Besos con lenguaje

Sonríe, sin flash, en invierno

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Yo no sé, mira. Mira cómo es esto. La luz invadiéndome el cuarto, la gente en la cola del cine tarareando villancicos (fun fun fun), los perros temblando, tus manos frías. Te digo que nunca llevo guantes y aún así froto mis dedos y tengo calor. Mira cómo llueve, cómo nieva, cómo me derrito si sale un poco el sol. Mira, mira todas esas luces, a los niños les encanta observarlas, abren mucho los ojos y a veces pestañean así, hacen así de vez en cuando, ¿ves?

Me agobia un poco esa multitud, mira, ahí. Es normal, todo el mundo quiere decir que ha ido de compras y que ha visto el belén de chocolate, quieren merendar en ese sitio que hace esquina, ese que me gusta y que está lleno y no se puede.

Quiero comprarte un regalo. Ponerle un lazo. No estoy segura del lazo. Prefiero ver cómo te ríes de algo, cómo suenan tus botas rojas sobre las hojas. Cómo cruje el corazón cuando dices que podemos hacer un viaje en un tren (aunque sea un cercanías). Quiero despeinarme, bailar, dormir, besar, recorrer con mi dedo las arrugas de mis sábanas. Que no suene el despertador porque hay vacaciones. Abrigarme. Quiero quiero quiero. Quiero abrazarte mucho y decirte qué frío hace, ven que te beso.

Mírame.

Sonríe.

Sin flash.

 

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Ganas de navidad

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Resulta que tengo ganas de navidad. Que después de tres años de navidades en las que por una razón u otra estuve preocupada, me siento completamente en paz y llena de energía. Como si el cielo se hubiese despejado y no quedase nada de esas nubes.

Tengo ganas de cocinar, y comer dulces, poner luces, ir al cine, leer Mujercitas (otra vez), recorrer la ciudad con las manos en los bolsillos del abrigo, escuchar villancicos en inglés (tararearlos distraída mientras hago otras cosas), dormir hasta tarde, patinar aunque haga frío, abrazarte.

Pienso preparar regalos y disfrutar de las personas (y animales no humanos) que quiero. Pienso decirles: os quiero.

Si pudiese metería todo lo que me importa en una bola de cristal de esas que agitas y hay nieve y les protegería del frío, del sueño, de la oscuridad.

 

 

¿Y qué vas a decirme?

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—¿Y qué vas a decirme?

Atardece. Lo sé por la luz y el sonido suave de las cosas (niños, pasos, coches, vencejos, viento, sillas, perros). Creo que Furo hace run run run justo en ese momento, en esa pregunta. Parece expectante también. Estoy despeinada. Desnuda. No quiero buscar a tientas la ropa. No quiero vestirme. Ni beber agua en ese momento. No quiero hacer nada que no sea mirarla así, mientras sus dedos se enroscan en mi pelo, mientras se hace de noche y la vida se recoge en silencio. Con todo lo que queda por hacer.

Y pienso cosas como: te diría que sí a todo, que ya no quedan cicatrices, que me gusta cuando dan las nueve y media de la noche, que están a punto de salir los unicornios (otra vez) por mi boca, que tengo las manos llenas, que mira qué invierno más bonito (apenas quedan días para las luces), que me encantan “sus dragones”, que beso sus pestañas/mejillas/labios/sueños cada vez que cierro los ojos muy fuerte, que todo es nuevo (brilla, huele a cosas por estrenar), que aquel picnic en la orilla no lo olvido, que estoy fuerte y he crecido y podré acompañarla en todas las tormentas (tengo pararayos, botas de agua, brazos que la arropen, besos preparados debajo del paraguas)…

Pero no me atrevo a decir todas esas cosas. Se va la luz. Sus ojos me contemplan, creo. Me ruboriza si me mira así.

Repite:

—¿Y qué vas a decirme?

Me sonrojo. Sonrío. Las palabras aquí, en el regazo.

Celebrarlos así

 

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Lo mejor de esto es cuando un alumno deja que le cure una herida, y le tiemblan las manos, y me mira como diciendo: confío en ti sobre todas las cosas. La sonrisa fugaz y auténtica que viene una vez se han atrevido.

Las veces que trepan hasta sentarse en mi regazo.

Cuando retan con una expresión inocente.

Sus voces llenándolo todo.

Su respiración tranquila cuando duermen, especialmente cuando sueñan en mis brazos.

