Besos con lenguaje

Killing Eve

Captura de pantalla 2019-09-16 a las 18.28.49.png

He terminado de ver Killing Eve. Una de las mejores series de HBO que he tenido el placer de disfrutar capítulo a capítulo. Premiada y aplaudida por la crítica más selecta. Cuenta con dos actrices alucinantes de las que puedes enamorarte fácilmente por los complejo de sus personalidades (Sandra Oh, premiada con un globo de oro a la mejor actriz de serie de televisión en 2019. Y mi querida Jodie Comer, premiada con un BAFTA a la mejor actriz).

¿Qué os puedo decir?

Villanelle es una excéntrica, caprichosa y bella psicópata y asesina que se obsesiona con Eve, la mujer que intenta capturarla. Entre tanto, un elenco brillante de actores y actrices amenizan y complican una trama repleta de giros y risas.

Me ha encantado.

Anuncios

El sonido fuerte de tu risa

Captura de pantalla 2019-09-07 a las 0.11.47.png

He tomado prestada este imagen de la fotógrafa Elena Shumilova porque me ha recordado a mi niñez. Hoy sentada en una cafetería me he acordado de las veces que mi padre tenía que trabajar por las noches como médico en un hospital y mi madre dormía con mi hermana y conmigo. Esas noches siempre pedíamos pizza. Era como un pequeño ritual: tarde de merendar tarta de manzana y noches de películas, pizza y cuento. Había una historia que mi madre siempre se inventaba sobre tres hermanas muy graciosas (Estrellita, Sol y Luna, se llamaban) y mientras nos contaba el cuento, mi hermana y yo nos moríamos de risa. Recuerdo reírme sin descanso hasta dormirme, sentir esa calma que nos proporciona la gente que nos quiere y nos acompaña durante nuestro crecimiento, saberme protegida y respetada, conciliar el sueño vencida y feliz.

Recuerdo la luz de aquellas tardes. La hora del cuento. El rumor del agua de la ducha cuando mi madre bañaba a mi hermana pequeña antes de la cena. Que sonase el teléfono porque mi abuelo o mi tía nos daban las buenas noches y yo dijera: mamá no se puede poner porque está con mi hermana en el baño. Las charlas trascendentales y bonitas con mi madre. El interés que ponía (y pone) en que seamos mujeres justas, solidarias, fuertes, buenas, cultas, libres.  La cara de felicidad de mi padre y de mi madre cuando llegaban del trabajo y nos encontraban jugando. Los sitios a los que nos llevaron.  Los valores que nos transmitieron. La escucha. Los juegos. El cine con ellos. Aquellas estanterías repletas de libros. Verlos leer, verlos reír, verlos unidos, contemplar cómo se respetaban (y se respetan) en todo momento.

Hoy he cerrado los ojos un momento para acordarme mejor de la luz que entraba entonces por la ventana, del sonido de la risa fuerte de mi hermana menor cuando mi madre dormía con nosotras y nos contaba historias y ¡qué bonito!

 

Belleza

Gabriella-Cigliano-Big-Sister-640x800.jpg

Esta fotografía pertenece a Gabriella Cigliano, ganadora de los premios Iphone 2019 y se llama Big Sister. A mí esta imagen me sugiere muchas cosas. Me resulta perfecta por los ojos redondos y oscuros de ella. Delicada por ese gesto protector de colocar su mano sobre la cabeza de su hermano. Sobrecogedora porque aparentemente mantienen una expresión adulta y parecen haber superado un poco su niñez. Agónica porque parecen contener sus emociones al borde de un vaso. Me sugiere quietud por el tono del cielo, infinito y quedo durmiendo sobre las aguas. Hermoso porque refleja una belleza innacesible y callada.

A veces me pregunto cómo será su infancia. La de esos niños que nos parecen ajenos y distintos por estar sencillamente lejos. A veces me gustaría muchísimo acercarme a su cultura, asegurarme de que en cualquier parte del mundo los niños y las niñas reciben el calor para crecer, la protección, el abrigo y las opciones que merecen. A veces he pensado en adoptar a alguien que no tenga absolutamente nada, y ofrecerle todo lo que esté en mi mano. A veces me gustaría fotografiar ojos así, ojos que responden claramente cualquiera de nuestras dudas sobre qué será de ellos en otros puntos del mundo.

