Besos con lenguaje

¿Te vienes?

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Yo quiero exactamente lo que tengo.

Me gusta ir a mi trabajo cada mañana subida en un patinete eléctrico, con un gorrito de invierno en la cabeza y el aire frío besándome las mejillas.

Me gustan mucho mis alumnas/os. Después de las vacaciones navideñas han venido más altos, más relajados y creo que nos hacemos felices. Hoy me quedé mirándolos, absortos en sus juegos, sin hacer ruido, en un clima muy cálido y les veía levantarse para decirme “Te quiero mucho”.

Me gusta el sol del patio, las risas con mis nuevas compañeras, la alegría de los niños.

Me gusta volver a casa a las dos y pensar mientras voy en el patinete que mi perrita recién adoptada me espera para irnos felices al parque que hay cerca de casa.

Me gusta despertarme temprano cada mañana y encontrarme con mi perrita, que me mira contenta y sorprendida tras una noche apacible con la calefacción puesta. Sus ojos se alegran al verme despierta y me da besitos.

Me gusta echarme la siesta en el sofá, leer un poco.

Me gusta el río que hay en mi ciudad, últimamente me paseo a diario y me cruzo con ciclistas, corredoras/es, perros, parejas que charlan animadamente. Es tan relajante que me gusta cenar después de eso.

Me gusta el gimnasio al que voy. Muchísimo. El clima entrañable de las clases, la gente olvidándose de todo, feliz. Salir con las mejillas rojitas.

Me encanta ir a la escuela de teatro, me encantan mis nuevas compañeras de teatro y los planes que proponen. Me gusta cuando David sonríe. Me gusta cuando nos pide concentración y hay silencio y mi cuerpo se desliza por la sala como si no hubiese reloj ni problemas fuera de ahí.

Me gusta mi familia. Tanto que no sé qué hacer para devolverles tanto.

Me gusta mucho que me llame mi hermana en el recreo cuando libro por ejemplo, o mi amiga, solo para decirme una tontería en mitad de mi jornada, y esos minutos desconecto del mundo y sonrío mucho.

Me gusta cuando mis amigas me envían fotos del cielo de sus ciudades, me transporto con ellas, es como si estuviesen más cerca.

Me gusta cuando me llama Álvaro (como hoy) y me cuenta que su boda (con su novio) va a ser temática y yo me ilusiono y le digo que quiero participar en la preparación. ¡Qué bonito que se casen dos personas que se quieren tanto! Me emociona muchísimo ver el vídeo en el que Álvaro le pide a Ricardo matrimonio mientras mi hermana canta y todos lo celebran.

Me gusta escuchar jazz todos los días un rato.

Me gusta poner lucecitas en mis ventanas.

Me gusta mucho leer el libro que estoy leyendo y que me engancha.

Me gusta que me hayan propuesto hacer una película que no sé si se transformará en cortometraje u obra teatral.

Me gustan los yogures enormes de frutas que me compré hace unos días.

Me gusta el buen amor. El que se alimenta de admiración, ternura, afecto, cuidado, cariño, risas, cines, viajes, libros, charlas…

Me gusta cuando mis amigas desde lejos, me hacen videollamadas y nos reímos mientras cocinamos, nos duchamos o preparamos para ir a dormir.

Me gusta que me propongan hacer noche de juegos de mesa.

Me gusta tener una casita en las montañas.

Me gusta mucho decirle a mis alumnos/as aquello que admiro en ellos, aquello que hacen muy bien.

Me gusta cuando mis compañeros de trabajo me sonríen ampliamente y me demuestran muchísimo cariño.

Me gusta cuando mis amigos, o mi familia me recuerdan quién soy.

Me gustó aquel abrazo sincero en un centro comercial el otro día.

Me gusta pensar que volveré a escribir una novela.

Me gustó el sonido del viento la otra noche.

Me gustan las chimeneas. La playa. Mirar estrellas.

Me gusta un montón una serie que estoy viendo y se llama “Así nos ven”, a pesar de la dureza, me resulta súper interesante.