Cuando se descalzan para bailar y suben a las mesas creyendo que sostienen guitarras eléctricas.

Los ratos que pasamos haciéndonos cosquillas en el pelo, mientras tarareo canciones o susurro cuentos inventados.

El instante en el que tras una rabieta o un enfado, vuelven a la calma, y me tocan con un dedo la rodilla (estoy aquí) o me abrazan como diciendo: ya se me ha pasado.

Dibujarles el contorno de la cara, las cejas, las pestañas, las mejillas con los dedos, ver cómo entrecierran los ojos (como si soñasen).

Cuando cuentan lo que hacen, lo que sienten. Dibujo un dragón que se ha convertido en una mariposa. Me lavo las manos. Mírame, yo bailo así. No me gusta el desayuno. Yo creo que los elefantes hacen esto. Estoy enfadada. Ella me ha empujado aquí en el corazón. Yo he visto al hada.

Sus declaraciones de amor. De un amor muy puro, de esos que abrigan, consuelan, acompañan.

El modo en el que se ayudan poniéndole los zapatos a otro/a, por ejemplo.

Cuando ríen con ganas mientras hago bromas.

Agacharme, mirarles detenidamente mientras narran dramáticamente un acontecimiento importante.

Eso de que me sigan (con los ojos abiertos de par en par) si se me ocurre una danza, un recorrido, un juego, una idea, algo.

Cuando les digo: vamos a contar un cuento, silencio, si hacemos ruido… Se escapa la magia. Y todas/os escuchan atentamente.

Sus abrazos así tan fuertes, imagínatelo.

Las bromas, la complicidad que llego a establecer con ellos/as. Sus risas contagiosas.

La inocencia.

Dicen que hoy es el día del niño/a. Yo creo que hay que celebrarles todos los días, pero aún así, esto va por todos/as los/as que han formado parte de mi vida.

 

 

 

En mi buzón

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Una alumna del curso pasado (que no me olvida) me escribe cartas así de bonitas, con el corazón temblando en la mano. Puede haber un amor más puro que este?

Me pregunta que qué voy a pedirle a los reyes. Más personas como tú, pienso. Porque después de trabajar con M. dos años seguidos, supe que existen personitas extraodinarias, inteligentes, sensibles, mágicas, buenas…

Porque esta conexión muda e indestructible que a veces establezco con mis alumn@s me emociona. Por cartas así, por sus abrazos cuando nos encontramos (tan fuertes, tan auténticos), por sus declaraciones de amor tan inocentes, porque creen y quieren creer en todas esas cosas que casi todos olvidan.

Me encanta esto en mi buzón.

Instrucciones para amar bien (desde mi punto de vista)