Una vez vi un documental (Babies, 2010) en el que podíamos observar cómo era el primer año de vida de algunas personas en diferentes partes del mundo. Después de verlo me di cuenta de que un bebé africano disfrutaba plenamente de la naturaleza, de su reflejo en el agua de un charco, del sonido de una botella, y de cómo un niño de un súper país tenía tantos juguetes que acababa llorando lanzándolos por los aires. Me di cuenta de que para disfrutar del crecimiento había unos requisitos indispensables (salud, alimentos, amor, casa…) y otros que favorecían simplemente la apasionante aventura de explorar (entornos abiertos, sin relojes, el afecto, la libertad, el sonido del mundo, la luz, la calma, el movimiento….). A veces creo que si tengo hijos, sería muy feliz observando cómo escuchan el sonido del viento, cómo corren por la playa, cómo observan la Luna y el Universo, cómo exploran y se aventuran y aprenden a protegerse, sintiendo cómo crujen las hojas, enterrando sus manos en la tierra, leyendo cuentos, creando sus propias historias, dejándoles pintar sobre un lienzo enorme lo que les de la gana, cómo eligen poco a poco lo que quieren comer y cómo aprenden a cocinar con compañía y cuidado. Me imagino esa escena de vez en cuando, unos ojos muy redondos mirándolo todo, una pareja que me acaricia suave el pelo mientras hablamos bajito sobre nuestro hijo/a, o sobre política o cine.  No sé si tendré hijos, no sé siquiera cómo puede ser mi vida en unos años (aunque tengo una idea de lo que quiero), pero igualmente aprecio enormemente el valor de esta fotografía, las ganas que dan de observar detenidamente el juego de dos niños de mirada indescifrable con mar de fondo.

La forma de mirarse

Captura de pantalla 2019-08-02 a las 15.25.48.pngSujata Setia es la fotógrafa que se esconde tras el proyecto  “But Natural” y en su serie de fotografías de parejas de ancianos, podemos disfrutar de imágenes entrañables que nos demuestran que el amor puede durar para toda la vida.

Y es que nada más encontrarme esta imagen en una conocida revista, he sentido una emoción muy bonita porque tal y como dice el reportaje, el mundo se divide en dos clases de personas: las que creen en la fugacidad constante de los sentimientos y se manejan con herramientas inmediatas y las que creen que el amor, el que se escribe con mayúsculas (AMOR), puede perdurar más allá del cambio que se produce en nosotros (la especie humana) con el paso del tiempo y que abarca no solo el aspecto físico sino también el emocional. Todos/as evolucionamos, crecemos, fallamos, aprendemos y cambiamos de alguna forma con el paso de los años, nuestros intereses cambian, y cambia el modo de vestirnos, la voz, los libros que compramos, el cine que vemos, los viajes que programamos,  incluso cambian en ocasiones nuestras prioridades (a veces los hijos/as, otras nuestro aprendizaje, a veces los padres cuando enferman…) dada la vida que elegimos y que construimos. Pero el amor hacia alguien puede crecer con nosotras/os, puede cultivarse, evolucionar e incluso enriquecerse con el paso de los años.

Hace unos días sentí un click aquí dentro, justo aquí, mírame, en el centro del pecho. No fue el corazón rompiéndose, tampoco bombeaba de ningún modo en particular, no eran mis pulmones llenándose de aire, ni mis huesos crujiendo. No me había sucedido nada en particular aunque creo que había llorado un poco. Fue un click distinto y se relacionaba únicamente conmigo y este deseo mío siempre (desde los 20 años) de compartir mi vida con otra persona (mi hogar, mis viajes, mis veranos, mis noches, mis labios, mis brazos, mis amigos, mis películas, mis libros, casi todo). Y pensé inmediatamente en una escena de afecto, pensé en lo importante que es el AMOR con mayúsculas, pensé que es un sentimiento que no se puede pedir ni rogar ni forzar ni provocar en otros individuos. Pensé en que por nuestra vida desfilan personas maravillosas que no siempre pueden amarte, corresponderte, cuidarte o mantener vivo el afecto, personas a las que no amamos nosotras/os por buenas que sean, pensé que nadie es culpable de sentir o no sentir y que parte de la frustración que he albergado durante los últimos cuatro años de mi vida viene de ahí, de mi forma de contemplar el amor como algo que debería ser duradero, auténtico, compuesto de respeto, mimo, sexo, viajes, sueños, familia, risas, complicidad. De que no hay dentro de mí ni un ápice de rencor ahora hacia nadie, de que me quedo con todo lo bueno y bonito que me entregaron, de que no volveré a sentirme desdichada o enfadada por todo lo que no pudo ser a lo largo de mis últimos años, ni tampoco siento miedo hoy ahora a las 15:50 de un 2 de agosto. Porque en el amor (del tipo que sea) que yo creo y necesito creer, no hay miedo sino certezas y abrigo la mayor parte del tiempo. Y eso es lo que quiero ofrecer. Exactamente eso. Abrigo, afecto, risas.