Me gusta cuando me miro por dentro, cuando me levanto de aquello que me haga caer, cuando me valoro y cuido.

Me gustaría conseguir otras muchas cosas, muchas muchas cosas.

Esta mi es mi vida. ¿Te vienes?

La noche de reyes…

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He visto “Qué bello es vivir” muchísimas veces en mi vida. A mi familia y a mí nos encantaba verla en Navidad. Esta cinta me traslada a mi infancia y me conmueve verla una y otra vez, deteniéndome en los valores que transmite. Así me educaron mis padres, en un hogar cálido, bajo el cuidado y el afecto de dos adultos responsables, buenos, honestos, leales, cariñosos, generosos, entrañables, cultos… Mis padres me enseñan aún siendo una mujer, la importancia de hacer cosas buenas, de recordar mis valores, de empatizar con otras personas, de entregar y agradecer lo que me entregan, de disfrutar con la gente que quiero.

La pareja que protagoniza la película me recuerda a la relación que mantienen mis padres. Ese amor repleto de certeza, ese que fluye y se instala definitivamente porque no puede ser de otra manera, porque ellos no quieren otra vida que no sea la de estar juntos, esa forma de celebrar (incluso en situaciones difíciles que se dan a lo largo de los años como la enfermedad de mis abuelos cuando vivían, o de las pérdidas…) el hecho de haberse encontrado en un mundo tan grande, ese amor basado en el concepto de acompañarse en cada logro y cada obstáculo con optimismo, bromas, fidelidad, películas, libros, responsabilidades, ese modo de cuidarse, de ser absolutamente libres, de transitar los días con buen humor y buena disposición, de aceptarse, esa emoción que les embarga cuando llegan a la casa de vacaciones o cuando mi hermana y yo entramos por la puerta y corren a abrazarnos y nos llenan de manjares, de risas, de tiempo de calidad.

Hoy es la mejor noche del año. Sí, sí. Para mí es la noche más bonita e importante de todas. ¡Esta noche vienen los reyes magos! y mi familia se desvive por ofrecernos regalos increíbles. Incluso ponemos lucecitas, globos, golosinas… Y hacemos cena especial. Y jugamos a juegos de mesa. Y miramos películas como la anteriormente mencionada. E invitamos amigos para que merienden aquí. Y por supuesto vemos las cabalgatas, y yo estallo de risa porque trato de coger muchísimos caramelos.

Hoy es como volver a la niñez, y en mi familia seguimos conservando esa alegría, esa ilusión infinita.

Anoche fue 4 de enero y después de mirar una película graciosa, de tomar turrón/mazapanes/leche y de reírme muchísimo, me acosté en la cama, mi padre había puesto la calefacción, y me puse a leer, leí 67 páginas seguidas, absorta, relajada y feliz. Hasta que me venció el sueño.

Esta noche me tocará inflar globos y prepararlo todo para la llegada de los reyes magos… ¡Qué ganas! ¿Podría pararse el tiempo justo aquí? 🙂

Navidad.

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Creo que hice muchas cosas mal durante el 2019. Lo digo en serio. Supongo que me volví un poco torpe, frágil, estúpida. No brillé especialmente en nada. Me sentí vulnerable e insegura. Dejé de ser yo, o quizá me convertí en otra yo que no me gusta. Quise cosas y las quise como las quieren los niños,  enfadándome contra no sé qué, en lugar de mirar hacia dentro (porque dentro lo tengo todo). Te prometo que dejé de reconocerme inmersa en esa frustración absurda.

PERO … También hice cosas bien.

Lo mejor que hice en el año que he cerrado, fue adoptar a Bimba. Recuerdo cómo llegó a casa, a mi casa que ahora es suya. Llegó el día antes de Nochebuena de 2019. Yo estaba muy nerviosa. Mis mejores amigas estaban conmigo. Bimba llegó asustada. Ha vivido asustada durante su escasa vida. La encontraron junto a una carretera, sin pelo, desnutrida. Teme los ruidos, la calle, y a ciertas personas con las que nos cruzamos. Recuerdo que se durmió nada más subirse al regazo de mi amiga y al mío a pesar del miedo a lo desconocido.