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  1. Decirle abiertamente lo que sientes, sin miedo, con una sonrisa en los labios.
  2. Respetar sus necesidades, ideas, sueños, opiniones.
  3. Incitarle a que siga creciendo como persona, como un individuo independiente que necesita sentirse pleno/a y autosuficiente. Seguir creciendo tú en todo.
  4. Apreciar a su familia y amigos/as. Integrarle con los tuyos. Darle su sitio.
  5. Admirar lo bien que canta o escribe o besa o cocina o debate o nada …
  6. Disfrutar del deleite de la otra persona, animarla a hacer cosas que le gusten y a quedar con personas que ama.
  7. Escucharle mirándole a los ojos, prestar atención a sus preocupaciones sin juicios de valor. Hablarle con total confianza de todo lo que piensas y necesitas.
  8. Expresarle los derechos fundamentales que consideras importantes en una relación, prometerle con el corazón temblando en la mano que esos derechos (los suyos y los tuyos) se comparten y son bidireccionales.
  9. Leerle en voz baja.
  10. Hacerle (y que te hagan) cosquillas en el pelo y en el antebrazo hasta conciliar el sueño.
  11. Dejarle espacio (y pedir espacio) para estar a veces enfadada, triste, excitada, feliz, ilusionada, malhumorada…
  12. Decirse las cosas con cariño. Y a veces decir: “vete a la mierda o que te jodan un rato” cuando estallan volcanes en el pecho (sin llegar en ningún caso, y esto es muy importante, a las faltas de respeto, insultos ni malas maneras).
  13. Regalarle libros y películas por ejemplo.
  14. Perderse en museos, exposiciones temporales, ciudades, metros, plazas, avenidas, cines…
  15. Ir al teatro.
  16. Reír. Mucha risa. No importa cuando: cola del súper, garaje, cocina, ducha, cama, puerta del trabajo…
  17. Cepillarle el pelo (y que te cepillen el pelo).
  18. Ofrecer (y que te ofrezcan) estabilidad, lealtad.
  19. Muchos besos, miles, millones, y caricias y todo lo demás, muchas veces, en muchos sitios. Que nunca se pierda ese contacto especial.
  20. Ponerle tus películas favoritas, decirle: mira esta escena, siempre me emociona.
  21. Seguir haciendo las cosas que te gustan seguir conservando y cuidando de tus amigos y familiares.
  22. Pasear en bicicleta, patinar.
  23. Besar debajo del paraguas, debajo de las sábanas. En medio de una plaza.
  24. Hacer viajes en coche. Coger muchos aviones. Invitarle a muchos sitios. Trazar caminos con el dedo sobre un mapa.
  25. Elegir siempre a personas con madurez emocional, capaces de cuidar de sí mismas, de mantenerse, capaces de ser independientes. Ofrecer lo mismo.
  26. Optar siempre por la valentía. Para amar, para entregar, para confiar, para explicar lo que sucede…
  27. Construir un vínculo sano, maduro, fuerte, con raíces hacia abajo y ramas hacia arriba.
  28. Agradecer todo lo bonito que te ofrece.
  29. Decirle que no cuando no quieres algo, respetar cuando lo dice ella. Poner límites. Aceptar límites.
  30. Respetar siempre, cada minuto. Y exigir el mismo trato.
  31. Escuchar la lluvia. Contarle cosas mientras se ducha.
  32. Cocinar juntas.
  33. Ver series.
  34. Compartir mucho. Tener espacios individuales.
  35. Dejar ir.
  36. Dejar libre y ser completamente libre.
  37. Comprometerse.
  38. Cuidarle cuando sube la fiebre. Que te cuide.
  39. Abrazarle así de fuerte cuando algo le preocupa.
  40. Dibujar las líneas de sus manos.

 

Lista de cosas que me gustan en otoño

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Hoy tuve que abrir el paraguas, alguien me hablaba por teléfono, sonó un trueno y todos dimos un saltito cobarde. Qué gracioso. El caso es que pensé que había llegado el otoño a mi ciudad.

Qué de cosas me gustan en esta estación (sospecho que también me encantan en otras):

-Mi gato en la siesta haciendo runnn runnn muy muy cerca de mi cara.

-Ponerme un poco moñas debajo del paraguas.

-El olor a suavizante de mis rebecas.

-El tacto de las camisas que abotono sin prisa.

-Encogerme de frío, que me abracen así.

-El cielo que se transforma por las tardes como una obra de Hopper, con cierto aire de melancolía.

-Las hojas que crujen bajo las botas de mis alumnos.

-Mi perro buscándome los brazos ahora que se despierta (un poco) el frío.

-Pintarme las uñas de un tono más oscuro.

-Las botas de agua.

-Volverme cálida, decir que sí.

-Observar cómo se organizan los días, cómo se ordena todo y vuelven los horarios.

-Correr junto al río, la ciudad reflejándose y todas esas lucecitas prendiéndose.

-Comprarme libros, más libros y devorarlos despacio a última hora.

-Dormir a veces abrazada.

-La luz decadente y romántica de los días, inundando las habitaciones.

-Las mesas de madera sobre las que apoyar platos y cubiertos. Mis muebles nuevos. La vida estrenándose.

-Las mantitas.

-Ir al cine. Decidir que quiero palomitas.

-Meter mis manos en los bolsillos.

-Las cafeterías con ventanas, decir “mira la lluvia, mira todas esas personas”.

-Mi sombra cuando camino, ahora mas tenue porque el sol besa con suavidad nuestras cabezas.

-Mis alumnos con sus ojos enormes señalándome el cielo a través de las rejas del ventanal. Las nubes ahí, mira, dicen, y tosen y se ríen.

-Las castañas, el humo.

-Mirar películas. Sola y acompañada.

-Organizar con mis amigos rutas de senderismo, con estas ganas de montaña que me nacen en el centro del corazón.

-Cocinar y decirte: ven, que te invito a cenar.

-Escribir.

-El sonido del viento besándome los cristales.

-El comienzo de algo, de esto.