Que el amor simplemente es esa imagen de esos dos ancianos observándose con interés y respeto, esa ternura y esas ganas de acompañarse y ¡qué bonito es que ellos existan!

El camino a C A S A

Captura de pantalla 2019-07-05 a las 22.20.14.png

Me he dado cuenta de lo mucho que me quieren dos amigas. Y os cuento esto con el rumor de un oleaje tranquilo de fondo. No es que antes no sintiera ese afecto incondicional, es que hoy mientras recorría un paseo marítimo me he acordado de ellas y he sabido con certeza que me quieren fuerte, como se quiere a los hijos, a las madres, a una/o misma/o. No sé. Es afecto de raíz. No me quieren por un tiempo.  No me quieren bajo condiciones. No me quieren como a todo el mundo. No sé explicarlo. Ellas quieren estar cerca.

Ellas son pareja y se quieren mucho entre sí. Se cuidan. Se respetan. Se protegen. Se ríen. Se viven a su manera, que es solo suya. Es admirable. A veces durante estos años las he mirado juntas y unidas en situaciones difíciles (muy muy difíciles) y he pensado: qué suerte que se amen y acompañen así, hay pocas parejas que sepan estar realmente unidas de esa forma y especialmente cuando todo se oscurece.

Pues ellas son mis amigas. Ellas sufren si yo sufro. Ellas me ayudan en cualquier cosa que necesite. Ellas se alegran cuando pasan cosas increíbles. Ellas me admiran (lo juro, me ven bonita incluso cuando tengo un mal día, incluso cuando perdí demasiado peso hace años, o cuando lloro, cuando no brillo, cuando enfermo).

Y este post pretende ser un GRACIAS. Es que decir solo “gracias” me sabe a poco, es incompleto. También digo gracias cuando alguien me acerca un vaso, o cuando me traen un plato de espaguetis y no es la misma gratitud la que siento. He pensado en regalarles viajes. En regalarles cosas para su casa. A veces me muerdo las uñas mientras pienso: ¿Cómo podría devolverles tanto? Me han dado ganas de llevarle el océano en una botella y decirles: no se me ocurre nada mejor para agradeceros la compañía, la admiración, el cuidado. 

También me he dado cuenta esta misma tarde durante mi paseo, de que es esa la única forma de amor que concibo y que sin embargo, encuentro rara vez en el mundo, hablo del amor auténtico, ese que celebra de corazón todo lo bueno, ese que es generoso, y fuerte muy fuerte muy muy muy muy fuerte, ese que te elige por encima del resto de los mortales, ese que pretende abrigarte y cuidarte. He sido consciente de que en realidad, mi modo de amar es parecido.

Llevo unos años un poquitín desorientada, la verdad. He tenido momentos muy felices. Muy bonitos. He visto sitios alucinantes. He cumplido algún sueño que otro. He crecido. Me han tratado como una princesa. Y a veces todo lo contrario. He estado sola muchas veces, he hecho sola muchas cosas, me he demostrado a mí misma que soy muy afortunada, querida, capaz y fuerte. He partido de cero varias veces. He aprendido a ser mejor. He tenido miedo y lo he vencido. He tenido amor. He tenido el corazón sangrante. Y en medio de todo eso, he buscado el camino de vuelta a casa. He buscado el modo de sentirme en casa. No sé si sabes de lo que hablo. Esa sensación de estar absolutamente a salvo en el lugar adecuado, donde parezca que nada puede pasar. No sé. Hablo de una sensación. A veces ellas, mis amigas, han venido a mi lado, o me han llamado en momentos muy importantes, han llorado conmigo y han celebrado conmigo,  y simplemente me han recordado que a veces CASA solo es sentirse arropada en un lugar o entre personas que te quieren por encima del resto. Que te eligen, te miman, necesitan y quieren estar contigo, te recuerdan lo muchísimo que te quieren sin mas complejidad.