Creo que es lo mejor que he hecho en este último año, quizá haya cometido mil errores  pero … le he devuelto la alegría a un ser maravilloso y contemplar lentamente su evolución es lo más emocionante del mundo. ¿Sabes lo que significa para mí? ¿Sabes lo importante que es sentirme absolutamente útil para alguien tan perdido como ella? Tener la función de cuidarla, de darle amor y protección, me permite dejar de pensar en mí, estamos tan sumidos en pedir, esperar y anhelar que nos olvidamos de ofrecer todo lo que llevamos a quien realmente nos quiere y necesita. Observar cómo corre feliz en el campo o en la playa (allá dónde no llega el rugido de la gente o de los coches),  cómo viaja conmigo, cómo consigue vencer al miedo por ratitos (aún le cuesta, supongo que no es sencillo olvidar el abandono, el maltrato y terror que le provoca el mundo hostil del que viene), cómo se atreve por instantes a lamerme tímidamente las manos o las mejillas, cómo mete sus patitas en el agua del mar por primera vez, cómo se enrosca en su confortable cama y me mira con sus ojos húmedos. Bimba es súper obediente, demasiado buena y prudente, parece que no se atreva a molestar a nadie, como si caminase de puntillas por la vida, como si temiese que pudiese devolverla. ¿Quién podría hacerle eso a alguien?

Yo quiero que sienta que mi casa, que el hogar que construyo (que decoro de una forma muy agradable y bonita, que limpio y ordeno, los rincones que hago míos) lo sienta completamente suyo. Porque Bimba ha conseguido arrojarme toda la luz del mundo y me satisface enormemente haberla encontrado.

Creo que ha venido a recordarme las cosas importantes. No sé. Creo que la afortunada soy yo, porque me siento infinitamente bien cuando me consta que aporto, que le aporto todo lo que puedo y ella evoluciona.

A por el 2020. Feliz año, a ti, que me lees.

 

 

Adoptar a un perro

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Hace unos días adopté a Bimba. Una perrita preciosa con una historia muy triste detrás. Tiene la tristeza cosida a los ojos. En serio. Parece muy vulnerable, asustada y confía en mí. Mueve la cola cuando ve a Ego (¿y quién no? Ego es el perro más maravilloso del mundo) y Ego se acomoda muy cerca de ella, como diciendo “estoy aquí, me caes bien”. Duerme en silencio en su camita, enroscada, no sé qué sueña pero estoy segura de que cada vez descansa mejor.

Mis amigos la quieren. Mi familia la adora. Formamos una “manada” muy entrañable que se cuida. A mí me gusta su forma de observarme. Me dan ganas de abrazarla muy fuerte y decirle que ya no habrá nada que pueda vencerla, que pienso ofrecerle una vida bonita, tranquila, repleta de playas, parques, tardes en casa, calor, cariño, juegos, familia, viajes…

Hoy la he visto correr tan feliz que me he emocionado. Aquel animal desvalido, roto, asustado, se transforma poco a poco en alguien confiado, confiado, entrañable. Iba oliéndolo todo, mirando el movimiento de las hojas de aquellos árboles, persiguiendo a otros perros y algunas ovejas para jugar, libre, salvaje, contenta, segura. Y después de todo eso, ha subido al coche, se ha acomodado en su camita viajera y le he dicho: volvemos a casa. Creo que entonces ha entrecerrado los ojos un poco hasta quedarse dormida.

Ha sido bonito.

 

Volver.

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Volví al teatro. Creo que volví como quien vuelve a la tierra que conoce. Volví para desmadrarme ahí dentro, para entregarme.

También volví a Sevilla. Después de no estar en ningún sitio. Volví y me reconocí en el espejo del ascensor. Supongo que es buena señal.

