Besos con lenguaje

Mi paseo con Anna

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Hoy paseé con Anna que tiene cuatro años recién cumplidos. Nada más saber que iba a llevarla hasta el lugar donde trabaja su madre, me dio la manita con una expresión adorable y no dejó de sonreír.

Hacía mucho calor y he buscado la sombra todo el rato en nuestro agradable trayecto. Anna me ha contado que le han preparado una habitación para ella, que una de las patas de su cama está un poco rota, que a veces llora cuando tiene que dormir sola porque todavía es “chica” (se llevaba la mano a la cara como tapando una carcajada vergonzosa) y espera que su madre se duerma para irse a su cama grande. Me ha dicho que le gusta Frozen porque Elsa tiene poderes y a ella le gustan las películas en las que las chicas hacen cosas así, que se pintaría el pelo blanco como Elsa- aquí ha parado un momento y ha dicho: ¿te imaginas que existiera?-. Me ha dicho que cuando era un bebé se comía todo el plato y no le dejaba nada a nadie, que ahora a veces deja porque no siempre le gusta la comida. Me ha preguntado que por qué la plaza estaba sembrada de banderas de arcoiris, le he contado que es para una fiesta el sábado y ha respondido con inocencia que a ella le encantan las fiestas con muchos colores. Me ha hablado de unos amigos italianos que tiene, que Giuseppe a veces se porta un poquito mal. Que hay días que no entiende por que su mamá le riñe un poco, pero que luego se ríen mucho las dos. Ha cerrado los ojos un instante mientras yo le hablaba de ese cuento que le gusta y que a veces les relato en clase. Me ha dicho que tiene un vestido muy bonito que piensa llevar al cumpleaños de su amiga. Que le gustan los gatitos. De repente ha exclamado: mira esa chica tiene el pelo azul, qué bonito. La ha mirado intensamente, fascinada, y luego ha seguido caminando. Ha comentado que me quiere hasta la Luna, o incluso todo esto (y ha extendido sus diez dedos para hacerme saber que era mucho), y ha dicho cosas muy tiernas como que soy guapa, muy guapa (ha puntualizado), que soy una mariposa (con su acento italiano), que quiere pintarse las uñas como yo, que soy buena y nunca riño, que tengo el pelo bonito y suave, que si aquella casa grande tiene sirenas dentro y que dónde viven las sirenas.

De repente hemos llegado y no quería soltarse de mi mano. Le he dicho: mañana nos vemos en el colegio. Y ella ha vuelto a reírse mientras me decía: claro, claro, casi me olvidaba, así no me pongo triste.

Creo que cuando pasan cosas así, me lleno de amor, me dan ganas de tener un hijo o una hija y mostrarle el Universo, decirle que haré todo lo que esté en mis manos para hacerle feliz, para que se sienta libre, seguro/a, protegido/a.

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El abrazo más bonito.

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Este año he tenido un alumno que aprende de una manera distinta, que se comporta como ningún otro niño en el aula, que no sabe hablar, que no expresa el afecto, que a veces llora desconsoladamente cuando algo le duele o le frustra y lanza patadas, que se asusta con determinados ruidos, que se aleja del bullicio de la clase y busca rincones secretos para quedarse en silencio, que se rie con el contacto del agua sobre su pelo si hay lluvia, que coloca a los animales de plástico en fila india y murmulla palabras fascinantes que no existen, que busca mi consuelo ante cualquier confrontación con otro niño. Yo he tratado de enseñarle algunas cosas, a abrocharse el abrigo sin ayuda, a comer solo, a relajarse, a saltar con los dos pies de una sola vez, a no tenerle miedo a las tormentas, a reír mientras da vueltas en el suelo, a bailar un poco de rock, a cerrar los ojos y sentir el paso del viento o el sonido de las hojas del árbol grande del patio, a decir algunas cosas, algunas normas básicas del juego con otros niños y niñas, a conseguir las cosas sin gritar ni herir a los demás, a coleccionar piedrecitas, a oler la hierbabuena, a pasar suavemente las páginas de un cuento, a disfrutar de la libertad que proporciona la niñez y la inocencia.