Hoy en mi paseo me he dado cuenta de que llevo tiempo (tal vez unos años, no muchos) buscando CASA. Batallando con uñas y dientes por sentir esa sensación de estabilidad y calma (que no aburrimiento). He llorado y he sentido frustración cada vez que esa CASA se desvanecía (a veces con una simple frase). Temiendo perder no sé qué. Una vez L. me dijo: “eres preciosa, buena e inteligente, podrías tener lo que quisieras, ¡lo que quisieras! y sin embargo, lo único que buscas es amor después de todo”.

Conozco a pocas personas capaces de querer así como Silvia y María, mis amigas. De un modo absoluto. Daría lo que fuese por evitarles algunas tormentas vitales, por protegerlas. Y por eso (además de regalarles algún día un buen viaje) necesito decirles gracias por abrirme las manos, extender los dedos y ofrecerme esa sensación de hogar y refugio cuando la vida nos permite vernos o escucharnos.

Qué bonito esto que te cuento

Captura de pantalla 2019-07-02 a las 23.58.19.png

Mi padre está escuchando la radio. Me encanta cuando lee, mira una buena película o escucha su radio nueva con ese gesto tranquilo. Creo que antes me dijo algo como “disfruta de todo esto, Helena, del mar, de la buena comida, de un libro, no sé, disfruta y no te preocupes demasiado por nada más, porque la vida es mas sencilla y eres una mujer increíble. La vida te irá dando algunos reveses de verdad, la vida se complica sola y ahora que no tienes nada (enfermedades ni cosas así), tienes la opción de disfrutar de todo lo que tienes”. Hoy hay estrellas. Hoy tengo estrellas para mirarlas, por ejemplo. Este verano me recuerda a todos los veranos. ¿No te pasa? Huelen parecido. Los niños juegan igual en la orilla. Hay dulces, siempre hay dulces en verano. Las noches me encantan y corre brisita.

A veces me gusta y disfruto de estos ratos. Hay silencio. Estoy acompañada pero hay silencio (interrumpido por el murmullo suave de un transistor), ¿no es agradable?

Estos últimos días, estas últimas semanas han sido un poco intensas. Mi hermana se va a vivir a otro sitio. Me despedí de mis alumnos, del patio/de los árboles del colegio en el que pasé cuatro años de mi vida muy especiales, de unos compañeros/amigos que me acompañaron en muchas cosas, del camino que recorría cada mañana hasta allí. De repente todo el estrés de final de curso se desvaneció y estuve un poco (solo un poco) triste porque tantas despedidas, tanto trabajo final y tantos cambios a la vuelta de la esquina me emocionaron.

Me gusta cuando Ego ladra -no sé si esto viene a cuento- pero me gusta que lo haga. Cuando Ego (tras semanas viviendo sin él) me olisquea el pelo como si no hubiese pasado el tiempo (y eso que lo dejé aquí en primavera y ahora es verano y todo huele y sabe a verano). Me gusta que me reciba repleto de amor, con sus ojos redondos. Que hoy se haya subido un momento a mi cama como diciendo “¿te acuerdas de que antes yo dormía pegado a ti?”.

Me gusta haber aprendido algunas lecciones. Haber aprendido por ejemplo que no pasa nada si alguna vez estamos tristes, emocionados/as, jodidas/os, asustados/as, enfadados/as, equivocadas/os, solas/os, frágiles, porque esas emociones o estados son más pasajeras de lo que pensamos y nos enseñan algo, y podemos vivirlas íntimamente, sin grandes aspavientos, como observamos todas esas nubes negras que favorecen instantáneamente el cielo.

