lo abrí con ternura y pensé en colocarlo en una pequeña estantería. Leerlo con mi extraño acento a una niña con mis gestos (aprendidos) mientras enrosca mi pelo en sus dedos pequeños y frágiles. Probablemente llovería y haría frío. Y habría galletas en la mesita de noche. Y haría preguntas imposibles y buscaríamos soluciones  apasionantes.

No sé.

Vi el cuento y pensé en crear historias pequeñas para niños fascinantes y entrañables.  Si. Entrañables. Siento debilidad por las criaturas inocentes y tiernas que aún habitan el planeta.

El invierno. La playa.

Cuando era pequeña, llevaba especialmente mal suspender algún examen. Rara vez sucedía, pero cuando mi nota descendía levemente o alguna profesora me insinuaba que podía haberlo hecho mejor, mi corazón se disparaba dolorosamente y entregaba horas a pensar cómo podía haber pasado.

Algunas de esas tardes tontas, mi madre nos llevaba a la playa. Recuerdo el frío, mis libros de texto, la melancolía que envolvía aquellos paisajes grises en pleno invierno. La belleza salvaje de todo aquello.

Solía sentarme no muy lejos de la orilla sin hablar especialmente de nada (cuando algo me preocupaba, lo guardaba para mí como un mensaje indescifrable hasta sentirme fuerte). Mi hermana (mucho más pequeña) trotaba alegremente alrededor y mi madre le decía cosas bonitas. Me quedaba absorta contemplando el juego inquieto de las olas, el modo en el que después de romper contra la tierra, el agua volvía a serenarse y el rugido se suavizaba. Me generaba una paz inexplicable observar detenidamente el funcionamiento del mar, pensaba “todo crece, se deshace y vuelve a construirse simplemente porque no podría no hacerlo”.

Después de eso, volvíamos a casa, yo fortalecida y sonrojada. Normalmente mis padres hacían la cena juntos, escuchábamos sus risas, mi hermana balbuceaba palabras graciosas mientras yo y solo yo, le cepillaba el pelo después de la ducha. Me gustaban esos momentos sencillos y entrañables de mi infancia, en los que el afecto y el mar, conseguían solventar una tontería escolar.

Ahora trato de enseñar a mis alumnas/os a gestionar las frustraciones, a valorarse por encima de sus logros académicos, a disfrutar del amor incondicional de sus familias, a estallar en carcajadas casi cada día, y a llorar un poco a veces si les asalta la tristeza. Me gusta ese momento en el que vienen a mí, con la voz queda, para decirme que alguien les hizo daño, trato de no darle mayor relevancia, los abrigo, les acaricio el pelo y dejo que pase la sensación desagradable.

Un lugar para esconderse

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Estas últimas semanas se me han cruzado algunos niños balbuceando idiomas variados, colgando de los brazos de sus padres o caminando torpemente por la arena con pasitos breves y entrañables.

Hoy me ha sonreído un bebé precioso. Sus padres también me han sonreído después del niño. Y un rato antes, mientras paseaba por la orilla, una pareja se besaba con dulzura mientras su hijo se tapaba la cara tímido y sonriente.

He pensado en lo bonita que es la maternidad si la experimentamos en condiciones favorables (y con esto me refiero no solo a cuestiones económicas sino también emocionales). Recuerdo mi infancia como una secuencia amable de imágenes entrañables, recuerdo un clima muy especial en casa: bromas, risas, charlas, juegos, cuentos, luz. Recuerdo a mis padres felices, tratándose con respeto.

Creo que si tuviese un hijo o una hija, le compraría un tippi como el de la fotografía. Le diría que ahí no entra el ruido. Que puede coger sus cuentos, el peluche, las fotos, una caja de música, un helado, un violín minúsculo, un puñado de galletas, lo que sea, no sé, tendrá que decidirlo él o ella, y meterse dentro. Ahí dentro podría pensar, jugar, estar en silencio, llorar, estallar en carcajadas, recordar algo, quedarse quieto/a, pintar con los dedos, bailar, imaginar la lluvia, resolver un misterio, o no hacer absolutamente nada, hasta que sienta de nuevo muchas muchas ganas de salir y compartirse con el Universo.

Creo que la sonrisa de un niño al pasar junto a mí, me hace imaginar cómo quisiera acompañar a una hija o un hijo. Hay tantas cosas que aprender con ellos mientras crecen y hacen preguntas (¿por qué? ¿qué es eso?), tanto que decirles y aconsejarles sin invadir nunca su capacidad de iniciativa y decisión. No sé. Como tantas cosas, debe ser bonito y a ratitos un poco difícil.

Pertenezco

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Regresar :

1. tr. Am. Devolver o restituir algo a su poseedor.

2. intr. Volver al lugar del que se partió.