Volví a reencontrarme con mis principios.

Volví a pensar en personas que me quisieron hasta las pestañas hace años, sonreí para mí misma, como si estuviese delante de ellas y pudiera decirles: gracias por quererme, qué guay fue todo, aún queda el calor de todos vuestros abrazos, aún me abrigáis los huesos.

Volví para perdonar. Y perdonarme.

Volví para reírme mucho más que en los últimos años. Para coger mis riendas. Para hacer todo lo que quiero, porque quiero muchas cosas buenas y fantásticas. Para conocer gente maravillosa y reconectar con gente que dejé no sé dónde.

Volví y ya no llevo siempre las gafas de sol,  ni tengo miedo.

 

 

Pero ya no tiene nada que darte

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Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Ha llegado a mis manos el poema y me emociono solo de pensarlo. Hoy miraba a una niña contemplando la sombra que proyectaba sobre una pared. Estaba completamente absorta y he pensado que ahí comienza su viaje. A veces me acuerdo de cuando comencé el mío y vi toda clase de cosas. Cuando digo que vi muchas cosas es que las vi o las sentí o me las contaron. A veces no hay que irse muy lejos ni fotografiar muchas caras desconocidas, a veces podemos volar y creer y aprender y caer y morir y nacer en una simple frase o en unos ojos profundos o en los brazos de un/a desconocido/a. Y creo que llevamos dentro casi desde el principio, todo aquello que tememos y amamos. Creo que ahí dentro llevamos (o puede que no) a los cíclopes, a Poseidón y a los lestrigones. Y cargamos con todo eso y “rezamos” si sabemos rezar algo (o pedimos casi casi de rodillas) que no nos asusten aunque forman parte del camino.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.

Y qué bonito es esto. Yo siempre fui una hedonista, así como suena. Hedonista. Yo comía cruasanes como si estuviese haciéndole el amor a alguien, los mordía con ternura e impaciencia, los engullía como si me tragase el mundo, como cuando dices “te quiero follar y amar ahora mismo y en la misma secuencia”. Lo prometo, la gente solía decirme: comes como amas, o eso parece. Yo nadaba y escribía acerca del placer el agua mojándome la piel y de las burbujitas que encontraba y de la luz que atravesaba las piscinas o las playas justo a las seis y cuarto. Yo entregué a veces el corazón abriendo los ojos y las manos, diciendo cosas como “a ver qué haces con esto”. Y otras no entregué nada y me quedé observando el paso de los trenes que no me convencían. Yo era una hedonista desde muy pequeña, no me salía del agua cuando me decían “sal”, devoraba las cosas con la misma pasión que las miraba, bailaba sola encima del sofá como si no hubiese nadie, escribía obras de teatro y moría de amor haciéndolo, me quitaba los zapatos aunque escuchase un “te vas a resfriar”, paseaba con mi bicicleta amarilla como si pudiese llegar al fin del mundo, daba saltos de emoción por todo y leía lo que quería como si aquello fuese el mayor regalo de todos. Y  a los 17 años le dije sonriente y extasiada a una monja del colegio que quizá me gustaban las chicas, lo dije convencida de querer besar y acostarme con una mujer, como si aquello fuese un regalo para mí que deseaba hacer en algún momento de mi vida (y nadie se lo esperaba, yo tan femenina, tan prudente, tan ideal para cualquiera de esos chicos, con un mundo salvaje viviéndose y quemándose por dentro…).

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.

Y el viaje de vivir es, joder, es a veces tremendamente desconcertante. A veces la gente se muere, o enferma, o se ríe, o se enamora. A veces la gente mata a otra gente o la abandona o la maltrata.  A veces se emociona cuando hay un niño de ojos enormes y húmedos perdido en cualquier campamento de refugiados. A veces recicla. A veces tiene la suerte de encontrar un buen compañero/a de camino y qué bonito, porque se facilitan las cosas y se cuidan con las manos y los labios. No sé. Es un trayecto en el que puedes ser muchas cosas y a veces aprendes lo más importante de todo del modo más inesperado.