Me gusta mucho la gente que me quiere, en el formato que sea. No solo me gusta el verano, también me gusta la gente que forma parte de mi vida ¿Te lo he dicho alguna vez? No sé qué tienen, pero me encantan. Con el paso del tiempo me gustan más esas personas, creo que van creciendo conmigo, creo que las elijo bien (mejor cada vez) y que decido quedarme con las que suman, aman, aportan y entregan un amor sano e incondicional. Me dicen cosas bonitas. Hoy por ejemplo me han dicho cosas bonitas. Es como si todas esas personas quisieran recordarme que están ahí, que quieren estar muy aquí (cerca, conmigo), que se acuerdan de mí para sacarnos una sonrisa, o contarme algo que les preocupa o que sueñan e incluso a quienes aman. Yo quiero estar ahí también para cuidarles. Me gusta cuidar. Me gusta eso de aligerar el peso de los hombros de la gente que quiero y que me quiere bien. No siempre consigo darles todo lo que necesitan, no siempre estoy disponible o acertada, pero no quiero moverme de su lado. Quiero estar ahí para tormentas y celebraciones.

Me gusta Laura, mi terapeuta. En el sentido profesional. Hoy nos vimos. Es como un mapa con diversos recorridos. Me miró y fue más dulce que nunca. No es que me diese palmadas en la espalda. No es que me halagase. No. Hoy supe que detrás de todo, hay afecto real. Hoy he sentido un afecto que no había notado antes. Hoy parecía que quería abrazarme un poco e impulsarme al cielo. No sé explicarlo.

Hoy he visto a una buena amiga. Ha querido regalarme casi toda su tarde. Allí sonaban los pájaros. Y hemos hablado de los árboles del jardín, de cómo han crecido sus perros, de que bajaron un poco las temperaturas, de que la luz iba cambiando conforme atardecía, de dónde comprarme gafas de agua, de mis padres, de mí, de los sueños que aguardan en mis bolsillos, de ella.

Yo tengo sueños en los bolsillos. Quiero una casa y sé que cada vez está mas cerca eso de irme a una casa con terraza, quiero una terraza con plantas (si consigo cuidar bien de las plantas). Quiero que el sol entre (como entra en casa de mis padres) sobre una cama grande a la hora de la siesta y dejarme vencer por el sueño. Quiero celebrar muchas cosas. Un montón de cosas. Quiero que mis amigos se sientan en casa cuando estén en  esa terraza. Quiero escribir más libros, aprender sobre esto, quiero encontrarme con una profesora o un profesor que me desarme y me exija (en lo que a escritura se refiere) y me rete y yo diga “cuánto he aprendido”, con la boca entre abierta. Y quiero decidir si deseo ser mamá o no. A veces me asusta traer al mundo a alguien y que sufra (por amor, por dolor, por enfermedad, por lo que sea) porque sé que como más crecemos es sufriendo un poquito. Al menos eso dicen: de esto aprenderás. Y tú apretando los dientes y pensando “me gustaría aprender sin darme de hostias en el suelo”. Quiero sentirme muy orgullosa de establecer vínculos sanos en medio de un mundo tan enfermizo, que los fantasmas y miedos que nos acompañan, se suavicen y podamos mostrarnos tal y como somos. Porque a mí con todos mis defectos, me gusta como soy y disfruto (no sabes cuánto) de cómo son los demás. Tengo el sueño de viajar a ciertos sitios, de bajarme del avión con cara de sueño y recorrer ciudades, y comer lo que otros comen, y hablar como otros hablan, no sé si me entiendes. Y quiero irme algunos fines de semana a la montaña, al bosque, al mar en invierno. Quiero dormir abrazada siempre que pueda, es que me encanta esa sensación de abrigar con mis brazos. Y quiero hacer un cortometraje o una obra de teatro con un texto mío. Quiero que alguien vea con sus ojos abiertos alguna cosa que yo invente/escriba antes. Quiero aprender alemán y perfeccionar mi inglés. Quiero una caravana (durante unos años al menos) y poder decir que yo también me desperté frente al mar y el mar me tragaba porque no había nada más alrededor. Quiero aprender a plantar cosas. Leer muchos más libros y no poder levantar la vista. Quiero soñar muchas cosas y que tras cumplir un sueño, vengan otros nuevos. Quiero disfrutar siempre de la sensación de volver a casa después de un cine, unas copas, un teatro, un viaje. ¿No te gusta esa sensación? esa de volver después de haber aprendido o disfrutado mucho de algo. Y hablas bajito porque es de noche y necesitas meterte en la cama porque te duele todo un poco. Quiero llegar más alto (al ritmo que sea y que me permita mi vida) en la literatura. Y conducir para conocer lugares. Quiero aprender mucho más sobre música. Yo qué sé. Lo mismo mañana me preguntas y tengo muchos más sueños.