¿Sabes? ayer hizo algo que no había hecho antes. Ayer vino a abrazarme. Vino con pasos inestables y mudos, me rodeó con sus brazos y apoyó su cabeza en mis piernas. Así de repente. Había llorado, había pasado algo con otro niño probablemente, no estoy segura. Permaneció así, aferrado a mi cintura, completamente en silencio. Hoy ha vuelto a hacerlo, hoy no lloraba, me ha abrazado y ha cerrado sus ojos grises unos segundos. Después de eso, me ha sonreído y ha seguido jugando a vete a saber qué con los disfraces.

-B E S O-

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A veces pongo mi “equipaje” sobre la hierba. Abro la maleta. Observo todo lo bonito que llevo encima, me detengo brevemente en algunos recuerdos (los contemplo como esas nubes que pasan suavemente, ligeras, fugaces ¿las ves?), enumero y ordeno todo lo que quiero hacer y aún no he hecho, acaricio aquellas virtudes y detalles que admiro, veo mi niñez y sonrío, veo aquellos labios pidiéndome un beso (el primero creo) y me hace gracia. Puedo escuchar aquella canción que fue el comienzo de mi adolescencia y que yo tarareaba en la ducha. El sonido de la lluvia cuando estaba en la Facultad y caía sobre aquellos ventanales. Hay muchas fotos, puedo saber cómo me sentía según mis gestos, en algunas estoy radiante, en otras menos. Conservo entradas de cine, vacaciones (y crema solar), tickets de la compra, billetes de tren, mis malas y buenas decisiones, el aprendizaje, revistas de cine, dedos recorriéndome la espalda, manteles de picnics, cuentos de la niñez, una agenda con los números de teléfono de los chicos que me gustaban a los ocho años (¿quién iba a decirme que años más tarde me enamoraría perdidamente de las chicas), gafas de sol, sombreros, juguetes, vestidos, cintas de Cristina y los subterráneos (bailaba aquellas canciones encima del sofá), mi bici rosa clarito que tuve a los siete años, las Converse, las zapatillas Victoria con dibujitos, mis disfraces, los te quiero de portal, las cartas de mis amigas, los duelos, el amor, las pérdidas, algunas postales, anillos, mi guitarra acústica que no sé tocar… Puedo visualizar también, el próximo beso (qué bonito el preludio, lo que aún no ha ocurrido, lo que imaginamos), no sé de qué labios (no sé si piensas venir o has llegado, aún no sé si nos conocemos o si acabas de cruzarte conmigo en esa esquina) pero sé cómo será la sonrisa…

 

Creencias incorrectas. Y va de amor

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A lo largo de este último año he analizado voluntariamente el amor (el que sentimos, el que nos enseñan, el que nos muestran, al que aspiramos) y he aprendido muchísimas cosas. La primera de ellas es: ¡cuántas creencias inadecuadas tenemos y cuánto pueden llegar a influirnos a la hora de mantener una relación con otra persona!

Una de las cosas más importantes que he aprendido es que a veces confundimos una fuerte atracción (esto es simple química que puede mantenerse en el tiempo o acabar en un solo gesto) con el enamoramiento. Y es que enamorarse implica no solo una atracción inicial (que también, y ha de ser muy intensa, fascinante) sino una interpretación y organización cognitiva de lo que esa persona nos ofrece (sentir mariposas y admirar sus ideas, sus valores,sentirnos bien, cómodas, respetadas… Tiene que fluir sencillamente).

Otra de las cosas que ahora identifico rápidamente es la diferencia entre el enamoramiento y la dependencia. He conocido amigas (incluso yo he podido vivir en algún momento esa sensación) que se mantienen al lado de una persona que les hace sentir mal casi todos los días de múltiples maneras, y aún así dicen “pero estoy tan enamorada que vuelvo y vuelvo y vuelvo”. Eso no es estar enamorada, ni es amor en cualquier caso (aunque puedas querer a esa persona y apreciar cosas positivas en ella), volver una y otra vez a los brazos de alguien que no te hace sentir libre ni cómoda ni en paz, es simplemente dependencia.