Yo no sé dónde queda Ítaca. Y el viaje es como uno de esos juegos en los que hay tantos caminos como formas de vivirlos. Pero cuídate, por encima de todo, encuentres lo que encuentres. A ti, que me lees.

Fotografía de Sally Mann.

Mi hermana.

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Hoy me he acordado mucho de ti. Desde que no vives cerca me descubro recordándote conmigo en escenas de lo más cotidianas y sonrío con cariño. No sabes la de cosas que he tenido la suerte de aprender de ti, eres mi hermana pequeña y sin embargo me has enseñado muchísimo más que yo a ti. No me había dado cuenta de todo eso hasta que me he visto a mí misma repitiendo sola cosas que solía hacer a tu lado y he sentido un pellizco leve aquí dentro, creo que era tu ausencia haciéndose un poco más presente.

Desde que no vives cerca he sido consciente del vacío que dejas después de irte. Es un vacío absoluto que ninguna otra cosa puede cubrir.

Tu lealtad durante todos estos años, el modo prudente y entrañable de acompañarme siempre, tus consejos tan sabios, la forma en la que me admiras y me quieres por encima de todo lo demás (creo que nadie me admira y me quiere a ese nivel), nuestro lado superficial y risueño, me provoca una añoranza profunda que no esperaba. ¡Nosotras que siempre fuimos tan independientes!

¿Sabes qué? El otro día pasé unas horas contigo y me llené de energía. Te lo juro. No sabes lo feliz que me hace verte brillar así, cuando me hablas de él o de la casa que estáis estrenando, cuando describes aquella ciudad y sonríes así. Cuando me abrazas tan fuerte como si encerrases el universo ahí dentro. Creo que sentirte tan ilusionada me carga de energía porque mereces que todo salga así de bien.

Hoy mientras me pintaba las uñas de rojo con una mascarilla puesta en la cara, quise que estuvieses aquí, a mi lado, riéndote conmigo, diciéndome “no eres consciente realmente de todo lo que vales” o cosas como “date a valer que no hay un mujer como tú“, o “déjame que te planche yo el pelo, anda“.

Hoy me he acordado de nosotras viajando en mi coche, cantando felices. De ti eligiéndome la ropa en dos mil tiendas. De las fotos que nos hacíamos.  De ti hablándome de Harry Potter mientras yo te prometo un viaje y una varita. De nosotras contándonos absolutamente todo sin juzgarnos. De ti abrazando a Ego cuando llegó a mi casa. De tus consejos certeros. De tu calma infinita. De tu modo de quererme tan bonito. De ti cuando te desmayaste y me asusté y solo quise estar a tu lado en aquel proceso  que vino después para cuidarte. De lo fuerte que eres. De cómo has sabido crecer y cuidarte bien. De la vez que quisiste una guitarra preciosa en aquella tienda y nos dio un ataque de risa mientras la tocabas y la gente te miraba. De ti muy muy pequeña pronunciando mi nombre antes que ninguna otra palabra. De las veces que hablamos de los valores que nos han transmitido nuestros padres. De las veces que hemos llorado a la vez. De cómo te alegras cuando me ves actuar sobre el escenario y cómo sufres si sufro. De nosotras haciendo bombones, comprándonos zapatos y sombreros, o viendo la cabalgata de los reyes magos mientras mantenemos conversaciones trascendentales.

¿Sabes que nunca hemos discutido? Y eso que ambas tenemos carácter y para ciertas cosas somos muy diferentes. Creo que mamá nos enseñó a querernos y aceptarnos por encima de todo, ¿no piensas lo mismo? Creo que ella lo supo hacer muy bien, porque pase lo que pase, solo me nace protegerte, cuidarte y reírme contigo.

Ahora que no vives aquí pienso en este hueco enorme que queda después de ti y pienso: que esté bien, que sea feliz, que nada hiera ni corrompa esa exquisita sensibilidad que posee.