Quiero ser jodidamente feliz. Sin ñoñerías. Pero feliz. Solo queriéndome, puedo querer bien. Solo siendo feliz conmigo aquí esta noche, con todas esas estrellas y el rumor de la radio de mi padre, podré hacer felices a otras personas. Hoy me he demostrado a mí misma que soy mas fuerte que la tormenta y mas valiente y humana de lo que pensaba. Hoy no guardo rencor, no tengo conflicto conmigo ni con el universo.

Y hoy he empezado a encajar mis piezas.

 

 

 

 

Algún recuerdo

Captura de pantalla 2019-06-25 a las 22.21.54.png

Yo me he dado cuenta de que rara vez alguien se sienta frente a mí y me dice:

-Cuéntame algo sobre ti.

-¿Algo como qué?

-Lo que sea. Un recuerdo. Un anhelo. La última vez que follaste y sonreíste al final. No sé. Lo que quieras.

Y no es que no tenga gente maravillosa a mi alrededor que se interese por mí, no es eso. Es que vivimos sumergidos en un mundo extraño en el que saben más de mí por las fotos en bikini de instagram, en el que recibimos muchísima información superficial y en el que rara vez alguien cierra la boca para escucharte de verdad. Hace tiempo que creo saber mucho más de la vida de los otros y que guardo con prudencia mi turno para contar anécdotas, viajes, sueños, proyectos, ideas. A veces sencillamente me quedo en silencio.

Hoy tumbada sobre la hierba en la piscina he pensado que a veces, las personas conocen antes el sonido que hago cuando alcanzo un orgasmo bonito que cómo fui en mi niñez, qué cosas me asustaron, por qué gané algunas medallas, cuál fue la primera historia que escribí, cómo era mi voz antes, hasta dónde corría en verano, por qué tengo esa expresión en una playa de Formentera, por qué razón me bloqueo emocionalmente cuando siento dolor y me quedo en silencio sin poder defenderme ni explicar cómo son las cosas. Supongo que recibimos tanto, tenemos tanto, que olvidamos algunas cuestiones importantes.

Así que he decidido escribir aquí algunos recuerdos para no olvidarme de ellos. Puedes leerlos si quieres. Y puedes no hacerlo.

¿Sabes? Recuerdo el olor exacto del coche de mi padre cuando me llevaba a una de las guarderías situadas en el otro extremo de la ciudad. Recuerdo que ponía canciones de la Bruja Avería y yo me escondía detrás de su asiento y balbuceaba: “ains, miedo, miedo y risa”. Y él sonreía y me pedía que me sentara bien.

Recuerdo que el coche de mis padres olía distinto cuando era verano. Ahí todo cambiaba. Viajábamos de noche, cargados de equipaje. Y yo contemplaba las estrellas y murmuraba “estaría mejor si lloviese y hubiese rayos”. Mi madre bromeaba y hablaba sobre un montón de cosas. Qué bonito era verles así de felices. Celia y yo cantábamos sin parar y a veces ella preguntaba que cuánto quedaba para llegar.

Recuerdo que elegí yo el coche de mis padres. Quise que fuese rojo. Me encantaba ese color. Me pintaba las uñas de ese color antes de saber qué color era. También elegí el nombre de mi hermana. Elegí muchas cosas porque a ellos les gustaba escucharme. Solían tomarse su tiempo para preguntarme cosas. Así que no era yo la única que hacía preguntas (¿por qué suenan los gallos en este pueblo? ¿por qué se esconde el sol por ahí? ¿por qué nos vemos detrás de la lluvia?). Ellos también (¿por qué te gusta tanto esta canción? ¿qué te gustaría comer? ¿por qué te pones así cuando te enfadas? ¿qué te asusta?). Ellos estaban intrigados por saber qué ideas alucinantes navegaban por mi cabeza y yo describía a mi manera aquel modo de sentir que oscilaba entre la curiosidad, el afecto, la euforia y la calma que concede la ignorancia.