Creo que en cierto modo pertenezco a este lugar (tal vez porque elijo voluntaria y libremente volver aquí, como los niños cuando exploran el mundo y regresan felices al regazo). Durante el resto del año:  amo, crezco, aprendo, sueño, trabajo, descubro, voy al cine, me abrocho el abrigo, río, lloro, leo, escribo, quedo con mis amigos, actúo, me enfado, pierdo, comienzo, viajo, decido, cocino … Pero al final, no sé, siempre retomo mis pasos y vuelvo. A mí. A este pueblecito blanco repleto de niños rubios y nerviosos. A estas calas perdidas de nombres impronunciables. A este murmullo suave del mar que me acompaña cada verano. Tengo la sensación de haber vuelto aquí muchas veces, y cada una de ellas siendo una mujer completamente distinta (aunque con la misma raíz, la misma esencia).

A veces creo que necesitamos un lugar al que regresar. Sin otra complejidad ni explicación.

He vivido en muchas casas si las cuento desde mi niñez. Las recuerdo una a una, todas ellas tan bonitas… Supongo que una parte de mí, se iba quedando en ellas. A veces la vida nos empuja suavemente de una casa a otra por razones muy diversas y dan ganas de decir: quiero quedarme, quiero saber cómo volver.

Quizá por eso regreso aquí en vacaciones. Porque este lugar no entiende de nada que no sea el balanceo amable del agua sobre la tierra. Porque este lugar permanece. Porque todo esto está repleto de las voces de mis padres, de los juegos de mi hermana, de mis amigas recogiendose el pelo paseando por la orilla.

Este pueblecito blanco guarda muchísimos recuerdos de mis últimos veranos, retengo detalles como esta luz ambarina cuando despierto de una siesta, de mi perro asombrado y feliz mojando sus patitas en la playa… Este lugar tiene un poder, un poder muy especial: el de abrazarme fuerte y devolverme después feliz y relajada.

Imagino los veranos por venir y me consta que van a ser igual de impredecibles y hermosos. Tal vez un día, ella me acompañe y le hablemos a una niña con sus gestos y mi pelo, del crujido ténue de la arena bajo sus sandalias. No sé. Pero sea como sea, estoy convencida de que seguiré volviendo.

 

 

 

Creo que brillaban las estrellas cuando tú…

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Y después de hacer todo lo que hacemos (recibirnos, besarnos y mordernos impacientes, reír a carcajadas, abrazarnos, hacernos el amor miles de veces mientras me miras así y yo me sonrojo, bañarnos en el mar, quedarnos en silencio, dibujarnos con los dedos las facciones, comer sandía, leernos en voz baja, dormir la siesta, compartir amigos y familia, hablar de esa casa en el fin del mundo que un día quizá nos pertenezca, sorprendernos cuando vemos algo “nuestro” por primera vez -un estornudo, un gesto, una fotografía de nosotras cuando niñas-, cuidarnos y besarnos en la frente, entregarnos sincronizadas al sueño fundidas en abrazos, que tus manos me busquen por las noches, que las mías te recorran, comer a deshora, cepillarte el pelo, que mi perro se duerma junto a tu cuerpo, abrirnos el corazón sin miedo ni tapujo, desnudarnos despacio o con prisa en todas partes, cocinarnos, ir juntas al teatro donde sea -tus manos entrelazadas a las mías- , hacer el mismo gesto o que tus vestidos y los míos se parezcan, observarnos en silencio lentamente como diciendo “te quiero ahora, ven aquí”, planificar navidades, vacaciones, findes, fu-tu-ro, grabar vídeos absurdos, contar lo que no le dijimos nunca a nadie, que me digas “joder qué guapa eres” a todas horas -no importa si con ojeras, despeinada, recién salida de la ducha, o con la luz de ayer al atardecer ¿te acuerdas? –, conducir contigo, que me cantes bajito en inglés)  recuperamos la posición vertical, nos bañamos y vestimos para volver a todo lo demás. Caminamos, apagadas, de la mano y nos despedimos (llorosas) en silencio.

-No he conocido a nadie como tú -dijo, creo que a oscuras.

-Yo tampoco -respondí, y salieron las estrellas.

 

 

She.

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Ella tocando el piano con sus dedos en mi espalda. Despertando conmigo sin prisas. Preparando el desayuno para ambas antes de comernos a mordiscos la ciudad. Subiendo aquellas escaleras en plena competición infantil. Enseñándome sus rincones favoritos (yo me corto el pelo ahí, yo suelo comer esto, esta es mi librería predilecta). Diciéndome que se imagina conmigo así, siempre. Haciendo planes sobre “nosotras” (tenemos que ir a tantos sitios que no podría enumerarlos). Dejando sobres mágicos en su habitación para que yo los abriese. Llevándome al teatro, acariciándonos las manos mientras nuestros ojos se abrían ante aquellas escenas mágicas. Besándome (y besándola) en todos sitios (mientras la gente nos sonreía). Diciendo cosas bonitas en mi oído todo el tiempo. Poniéndole voces a la gente del metro e inventado conversaciones graciosas junto a mí (que soy muy de hacer eso). Susurrando “podríamos vivir ahí, mira, en esa casa moradita” (y señalaba con el dedo). Haciéndome fotos mientras pedía helado en uno de esos puestos ambulantes. Estallando en carcajadas con ese gesto adorable. Mirándome así.

Ella. Y todo ha cambiado.