Creo que para iniciar una relación saludable con alguien, hemos de enamorarnos y esto conlleva un proceso de conocerse (primero a nosotras mismas, y después conocimiento mutuo), pues como he dicho al principio, la atracción por fuerte que sea no es enamoramiento y tendemos a confundir ambos conceptos. Para esto último, hay que recibir e interpretar muchas ideas, sueños, valores de la otra persona. Y en mi opinión, el mejor amor es el que nace espontáneamente entre dos personas sanas mentalmente que saben estar solas, que saben cuidar de sí mismas y no “necesitan” a nadie para estar bien, creo que es el modo más auténtico de elegirse libremente todos los días. Dos personas independientes que saben comunicar lo que necesitan y lo que sienten (capaces de decir: te quiero, me apetece que te quedes conmigo si tú quieres, esto me gusta, de ese modo no funciono bien, quiero contarte lo que me hace feliz y lo que me preocupa).

Por otro lado, he escuchado cosas como “el amor puede con todo” (lo que nos lleva a creer que hemos de “aguantar” relaciones que nos hacen daño, o situaciones desagradables), “hay que hacer todo por amor” (lo que supone que deberíamos cambiar por alguien para complacer o evitar que se marche, con el fin de demostrar todo ese afecto), “la vida es una carrera de obstáculos y el amor también” (como si el amor y la vida que elegimos debiese ser complicada y tortuosa, cuando en mi opinión la gente que nos quiere ha de facilitarnos las cosas, o al menos, no colocarnos obstáculos inmensos en el camino). También es cierto que he escuchado alguna vez eso de que “no elegimos de quién nos enamoramos” (pero sí elegimos con quién nos quedamos, ¿no? y esto creo que es MUY importante. Como he dicho antes, la atracción inicial es incontrolable pero enamorarnos de alguien conlleva también sentirnos felices, plenas, libres, ilusionadas y creo que implica una admiración mutua por alguien con valores y maneras plausibles).

Y escribo acerca de todo esto porque para mí está siendo muy relevante identificar creencias (heredadas, aprendidas, imitadas, escuchadas, observadas) que pueden resultarnos perjudiciales. Tal vez porque yo misma he creído a veces que alguien que demanda constantemente mi atención, o que controla sutilmente (en el mejor de los casos ha sido sutil) lo que hago o con quién estoy, me ama. Incluso he llegado a creer un poco que para demostrar mi amor hacia alguien tenía que soportar situaciones que más allá de juzgarlas, a mí me hacían sentir triste o mal. Y vienen de esas creencias obsoletas aprendidas y de esa confusión que a veces tenemos entre el amor y simple atracción sexual.

Y no, no existen las personas perfectas. Pero podemos elegir quedarnos cerca de personas que simplemente funcionan con nosotras (a todos los niveles: emocional, sexual, intelectual…) y dejan salir a las mariposas.

Ahora que he sacado lo mejor de cada experiencia bonita o terrible ( y no solo de las mías, también de las de mis amigas o amigos, de algunos familiares, de compañeras de trabajo…), sé que cuando llegue el amor, voy a reconocerlo inmediatamente,  lo identificaré por las cosquillas en el pelo, sus ideas, las tardes en el cine,  el modo en el que me mirará mientras tararea graciosa esa canción, por su forma de besarme (dulce y salvaje),  la manera de tocarnos/hablarnos/admirarnos,  las luciérnagas en mi garganta, por la elección libre y mutua de escogernos, y el modo de fluir a su lado. Sé que cuando aterrice en mi vida, cuando llegue, se detendrá a conocerme, me hará feliz ver cómo consigue todos sus propósitos, y no vamos a necesitarnos, no rellenaremos vacíos, ni trataremos de cambiarnos. Será bonito decirnos: “me gustas así, todo está bien con nosotras, míranos, contigo es más fácil, más bonito y más apasionante”. Y todo esto, se da sin el mayor esfuerzo, dolor o renuncia.

 

Disobedience

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El viernes fui a ver Disobedience al cine en versión original subtitulada. A mí personalmente me resultó bonita, un poco fría, contenida, silenciosa, pausada, casi tierna en determinadas escenas. Me gustó la mirada verde, libre y sensual de Rachel Weisz, los ojos profundos, tristes y asfixiados de Rachel McAdams, el modo de besarse, de observarse…  Me pareció interesante la crítica al extremismo judío (que puedo comparar fácilmente con cualquier otra religión llevada al límite), el modo en el que cualquier creencia heredada puede llegar a coartar la libertad de crecer siendo felices y conscientes de lo que elegimos para nosotras/os.

Hay quienes han comparado esta obra con Carol. Creo que no se parecen en cuanto a estilo, pues aunque tal vez les une esa delicadeza femenina, apasionada, dulce, ese afecto sutil, irremediable, son diferentes. Disobedience se me antoja más contenida, silenciosa, sufrida e intimista.

 

¿Quién eres? -pregunto sonriendo.

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Hola (sonrío), quiero hacerte una pregunta si no te incomoda (quizá te haga alguna más): ¿Quién eres? (y aquí puedes responder lo que quieras, como si quieres decirme que eres la que lees mi blog en el metro de camino a casa) ¿a qué te dedicas? ¿te gusta el cine, la literatura, el arte, la fotografía, el deporte, e teatro? ¿por qué lees todo esto que escribo cuando encuentro ratos de silencio?

Y es que me he dado cuenta de que tengo una bonita suma de visitas al blog pero no sé muy bien qué tipo de lectoras/es hay al otro lado de la pantalla, no sé si te gusta cuando hablo de mis alumnas/os, o prefieres mis espontáneas disertaciones sobre el amor,  si leíste alguno de mis libros, o si abres el blog para buscar compañía en tus trayectos en autobús o en las horas amables de las siestas.

Me gustaría saber quién suele pasar por aquí, qué tipo de textos suelen gustarte (cine, libros, relatos, ocurrencias entrañables de mis alumnos/as, amor…) y así poder ofrecer posts que puedan interesarte, dentro de lo que suele apetecerme escribir claro.

No es necesario que me cuentes todo eso públicamente. Si te apetece, puedes escribirme a: helenalagodice@gmail.com

 

 

Family

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Este fin de semana ha sido tan agradable que no he dejado de sonreír. Tengo una familia maravillosa formada por personas (y animales no humanos) increíbles.

Me han gustado las rutas. Las risas con mi hermana a cualquier hora. El paisaje cambiante y acogedor. Mi perro curioseando entre margaritas y rocas enormes. Mirar el partido de fútbol todos juntos. Preparar la cena con ellos. El sonido de los pájaros cuando mi padre nos dijo “escuchad”, en medio del bosque. Mi madre cuidándonos por encima de todo. Ver con mi hermana una serie y emocionarnos a la vez (entre las lágrimas y la risa). Descubrir un terreno cubierto de amapolas. El murmullo del río. Los almuerzos exquisitos. Bañarme sin prisas. El atardecer en la terraza, la montaña desdibujándose en la noche.

No escribí nada el día internacional de la familia, pero debo decir que mi familia es extraordinaria. Que nos une un vínculo muy fuerte, muy sano, indestructible y tranquilo. Que recuerdo mi niñez rodeada de cuentos, gente que me adoraba, olor a bizcocho, jazz, tardes de cines, visitas a toda clase de museos, veranos en el mar, respeto, juegos, charlas, calma, risas. Que si alguna vez formo una familia con otra mujer, será muy parecida a la que tengo (y cuido, valoro), no quiero nada menos que esto.